30.10.16

Apunte sobre la muerte del lector Monteagudo

En algunos cuentos de Jorge Luis Borges, los personajes alquilan quintas de espaciosas habitaciones en donde encuentran novelas de autores alemanes de primera mitad del siglo XIX o ejemplares de la Enciclopedia Anglo-Americana. Los pisos que se alquilan hoy en día carecen de este encanto libresco y únicamente podemos aspirar a que alojen revistas dominicales atrasadas o novelitas rosa de tomo amarillento que, al gusto de los inquilinos o al albur del azar, han quedado abandonadas, a beneficio de las inclemencias del olvido, ofreciendo su alquimia de pasiones y de fugaces momentos de felicidad a quien habite la pieza. Sorprende siempre cierto rasgo intelectual –o meramente estético– en el mobiliario arrumbado en las habitaciones. Permitan que tire de ejemplos: un Paul Klee evidentemente falso, un disco rayado de arias de Verdi, un crucifijo al que le falta la cabeza del caído, un mantelito con blondas que prefiguran olas. Hay quien interroga el asombro ajeno con estos objetos singulares. Mi amigo Gustavo Monteagudo, que murió días después de que un caballo alocado la coceara la cabeza, gustaba asistir a las presentaciones de libros. Como no tenía familia cercana ni amigos lo suficientemente íntimos – yo nunca lo fui, en realidad – imagino que en los pisos en donde vivió (algunos, a decir suyo) habrá evidencias de sus gustos literarios. Le excitaba sobremanera que un amigo le pillara embutido en su sillón, frente al ventanal, distraído en Baudelaire o en RimbaudNunca sabremos si los leía o no: jamás hablaba de literatura, pero no había ocasión en que no llevase un libro bajo el brazo o tuviese alguno intencionadamente abandonado en el taquillón de la entrada a su piso o encima de la cama. El caso era que supiésemos que leía y, sobre todo, qué leía (y luego dicen que las tildes carecen de importancia).

El salto a los filósofos nórdicos requería de una situación especial. Una vez se llevó una “Exégesis del pensamiento cartesiano” de un autor noruego de apellido imposible al velatorio de una tía suya. A fuerza de cuidar con detalle estos exabruptos, Monteagudo acabó muy sobrado en lo que podríamos nombrar como “cultura erudita”. Un día nos desarmó con una reflexión agudísima sobre la influencia de las escuelas pictóricas vienesas en el cromatismo de Picasso o cómo cierto viaje a la Italia profunda abrió a E.M.Foster un mundo de nuevas y exquisitas sensibilidades que, a la postre, inundaría su abundante obra literaria. Y yo sólo había visto las adaptaciones cinematográficas de James Ivory en cine, qué vamos a hacerle. Este conocimiento no requería lectura alguna ni se garantizaba que Monteagudo discerniera entre un Monet y un Tolousse-Lautrec o alcanzara a percibir el sutil sentido del tiempo en Proust, ya saben, el café, la magdalena, todo eso que todo el mundo, sin leer a Proust, conoce de antemano. Prefería, no obstante, leer – o no leer, según se mire – argumentos livianos frente a la pesadísima enjundia de autores mayores, pero los años de perfecta simulación le condujeron a advertir que el efecto Schopenhauer era infinitamente más contundente y explícito que el efecto SalgariQue citar a Mahler producía reacciones más intensas que nombrar el inventario doméstico de músicos abonados a la zarzuela. Nunca entendió este escalafonato en los matices, pero jamás se resistió a usarlos.


Tras la coz letal, Monteagudo abrió, sin voluntad, el piso de alquiler. Días antes, premonición del fatal deselance, confesó a un amigo común la posibilidad de que algún percance le ocurriese y el fondo de catálogo de sus anaqueles quedase expuesto a la voracidad de los curiosos. Gustaba de pensar que el piso fuese suyo y poder cambiar el papel pintado o los muebles. No le agradaba que las Obras Completas de Azorín, edición de Castalia, ocuparan un rincón escasamente iluminado de día y al que no llegaba de noche la luz de la lámpara, pero los sitios más golosos, los más indisimuladamente expuestos, estaban inevitablemente ocupados por escritores que, a su juicio, merecían más ese privilegio: MelvilleJoyce, Flaubert, Malraux, Faulkner, Dickens, Calvino, Camus.


Todavía guardo fresco recuerdo de lo que vimos en el piso cuando acudimos a recoger algunas de sus cosas antes de que el casero lo preparase todo para un nuevo inquilino.
Monteagudo había colocado sus libros por el piso en lo que, a ojo de un desconocido, pudiese parecer obra del azar, pero nosotros sabíamos que aquel reparto no obedecía al concurso de la casualidad. Sobre la mesita de noche, un Espronceda. En el salón, junto al ventanal, Dante. En la cocina, mal apilados, Poe, Neruda y Asturias. Tirado en el suelo, en la alfombra del recibidor, un ejemplar pisado de la Biblia. Poeta en Nueva York estaba sobre la taza del retrete. El Quijote, debajo de la almohada. Una fabulosa edición de los cuentos de Hemingway en el alféizar del ventanuco del cuarto de baño, expuesta al rigor del sol y de la lluvia. Poesía del 27 para la terraza. La metamorfosis, la historia del sublime Gregor Samsa, descansaba en la mesita de noche. Como si hubiese sido el último libro que leyera. Ceso aquí el inventario. Esta empresa absurda en apariencia no puede ser fortuita: tampoco baladí o frívola. Monteagudo quiso decirnos algo con ese desorden de libros. Se entretuvo en contar algo y en hacerlo del modo que más le satisfizo. A quienes le frecuentábamos nos dolió que se nos escapase alguna parte de esa especie de carta invisible que nos había obsequiado. 
Al modo en que a Alonso Quijano le perturbó el tino la lectura de las andanzas de los caballeros andantes, nuestro querido y tristemente finado Gustavo Monteagudo también fue aquejado por alguna fiebre de naturaleza enteramente libresca. He pensado que se dejó cocear como un exótico modo de suicidio. También que Monteagudo es ahora Samsa y se esconde para que no veamos la obscena evidencia de su transformación. Ignoro si el caballo estaba al tanto cuando le empotró la coz de que todo era un plan urdido por su víctima. Nunca lo sabremos. Nada hemos perdido.

1 comentario:

Theresa williams dijo...

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