16.2.16

No saben lo difícil que es vivir en un cuento de Quim Monzó

No saben lo difícil que es vivir en un cuento de Quim Monzó. En el mejor de los casos, puedes salir panadero y despachar pan hasta el mediodía, volver a casa, encontrar en casa a tu mujer y leer por la tarde, tirado en el sofá, mientras en televisión emiten un documental sobre las costumbres amatorias de los pingüinos. A la caìda de la tarde salís a dar un paseo, le dais la vuelta al pueblo y poco antes de cenar, después de haber saludado a todos los amigos que os aprecian y respetan, os dais una ducha, cenáis cualquier cosa, no sois golosos ni hambrones, y veis una película de intriga. A veces hacéis el amor; otras, no. Un día las cosas suceden de otro modo. Te levantas temprano, te vistes, desayunas un café con unas galletas de avena, sales a la calle y piensas que la panadería no es suficiente, te pagan poco, te explotan, llevan sin aumentarte el sueldo tres años, más quizá. Cuando vuelves a casa, tu mujer está viendo la televisión. La resaca de la trompa de anoche la ha levantado a las dos. No hay comida preparada. Te buscas una loncha de jamón de york en el frigorífico y la metes en medio de un par de rebanadas de pan de molde. En casa, aunque seas panadero, no hay pan del bueno. A ella no le gusta. Dice que engorda más que el otro. El alcohol no engorda, ¿no es cierto?, le contestas apagando la televisión con el mando. No contesta, está adormilada. A media tarde, ofuscado, incapaz de haber echado una cabezadita, sales a la calle. Llueve, pero no has caído en coger el paraguas. Le das un par de vueltas al pueblo. No saludas a nadie, nadie te saluda a ti. Se ve a la legua que no estás para saludar o para que te saluden. Al volver a casa, ella está preparando unos huevos revueltos y unas lonchas de bacon. Te mira con una sonrisa muy tierna, como la que te engatusó cuando la conociste en la universidad. Mañana no prueba una gota, te lo juro, dice mientras remueve los huevos. Lo dice sin mirar. Anoche también lo dijo así, sin mirar, removiendo los huevos. Comes sin hablar, ves la televisión sin mirarla, le coges la mano, la besas, piensas que mañana es posible que a Quim Monzó le dé por ponerte a leer por la tarde o a hacer que te duermas en el sofá mientras en la televisión emiten un documental sobre las costumbres amatorias de los pingüinos, pero por otro lado mejor Monzó, tan inestable y resolutivo, que Patricia Highsmith. Una vez caíste en una novela suya y casi te rompen el cuello en un sótano y te entierran en un jardincito a la vuelta de la casa. 

1 comentario:

Setefilla Almenara J. dijo...

Genial. Yo quiero vivir en estos tuyos.