11.5.16

Bodrio de España



En su origen, el bodrio era una sopa de desechos. La sorbían a manos llenas los mendigos, las clases bajas, el vulgo sin oficio y sin techo. El cuenco caliente aliviaba el frío y los mendrugos de pan y la escasa legumbre que animaban el caldo confortaban el estómago, que era un cuarto oscuro a donde no entraba nada. Fue brodio antes que el bodrio que ha perdurado y viene del alemán, significando sopa, sin más. Los bodrios de ahora no apuntan a la asistencia social, no tienen nada que ver con comedores que reparten un plato de comida, un postre sencillo y un café a los necesitados. Bodrio ahora es la política. No hay mejor palabra que explique en qué ha quedado. No hay a qué aferrarse, no existe consuelo, no dan tregua para que la esperanza ocupe su hueco y anime la cosa. El bodrio de ahora es que no se pongan de acuerdo ni para componer un acuerdo de ahorro en las elecciones que están por venir. Los bodrios de antes son la corrupción, los recortes, la idea de que los que nos gobiernan no saben acometer el desempeño del oficio que les encomendamos. Les da igual todo, no se arredran, no exhiben pudor alguno. Uno diría que hasta presumen de incompetencia. Lo mal hecho, lo desordenado o lo que abiertamente no gusta: ésa es la acepción a la que nos acogemos ahora. España es un bodrio, un plato grande de sopa con algún magro trozo de carne mal guisada o de pan duro. La cocinan, además, sin empeño. No le ponen esmero, no caen en la cuenta de la necesidad que tenemos de comer como Dios manda. Es duro aceptar todo lo que está pasando. Se acepta porque tenemos por aquí una manera de vivir a la que la inconveniencia no le incomoda como a otras. Sabemos sacar cabeza, sabemos ir hacia adelante. Sí, eso es cierto, pero duele. Duele y cansa a la vez. De verdad que cansa este ir a ciegas y no saber si el camino es largo o hemos llegado ya a algún lugar. Sin tener ninguna, en este limbo gubernamental que nos han regalado, no se vive tampoco mal. Hay quien dice que podemos seguir así el tiempo que haga falta. El caldo de la beneficencia, el que se daba a la puerta de los conventos a los desheredados y a los parias de la Historia, ha vuelto, pero ahora está en las redes sociales, en los telediarios, en la prensa, en el parlamento. Bodrio de nuevo. Y éste no calienta, ni conforta, ni llena el estómago cuando el hambre aprieta. Andan a palos, nos toman por tontos, creen que no estamos tomando nota. Lo malo (otra cosa mala a añadir) es que no tenemos la certeza de que los que vengan lo hagan mejor y esto funcione de una puñetera vez.