10.4.16

Leer a Coelho


“Cuando deseas alguna cosa, todo el Universo conspira para que puedas realizarla”
Paulo Coelho


La credulidad es el armazón de la literatura. Uno cree en princesas que sufren encantamientos o en aguas que se abren para que un pueblo las cruce camino de tierras prometidas o en fantasmas a los que les fascina escandalizar a los ricos hacendados de las casas en las que sufren eternamente. Una vez has creído, en cuanto has sancionado la razón y te has convencido de que lo más conveniente es suspenderla de un modo transitorio, por el bien de la lectura, por el placer mismo de la experiencia estética e intelectual de la literatura, todo va sobre ruedas. Claro que no son válidas todas las ruedas. Algunas fuerzan en demasía la capacidad de incredulidad que todos, con más o menos firmeza, ejercemos de vez en cuando o, según lo bien informados que estemos de la vida, a tiempo completo. Luego está Paulo Coelho, el alquimista, el que tiene una cita moral para cada circunstancia existencial, el hombre capaz de arreglar cualquier desavenencia de uno consigo mismo o de uno contra la humanidad o de la misma humanidad enfrentada a sí misma, el que irradia paz y difunde la primordial y ancestral idea de que somos piezas de un engranaje universal y de que cada pieza es valiosa y el universo la considera y la mima y finalmente conspira (o maquina, no sé) para que nuestros sueños (ah los sueños, esa sí que es una buena literatura) se hagan realidad. Coelho es el que dice que todos nuestros corazones provienen de un solo corazón o es también el que dice que cada hombre sobre la faz de la tierra tiene un tesoro que le aguarda. Todo lo que Coelho cuenta es de una ambigüedad exquisita, cierto. Es el charlatán al que se acude cuando está uno con el agua al cuello o la tiene ya bien tragada y baja garganta abajo. En lo ambiguo, todo fluye mejor. Nada certero, nada que puedas desmontar, ni tampoco demostrar. Se consigue así (he aquí el mérito del pobrecito Coelho) camelar un rebaño masivo de almas hambrientas de consuelo espiritual, el que (imagino) no les da ninguna confesión, el que (de eso estoy seguro) les dará alivio express, esa especie de consuelo fastfood. La culpa la tienen estos tiempos de velocidad que vivimos. Queremos todo y lo queremos pronto y que no nos cueste mucho o sea (a ser posible) gratis. La receta es sencilla. Están los universos conchabados para tu exclusivo beneficio. Como si te miraran y tú fueses el motor. Están los tesoros, los que te aguardan. Porque tú eres el centro del cosmos y tu vida es trascendente en el orden cósmico. Es muy importante eso del orden cósmico. Las redes invisibles que se anudan para que tu camino sea idílico y los problemas, cuando acudan, no te impidan avanzar y encontrar tu lugar. Porque todos tenemos un lugar, un refugio. El error de los anticoehlistas es que lo escalafonan al parnaso de los escritores, cuando no lo es. Receta soflamas de autoayuda al modo en que en los zocos y en los rastros se venden sujetadores. Miran el tamaño de la señora que pasa delante y le dicen a qué mesa deben acudir y revolver el género. Lo que Coelho hace de maravilla es tocar la intimidad, la intimidad sensible, la parte interior en la que el alma batalla contra la realidad y trata de fajarse de todo lo malo que la rodea. Entones Paulo saca las frases antológicas y pone al universo entero a confabular para que usted salga victorioso del embrollo en que le han metido las circunstancias, la herencia genética o el azar, que es un bicho cabrón, como ya saben. No hay nada que no esté ahí, en el hambre que el alma tiene de asuntos capitales. Nada que no haya escrito Coelho en su lista de la compra. La vida, la muerte, el amor, la eutanasia, la felicidad, el miedo, la soledad. Y lo hace como si el alma fuese imbécil o fuese lerda o no tuviese de verdad interés alguno en que se la tratara con respeto. Todos los chistes que ocupan las redes sociales con Coelho de protagonistas le hacen un flaco favor (contando con el detalle de que yo mismo los he difundido alegremente, esperando la complicidad de todos a quienes se los mandaba) Se habla de él, se le hace visible, se le concede el bien de la ubicuidad. Un amigo me dijo que mejor que se lea, aunque se lea mal. Y no sé, yo creo que no, mejor no leer. Lo voy a decir otra vez: no leer cuando no hace falta. 

2 comentarios:

Joselu dijo...

No he leído a Coelho pero he oído hablar mucho de él. Hay legión siguiendo su estela. Cuando llego al instituto veo a la conserje, una buena mujer, con un libro muy usado de sabiduría maya, creo. Se lo ha recomendado su terapeuta, no sé qué nombre darle, y que también le da las flores de Bach, para aceptarse, para que no se juzgue con tanta crueldad, para saber vivir el ahora, para aprovechar la fuerza del presente. La veo subrayando el libro con fruición. Mi hermana, ex maestra y filóloga, en los últimos años se dedica a leer libros de autoayuda y tema religioso, ha recuperado la fe, toma no sé cuántos productos de herbolario y me envía fotos de sitios maravillosos donde se siente la armonía del cosmos en comunicación con el alma. Otro amigo bloguero, muy querido por mí, publica cada día una frase de autoayuda en su FB. Le imagino leyendo ese libro del que saca las frases. ¿Qué decir? Yo tengo aversión a esta cultura y a estos libros. Supongo que leer a Nietzsche o Schopenhauer o Kierkegaard, o Unamuno, o Krishnamurti o Camus o Hannah Arendt o San Agustin o Platón, es otra posibilidad, pero no tan fácil. Supongo que deben ser el equivalente de aquella publicación que leía mi padre que me advertía que la literatura en el siglo XX era anacrónica, y que se llamanba Selecciones del Reader's Digest. Tardó muchos años en aceptar que yo hubiera estudiado literatura.

¿Qué decir de Paulo Coelho que no hayas dicho tan bien? Pero si a alguien le sirve como a la conserje de mi instituto, ¿qué decir?

Emilio Calvo de Mora dijo...

Nada que reprochar al conserje. Tendremos todos algo que se nos reproche y continuamos aplicándonos en ese vicio, como si nada. Pero a uno se le queda el cuerpo mejor cuando arremete, con el respeto que va saliendo, no sabe uno nunca si mucho o poco, contra lo que considera mercantilista, no digo malo, que lo es, pero comercial, de escaso o nulo respeto por el lector, ya que vamos de respeto. Es como si alguien en lugar de escuchar música de cámara o jazz o a George Brassens o a Van Morrison - música seria, no ? - se dedica a estar todo el día con unos cascos en donde suena Melendi o una charanga de feria o el último disco de Camela. Respetables Melendi, la charanga y Camela, claro. Siempre pasan estas cosas. A un amigo mío le parece que la filmografía de Ozores es una joya en el cine español. Sin ella, (probablemente) no hubiese existido el otro cine, Joselu, el de los que creemos grandes, exportables, los que dicen a los demás cómo somos o cómo queremos ser, en fin... No se le diga nada al conserje, por favor. Que no lea los arrebatos de este pobrecito escribidor de blog.