2.5.16

El alma, ah el alma

Al alma se la doma, se la aquieta, se le impone una disciplina y luego se saca a pasear como si fuese un perro, se enseña a los amigos, se les dice lo estupenda que es, lo bien que le hemos enseñado y después se vuelve a casa, se echa uno en el sillón de orejas, conecta el televisor y permite uno que se aquiete, que adquiera la calma con la que poder más tarde afrontar lo que la asedia. Porque el alma no puede estar siempre alerta, sensible, frágil, inquieta o curiosa. Necesita aplazarse, vencerse, dejarse querer por el silencio, que es una asignatura que no se da en las escuelas. Parece que es propiedad nuestra, pero no lo es. Tiene, a ratos, consideración hacia quien la tutela y da refugio; tiene también la bendita voluntad de hacernos creer que algo de ella es nuestro, pero es quebradiza, es volandera su naturaleza. Ni los filósofos han podido escribir con magisterio sobre ella. Ni las religiones, las que la inventaron, pudieron después sujetarla. Escribir hace que no importe todo eso. 

2 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Ufff. Del alma pocas veces se ha escrito así de bien. Un abrazo

Joselu dijo...

La cultura de la modernidad o mejor de la postmodernidad no suele hablar del alma. Es un término que aparece en la poesía de Pablo Neruda repetidas veces, pero alma y raza tan frecuentes en los textos de comienzos de siglo XX han desaparecido casi por completo en el siglo XXI, aunque viene ya de más atrás. Parece que el alma es una invención de las religiones -sugieres en tu texto-, como las catedrales o la pirámides o los templos budistas del valle de Pagan. No es cool. El alma es el cerebro, decimos. Muerto el cerebro, se extingue la supuesta alma. Es menos poético, pero más científico según nos dijo Oliver Sacks en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. ¿Cultivar el alma? En todo caso, alimentar el cerebro. Pero da la impresión de que la dimensión humana es más corta, más limitada. La imaginación son simplemente facilidad para las sinapsis, la trascendencia, una ilusión. Es nuestra cultura ahora, pero no da la impresión de que hayamos hecho un mundo esencialmente mejor que el que existía antes, aunque todo es cuestión de perspectivas. Antes se iba a la catedral para comunicarse con dios y ahora se va al centro comercial para comprar. Es la evolución irremediable de las cosas. No tiene más salida.