22.6.16

Religiones / Literaturas

Religión
De creer en algo, en caso de que algo sobrenatural me turbara, creería en cien dioses en lugar de en uno. La gente que ha creído en cien dioses no se ha preocupado de los dioses en que creen los demás. Ni siquiera la posibilidad de que alguien que no creyese en ninguno de ellos. El politeísmo da más juego teológico que el monoteísmo. La ventaja de esos dioses complementarios es que tienes con ellos un trato más cercano. Del Dios único se tiene la impresión de que pueda perderse entre tanta solicitud y no termine por centrarse. Un dios imperfecto, nada o casi nada atento a la demanda que su influjo depara. Los pueblos del ancho orbe empezaron con dioses que se declaraban especialistas en las cosechas, en la fertilidad o en la lluvia. Los romanos colonizaron medio mundo sin vender la moto de la divinidad. Llegaban, dejaban el latín, imponían un cónsul y se iban a poner sello en otro confín, pero no perdían el tiempo en imponer la religión que practicaban en Roma. Siempre ocurrió que lo etéreo, lo que no tiene asiento en lo real, hace que flaquee lo visible, todo lo que puede ser cuantificado, resuelto en hechos, manifestado en evidencias tangibles. La misma literatura es una especie de ejercicio malabar entre lo etéreo y lo real también. Uno lee y se alcanza cierto rango de espiritualidad, entra en un lugar que no existe, se borra de la realidad (tan cabrona a veces) y se refugia en la ficción. La literatura va a resultar ser la religión más fiable del mundo. 


Literatura
He leído en casi cualquier sitio en donde pudiera abrirse un libro. Ninguno se me antojó incómodo con un libro en las manos. Dicen que quien lee vive más feliz. Dicen esto y dicen más cosas los que elogian el libro como oficio y tienen ya un protocolo de slogans estupendos, de los que en post-its se adhieren al frigorífico y dan lustre al noble electrodoméstico. Yo mismo, en alguna de esas epifanías librescas, he caído en la proclama entusiasta de la bondad del libro. Incluso he hablado (algunas veces, lo mío no es hablar, no sé qué es, pero hablar lo hacen otros mejor)  en público sobre lo maravilloso de la lectura y me he sentido embajador de un país invisible, creyendo no haber estado a la altura. Es que me da un reparo enorme elogiar a lo que no debería elevarse elogio alguno. No avanza la sociedad que no lee, no progresan sus cuentas, no es tomada en consideración afuera. Hay países que sí respetan al lector y al escritor, que no escatiman partidas de los presupuestos en la creación o en el sostenimiento de bibliotecas públicas o en la garantía de que el libro está al alcance de todas las capas sociales, incluso las que no tienen con qué pagarlos. Porque un libro, por mucho que cueste, no es caro, pero hay quien, por mucho que deseen, no pueden entrar en una librería y elegir sin que les duela al alma qué ración de asombro y de belleza y de inteligencia va a llevarlos esa noche a la cama. Podrían empezar no gravándolos de esa forma tan perversa. Podrían privilegiar la lengua, la bendita lengua española, en las escuelas al punto de que no haya otras disciplinas que malogren un número suficiente de horas para la adquisición eficiente de su riquísimo caudal del conocimiento. Podrían promover iniciativas que hagan disfrutable la cohabitación del libro electrónico y el tradicional, sin que uno parezca un intruso malévolo y el otro, a la luz de los tiempos, una rémora renunciable, cosa del pasado.