3.7.16

Elogio dominical del jazz


Adoro el jazz por lo que no cuenta. A diferencia de otros registros, el jazz circunvala la información: la esquiva, la retuerce, la esconde, la elimina, la rescata y, al final, informa de su irrelevancia, de que al fin y al cabo lo que importa no es la cadena de notas, ese hilvanar arabescos en el aire, sino la vida que se origina en el vuelo. Lo que importa en jazz es el merodeo, la periferia feliz de las cosas. El músico regala la melodía principal, nos declara solventes para retener, al menos, unas líneas tarareables, un asidero fiable, pero después renuncia a la formalidad, se declara libre y avanza (a trompicones, a capricho de su genio) sobre una mullida alfombra.

Los músicos de jazz, incluso los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, los que en su oficio visitan la excelencia, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amanazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen. En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina.

Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable. He pensando que Kind of blue es el disco más inagotable del jazz, pero confieso que me mueven motivos que no pueden ser analizados sin que el que sufraga esa opinión salga seriamente perjudicado. No soy imparcial: se me nota la devoción, el espíritu de absoluta rendición ante el tamaño descomunal de la pasión que exhibo. En esencia, soy uno que escucha a diario jazz y que procura aprender a diario en el vicio que me alegremente me administro.

Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una comunión, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio. Euforia: eso sentí con Johnny Griffin acoplado a mis oídos yendo calle abajo, conectado al mundo y al tiempo desconectado pacíficamente de él. Sintiendo que The way you look tonight llenaba el alma novicia de la mañana y me conducía, por descontado que con júbilo, a mi destino diario. Y entré feliz en mi escuela, con una felicidad diferente a la diaria, como hacía tiempo que no entraba, manejando algunas certidumbres, desechando otras. En la posesión íntima de un secreto. En la maquinación hermosa de otros. 
El jazz es un secreto, eso es. Uno que nos vamos confiando al oído los unos a los otros. Como si fuese una revelación. Como si manejasemos las palabras que nos susurró un dios y que nos entregó para que las custodiásemos. Pasen un domingo feliz.

2 comentarios:

Setefilla Almenara J. dijo...

Es genial porque explicas lo inexplicable de esa extraña música, lo que muchos queremos decir y no acertamos, muchas gracias.
Esta noche me daré a la ópera en vivo, pero el jueves, al Jazz a cielo abierto y no pagaré un solo euro por ninguno de los dos espectáculos,(pagaría con gusto). Vivir con música, no es maravilloso?, O debería decir vivir la Música?
Feliz domingo, feliz verano.

Melmoth el errabundo dijo...

Cuando puedas. Cuando tengas tiempo o, si quieres, vete a una librería y compra el libro Pero hermoso, una historia del jazz, de Geoff Dyer. Es francamente maravilloso, de verdad.

Abrazos

http://fmaesteban.blogspot.com.es/2012/06/la-belleza-de-la-autodestruccion.html