14.5.16

Shakespeare todos los días


Es posible que todo lo que se necesita saber sobre la vida esté en el teatro de Shakespeare. Lo dicen los que los han leído, gente muy de libros, muy de haber vivido también y de saber qué hay afuera, en el mundo. No hay cosa que se pueda pensar que antes no esté en el discurso de los personajes de Shakespeare. No afirmaré yo que eso sea cierto. He leído poco y quizá mal al bardo inglés. He visto adaptaciones teatrales y mucho, mucho cine con el reclamo fantástico de sus representaciones y he amado el precioso sonido de la lengua inglesa, la dicción de sus actores y actrices o la sensación, luego confirmada, de que está a punto de ocurrir algo extraordinario y de que vamos a asistir a esa circunstancia, impregnándonos de su dramatismo, llevándonos después a casa un pedazo de vida, la que no solemos despachar nosotros, la grandiosa, la que escarba en lo hondo y saca todas las emociones que es capaz de sentir el alma. El teatro, el buen teatro, posee ese don: el de impregnarnos de luz o de oscuridad, el de proveernos con absoluta eficacia de vidas que no nos pertenecen, pero que sentimos nuestras, como si de verdad las hubiésemos vivido o las viviéramos en primera persona en el momento en que asistimos a su representación. Lo que bace Shakespeare es darnos la palabra, está invitándonos a pensar que ese teatro ampuloso y trascendente, cómico a veces, nos cuenta algo que ya sabemos en el fondo. Su cuota de tragedia la cubren los informativos, la prensa, toda esa rueda infame de cosas extraordinarias que vemos a diario y de las que después no podemos, por más que deseemos, desprendernos. Uno se levanta comido por la corrupción, incendiado por la ira de la injusticia o arrebatado por el desprecio a la clase política, que en tiempos de Shakespeare eran los nobles, los reyes, los elegidos o los mimados por la fortuna. Las series de televisión están haciendo que Shakespeare no se lea, si es que es un autor leído, en el fondo. Es posible que esta oferta brutal acabe por aturdirnos definitivamente y no sepamos a qué acudir, qué píldora tomar cada noche, si la de la tragedia o la de comedia, si meternos en la piel de una amada despechada o en la del rey que se duele de la codicia doméstica. Y se acuesta uno sin haberse desembarazado de ese dolor con el que salió de la cama, sin creerse del todo que está en un escenario y lo que le pasa es parte de una obra que ha escrito otro, nunca uno mismo.