24.7.16

No estar

Se cree uno a salvo de muchas cosas, pero en realidad está expuesto, sobrevenido, sin posibilidad de que una salida (la que sea) libere, haga que cese lo que nos duele o rebaja o enmudece. Al verano se llega con la idea de que no habrá ninguna de las rutinas que visten las otras estaciones, pero este verano no calza esa horma, no es uno como los otros, no va a permitir que sólo haya tour en las siestas y el runrún clásico de quién ficha a quién y cuánto cuesta el arrimo. A salvo, sí, pero sin estar del todo afuera. No es sólo que los políticos continúen metiendo la mano en esa cesta de manzanas podridas que tienen, por ver si alguno coge la buena y la muerde. No es sólo que las noticias nos tengan el corazón encogido por la barbarie de algunos. No son únicamente esas cosas (dos que ahora me vienen y ocupan más de la mitad de todos los partes informativos) sino todas juntamente. Quisiera uno (ya avanzo que es un voluntad muy caprichosa la mía) poder desconectar del todo, salirse unas semanas de la carrera, no estar al día, no saber si están unos medran y otros menguan, si la verdad triunfa (ojalá) o sigue la mentira escribiendo sus páginas como suele. Lo que le pido siempre al verano es que me deje perderme incluso de mí mismo. Descansar de mí unos días, probar a dejar este traje y ponerme otro o ninguno. No porque no me guste, sino por dejarlo en la silla, a la vista, con idea de embutírselo más tarde. Porque no hay otro, claro

De viajar lo que más me sigue fascinando es la posibilidad de que pasees sin que conozcas a nadie. Esa sensación de anonimato absoluto es impagable. Te hace sentir que asistes a una especie de representación extraordinaria, en la que la trama es novedosa. También el atrezzo (todo lo que te circunda, cada pequeña cosa que existe y puedes percibir) subscribe ese deseo. Como no puede uno salirse de lo que es, ni quizá convenga, no sé, se refugia en la ficción, en la aventura de entrar en lo que no nos pertenece, en todo lo que no es propiedad de nuestros sentidos. Sirve el verano para que la realidad se limpie y nos limpie también a nosotros. La idea de tomar vacaciones procede precisamente de esa disposición anímica. Lo de cerrar los ojos del todo no funciona, eso sí lo sé. Se cierran un rato, se tiene la certidumbre de que están cerrados, pero no es un acto natural. Luego se abren a bocajarro. Una vez abiertos, la realidad prorrumpe en tropel, como si deseara ponerte al día de todo cuanto has decidido pausar. Te atiborras de información, te saturas. En todo caso, la vida sigue siempre y el asombro (el bendito asombro) la lleva de la mano. Ahora vamos al domingo, a ver qué dice.