27.11.15

Mejor una rana que habla


Afortunadamente los cuentos ya no son lo que eran. Estoy con quienes los pervierten, con todos los que les dan la vuelta y hacen que las princesas prefieran a una rana que habla antes que a un príncipe. El asunto de los cuentos no es una materia inmutable, a la que no se pueda meter mano, con la que no podamos mantener un diálogo íntimo de donde salten chispas. En cuanto se conmuta el sentido primordial del cuento y Caperucita se zampa al lobo, los niños escuchan, dibujan el asombro conforme van abriendo la boca, de puro pasmo. No hay mejor voluntad que la voluntad incómoda, la que gusta a unos y, sin que vayamos a esforzarnos por evitarlo, moleste a otros. Está muy bien eso de molestar. Con matices, con los matices previstos. Los del respeto, los de la armonía entre los distintos, pero está bien meter un poco de humor o quitarle un poco de gravedad a los clásicos. Mejor la rana que habla. Mi amiga Isabel Huete lo tiene claro. Yo, con ella. 

26.11.15

Cien novelas en la cabeza



No creo que Stephen King sea nunca mi autor favorito. Ni siquiera que entre en el parnaso de los que me hicieron sentir mejor persona o me iluminaron cuando me abrazó la tiniebla o me emocionaron hasta las lágrimas cuando mi corazón, desbocado y solo, era un músculo sensible y muy torpe. No hay nada en su escritura que merezca un alegato profundo, pero conozco pocas que fluyan como la suya. Las tramas que fabrica son impecables. Incluso cuando son malas, rehusables, de poco interés, tienen lo que algo de lo que otras (más redondas, de mayor asiento literario) carecen. Es la narratividad, esa facultad natural de contar y de hacer que lo contado parezca un río, uno fluyendo hacia el final, que a veces no es enteramente el morir. No hay novela de King a la que no se le puedan aplicar esas bondades, de las que no se extraiga la conclusión de que nos entretuvieron. No sé qué otra cosa debe buscarse o cuál es más importante que mismamente ésa, la de hacer que el tiempo se adelgace y nos dejemos invadir por lo que no existe, por las historias puras, sin el relleno que no nos importa, sin la habitual floritura que en ocasiones hacen que el producto gane en prestigio (qué es es eso del prestigio) pero malogre su fiabilidad lúdica, ese espacio en el que el lector descubre que tiene en sus manos la historia perfecta, la que andaba buscando, la que (en cierto modo) le va a reconciliar con el mundo, incluso consigo mismo. Eso lo consigue Stephen King como pocos. No porque sea deslumbrante su prosa, no. No creo que King tenga entre sus consideraciones la estilística, la que hará que un año de éstos le den un Nobel o un premio de alguna asociación de críticos sesudos, de los que leen a Pynchon y a Frazer y desmenuzan hasta el desmayo la escritura, encontrando lo que ni el propio autor sabía que estaba. 

Ahora estoy leyendo Revival, la última que ha escrito. No llevo lo suficiente - la mitad quizá - como para escribir sobre ella. Sí es bastante para concluir que es el mejor King de los últimos tiempos. 22/11/63 ya era muy buena. Y Joyland. Parece que el hombre está en trance. Nuevamente en trance. Se le irá el numen. Suelen irse. Hará alguna novela mediocre, alimenticia, de las que se venderán en las grandes cadenas al lado de las otras, de las novelas de prestigio, de lo que los especialistas consideran excelentes, exquisitas, las llamadas a ser clásicos. No debe envidiarles: él es ya uno de esos clásicos. No sólo por las cincuenta (he leído eso) novelas que ha facturado, sino porque muchas de ellas (Misery, Carrie, It, El resplandor, Joyland, La zona muerta, Dolores Claiborne...) son algunas de las historias que más me han atrapado de cuantas he leído. Y son muchas. De Stephen King admiro su prolijidad. No hay mejor oficio que el de escribir si no tienes otra cosa que hacer o si no has hecho otra cosa en tu vida. Morirá con una novela en la cabeza. Estoy deseando que la lea mi amigo Antonio. Tiene una balda en su casa con novelas de Stephen King. Una balda completa. 

Escribir



No es lo mismo escribir en pijama, uno sobrio, sin adornos, de tela recia o uno más liviano, al que aplicamos el batín favorito, el de cuadros a lo Pollock, que escribir con un abrigo de tweed, un abrigo de peso considerable, con bolsillos generosos, uno de esos abrigos que duelen a la vista en el verano, pero al que en invierno, cuando el frío arrecia como sabe, damos la mayor de las consideraciones y miramos como en ocasiones, no siempre, se mira a los hijos y se entiende que son una parte de nosotros mismos. Cómo nos vestimos o nos dejamos de vestir debe afectar de algún manera al modo en que escribimos. No dudo que calarse una boina o forrarse el cuello con una bufanda de lana de calidad ejercerá en la escritura un influjo no apreciable en el hipotético caso de que uno, en el momento de sentarse y empezar a escribir, ande con un chándal de marca o con un traje de chaqueta o en cueros vivos, que es la forma idónea para escribir sin la trabazón de lo textil, como si lo escrito viniese en tromba, revelado por una entidad superior con la que acabas de entablar un diálogo secreto. Quizá siempre exista esa intimidad entre lo que no conocemos y uno mismo y no haya procedimiento que la manifieste. Se ha escrito mucho sobre los estímulos creativos, sobre ese momento sublime en que se produce el rapto, esa especie de iluminación festiva y abrasadora en la que las palabras fluyen y quien escribe, lo haga como lo haga, cree estar en posesión de la llama de la verdad y de las razones últimas del universo. No sé si se habrá escrito mucho sobre cómo nos vestimos para escribir. Si conviene cierta extravagancia. No la clásica, la que consiste en recibir el abrazo de las musas en un bar (Joyce los cerró todos, el muy bebedor) o en la cama (Onetti escribía y soñaba o viceversa) o en una habitación cerrada completamente, sin que pudiese ingresar ninguna luz exterior, iluminada con el pudor de una lámpara únicamente (Frazer es, en ese aspecto, un maniático de primer orden). Víctor Hugo escribía desnudo, lo cual no es un pensamiento agradable al leer Los miserables, ni (tal vez) oriente su trama o la influencie de algún arcano modo. Ya digo que andamos especulando, que es un oficio muy de escritores y del que, la mayoría de las veces, no se extrae nada relevante.

A mí me fascina el Pío Baroja de la fotografía. Admiro su actitud, su entrega absoluta. Imagino que no he tenido la posibilidad de ver cómo me comporto yo cuando me siento a escribir y que, de tenerla, sentiría también algo de esa fascinación primitiva por la escritura misma, no por mí, pobre escribidor, modesto hilador de las historias, sino del acto fabuloso de crear algo donde antes no había nada. He visto a poca gente escribir. Parece un acto íntimo, confiado a lo privado, que no precisa que se divulgue. Con la lectura no hay tanto protocolo. Se lee en cualquier sitio. El lector profesional, en lo que yo aprecio, a lo que yo he visto, no ofrece resistencia a ejercer su vicio en cualquier circunstancia, por incómoda que pueda parecer. Es más, es la lectura la que hace que las circunstancias incómodas se arredren. Lee uno para no ver lo que tiene delante, se lee para que la realidad que nos circunde se desvanezca en favor de la ofrecida en lo leído. Las historias que nos rodean son sustituidas por las que buscamos en las páginas. Escribir es una lectura que uno se inventa. Uno escribe para no ver lo que tiene delante o para ver lo que no está a la vista o para convidar a lo invisible y que haga acto de presencia y anule, siquiera unos instantes, lo obvio, lo real, sea eso lo que quiera que sea. No se sabe qué habría delante de Baroja, qué deseaba censurar. Si su ropa, que no soy capaz de borrar de mi cabeza, guiaba su mano, si podríamos barojizarnos al vestirnos como él y dejar el editor del blog y coger una pluma y escribir con la letra menudita este texto. No saldría igual. Nunca salen dos textos iguales. Los podemos comparar y no hay evidencia que los hermane. Si yo ahora borrase este texto - ahora mismo, en este instante - no habría manera de que volviese a ser restituido idénticamente. Sería otro, siempre sería otro. Yo mismo, el Heráclito del río clásico, no sería tampoco el mismo. Aunque me calase una boina.

Luego están las distracciones. Hoy se escribe más distraído. Hay cosas que perturban la fluidez del texto. Está uno en más frentes y está de un modo intenso y continuo. No había entonces, cuando Baroja, móviles que a cada poco anunciaban lo que la voluntad ajena decidía. Ayer mismo, preparando trabajo, decidí apartarlo, llevarlo a otra habitación más apartada. Lo que aprecié fue una sensación nueva, nueva y agradable: la de estar verdaderamente volcado en el trabajo, sin otra preocupación que ésa, sin otro interés que finalizarlo y hacerlo concentradamente. Después, al cerrarlo, fui pasillo abajo y miré los mensajes, las notificaciones del whataspp, del facebook, del twitter y las llamadas entrantes no atendidas. Esa actividad, no frenética pero sí un poco mareante, me ocupó unos buenos diez minutos. Una vez zanjé esas obligaciones sociales, frías ellas, sin el armazón del afecto, volví a sentarme en el ordenador (eran cerca de las nueve) y me llevé conmigo el móvil. Lo puse bien cerca. Como al amigo que se abandona y al que de pronto se le concede el beneficio de la amistad y se le da reforzada y cálida y sentida. Se distrae uno, no está siempre en el tajo con la voluntad firmemente anclada al trabajo. No sé si hay manera de evitar estas frivolidades. O no lo son en absoluto y es el signo de los tiempos, el sencillo deseo de la modernidad.


24.11.15

Explayarse, exasperarse, extenuarse / Releyendo a Javier Marías




Muy contrariamente a lo que siempre se me dijo, leí ayer algo -muy por encima, en la obligadamente reducida pantalla del móvil -  sobre las bondades de explayarse. Lo podría haber expresado más concisamente, pero no me hubiese divertido igual. Cuento con que la brevedad no es enemiga de lo ameno o con que extenderse, en ocasiones, emborrona lo contado, lo hace perderse, no lo precinta en un espacio reducido, de fácil asiento en la memoria. Cuento (también) con la idea de que me gusta leer a los que se explayan o escuchar a quienes eligen el merodeo, sin procurar que una criba, una al menos decente, rasure la frase larga, la frase un poco crápula y libertona, que va a su aire y se sepa cómo empieza o en qué términos discurre, pero no el modo en que decae o el cómo - abruptamente - se extingue. No me entusiasma que la conversación, la hablada, se explaye más de lo conveniente, pero no siempre tengo a mano una idea exacta de conveniencia. Disfruto con los que, al contarme algo, se recrean en el detalle, amenizan la anécdota - muchas, además, muy escasamente narrables - con circunstancias periféricas. Hay cierto tipo de derroche semántico que me hace estar más atento a lo que escucho o a lo que leo. Lo contrario, la brevedad antes aludida, conviene a veces, por supuesto. El lenguaje, si es demasiado pulcro, no motiva. Hace falta enfangarlo algo. Por eso quizá me gusta Javier Marías cada vez más. No porque escriba mejor que otros, sino porque escribe de un modo que me atrapa, al que concedo una atención máxima, dejándome ir, consintiendo ese rapto hermoso de la frase. Vamos los dos sin pudor, por donde el viento dice. Reconozco que hay hartazgo, cómo no haberlo. Frases que no son explayamiento únicamente, sino que adquieren un rango hipnótico, del que no es posible siempre sustraerse, pudiendo (en una hipótesis traída muy a posta) deslindarse de ellas, no estar al cabo de lo que narran, prescindir de ellas en un extremo. Es la falta de equilibrio lo que exaspera de la prosa de Marías y, al tiempo, lo que la hace única. Quizá sea eso, el exasperarse, lo que la hace cautivadora, adictiva en muchas de sus novelas. Marías, incluso el más benigno, extenúa. Ya hay cientos de escritores que ejercen su oficio en la antípoda de Marías. Muchos que, a fuerza de concentrarse, de frenar el ánimo explicativo, buscan el paso fugaz, el relato exacto, sin la minucia que uno querría para saber más o para disfrutar del estilo. Tal vez sea eso, el estilo, de lo que estemos hablando. No de las tramas, ni de la voluntad firme de contar una historia y de hacerlo conforme a unas líneas o a un patrón, sino el traje con el que la cubrimos. El cuerpo narrativo está de fiesta en Javier Marías. Y entiendo que sea esa fiesta de las palabras, de su ir y de su no saber al lugar al que van o no tenerlo absolutamente claro, lo que disuade a algunos lectores, que reconocen al escritor, pero no halagan los vicios a los que se ha entregado. Se le ama o no se le ama: se le convida a la casa y le abrimos las puertas de nuestra intimidad porque amamos la conjetura pura que representa. La vida, al cabo, es conjetura también. Todo son caminos bifurcados en otros; caminos emboscados en otros; caminos ocultados en otros. Las palabras nunca dicen del todo lo que parecen. Existe un interior no siempre legible. Y ahí es donde entra ese explayarse, aunque exaspere o extenúe, ya saben. De los vicios, de los más aprendidos, no se tienen jamás razones. Se tiene fe en ellos. En el lenguaje, en lo que ofrece, también hay fe o algo que se le parece mucho. Estaré especulando. Hemos venido a este mundo a especular. Muy probablemente. Lo que no volverá, al menos no como aquella soberbia primera vez, es la lectura de Los enamoramientos o de Mañana en la batalla piensa en mí, con la que descubrí, allá en 1994, al autor. 

dispersiones

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los verbos que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, no lo tengo casi nunca, aparento que hay uno, pero es un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, me da lo mismo, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un marcas blancas, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar a donde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando en cómo será el día, hay días que valen por muchos, días en tromba, días con los que no contar después, días que no gobierna la cabeza, ni el corazón, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se mete tres episodios seguidos de sons of anarchy, no sé qué habla el corazón, incluso cuando no habla, en esos momentos de rara quietud, está diciendo algo, siempre se dice algo, no hay ocasión en que no se exprese una voluntad o una carencia absoluta de ella, a veces no entiende uno los porqués, pero hasta esa inquietud se diluye, se va perdiendo, adquiere rango de cosa fortuita, de accidente, de mosca en mitad del brazo

23.11.15

Caer


En cuanto pueda me levanto y vuelvo a mi sitio, ha sido un golpe de calor o un golpe de frío o un golpe de público. Mi madre me lo dijo. Si ves que no vas a poder, no te metas ahí. Hay que ser muy disciplinado. Tú no has tenido disciplina en tu vida, hijo. Y no será porque no he intentado inculcártela. Las madres hacen muchas cosas, pero no las pueden hacer todas. Sí, claro que te levantarás, pero yo no me refiero a eso. Digo que ahora no podrás borrar de la cabeza de todos los que te vieron caer el hecho de que te caíste. Uno debe caerse solo. A salvo de los que miran, hijo. Si lo haces a la vista, no podrás hacer nada por enmendarlo, aunque no vuelvas a caerte nunca. La gente recuerda siempre las caídas. No ven nada cuando estás de pie, firme, orgulloso y entero. Sólo se esmeran si perciben una duda. En cuanto atisban un indicio de debilidad, aguzan la vista. la mantienen fija, por si algo relevante sucede y no han estado lo suficientemente atentos. Luego largan lo que pueden. Hay quien ha venido a este mundo a ver cómo se caen los demás. De ellos, de si pueden caerse o no, no piensan mucho. Yo siempre estuve muy atenta a esas cosas, hijo. Sabes que te llevé por el camino bueno, pero hay veces en que no es posible evitar venirse abajo. Al cuerpo no se le tiene nunca bien atado en corto. Tiene el cuerpo su voluntad, muy a pesar de que nos creamos sus legítimos dueños. Si naces para martillo es el cielo el que provee los clavos. Tu padre no se levantó. No es imprescindible caerse para no poder levantarse. A tu padre se le vio siempre caído, hijo. Por eso más vale tener una buena y luego incorporarte. Lo malo es que la gente no perdona, no olvida. De eso puedes estar seguro. Basta un descuido y ya no hay manera de reponer la idea que tenían de uno. Y tú hazme caso: la imagen lo es todo. Hemos venido a este mundo a ver y a ser vistos. No le des más vueltas. Todo lo que te cuenten es accesorio. La parte principal es la que te confía tu madre. Yo jamás permití que las cosas que hacía o las que dejaba de hacer fuesen la comidilla de la calle, pero me ha costado lo mío. Años de mirar por la ventana, por ver qué hay afuera. La vida es dura a veces. Uno cree que es un regalo, pero no lo es en absoluto. Se viene a penar a este mundo, y después para acabar en el hoyo. Tampoco se deja en paz a los muertos. Con ellos se aplica una dureza mayor que con los vivos. Tienes la ventaja de que no pueden rebatir nada de lo que digas. Ni los cercanos pueden. No se sabe nunca qué se hizo en vida. Si le dices a la viuda que el marido recién fallecido era un putañero y un crápula en sus ratos libres, tragará, como tragó antes. Y si duda, si se obstina en contradecir lo que le contamos, ya le dará de noche vueltas a la cabeza, cuando se acueste, en la quietud que precede al sueño. Hemos nacido para adorar al mal. Por mucho que el reverendo en la homilía cuente y cuente otra vez lo de poner la mejilla y el milagro de los panes y de los peces y la salvación por las buenas obras que hagamos. Yo llevo toda la vida siendo una madre buena y una esposa buena y no he tenido todavía una señal que me indique si el camino que he elegido es el correcto o hago algo mal. Seguro que si un día caigo en desgracia no habrá quien me ayude a ponerme en pie y arrancar a andar otra vez. Eso lo hacen las madres, hijo. Y no todas, no creas. Hay algunas que traen los hijos al mundo y después dejan que se descarríen y no les aconsejan ni les dan consuelo ni cobijo, pero en ocasiones una no puede hacer más de lo que hace, no se puede estar en todas, no hay manera de que la dejen, por más que insista una en que ahí tiene que estar tu madre. La que te coge y te levanta y te alivia y desafíe, con fiereza si hace falta, a quien te mire mal y te haga burla. No se puede borrar lo que hemos hecho. No está en mi mano evitar que caigas. Tampoco que puedas levantarte. Hay caídas terribles. Las ve todo el mundo. Estamos expuestos. No hay nada que hagamos que no esté a la vista y sea registrado. Ni a solas, cuando nadie te ve, estás a cubierto. Te ve Dios, que es la memoria de todos. Así lo decía tu padre. La de veces que le levanté, ya sabes. A estas alturas lo que me duele es no tener a nadie que me alce. Nadie que me cuente cómo no caer. Tendremos que pensar en si podemos estar ahí bien, en el suelo, sin miedo a qué dirán, sin pensar en qué haremos cuando estemos de pie, sin preocuparnos de volver a caer de nuevo. 

22.11.15

Se ha echado el frío / Un clásico

No sé saben de qué consuela el frío, a qué secreto alivio nos conduce, el modo en que nos hace pensar en los refugios, en todos esos lugares a los que encomendamos la tarea de que nos salven. Estamos a la intemperie. A poco que uno pone el pie en la calle o lo pone en casa, se produce el roto, se hace visible el desagüe por donde vamos cayendo. No se tiene la certeza de que los refugios sean obligatoriamente domésticos. Pueden estar en un parque o en una calle en la que fuimos felices o en un bar.Tampoco sabemos, una vez caídos, dónde vamos. Si a un lugar mejor, en todo caso. Detrás de un agujero, hay otro. Todos se comunican. El frío los comunica. Se va uno dejando llevar, buscando el refugio, el rincón en donde encontrarse. El problema es que, sabiendo dónde estamos, no sabemos qué lugar es ése. Da igual que reconozcamos el paisaje que lo rodea o que sintamos que es familiar. Lo difícil, lo que no siempre se consigue, es el lugar al que pertenecemos, esa especie de útero doméstico que nos recompone. A veces es un sillón de orejas, junto a la ventana. O la cama, la dulce y la cómplice cama. Pero puede ser la casa de un amigo, en donde nos agasajan y nos abrazan y nos quieren. O un poema de Keats. Anoche volví a leer a Keats. No sé cuántos años hacía que no leía a Keats. Me contó una felicidad que recordaba, pero que andaba diluida, como en fuga. Son días de frío, éstos. Días en los que una amiga te dice que cojas un libro y no pienses en nada que no te convenga. Nada que rebatir en ese argumento. Los libros te hacen no pensar en otra cosa salvo las que te cuentan. Hay que saber leer. Sobre todo hay que saber leer. Y Benítez, en el As, ajusticiado ya. Qué barbaridad, qué disgusto, qué pena más honda.

19.11.15

Incluso él, un igual...



En ocasiones, por mucho que uno se esmere en razonarlo, no acepta que las personas a las que admiramos, sobre las que de alguna manera crecimos y nos hicimos mejores o más sensibles o más inteligentes personas, obren como nosotros y tengan que evacuar la vejiga en un urinario público o el vientre en esa intimidad de la que casi nunca se habla, salvo para hacer alguna ocurrencia grosera o un chiste de fondo soez. Se cree, sin ningún asiento en la lógica, que viven en un ámbitodistinto de lo real. Incluso, ya puestos a fantasear con ellos, se les considere personajes, entidades sin una dimensión corpórea, que están ahí para escribir o para cantar o para subir a un escenario. De Borges, el que orina en la formidable fotografía, tengo sus cuentos, su aleph, su jardín de senderos que se bifurcan, su tigre, sus literaturas germánicas medievales, sus runas, sus mil y una noches, su biblioteca circular y su ajedrez inaplazable. Y esas propiedades me bastan. No deseo que ingrese en mi credulidad el Borges que sale a la calle y pasea y bosteza y derrama el café. Ninguno de esos hipotéticos borges son necesarios. Son piezas secundarias. Como si el personaje que he ido construyendo se diluyera un poco al dejar que contemplemos su parte terrenal, su necesidad de ir al servicio o al baño, su incuestionable envejecimiento o sus debilidades políticos - las de Borges fueron muchos y no siempre juiciosas - o sentimentales. Pero tiene su morbo el Borges que orina. Hace que la realidad suplante la ficción o la contamine o haga que pensemos en que todo es una ficción o todo es una realidad y las dos partes se unen a veces y se confunden y nos perturban o abrazan.

18.11.15

sería de algodón el impacto de la bala

milton en alphaville
el poeta todavía esnifa adjetivos 
hilos de ternura a ras de sístole 
toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura 
largos cabellos 
el sótano está encendido 
suena bossa nova filtrada 
el tiempo es un jesucristo con sordina 
el tiempo es un jesucristo con sordina 
necesito un demiurgo 
un crack en mística 
un hombre con una corbata beige 
con una corbata gris 
todas las corbatas estropean la alegría 
lo hemos visto juntos oh mi amor 
la delicia de mirar amanecer juntos 
la fria inerte dulce sucumbida clave de amar 
hemos oído la misma canción las veces suficientes 
la primera vez en parís 
la segunda en las favelas 
era diciembre 
nos queríamos de forma sencilla 
comprábamos periódicos 
leíamos en las terrazar al sol 
tomábamos café 
el chico del café era sordomudo   
el hombre lee en donde puede 
he visto gente leer en el metro versos del corán 
haikus 
prosa cabreada del tiempo 
dow jones 
big fun 
hemos liquidado el miedo 
lo hemos escondido en un endecasílabo 
la mampara es el jazz 
nos escondemos detrás 
mujer 
tu cuerpo es un desagüe en donde me voy 
arranca el tour de amor 
la ipé de mi corazón es volandera 
la ipé de mi corazón la saco a pasear 
tiene el paseo luna y el perrito de chejov nos mira en un relato tradicional ruso 
todo lo ruso es agradable al oído 
el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho 
no me leas a nietzsche en vernáculo 
no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti porque no tengo tiempo esta noche el exiliado 
el extravagante 
el asunto principal 
la historia de la vida 
el leiv motiv 
los fab four en la pared 
baudelaire en la pared 
la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta 
me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia 
no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes 
la ciudad era nocturno 
gas
pubs 
pizza a las cinco de la mañana 
resaca margarita 
hombre 
no tengas cuidado 
me dejas en la puerta que yo subo 
solo me pongo un charlie parker 
me pongo un stan getz 
amor 
con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico 
esta noche europa
paris londres madrid 
el personaje perfecto en la ciudad ideal 
pegamos tropezones hasta navidad en la tesis más fiable 
la república de las palabras no representa un peligro 
salvo que seas un subversivo 
un tipo de esos de la derecha carpetovetónica 
no me vengas con panfletos 
me dan migraña los panfletos 
se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio 
tío sam está ahí afuera 
me duele el alma 
la bestia políglota avanza por las calles 
recorre avenidas 
no tengas miedo 
me has entendido 
no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien 
el miedo es una aventura lírica 
la soledad es un agujero enorme 
la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche 
samsung cuarenta pulgadas 
europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz 
no crean 
no viene bill evans 
el genio se quedó en sus toxinas 
el timonel escora dulcemente la memoria 
tengo ancho un párpado 
me adormece la tarde 
olvídate de la derrota 
la grúa pasta tu voz 
extrae la palabra 
el oído glauco 
el estremecido punto en el que la voz suministra su inventario de cautelas 
importa el alma 
comparo mi dicho con un eco 
me miento 
me invento un mundo 
se ofrecen dioses para tutelar mi ingreso en un cielo cinemascope 
en vísperas el lance 
nunca sucede el pensamiento 
dilata el trance 
el cuerpo de la cortesana livia dulce acaba de cumplir cincuenta 
ya no acuden amantes 
indagas 
averiguas que el amor subsiste todo coronado 
agua herrumbrada en todo caso 
polen 
eco 
rizo del bello pubis ya en declive 
como en una película de gloria swanson 
fuera morir entonces hermoso 
únicamente hermoso 
es sólo es plumaje 
el pájaro toma altura 
perdura esto 
el pájaro perdura 
el desencanto trenzado 
el menos doloroso si anidan pájaros en el pecho 
dulce quebranto tus dedos 
naves 
mi amor 
te amo 
qué hermoso es ver desfilar la tropa 
arengan en una tribuna los viejos caciques 
las estrellas al aire 
el júbilo 
la patria 
los dioses propicios 
la cosecha de muertos con la voz cedida 
con la voz hundida 
con la voz destrozada por el peso del verbo cainita 
el verbo púgil 
el verbo ampuloso en donde existe un paraíso 
lo mismo que kavafis 
cabafis 
kavaphis 
cavaphis 
pide que el camino sea largo 
alguien jadea un pétalo 
junio esconde savia 
trinos que confunden alta advocación del santo loor 
compartir la gloria 
el dulcísimo eco donado en la noche cómplice 
en esencia el astronauta aunque zurdo evita el trato campechano 
no está hecho para eso 
es de otras miras concretas 
volúmenes que modulan el silencio zubin 
el peso de la orquesta flaquea 
así hablo zaratustra 
así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán 
el galán 
el tiroteo 
esto es cine 
los arquetipos estipulan conductas 
una literatura 
escribo porque tengo los dedos limpios 
verosímil orquesta 
radio skanton 
la pluma 
el tiempo es un sinfín de silbos próximos 
oh nido 
contribuye el músculo a adecentar el alma 
la mano del azote divino 
el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato como premisa válida 
como baluarte 
se desvanece el barco en la distancia 
se pierde 
pues en la distancia todo se deja manejar mejor por la fábula 
en fuga 
todos los niños de londres aman a peter pan 
todos los niños de londres aman a peter pan el formidable 
en balde se diga moneda 
salud 
amor 
te escribo precipitadamente este galope enfurecido 
este galope sucede como lluvia 
este galope finalmente desemboca en poema 
en viena urdida por los nazis 
unas frases que arden 
un viento que asiste al actor en su papel principal súbitamente héroe 
ardor más bien 
el material disperso es la memoria 
el hilo 
el punctum 
el verso armónico despojado de retórica 
en la geometría participan los amateurs 
en la memoria flipa un payaso 
el rito sin usura 
por favor sedúceme esta noche 
si puedes ven 
sedúceme esta noche 
esta noche 
calma 
sobre todo esta soledad de amantes 
no vengas con los libros de kafka bajo el brazo 
dan migraña 
ya lo escribí 
con tal de perderme por todos mis sentidos 
la voz se astilla 
la verdad es que muero veladamente por mis poros abiertos 
rechaza la batalla 
el fondo sin astros 
el cuerdo contra el boxeador sonado 
el verso final 
todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces 
black magic woman varias veces 
stairway to the stars varias veces 
summertime varias veces 
en la tempestad brinca dios 
muda el inverno su vocación de pestillo 
eso es lo que ocurre señor gómez 
la voz se astilla funda 
el amor
 trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo 
se invoca 
se venera 
se salva el que reza 
el apestado es el ateo 
el descreído 
ay me he perdido en los mítines del alma 
en contra de sí misma tiendes la mano 
la mano buena  
entonces escribe a su antojo key 
obituario 
escena manzana perdida en el cesto de una vírgen de teruel recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía 
el mercado 
la crisis 
el topo 
el animal oscuro 
el animal oculto 
el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden 
el caos es el orden que se cansó de repetir un verso 
en bourbon street 
contra la voluntad de un elegido 
algún precio ha de pagarse aunque sea por vivir tan a lo precario
 toda esta iluminación 
este irse en cada gesto 
en cada sílaba 
desde el musgo hasta la rosa la de milton 
vibrar en el sueño 
morir hay que ir muriendo 
el beso último 
el astro numen 
la nave como un rito 
se zafa del oleaje
 nadie oye la proa cascada 
el alma rota 
dios sin aviso 
sólo el timonel siente un ardor 
un peso el naufragio inminente 
soledad entonces tan lírica 
me muero de ganas de volver a los quince 
encontrar un refugio en los grandes salones de la antigüedad 
comprobar el peso de las sombras en un sueño 
volver a casa como si no hubiese uno salido nunca
meter la cara entera dentro de una vixen de meyer
estar ahí metido como si fuese fellini
como si en esa carne viva el mundo tuviese un sentido
encontrar los poemas perdidos del primer dios
el problema es que le dedicamos demasiado tiempo a las palabras 
creemos que todas deben ir hiladas
tener un cuerpo
los brazos
las manos
los ojos de las palabras
pero en ocasiones
va la palabra a su aire
a capricho
sin la tutela de las razones
hemos mandado al mundo a un lugar oscuro al manejar tantas razones
no hemos dejado que el corazón lo guíe
no hemos considerado la posibilidad de que sean los poetas los que organicen las partidas presupuestarias
no lo vamos a hacer nunca
moriríamos de pena en un rincón
no sabrían hacer cuentas
pero sería feliz el trayecto
tendríamos dragones y sería de algodón el impacto de la bala

16.11.15

La lógica de Bartleby, activista de la paz



A los muertos se les da a veces la consideración que no se les prestó en vida; se llora por ellos incluso cuando, en esa vida, no despertaron ese regalo del afecto o del amor que es el llanto. Si son muertos anónimos, personas que no hemos disfrutado, ni padecido, ni siquiera topado en la calle y saludado o entrevista en la calle, yendo o viniendo de casa, pueden doler como si fuesen de los nuestros. No sé si si eso de la mortandad tiene registro de propiedad y hay fallecidos de los que somos una especie de dueños sentimentales, por decirlo de alguna manera, y otros, más alejados, a los que no les dispensamos deferencia titular alguna. Un muerto francés valdrá igual que uno de Nigeria al que los bárbaros de aquella zona, los hay, claro que los hay, ha volado la cabeza en una aldea perdida con un kalashnikov o de un machetazo. Un muerto kurdo, en esa balanza ahora improvisada, tendrá la misma valía moral que uno sirio o afgano o francés. Si en lugar de apreciar la nacionalidad del finado, miramos su inclinación religiosa, tendremos muertos cristianos, muertos árabes, muertos judíos, decenas de maneras de creer en un Dios, aunque mueran a causa de esas legítimas creencias y atrofiadamente esgriman a ese Dios como causa de la barbarie que acometen. No hay manera de que, siendo sensibles, podamos escurrir el bulto de llorar a cualquier caído por la sinrazón ajena, por el terror de los otros, los que difieren, los que no piensan al modo en que ellos pensaban, los que sostienen que les pertenece la venganza o la justicia o la verdad. 

No hay verdad tal, no puede haberla, no es posible que en este mundo que andamos construyendo, con la sangre, con el sudor y con las lágrimas habituales, todos tengamos razón, todos estemos asistidos por la inteligencia y procedamos conforme a ella, sin lesionar a nadie, sin romper algo a poco que nos movamos. Siempre hay cosas que se rompen. Los que se esmeran en maquillar bien las palabras - para que no hieran, para que no molesten - dicen que son los daños colaterales. Lo malo de esos daños es que afectan a quienes no intervienen en el litigio. Hay muertos que no eran predecibles. Quizá ninguno lo sea, pero se podría entender que algunos, usando el hierro, mueren por él, como dice el refrán antiguo. Lo que hace indigna y hace llorar es que caigan los que no han manejado hierro alguno, todos los que viven al margen, cuantos respetan al otro y no interfieren  y no interrumpen. Da igual que los políticos a los que votaron sean corruptos o trapicheen con armas o financien negocios bastardos, negocios lucrativos, los que hacen que la economía no pare y las alianzas entre iguales perduren, toda esa maquinaria sucia de la alta política. 

Si vienen a casa y la queman y pasan a cuchillo a los inquilinos, si no les importa caer ellos mismos en ese acto atroz, es muy difícil que este conflicto, el de los muertos inocentes, cese. Qué verbo más horrible es inmolarse. No hemos sido educados para entender la inmolación. Afortunadamente la educación omite ese verbo venenoso e inútil. Se nos educa para que nos aterre la violencia, pero siempre hay un agujero por donde colarse y salirse de ese confort. Es un mundo en el que hay que posicionarse, en el que se debe acatar un criterio, en donde se afilia uno a cierta militancia. Inevitablemente somos cristianos o ateos o capitalistas o de derechas o de izquierdas o vegetarianos o culés. Conviene que se nos estabule. Está bien que tengamos una etiqueta con la que poder controlarnos mejor. El mundo funciona así, nos guste o no. Quienes se abstienen, los bartlebys del mundo, también caen cuando vuelan las balas. Al final, en una discoteca de la noche parisina, no importa que leas la Torá, los evangelios, el Marca o seas un adicto a Paulo Coelho. O si eres marxista o no has visto la barbuda cara de Don Carlos en tu vida. En ese momento indigno, cuando un descerebrado decide que puede retirarte la vida, no sirven para nada las palabras. Ni las palabras, ni los gestos, ni todas las palabras y todos los gestos juntos. La sangre, al verterse, no sabe de justicia. Se deja ir, fluye, te abandona y te mueres. Pero es una muerte de verdad muy absurda. Como la que roba el cáncer o un accidente de carretera, pero ninguna de esas lamentables maneras de dejar el mundo tiene la brutalidad de la que proviene de la mano de otro, del que no se detiene a pensar, del que está juramentado a robar lo que no le pertenece. Lo más preciado. Da lo mismo, en el fondo da lo mismo, que sean muertos cercanos o de la más alejada geografía. Todos somos franceses cuando son franceses los que caen o noruegos. Me viene ahora el psicópata que se llevó a decenas de jóvenes en una isla de recreo. Lo que no recuerdo es si fuimos noruegos esos días. O si, pudiendo serlo, uno decide no señalarse, no exhibir su dolor con símbolo alguno, no salir a la calle, no manifestar su indignación, no caer en esa rutina un poco ya falsa en la que uno adquiere un insignia, una de tantas, se la planta en el pecho o en el perfil de su red social y así da a entender lo comprometido que está, lo que le duele el mal, lo sensible que es. Y lo hermoso, lo que debiera ser hermoso, es que unos se muestren así y otros, según su fuero interno, prefieran no hacerlo, como Bartleby. 

12.11.15

La gran odalisca de Ingres

                   
Jean-Auguste-Dominique Ingres - “La gran odalisca” (1814, óleo sobre lienzo, 89 x  162 cm, Museo del Louvre, París, desde hoy, temporalmente, en El Prado, Madrid)

No he sido un visitante habitual de pinacotecas. No por falta de interés. Entiendo que no fui educado convenientemente. Faltó adiestrar la sensibilidad que no me falta, se precisó una pedagogía del arte. Las veces, menos de las deseadas, en que he pisado un museo, he sentido esa especie de vértigo que proviene del deslumbramiento puro. Tengo amigos que saben de pintura lo suficiente como para adentrarse en la obra y apreciar más hondamente lo observado. La misma hondura que probablemente sí poseo en materia libresca, imagino. Lo que me fascina siempre es la logística de todas las exposiciones, el backstage, la maquinaria puesta en marcha para que el cuadro esté colgado como debe y la atención no sufra ninguna distracción y se pueda penetrar en la pintura. En la fotografía no hay ninguna evidencia de que alguien no ame su trabajo. Lo aman todos, incluso quien inspecciona que el izado sea correcto y los operarios no lo tratan mal. Son esos operarios los que de verdad disfrutan del trabajo que realizan, son ellos los que se esmeran en que nada malogre la belleza carnal de la odalisca de Ingres. Es ella, la odalisca, la que los mira con temor, comprendiendo lo frágil de la situación. Como si no desease perder el oficio antiguo que le encomendaron, el de mirar de reojo, un poco sancionando y otro, halagando, a quien le mira el culo. Un culo que no acaba de enseñarse, un culo a medio dar, como sancionando también a quien lo anhela y basa su placer en esa visión majestuosamente carnal. No solo el culo censurado, también la espalda larguísima, demasiada espalda para una mujer de esa época, me parece a mí. Hasta el operario, compinchado con la mujer del serrallo, cubre con su cuerpo la rotundidad insinuada y parece advertir a sus dos compañeros que no se entusiasmen si pretenden ver el desnudo frontal, el que se ofrece a la oscuridad del fondo y que ni el propio Ingres pudo registrar. 

Luego está la opción opuesta: la del equipo de instalación insensible, de poco o ningún afecto por la belleza que se les ha entregado en pequeña custodia, más preocupados del peso del marco brutal que cobija la tela o del convenio colectivo del sector de operarios de las pinacotecas. A quien cuesta ubicar es al que vigila que todo marche como debe, se le ve feliz, no hay indicio de que esté en tensión, parece confiado en la pericia de los trabajadores, en que no habrá desliz que luego haya que lamentar, en fin, exhibe una felicidad reposada. No dudo que conozca al detalle la forma en que Ingres pintó a la odalisca en cuestión, si era una modela eventual, contratada en el barrio más lascivo del París de la época o, bien al contrario, era una mujer con estudios, encantada de que su cuerpo contribuyera a la sublimación de la belleza, a la mismísima Historia de la Pintura. Sabrá si fue amante del pintor; si la sesión duró una semana entera o varias; si la técnica usada - óleo sobre lienzo - era la idónea o la que estaba de moda; si era un encargo de algún noble caprichoso o engrosaría una colección privada, expuesta en algún reservado de palacio, a beneficio de los íntimos del Emperador (Napoleón entonces) o de alguno de sus protegidos; si la obra tiene influencia italiana o flamenca, no sé lo que digo, ya he referido que no poseo la erudición, no podría ser el inspector, el severo hombre al cargo de que no se coloque en una sala muy fría o demasiado cálida o de que la pared sobre la que reposa no presente humedad o la recorra un desagüe. Debe ser duro el trabajo hasta merecer ese puesto nobilísimo, el del hombre de la chaqueta, el único - dicho así - con chaqueta y con corbata, cruzadas las manos sobre el vientre, en posición descansada, como el que está recién aliviado de un peso o no sabe qué hacer con ellas y las coloca ahí, por no hacer lo que le gustaría, metérselas en los bolsillos, tocar un mechero para que los nervios no le traicionan o manosear sin que se aprecie las llaves de casa. Debe ser así, supongo, no de otra manera: años de estudio, masters en Historia del Arte, para ver cómo colocan un Ingres. O para colocarlo. 


11.11.15

Seguir sombras y abrazar engaños / Góngora, en el lecho de muerte, hace cuentas


Se me ocurre que lo que viene debajo es una osadía, una especie de temeridad censurable, pero se le va a uno la mano, cree que tiene el arrojo para embarcarse en una tarea grande y luego comprende, una vez acabado el texto, que Góngora no habría contado la historia de esta manera, ni habría usado esta pobre, a lo que él acostumbra, pobre, sí, rendición de su castellano sublime. De todas formas, hoy, mientras estaba en una charla más que amena organizada por la Cátedra Góngora en la Biblioteca de Lucena, pensé que volcaría en el blog, en donde no estaba, este escrito, hecho en mayo de 2013 para Barra Libre, que yo pongo en voz del poeta. Sabrán perdonarme los gongoristas y los que no lo son. De cualquier manera, ahí lo dejo, a beneficio de ociosos, que no de iniciados. Mi amigo Pedro echará una sonrisa. Por lo que sabemos. Yo se la aplaudo. 

Seguir sombras, abrazar engaños

Mientras que en la ligera sombra prospera  el frío y los árboles desalojan el rumor de los astros y convidan al paseante a meditar sobre la mudanza de las cosas, fatigo las horas en esta pieza postrera, inclino mi voz y cuento lo que he visto. Al poeta se le encomienda el registro de los prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas bellas y de rudos pastores. A mi verso han acudido las cosechas de los años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el que he cincelado el tallo agreste de la palabra. Embastado el seso al cuerpo exigente del soneto, carifruncido y enfermo a veces, ciego al dolor en otras, cebado de sílabas, comido por las urgencias naturales de la vida y conminado a volcar en la hoja el dolor infinito de la muerte, buscando quién sabe si a Dios en este dulce instrumento que es la poesía, pero no soy hombre de santos ni tengo al cielo como el cobijo al que aspira mi alma enferma. Sé, no obstante, que algunos festejarán mi ausencia. No ha sido mi elección la del afecto hacia los otros sino la puya y el desdén, obra de mi carácter, de escasa dulzura o ninguna, de poco apresto al concilio y de mucha inclinación al desplante. No buscando la fama, encontré cierto posición social que no la desdeñó. Fui amigo de reyes y hasta gané la enemistad de algunos. La vida cortesana, tan rebajada a lo mundano, nunca me hechizó. Fui de los que paseó los pasillos palaciegos, abrió cancelas y platicó con sus dueños, pero lo hice campechanamente. En mí se produjo el milagro de lo profano y de lo sacro y de esa mixtura dulcísima extraje una poco piadosa visión de las cosas. Quienes me condujeron a los cargos eclesiásticos que disfruté no cayeron en la cuenta de mis dispendios. No solo gasté en mis vicios sino que repartí entre los míos. Si eso contribuye a que mi figura no sea tan severa, lo aplaudo, pero no me resta sueño, en estos días últimos, si el futuro me viste con ropajes embusteros y de mí dicen lo que no procede. No solo me entregué a los libros y a las letras de los libros. Amé obstinadamente la vida al modo en que se ama lo que se sabe huidizo. En eso hay algo de mi sesgo crispado, de mi voracidad dialéctica, de todo eso que las habladurías, en ocasiones, cuentan de uno y que, a poco que se escuchen con atención, se advierten ciertas.

Dicen los que me tratan que me falla la memoria. Todavía alcanzo a escribir sin desmayo y nombro con absoluto rigor los dioses de la antigua Grecia y los héroes que en los libros me iluminaron. Muy de ordinario manejo las filigranas del verbo y hasta me acomodo con soltura en las cárceles del lenguaje, que son muchas y precisan de fineza y de ingenio como pocas. He andado camino, refugiado del invierno en posadas, conversado con el pueblo y me he arrimado, sin la ronza de algunos, a las castas de más fuste. Todas esas travesías han avituallado de milagros y de tristezas, de asombros y de penurias también, esta insobornable querencia mía a dejarlo todo por escrito. Encuentro en el oficio de escribir el placer que no hallo en el de la vida. Por eso seguí sombras y abracé engaños. El hospedaje de los años lo estoy pagando ahora en este lecho en el que yazgo. No poseo otra riqueza que mi nombre puesto que desconfío de lo que todavía me aguarda y no dudo de que me cubrirán ya sin remedio las entenebrecidas verdades del mundo. De mentiras viví mientras que las mentiras me colmaron. Y bien colmado que estuve. Gocé e hice tal vez gozar, aunque no es esto de lo que hablo asunto de lubricidades sino materia del espíritu. En la palabra, en su dormida ribera, fluye el río de la vida, en la que yo me he afanado y de la que ya, aquejado de quebrantos que no gobierno, me despido. Quiera el céfiro y quieran los astros en la callada bóveda de la infinita noche que sean mis letrillas alimento del que las busque. No hay otro fin en este viaje que concluye que el de legar algo que de algún modo alivie el dolor que padezco. Esplendor mucho, ceniza poca, he dejado escrito. Que el recinto que guarde mi cuerpo no se abruma de visitas y no se sepa a ciencia cierta en dónde me hallo y a qué inclemencias de las estaciones me expongo. 

En la comisión de mi cabildo, me obstiné en el imposible de conceder prebendas a los míos. Conforme he ido avanzando en años y en dolores, pues la vida es un dolor minuciosamente administrado, he confirmado la idea de que la belleza salvará al mundo del caos y de la barbarie. Los ejércitos librarán sus batallas en las extranjerías, los reyes recibirán las reverencias de la grey, pero los poetas conduciremos al alma al parnaso y la dejaremos allí, prendida a un endecasílabo, encendida de los abundantes júbilos de las letras. Las mías las dejo al antojadizo dictamen de mis críticos. Sé que fui odiado como sé que odié. No fui hombre de armas y no me escondí en las sombras, a la espera de amandoblar a mi enemigo, que tuve en número grande. A mi funeral acudirán todos. Lo harán para comprobar que me meten bien hondo y que me echan encima una buena cantidad de tierra. A cada paletada sobre la madera, mayor será su alegría. Los que me amaron, quienes tuvieron a bien dispensarme su afecto, nada les pido salvo eso que los que escribimos siempre llevamos bien a gala y que consiste en no dejarnos morir del todo. Que leyéndonos, vivimos. Que en el ejercicio de la lectura, nuestra voz se iza y perdura, ayuntada con las otras que también trabajaron en esta dura empresa de contar los sucedidos. Os dejo, parto, me siento bil y no gobierno ya ni lo que escribo. Seré tierra, humo, polvo, sombra, nada.