29.11.16

Manzana, Newton, suspenso, novia

En el momento en que la manzana cae al suelo piensa en Newton, en el profesor de instituto que me suspendió Física, en la novia flacucha que duró un verano y a la que no ha vuelto a ver después, en un amigo con el que salía de vez en cuando a pescar y en el viejo coche que papá le dejaba y en el que tuvo su primera experiencia amorosa. De ese primer escarceo lúbrico guarda un recuerdo impreciso, que cruza con fugacidad su cabeza cuando lo reclama. En ocasiones, por solucionar esa deficiencia memorística, comete la irresponsabilidad de corregirlo. Cuando escribe suele hacer eso. En el primer volcado el relato que acaba de hacer sale tal cual, pero conforme avanzan los días y piensa en él, sin que pueda evitarlo, quita esto o añade lo otro hasta que le agrada más o cree que va a agradar más a los lectores. Ya no recuerda si fue Silvia quien empezó o fue él. Una parte de sus recuerdos le inclina a pensar que la iniciativa fue suya, pero otra le corrige con firmeza y reivindica a Silvia, que era voluntariosa y no tenía, a lo que recuerda ahora, una brizna aunque fuese pequeña de pudor o de cortedad. Lo que no ha cambiado en todos esos años es la sensación de que se enternece más al recordar el coche que a la mismísima Claudia, de la que ya no tiene una idea clara sobre si tenía las piernas largas o el pecho pequeño y picudo, como ahora sospecha. En un sueño una señora mayor daba golpes con un paraguas en la ventanilla del coche. Les reprendía. Como no escuchó bien qué dijo, sólo preservó la cara de la señora. En otro sueño la señora era la madre de Claudia o la suya propia. Cuando tiene un sueño tan intenso, se esfuerza en registrarlo. No piensa en el poco tiempo que tiene entre vestirse, asearse, desayunar y preparar la pequeña maleta de trabajo. Lo que hace es abrir el ordenador y dejar una especie de pequeño inventario de todo lo que recuerda de lo soñado. Escribe: Claudia, coche, polvo, madre. Tiene un archivo en el escritorio en donde va consignando ese caos doméstico. En los fines de semana, cuando el trabajo se puede aplazar, lo abre y elige la combinación de palabras que más le entusiasma en ese momento. La de ayer fue manzana, Newton, suspenso, novia.

2 comentarios:

Juan Herrezuelo dijo...

A veces las manzanas tienen un aire mucho más parecido a la magdalena de Proust que al fruto prohibido que guardaba desde siempre el secreto de la ley de la gravitación universal: a saber con qué fuerza proporcional se atraen unos a otros los recuerdos que habitan el tiempo perdido...

Emilio Calvo de Mora dijo...

Manzanas, magdalenas, chupitos de bourbon, va a dar igual. El caso es ir a otro lado, fugarse. La memoria es un territorio con leyes propias. No tenemos ni idea de lo que se cuece ahí adentro. Creemos dominarla, pero es ella la que administra. Y no hemos hablado del olvido, ah el olvido, Juan. Y me alegro mucho de volver a verte, aunque sea en foto pequeñita de perfil y en cuatro líneas. Un abrazo grande.