25.5.16

Viva el calambur

 A Luis Sánchez Corral, que
                               me dio clases de amor a la
                               Literatura. Ya no está.
                               A Juan Luengo, que siem-
                               pre hace fácil lo hermoso
                             .A Miguel Cobo, que me comentó la existencia del calambur.
Maestros los tres.


Dábale arroz a la zorra el abad es un palíndromo, o sea, se lee tanto a diestra como a siniestra: sin pérdidas, sin alteración. Creo yo que hay en esta hermosa lengua nuestra, tan boscosa y fértil, pocos palíndromos, pero ahí está la zorra, imán de ociosos. Hay quien se emboba con estos hallazgos: gente que consagra su talento o su versatilidad creativa en hurgar así la maraña del idioma. Llevo toda la mañana con el empeño (dignísimo, no me lleven la contraria) de dar con algún palíndromo nuevo: empresa baldía. No está uno inspirado, no le vienen las palabras, están acuarteladas bien lejos, como si hubiesen conspirado para no agradarme. Se me dio mejor aquel día en el que me propuse no pronunciar la “o” o ése otro en el que me prohibí tajantemente los adjetivos y entraba en a oficina, es un decir, yo soy maestro de escuela, con un desconcertante “días” que puso a un compañero de poco rizo imaginativo a mirarme con gana de mandarme a la santa mierda. Hay gente verdaderamente fascinada con estos juegos léxicos y se consagran a su revelación como quien predica el amor a la filatelia o quien fatiga las calles en busca de una señal que anuncie la gloriosa venida algún salvador de los cielos.  Juegos baldíos.
                                       
Dudo que estos ejercicios vayan más allá de la frivolidad: no dejan de ser malabarismos semánticos y no dan tal vez otro beneficio que entretener el café con los amigos o publicar, a beneficio de bibliógrafos de lo inútil,  Los mil mejores palíndromos de la lengua castellana. Ignoro si el turco posee también estas excentricidades filológicas, pero no tengo ningún motivo para pensar lo contrario. Manolo Villegas, mi amigo del alma, mi compañero de despacho, ya he dicho que soy maestro, se pierde en los diccionarios a la caza de vocablos raros. Tiene en casa miles de libros formidablemente instalados en anaqueles de grueso tomo. Entras en su casa, te invita a que abras una puerta, bajas unas escaleras y entras en un sótano. Al lado de donde aparca su coche abres otra puerta (te anima a que seas tú el que la abra) y ahí están los anaqueles, las baldas, las gloriosas baldas. Posee rarísimos volúmenes sobre la Mecánica de los fluidos, novelitas de Clark Carrados de esas de formato econónico y las obras completas de Galdós (a mí ese hombre me aburre mortalmente) y novelas a lo Corín Tellado. Creo que no es amor a la literatura lo que allí hay. Es una aberración sentimental en la que el libro ocupa todas las licencias más perversas. Me dijo ayer si conocía el hipocrás. “Ni idea”, respondí. “Es una bebida de vino, canela y azúcar”, confirmó con cara de haber descubierto algún planeta y tener delante la plana mayor del Nacional Geographic. “Una sangría menguada entonces", apostillé. Me sacó un tomo de una de las doce o quince o veinte enciclopedias que aloja allí, un poco absurdamente. Puso el dedo sobre la palabra y fue recorriendo la aclaración tipográfica. 

En adelante pediré hipocrás en los bares en lugar de té o de cerveza, bebidas excesivamente ligadas a una tradición que el lenguaje debe remozar. Manolo se ha obstinado ahora con los palíndromos. No duerme: le roba horas a los papeles de la oficina. Se abandona a la mitad las conversaciones ante la sospecha de que un palíndromo nuevo ande agazapado en lo que vamos diciendo. Llega tarde por las mañanas. Dice que coge el autobús en lugar del coche. Ahí puedo despacharme a gusto y buscar palíndromos, asegura. Yo soy feliz con mi hipocrás. Mañana me abstengo de pronunciar verbos en pasado. Ahí vamos los dos, en fin, felices, ufanos, conscientes de que éste es el mejor de los mundos y nos ha tocado a nosotros disfrutarlo. Anoche descubrí al calambur. Es una figura preciosa. Me tiene fascinado. Una de Xavier Villaurrutia dice así:

Y mi voz que madura
y mi voz quema dura
Y mi voz quemadura
Y mi bosque madura.


1 comentario:

Setefilla Almenara J. dijo...

Cómo he disfrutado, Emilio, diría "palindrómica mente".