10.10.16

K. nuevamente invitado

K. cuenta cómo empezó a enviciarse con los cuentos. No había noche en que no le contaran uno. A veces, el mismo cuento, por falta de cuentos a mano. Lo mejor era (dice) cómo cambiaba conforme iba siendo contado. En uno, la luna era amable y tierna; en el mismo, narrado la noche siguiente, la luna era roja, pendenciera, canalla. En lo que se le contaba había seres terribles con aspecto maléfico y también seres de aspecto bondadoso, pero intenciones oscuras. Nada aseguraba que la historia se repitiese; incluso le molestaba el hecho de que acabara siempre de la misma predecible manera. Prefería la varianza, cierta movilidad de los hechos. Donde el lobo, ahora una oveja. A mí (razono ahora) me sucede algo parecido. No me gusta releer al modo en que lo hacía antes. Ansío material nuevo. Prefiero que el asombro llegue limpio, no manejado, no rehecho. Quiero leer lo que no conozco. Me dolerá no volver a Stevenson o a Kafka o a Borges o a Lovecraft (cuatro de los grandes), pero transigiré, adquiriré la suficiente firmeza como para compensar el vicio antiguo de volver a ellos con el vicio nuevo de ampliar escritores. No he leído tantos, ahora que lo pienso. No sé. Será cosa de hacer una lista y ver cuántos me han acompañado, con cuántos he salido y viajado y gozado y sufrido.