16.8.16

La belleza



Uno no recuerda nunca las palabras exactas; tampoco qué voluntad las animó. Importa cuáles elige, de qué modo hace ver a los demás que la belleza le ha impregnado y que la conoce. Hay que esmerarse en ese momento en que se verbaliza la fascinación que produce la belleza, pero cuando el desgarro es grande y esa visión lo ocupa todo no es necesario el concurso del lenguaje. Se omiten las palabras, se deja de confiar en ellas. No hay manera de explicar el asombro puro, ese vértigo que nos conmociona bien adentro. A veces pasa lo mismo con el amor. Uno tampoco da con las palabras precisas. Los buenos poetas emulan una respuesta; los malos, en su titánico esfuerzo por restituir lo que sienten, sólo crean más incógnitas, únicamente añaden interrogantes. Uno aprende a moverse en estas imprecisiones. Araña la superficie del corazón de las cosas, pero no penetra, no se llega al final por ver qué hay. Detrás del arte debe estar el origen mismo de la vida. A lo mejor está el Dios en el que no me es posible creer, con el que entablo un diálogo feliz, aunque baldío, por el que en ocasiones siento un afecto primario (como el de esas niñas que miran el cuadro y tratan de hacerlo fácil y de convertirlo en propio) y por el que, en otras, mantengo una actitud de indiferencia. Pasarán todas esas cosas porque no poseo el lenguaje. En cierto modo la belleza (o el amor o la fe) es un estado del ánimo que no debería ser transmitido al exterior. Calla quien lo observa, calla y lo hace suyo, deja que lo alimente.Por eso, cuando entro en una catedral, no hablo, no me creo capaz de decir nada que deba ser dicho, no hay de verdad nada que decir. Sólo hay que mirar. En esos momentos no hay una soledad más apacible, de más hondo pálpito. El mundo, dentro de ellas, se detiene. Las hicieron para eso. Se levantaron con esa voluntad de grandeza.