20.11.16

Casas



Fotografía: Julius Shulman

Hay casas que dicen de sus dueños más de lo que ellos son capaces de contar por sí mismos, con su proceder diario, con lo que confiesan en la intimidad con un amigo o en la barra de un bar, cuando aflora todo lo que no es posible que aflore si no se está allí y se tiene el alma un poco regada de licores. 

Hay casas que no parecen de este mundo o lo son de una manera que no es posible razonar, Porque son casas que no son racionales o lo son de un modo que tampoco es posible razonar. Entran el rango de casas utópicas o idílicas o imposibles. Quizá se trate de un montaje fotográfico y el ojo nos ande engañando. Lo primero que se piensa al verlas es que no son habitables o que lo son de una forma que se escapa de toda posibilidad de entendimiento. Se construyen para que no podamos pensar en ellas, sino para que las amemos o las despreciemos.

Hay casas que miran al mundo como si jamás le hubiesen pertenecido. Casas alojadas en los sueños. Quienes las visitan no salen nunca. Se quedan allí en una especie de fascinación cuántica. Casas que están fuera del tiempo y también del espacio. Quienes viven en ella no han conocido otra cosa. La primera ocasión en que abrieron los ojos supieron que ése era su hogar. Será la casa lo que vean antes de que se apaguen. Es el cielo o es el infierno, dirán en esas reuniones de amigos de los viernes por la noche. Verán la ciudad a lo lejos, iluminada, con su vértigo y con su fiebre, y dirán que ellos viven en el cielo o en el infierno. Nuestra casa es de fantasmas, dirán mientras beben y ríen. Somos fantasmas, somos temibles.

Hay casas en las que uno no desearía vivir jamás. Ni acudir de visita si la habita algún amigo o debe ir por cuestiones de trabajo. No sabría después regresar a la suya propia. No porque la casa le hubiese agradado especialmente o porque la adorara sin disimulo. No porque se sintiese mejor que en ninguna en la que hubiese estado y la sintiese una extensión de sus vicios y de sus flaquezas, de su vigilia y de sus sueños. No querría vivir allí porque no dejaría de pensar en ella. Le ocuparía todo el tiempo de esa vigilia y de ese sueño. Nada habría que ella no ocupase, nada tendría sentido más allá de su existencia.