20.8.16

Las bombas invisibles

La ficción tiene la bendita facultad de legitimar cualquiera de sus tramas, por distópica o por poco o nada concebible que sea. En su reverso, el tenebroso, posee también otra facultad: la de hacernos insensibles, la de no caer en la cuenta de la crueldad que a veces exhibe. Se empieza de joven y se pule uno conforme gana en edad. Esa asepsia moral, esa especie de anestesia ante el mal cobra cada día más adeptos. Vemos el terror en televisión, asistimos a la ceremonia cruenta de la sangre, pero es casi siempre la sangre ajena, la de los demás, no la nuestra, la sangre del terruño, la del vecino al que saludamos por la mañana. Informan de catástrofes con la coletilla de que no hubo españoles siniestrados. Se nos vende así una idea deformada de nación. Es una visión sesgada, deformada en su base. Los muertos de otros países (piense cuáles) no pesan igual que los muertos de casa o de la casa del vecino. Esa idea de vecindad, de territorio afín, es coherente, pero a veces, si se estira mucho, chirría. Si cae la bomba, cierro los ojos y deseo con todo mi alma que la onda expansiva no se vea en el cielo que me cubre. Hay bombas invisibles. Suenan igual en la realidad (la de esos países lejanísimos) que en la literatura. Se empieza aniquilando enemigos en los videojuegos o viendo cómo mueren las tropas enemigas en las cintas bélicas y luego se ve con normalidad la aniquilación de verdad, la de las guerras cercanas o las de las antípodas culturales. Me imagino que la muerte, considerada como un recurso literario o teológico o pictórico, será siempre un referente cultural, pero habría que enseñar cómo comprender su influencia. En las películas de Hitchcock siempre hay gente que muere, pero el maestro del suspense era único a la hora de vendernos ese ingrediente fundamental de la trama. Fascina (pienso ahora) el mal, el mal como protagonista disfrutable. Sólo hay que pensar en Patricia Highsmith o en Howard Philips Lovecraft o en las enormes tragedias griegas. Nuestra civilización bebe de esa fuente y ha crecido alrededor de su explotación. De entrada, no hay religión que no la use como cebo para sus adeptos. Lo que todavía no se ha conseguido es que haya una especie de consenso general para que no se fomente esa fascinación. Me temo que no sea posible ese consenso. El mal siempre hace que los ratones se alegren de que el gato cace ratones lejos de casa.