9.5.16

Caligrafías

Me esmero, lo juro, en la caligrafía: derrapo, me escoro, me izo, avanzo, reculo. Llegará el día en el que escribamos turbados por el estro, en cenadores venecianos, hermosos, oscuros, o junto a surtidores que vierten azahar o la esencia de pinsapo de la que me habló una vez un amigo gaditano. Luz también. Luz y asombro juntamente. Porque la luz hace que veamos lo que tiende a estar oculto. La belleza tiene su heráldica secreta. Hace falta oficio para dar con su clave. No es asunto que se despache siempre a golpe de vista. El arte requiere un aprendizaje. Por eso me esmero en la caligrafía, en el traje, en la apariencia, en lo que me hace ser mejor y saber que avanzo, aun escorándome o reculando, da igual, el asunto es que haya trayecto y haya trama. Trayecto y trama. Todo lo que nos perturba nos hace mejores, nos hace más grandes, nos hace más sensibles. Esta noche estoy de una sensibilidad herida. Serán los fármacos. Acarrea uno ya más de lo que querría. La edad cobra sus peajes. O los excesos. 

Este texto se lo debo, aun mío, a mi hermano Antonio Sánchez Huertas.