4.2.16

Beatriz, ah Beatriz, luz de mi vida, fuego de mis entrañas

Uno mira a escondidas sin que el rubor lo delate. Sabe que lo ha hecho antes, muchas veces, quizá a diario. Ha visto mujeres desvestirse o salir de la ducha y secarse con parsimonia, demorando la toalla en los muslos. Ninguna de ellas se percató de que estaba siendo observada, o al menos ninguna me lo reprendió, ni se apuró, pero la vida no se parece a la pantalla del cinematógrafo. El placer de mirar a sabiendas de que nadie se percate de que lo hacemos no se parece a nada. No habría palabras con las que justificar el atrevimiento

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