28.10.15

La vida es una novela de Patrick Modiano

La novela da cuenta del mundo, lo indaga, le da cuerda, lo abarca entero y, en ocasiones, lo invalida o lo censura o lo deja en ficción. Las mejores novelas son las que no son perfectas, las que dejan las costuras visibles, las que no están terminas. Ni la misma vida podría ser una novela antológica, una de verdad cerrada, revisable, redonda, sin ningún resquicio, Estoy por dar la razón a un amigo mío que me dijo una vez que las novelas son los sueños de un dios. La novela como epifanía teológica. Pero los novelistas no lo saben. Creen que escriben ellos, pero las tramas se las dicta o se las confía el azar. No podré nunca charlar de todo esto con G.K. Chesterton. Me hubiese encantado. Todos los árboles sacrificados para que puedan ser leídas las novelas de Coelho o de Bucay duelen en el alma. Me duele un árbol. Seré quien los defienda a partir de ahora. Me duelen los árboles sacrificados inútilmente. Ojalá todo lo que escribe Coelho se publique directamente en formato digital. Acabo de terminar una novela imperfecta, imperfecta y adorable. Me la regalaron. Se llama Villa Triste, La escribe sin ninguna pretensión de trascender Patrick Modiano. No pasa nada y, a su modo, no hay cosa que no pase. Se lee con fruición, se queda dentro, pero no estoy seguro que uno pueda hablar de ella y contar qué tiene, de qué asunto nos informa. La vida es una novela de Modiano, Alex Herrera..

27.10.15

El frío

Los días fríos a los que no le aplicamos esmero alguno, los días sin resplandor, los vacíos, los días de Bill Evans en una habitación de la planta de arriba, tocando el piano sin que nadie lo escuche, pero saber que Evans está arriba, bebiendo whisky directamente de la botella, buscando en el paisaje que le ofrece una ventana muy grande árboles, árboles grandes. La pieza que toca puede llamarse Tree. Me sigue pareciendo inquietante que una pieza instrumental pueda llamarse de una forma o de otra. Que se llame Tree o se llame Aspecto número tres. Aceptamos el título, lo integramos en la melodía. No tenemos la misma voluntad con el frío. No le permitimos ninguna excentricidad. A Evans le subimos un sandwich frío de pollo, pero no lo toma. Parece un recluso. El jazz es una cárcel.

25.10.15

Se nace para correr, se crece para parar II / La melodía de Chewbacca


                                                                                                               

Hay un anhelo platónico en ser un soldado imperial, en ser el sombrerero loco, en tocar como Hendrix o en retirarse una temporada a un balneario y escribir una novela a lo Mann. Lo que no tenemos a mano, cuanto está fuera de nuestro alcance, se acerca si lo escribimos o si lo leemos. La literatura, la cinematográfica y la libresca, nos abastecen; nos conducen a donde no iríamos nunca. Les debemos ese viaje. La ficción es el combustible de la realidad, el lado oscuro - o luminoso o atroz o sensual -, el que hace soportable lo irracional que es. Por eso leemos, por eso escribimos. Y leer y escribir nos hace ser otros. Otro falso, si se me permite. Somos Gregor Samsa al despertar y ver las extremidades que le inventó Kafka o Hans Solo pilotando el Halcón Milenario en Stars Wars o Paul enjabonando a Jeanne en un piso sin muebles en París. Las vidas que no son nuestras son las que de verdad deseamos. Lo propio, lo que damos como nuestro, es una instancia más, a veces la menos soportable. Hoy un amigo me ha hecho pensar en si la vida que llevo se asemeja a la vida que escribo. Quizá no había caído en ese matiz o sólo lo he entrevisto, sin la atención que merece, como si no tuviese instrumentos con los que razonarlo. Y no los tengo. Sólo he visto a Chewbacca tocando el saxo de Clarence Clemmons y a un stormtrooper emulando a Bruce Springsteen en la inmortal portada del Born to run. La vida es distopía, Joselu. Un lugar malo al que le aplicamos con esmero un barniz de ficción. Por si así es más fácil atravesarla. Por si necesitamos tener a mano un refugio. No hay ninguno mejor. Escribir es el mío. Creo que él lo sabe. 

Se nace para correr, se crece para parar


Si tan sólo huir bastara, pero al final nos atrapan. Tarde, al final, cuando ya ni te acuerdas del porqué de la fuga o a poco de emprenderla, justo cuando más te duele. Ni siquiera hay un plan hecho para tu captura. Es el azar el que te cerca, el que te pone contra la pared y te pide cuentas. Se trata de pagar por lo que hicimos o por lo que no hicimos, qué más da. Huimos sin saber a qué lugar ir o sabiéndolo, Lo terrible de que uno huya es que le vayan cerrando el paso. Que los que no nos conocen creen obstáculos y nos hagan parar. Una vez que se ha comenzado a correr, no es fácil parar. Incluso hay quien convierte la huida en refugio. Se está bien mientras vamos avanzando. La vida, en general, así muy relajadamente tomada, es una huida, un ir hacia adelante, una suerte de movimiento dulce o duro u hostil, según el momento. No basta únicamente con avanzar, con alcanzar lo que se anhela. Qué placer sería disfrutar el trayecto que conduce a la consecución de ese anhelo. Que la niña que huye del coche, con el que la conducen a un lugar que no desea, goce con la escapada, aunque sepa que la van a encontrar tres calles más abajo y la van a sentar otra vez en el asiento trasero. Ahí pensará en el modo de burlar de nuevo a la autoridad, en encontrar el resquicio por el que poner distancia. Y mientras corre, a medida que se aleja de lo que la disgusta o la oprime, pensará en la satisfacción absoluta de su gesto, sin importarle que sea irrelevante. Siempre nos atrapan. No hay forma de que la carrera dure para siempre. Llega un momento en que uno precisa parar. No seguir, no avanzar, no desear. Lo hermoso, lo verdaderamente hermoso, es haber huido, haber escapado, haber burlado a la autoridad y corrido, libre, pleno, salvaje, hacia cualquier parte. 

24.10.15

Spleen


                            A Antonio Sánchez Huertas.

En mi amigo Antonio abrevan provincianas, elementales
bestias, alucinados ángeles.

Siendo como es dios pequeño de su alado verbo,
abruma con su parlamento enorme y, en ocasiones, remotos pájaros
le vienen en bandada y con ellos departe demiurgas sílabas.

Complacido de su causa,
ufano de itinerarios y de ternuras,
mi buen amigo Antonio celebra el tiempo
en íntimas advocaciones al numen de todas las cosas importantes
y lee a Stephen King a bocados
y consulta los diarios en las barras de los bares
como si el mundo acabase de anunciar
su previsible finiquito.

Se deja vivir así, 
ordenando los días
en cervezas, en periódicos, en un hijo bonito que le dio el Atlántico,
en esposa cómplice de sus vuelos.

Hoy traigo este encargo de fijarle 
un tema más de conversación
que nos ocupará gratísimos ratos 
en la barra de Espuma’s, que ya no está.

No hay lugar en donde él y yo no hayamos estado.
Ninguno en donde no esté la rúbrica de ese paso.

Hasta que las estrellas revienten en el cielo de Beverly Hills / Tom Waits rinde cuentas al fin





Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta. No me pregunten cuánto vale un gramo de coca. Pregunten otra cosa. Por mi mujer o por los concursos de la televisión. No leo libros ni periódicos. Me da lo mismo si ganan los demócratas o los republicanos. Obama es negro, de acuerdo. Keith Richards está otra vez de gira y John Holmes se fue al infierno sin un céntimo debajo del colchón. Quiero decir que el mundo sigue girando. Haga uno lo que haga, el mundo va a lo suyo. La luna en el cielo y el aire oliendo a tierra mojada si llueve. Haría lo que sea por redimirme. De hecho ensayo salmos cada noche. Rezo al cielo infinito y me hinco de rodillas, cerrado el corazón, callada la boca, pensando en mis adentros la salmodia que me exhima del tabernario relato de mis pecados. Fueron muchos y todos se conjuraron para que mis canciones describieran el estado putrefacto de mi alma. No se me ha confiado si hay un Dios o todo es un bulo entretenido, pero hay noches en que le hablo hasta que clarea el día. Algunas veces, al despertarme de algún sueño muy breve, pienso en frases enteras que me ha dicho, en confidencias suyas. Debe verme muy triste para que se detenga y tenga la consideración de escucharme. 

Soy Tom Waits y ahora pago un recibo mensual por la televisión por cable. La única resaca que padece mi cuerpo cada mañana es la de la abstinencia absoluta. Y juro por Dios que lloro al recordar los años gastados en las barras de los bares, las noches eternas contemplando el paraíso en el fondo de una botella de Jack Daniels. Anoche vino un periodista a casa. Le ofrecí un te aromático y amenicé la entrevista con un disco de Barry Manilow. Mi mujer sabe el dolor que he sufrido y aprecia en lo que puede la redención a la que me he entregado en cuerpo y en espíritu. Mi manager me pide sangre, pero yo sólo sé darle algodón. Todas las noches descarrila un tren lleno de algodón en mis sueños. Juro que cada mañana me levanto empapado en sudor, gritando como un lobo enjaulado, lejos de la manada, obligado a enseñar los dientes muertos, alimentados con hamburguesas del McDonald's. Soy el lobo recién ingresado en la sociedad civil. El vampiro con nómina. El delincuente súbitamente al corriente de sus fechorías y entregado sin estridencias al bendito tribunal del pueblo. 

Soy Tom Waits y ya no sangro cuando canto. A mi voz le ha crecido un cáncer y soy incapaz de disimular la enfermedad en un escenario, pero sabrán disculparme si no regreso al activismo de antaño. No esperen perros en la lluvia, hagan el favor de concederme la posibilidad de perderme. Yo no me siento con fuerza para escribir mi biografía. A veces se me escapa un aullido. Cosas del lobo que no ha dejado de romperme por dentro. En todo caso queda una brizna del salvaje que fui. Si me miran en detalle, si observan el mapa de mi rostro, advertirán la erosión, el roto que los excesos han dejado en los ojos. El santo bebedor es ahora un sencillo funcionario. Gano la paga como la gana usted. Me levanto temprano. Oficio el rito preciso para aparentar la normalidad que anhelo, pero basta con prestar la suficiente atención para percibir la metástasis. Soy un zombi. El cuerpo está muerto, pero la cabeza sigue ordenando el mundo. Soy una especie de dios rudimentario y caprichoso que ha encontrado un placer sublime en corregir los errores del plan y en cuidar de que no se reproduzcan de nuevo. Kathleen, mi venerada esposa, me ha librado del veneno. Me ha dicho: o el veneno o yo. Y a esta altura de la travesía, bebida media Kentucky, libradas todas las batallas con las que el hombre se cree divino, ungido por un don, Kathleen es el sol y también las estrellas.

Soy Tom Waits y la melodía es como el humo. El ritmo, ya lo saben, son las toses. Ya no importa que cante con el culo y recite a diario el evangelio de mi salvación. Fui un borracho rentable y ahora soy un crooner de mis recuerdos. Si quieren les canto My funny Valentine o Summertime como si no hubiese hecho otra cosa en la vida. Ladro lo justo, lo siento. Me sale la voz de perro, pero me duele lo que dice. Si quieren volver al ogro, saquen sus discos, inviten a los amigos, díganles que fui un dios salvaje. Fui un dios con un alambique de whisky en la mesita de noche. El dios ebrio con su don preciso.

Soy Tom Waits, el bastardo, el huérfano, el loco, el limpio ejemplar de una especie en vías de extinción, el que no se vendió a Dios, pero miró a los ojos al diablo y encontró refugio en el mal, en la belleza que el mal siempre alienta. Siento que no me hayan sabido comprender. De verdad que siempre intenté ser yo mismo. Lo fui cuando me senté en un cabaret y entoné un blues fúnebre. En el fondo no he hecho otra cosa en mi puta vida. Cantar un blues. En la intimidad, a salvo de las cámaras, de la mtv y del billboard, lo repito en ocasiones a mi amada Kathleen. Le digo que se acomode y lo hace con un desperpajo que me intimida. Luego busco una canción antigua. Y le ladro.¿Eras perro o lobo esta vez?, me dice después de la reverencia protocolaria. Y la beso como un animal hasta que las estrellas revientan en el cielo de Beverly Hills.

Soy Tom Waits, llevo siéndolo desde que recuerdo, no he sido otra cosa. Primero un Tom Waits inocente. En la inocencia, no se tiene deseo alguno de ser creativo. Por eso es mejor el desamor, la locura, la parte oscura que te aúlla dentro. De no haber bebido, no habría cantado. Entiendo que haya quien no lo necesite, pero ellos no son Tom Waits, ni tampoco les invito a probarlo. Hay que haber estado mal para hacer lo que yo he hecho, pero ahora estoy centrado, paseo los perros, me enchufo Netflix y veo la segunda temporada de Sons of Anarchy. Me encanta todo ese festín de cerveza y de chesterfields, de ruido de blues en la barra de un bar y de putas que abren la boca sólo cuando es necesario. Echo de menos la barra de los bares, pueden creerme. Mis mejores canciones están todavía en la madera. Mi voz se ha astillado con los años, ha adquirido una firmeza incluso conveniente para exhibir mi cuota de tristeza, pero ahora estoy sin argumentos, no se me ocurre cómo sentirme reconciliado con el mundo. Tendré que salir y mirar la luna y sentir que me mira. 

23.10.15

Por la coyunda hacia el cielo.../ Historia de la moza Lisinda


La moza Lisinda, la que a orillas del Duero iba a lavar la ropa y, siguiendo las enseñanzas del Buen Señor, mitigaba la sed del caballero que iba o volvía a su hacienda, no tenía ademanes rudos, no se hurgaba la nariz, no decía palabras inconvenientes, no exhibía la tosca compostura de otras mozas de su apaño. Era Lisinda cabal en su trabajo, correcta en el trato y prudente en las confianzas. El agua de su odre era famosa en la comarca y a ella acudían, menos por la sed que por la belleza rotunda de la moza, los viajeros fijos y los casuales, haciendo un alto en el que descansaba las bestias y se engolosinaba, entre buche y buche, el dormido ojo. Tenía Lisinda la vocación del servicio tan a cobijo que la provisión del agua quedó, en su entender, corta, por lo que un día cargó las alforjas de la mula con buenas piezas de morcilla y de chorizo, unos trozos generosos de queso y un canto de pan de tan escandaloso tamaño que el animal torcía peligrosamente el andar y amenazaba con tirarla a ella al suelo, desbaratando la empresa a la que dedicaba todos sus desvelos.

Dio el buen Señor a la servil Lisinda el apresto cortés del que carecen otras mujeres de su rango. Le regaló también, pues esto es un asunto que solo atañe al designio divino, un cuerpo de los que se festejan en los sueños privados de los hombres. Lo que Dios, allá en su cúpula de prodigios, regidor primero de las primeras cosas, le privó a la bella Lisinda fue alcances. Los suyos, cortos y felices, no daban para mucho más que cargar al mulo con las alforjas, llenar los odres con agua del pozo de su finca y recorrer, sin desviarse, el camino hasta el recodo del río, en donde ya era pieza habitual que los caballeros descansasen, se recreasen con el hermoso paraje y alimentasen, por pocas y bendecidas monedas, la tripa y, en los más de los casos, la vista. No estaba en el ánimo de Lisinda el lucro. A fe de quien les cuenta esta historia, lo que la muchacha ansiaba era otra cosa que ahora no sabría a ciencia cierta exponer. Quizá eran buenas obras lo que buscaba, aunque no fue jamás muy de iglesia. Tal vez únicamente disfrutaba saciando varones, aliviando la carga dolorosa de algunas hombrías largamente despechadas.

Fundó Lisinda en el generoso remanso del río una fonda al paso de los años. Era una de esas casas modestas, levantadas en los caminos, que prefieren pasar inadvertidas. Pobre de planta, apenas agasajada por el buen gusto en su frontispicio (un portón de maderas viejas y un par de ventanas muy grandes enrejadas sin atino) la casa daba una silla decente, una mesa fuerte, fuego en invierno y sombra entretenida, en la frondosa entrada, en verano. Las escasamente esmeradas viandas de antaño (el duro pan y los hoscos trozos de carne) mudaron a otras de más pensado efecto. El hondo búcaro de vino, el plato de pescado en salazón o de carnes asadas, la sopa con sus garbanzos y el tabaque con frutas del tiempo como postre postraban la tripa del viajero al punto de que, antes de montar y continuar camino, echaban una siesta ligera bajo los árboles, a pierna muy suelta, contenta la boca y alegre la panza. Qué mansedumbre de remanso, qué holganza, qué divino el arte de contentar a quien precisa contento. Lisinda, infeliz todavía con el manejo de su fonda, se las ingenió para que los comensales más entusiastas le levantaran una casa. A espaldas de la primera, era más sencilla y humilde si cabe. A izquierda y derecha, según se entraba desde la única puerta de acceso, encontrábanse cuatro habitaciones. 


De pocas entendederas, corta en meninges, como ya se ha quedado dicho, Lisinda ganó fama por las comarcas cercanas por la generosidad de su trato y por la rotunda hospitalidad de sus carnes. Sola en su negocio, apartado del mundo, ocupó una de las habitaciones. No la quiso de lujos ni había nada en ella que la distinguiera de las demás. El precario catre le bastaba para dejar caer el cuerpo, más que cansado al final de la jornada. De noche soñaba que un caballero la rondaba. Siempre era el mismo. Le incomodaba que un hombre gobernara su hacienda, pero le agradaba que uno calentara su cama. Como el caballero de sus sueños no llegaba y la buena de Lisinda se quedó con el segundo de sus deseos y un día, mirando el techo, en su habitación humilde, decidió que era la última noche que dormía sola.


Debió ser la ligereza de cascos o la promiscua gentileza de sus sueños o ambas circunstancias conchabadas con el único propósito de malograr la prosperidad de la fonda. Debió ser también el hambre de moza de algunos caballeros o la sensación de que la fonda, vista en detalle, tiraba más a burdel, a pesar del búcaro de vino y la rica ristra de viandas colgadas del techo. Lo único malo es que la única meretriz de la casa era Lisinda, y a veces no daba abasto para apaciguar las idas y las venidas, las entradas y las salidas de la cuantiosa nómina de inquilinos. 

No queriendo que nadie se involucrara en su faena, se las apañó como buenamente pudo. No dejó cliente insatisfecho ni en la mesa ni el catre. Alguno, enamoradizo, la conminó a que dejara las labores de Venus y solo atendiese la fonda. Otros, escarmentados de la rutina o aburridos de ayuntar siempre en la misma sima, le rogaron, en el más cumplido protocolo, que trajese mozas de otros burdeles. Debe aclararse que la palabra burdel no era del agrado de Lisinda. Lo que ella ofrecía en su negocio era bondad a espuertas, cristiana bondad, si el lector así lo prefiere, la generosa evidencia de que el amor al prójimo que pregonan los evangelios se cumplía en su mesón y en su tálamo. Dios no tenía que censurar que ella llevase su palabra tan lejos. Por eso no hubo otra mujer. Nunca la hubo. 

La bella y entregada moza devino fulana piadosa, oficio lúbrico, poco o nada evangélico, pero que la contentaba al punto de que creía, a cada fornicio que realizaba, merecer un trocito más grande de cielo. No hubo mandoble de verga que no la meciese, en volandas, camino del Señor; en su desviado pensar, no hubo puya de macho que no la hiciese sentir la más recta de las mujeres; no hubo, por más que una tiniebla de duda le atenazase el sueño, recodo de su alma en donde no se creyese pura, aunque el cuerpo se le descoyuntara y el dolor la quebrase a veces y el nombre de Lisinda, de pueblo en pueblo, por las lomas y por las veredas, en conventos y en tabernas, fuese el nombre mismo del pecado. Nada de eso la incomodaba. Las habladurías la reconfortaban. Si venían más hombres, mayor sería el bien que hiciese. Hasta que un día, enferma del mismo fornicio, Lisinda cayó en cama, floja como un junco al que desmayase el viento, incapaz de servir mendrugos de pan y tacos de morcilla en la fonda, inútil para abrirse de piernas o para montar a horcajadas en la izada hombría de sus peregrinos e ir juntos al doble paraíso. 

Como el hombre, en particular el putañero, es criatura de escasa sensiblidad y solo se anima cuando hay jodienda, quedó Lisinda en el más triste de los olvidos. Encamada y sola, cerró la fonda. Los jinetes pasaban de largo. Alguno se ofrecía, en discreto gesto cristiano, a procurarle un médico que la sanase, pero Lisinda quiso irse muriendo en paz, a decir de alguno de los asiduos más antiguos. Así lo hizo antes de llegar a los treinta años, edad en la que una mujer todavía puede traer hijos al mundo y llevar una casa. 

En el pueblo, pocos recuerdan a Lisinda. En los caminos, algunos refieren la historia de una mujer de carnes firmes y generosas, de ubres como campanas de iglesia, que llevaba agua en un odre a los cansados caballeros que iban y venían a sus cosas. Que luego mudó el agua en vino, como quien obra una especie de milagro, y la prieta rueda de longaniza por un pequeño plato caliente, que aliviase el hambre y conminase al sueño. Que sospechó que el caballero también precisa verterse en hembra, cubrirla entera, vaciarse completo. Se dio a quien la quiso, arrimó su cuerpo al de los otros, buscó en el abrazo más humano la virtud más divina, y creyó que obraba con la vehemencia del juramentado en una empresa mayor que sí mismo. No se refiere a día de hoy qué fue en verdad de la moza Linsida, no hay quien sepa algo de lo que fiarse. Unos dicen que mudó a otra comarca y empezó otra vida, una más sencilla. Otros refieren que todavía anda en menesteres de cama, cabalgando en las hondas noches los cansados cuerpos. 

22.10.15

Palimpsesto


El mar
Es un zapato
Si se discute la utilidad del oleaje
Un zapato
Viejo hecho al festín antiguo de los pasos
El agua
Esparce su plumaje
Su nombradía secreta
Toda posible utilidad de la belleza
Pasa por el mar
Pasa por el ruido enorme de las olas
Censando los sueños.

21.10.15

Johnny Cash y José Luis Perales comparten versos



Hay que tirar de las palabras como si fuesen cuerdas que mueven objetos. Las del amor son las que tiran del mundo. No requiere adiestramiento ese tirar. Una vez abierto el envase de las palabras de amor, en cuanto se desprecinta la caja que las contiene, hay que acabar con ellas. Lo asombroso es que siempre hay palabras debajo. Por mucho que las usemos, siempre hay más a las que recurrir. No hace falta tampoco que se piense mucho cuáles escoger. Se mete la mano y el azar oficia su trabajo. No habrá ninguna que no convenga. Si son de amor, todas valen. Me acuerdo siempre de la canción del buen Hilario Camacho, la del peso del mundo y la del amor que lo soporta, pero se estremece uno cuando hace la retahíla de los rotos del amor, las cicatrices que muestre, toda ese cáncer con el que pasea las calles. Es la asignatura pendiente, el amor. No nos enseñaron a practicarla con esmero, se nos birló la didáctica. Amar es el gran verbo, el que todavía no hemos aprendido a conjugar. No hay amor, no lo hay. O lo hay a ratos, a rachas, sin una continuidad. Nos va mal, en general, por lo poco que lo apreciamos, por esa falta de interés en usar las palabras que atesora. Y eso que todas las canciones son de amor y todas las grandes novelas sólo se han ocupado de explicarlo, de hacer que triunfe por encima de todas las cosas.

Los días en que uno se siente hospitalario consigo mismo piensa en el amor que ha dado y en el que ha recibido. Como si de pronto se acabase de conocer y hurgase en lo interno, en los pliegues, en los recovecos del alma, en fin, ustedes ya me entienden. Planea el día a tientas, prevé qué va a pasar, acepta que no todo esté a la mano, que el azar hocique por donde suele y haga de las suyas, pero desea - y lo pide como puede, cada uno lo pide como puede - que el amor triunfe. Quizá sólo estamos en este mundo para que nos amen y para amar, no sé bien el orden de este deseo así expresado. Todo lo demás, el resto de las grandes y las pequeñas cosas, son extremidades de ese cuerpo, apéndices relevantes, en todo caso. Pero es el amor el que administra la trama. Ni siquiera el mal, el mal puro, el mal con ascendencia bíblica, gana en ese ilusorio ranking. Todas las canciones son de amor, será cierto. Incluso las tristes, las que se ocupan del gris del mundo, hablan en el fondo del amor. Da igual que lo cante Johnny Cash o José Luis Perales. Dicen lo mismo, con distinta voz, pero la misma distinguida cosa. 

20.10.15

Creer en Dios




Creemos en Dios porque es mejor tener a mano alguien con quien contar o alguien que nos tenga en cuenta. No únicamente en los momentos duros, en las tragedias, en las curvas del camino; también en los tramos limpios, en la felicidad sin aristas de un día en el que el sol te arrulla, el aire te conforta y los pájaros cantan para que tú los escuches. De creer yo en Dios, de tener esa certeza anclada en el corazón, hablaría con más conocimiento de causa: hablo desde la distancia del descreído, del que siempre entabla esa batalla hermosa, en el fondo, entre las metáforas y los algoritmos, entre la fe y su incómodo reverso, que no es exactamente la ciencia, por mucho que nos la vendan como el enemigo de las creencias. De creer yo, de tener esa reserva espiritual, no sería más feliz de lo que soy. Tampoco se puede asegurar esto con firmeza. En realidad, ¿qué puede ser afirmado con firmeza? Ni los creyentes, los de convicciones más sólidas, aseguran nada con firmeza. Es deseable incluso que no lo hagan. Que por su bien no lo hagan. Es mejor una vida en la que el asombro te haga mirar sin miedo a las dudas. Levantarte a diario con el bendito temor de que algo extraordinario suceda y vuelque tu modo de vivir y te haga reconsiderar todo lo que antes creías bien sujeto. Se vive para que el azar nos fascine o nos hechice o nos zarandee a su capricho. Uno habla con Dios porque alivia la posibilidad de que las súplicas - las confesiones, la manifestación de la intriga enorme que es vivir - sean escuchadas. De que alguien está ahí para remediar la soledad. Quizá eso de nacer solos y morir solos exige que fundemos la idea de Dios. No un Dios verdadero, uno que rastree las voces de sus criaturas y las registre y las tenga en cuenta y hasta las responda. No hablo de ese Dios: hablo del Dios de las pequeñas cosas, la idea de uno que hayamos puesto ahí enfrente para que organice el caos tan enorme que nos rodea y dé sentido -sea eso lo que sea- a las grandes preguntas. No creyendo, pienso mucho en cómo sería creer. No es nada nuevo. Se está bien pensando. 

19.10.15

Naufragio

La blonda del agua
Tan hermosa y breve
En la cresta del tacto
En la espuma del ojo
En el eco del tiempo
Mi corazón arrebata al mar
Las algas de la boca del naúfrago

El regreso del caballo muerto



Uno cree que puede con casi todo, pero la realidad malogra esa fe, la convierte en deseo, en indicador de lo que anhelamos, pero hay una edad en la que es posible jugar cerca de un caballo muerto. Se integra el caballo al juego y el atrezzo es más eficiente. No hay circunstancia que no se pueda administrar lúdicamente. Lo malo es cómo manejamos después la memoria. Vas creciendo con la idea de que un caballo muerto fue compañero de tus juegos. Te haces adulto con el miedo de que aparezca.

18.10.15

No ha habido mejor escuela que la de ahora



Es imposible hacer un recuento de todo lo que hemos perdido en la escuela. De lo que estoy seguro es de que a pesar de todo es la mejor escuela que yo he conocido. Lo es porque son más los frentes contra los que hay que batallar para sacarla adelante. Antes, en el no siempre glorioso pasado, la escuela era una nave que se mantenía a flote a pesar de las embestidas del mar, que la zarandeaba y amenazaba con volcarla. Hay muchos buenos barcos en el fondo de los mares. Basta que la tormenta malogre la estabilidad. En los años en que llevo ejerciendo de maestro, pronto harán veinticinco, jamás he visto que se hunda un colegio. De lo que hablamos es de la imagen que el colegio proyecta fuera, de lo que se percibe en la calle y en los medios de comunicación, en la realidad fuera de las paredes de los centros escolares. Lo que te desmorona, lo que hace que te sientas desesperanzado y triste, es que el mar, ese mar bravío, encabritado, hostil a veces, esté dentro, y no pueda uno hacer que los que organizan la ruta y perfilan en sus despachos los trayectos, los itinerarios y los indicadores de garantía de que el viaje sea idílico - por qué no va a serlo - razonen lo errático de sus normas, lo muy alejadas que están de lo que es una escuela y de cómo funciona. 

Hemos perdido la inocencia, aunque quizá nunca la tuvimos. Ahora estamos más cercanos a la indignación, aquélla tan lustrosa en comicios pasados. Nos obligan a mirar con desconfianza, a pensar que los que administran la cosa educativa pública saben poco o no saben dejarse aconsejar por los que pueden saber algo más o saben, bueno, vale, sí saben, pero no se arriesgan a usar el sentido común, el que a veces no coincide con los programas de los partidos y con el hipotético beneficio de las urnas. Vendidos estamos. Siempre lo estuvimos, a mi entender, pero lo de ahora es más evidente, se manifiesta con más crudeza, se percibe con una más honda impotencia. Porque no podemos hacer otra cosa que acatar y cumplir.  Porque no podemos hacer otra cosa que acatar y cumplir. Se acata y se cumple con la misma entereza profesional incluso entendiendo lo ineficaz o lo absurdo de lo mandado. De tan acostumbrados a lidiar con problemas, hemos llegado al infeliz punto en que las cosas bien hechas merecen el elogio que no debería hacerse. Lo normal, lo ajustado a la lógica, se está convirtiendo en un anomalía. De ahí viene que uno festeje las briznas de sentido común y desee que duren y no sean flor de un alegre día

La honradez, el deseo de que la escuela, por mucho que se la zarandee, no acabe volcada en tiempos de mar picada, hace que sea ésta de ahora la mejor escuela de siempre, la que está mejor formada, la que ofrece una formación más integral, en la que se crean mejores personas, personas más sensibles, con mayor preparación cultural. Creo que acabo de dar con la palabra a la que no hemos prestado atención o a la que no se ha querido dar la atención debido: cultura. Esa es la clave para que no se acabe desmadrando un país y cada uno campe a sus anchas y mire sólo el ombligo que le ocupa el centro de la panza. Si la cultura se dignifica y se le concede el puesto de preeminencia que merece, el mundo giraría mejor, lo haría con más elegancia, no ofrecería la triste evidencia de girar a saltos, de que no han servido todos estos milenios de convivencia para encontrar un modo de aceptarnos y de querernos. Será que no nos aceptamos o que no hay motivo alguno, ninguno razonable, útil y práctico, para que nos queramos los unos a los otros. 

A falta de esa falta de amor, la que sale perdiendo siempre es la escuela, que es el fundación primera del hambre de vida. Es en la escuela en donde aprendemos a amarnos, a considerar la belleza del mundo. Los maestros tenemos la encomienda de hacer que el mundo que está por venir sea mejor del que transcurre y, por supuesto, infinitamente mejor que el ya transcurrido. Se nos pone esa dura empresa entre las manos, pero luego se nos desatiende. Incluso en el peor de los casos, no es que no caigan en que existimos y tenemos voz y alma y corazón y profesionalidad a espuertas: lo terrible es que se nos zancadillea, se esmeran en colocar obstáculos en el camino, en hacer que el tiempo del que disponemos se reparta en registrar más que en enseñar, en rendir cuentas más que en enseñar a contar, en formalizar papeles más que en hacer alumnos formales, en convertir la escuela en una máquina de hacer estadísticas; estadísticas que casi nunca son verdaderamente útiles o estadísticas que nosotros conocemos sin necesidad de gastar más tiempo del necesario en hacer que consten. 

La escuela es un milagro cotidiano. Parece mentira que salga adelante, sorprende que no haya desánimo en los obreros que la abren y la cierran, las piezas canjeables de maestros que van y vienen y se dejan la vida - literalmente - en hacer las cosas lo mejor que pueden. Y pueden mucho y saben mucho y de ellos es la responsabilidad de que el futuro sea mejor que el presente e infinitamente más feliz que el pasado. Luego están los registros, las urgencias de los políticos, la incapacidad que en ocasiones demuestran para gestionar la escuela, en la que no entran, de la que saben cosas de oídas, sobre la que recae, al cabo, tanto y tan delicado. No has habido mejor escuela que la de ahora. Ninguna. Ojalá sea ésta la peor que se recuerde. Ojalá la tormenta amaine y cunda entre los que manda la idea de que no se toca la educación, que no es un pastel trozeable al que todos los nuevos invitados a la fiesta pueden hincarle el diente. Y lo hacen, vaya sí lo hacen. Y con qué aplicado esmero alardean después de lo sabroso que estaba

17.10.15

Microzoología fantástica



Vacas
El pastor se queda dormido con el libro de Kafka en las manos. El libro termina cayendo. La vaca se acerca y lo olisquea. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la ingesta de las hojas. De pronto bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta al pastor. No es la primera vez que escucha a una de sus vacas soltar un eructo, pero nunca había visto ninguna que tuviera unas alas de insecto en el costado.

Hormigas
La hormiga cubrió la distancia que la separaba de mi zapato en una tarde entera. La vi avanzar sin desmayo. Tampoco sabría ahora decir si le costó o no. Sé que se plantó allí delante y no se movió en un par de horas. Mientras que ella se desplazaba, yo leía. Nunca había sentido esa compañía tan insignificante. La de la hormiga avanzando, acercándose poco a poco al sillón en donde estaba muy cómodamente instalado. En esa tarde, concluí la novela. Era buena, sin ser magnífica. Me encantó la manera en que la trama iba desquiciándose sin desmoronarse la entereza de los protagonistas. Uno de ellos, uno particularmente obcecado en alcanzar su destino, conjurado a esa meta a riesgo de su propia vida, moría fortuitamente nada más conseguirla. Dolía que ahí concluyera la novela, que no hubiese una posibilidad, por pequeña que fuese, de que otras circunstancias de la trama me sacasen de la tristeza enorme que esa muerte imprevista me había causado. Fue entonces, quizá cuando la emoción de esa pérdida irrecuperable hizo que se cayese el libro al suelo, cuando la hormiga murió. 

Piojos
Un piojo intrépido, emboscado en la cabeza de una hippie de los setenta que leía poemas de amor libre, perdió el equilibrio en la frágil cima de un pelo y acabó estrellándose en un verso muy lúbrico. Se ahogó en pocos segundos. Tan escaso era su tamaño que la tipografía del poema lo succionó. Está todavía en una L mayúscula, una que ahora parece preñada. Los libros son a vecescementerios improvisados.

Perros, caballos
Cuando despierta, ya no llueve. La envuelve el olor a tierra mojada y remolonea en la cama, tapada hasta la nariz, acomodando todavía el cuerpo a la espera de que el sueño regrese y pueda concluir lo que no recuerda. Había una puerta y había un jardín detrás de la puerta. Conversaban alrededor de una mesa unos cuantos amigos de cuando era más joven todavía. Uno decía que el caballo era el animal noble de la creación. Otro, empeñado en sustituir al caballo por el perro, no apreció que uno le venía encima, lo derribaba y lo mordía con saña en los brazos y en la cara. Solo ella se le acerca, aparta como pueda al perro y le pregunta cómo está, si le duelen las heridas. Al despertarse oye unos ladridos. Vienen de afuera. Deja el confort de la cama y se asoma a la ventana. No ve nada. Vuelve a refugiarse entre las sábanas y se lamenta de no saber cómo acaba la historia. Si su amigo se repone, si la conversación añade un animal de más nobleza que el caballo o que el perro. Entonces escucha cómo uno relincha afuera. No es un sonido que pueda confundirse con otro. Es un caballo. Además parece que le están incomodando. Como si pugnara por zafarse de un jinete indigno. Nada afuera le concede la presencia de un caballo o de un perro. Así que se acuesta nuevamente. Antes de conciliar el sueño reparador, el de los perros, el de los caballos o cualquier otro que la alivie de la pesadumbre que la embarga, coge un libro que tiene en la mesita de noche. Hace días que no lo lee. Lo abre con delicadeza. Sabe qué le espera. A poco de que se le cierren los ojos, cree escuchar otra vez relinchos y ladridos. Decide no levantarse. Incluso el olor a animal impregnado en el aire no la fuerza a dejar la comodidad dulce del sueño.

Moscas
A las moscas no se les pide jamás explicaciones. Se tiende a apartarlas o, caso de que incordien en demasía, matarlas con absoluta contundencia. Mi mano lo sabe. Mientras la enyesaban en Urgencias, una se posó sobre la mano sana. Medí las consecuencias de reventarla con el yeso recién colocado, pero renuncié. Seguí su vuelo por la consulta, distraído, sin escuchar las recomendaciones del médico sobre mi convalecencia. Terminó parada en el lomo de un libro de enfermedades venéreas. No me asombró que la mosca cayese fulminada en ese instante.

Loros
Al loro que compré en Estambul le gustaban las literaturas germánicas medievales. Ponía unos ojos de loro entusiasmado cuando le recitaba en voz alta las gestas de Beowulf o los funerales de Héctor, el domador de caballos. Contrariamente a lo que se puede esperar de un loro, el mío no repetía con la gracia previsible las frases que yo decía. Su única evidencia de una inteligencia superior a la de otras criaturas era la de abrir los ojos como los abría. Se diría que estaba allí mismo, en la batalla, blandiendo la espada, empapado de sangre enemiga. Si un día me daba por cambiar de tercio y leer en voz alta, como suelo hacer, otro género, qué sé yo, poesía romántica o cuentos policiales, mi loro expresaba su disconformidad y emitía unos ruidos tan poco soportables que tenía que mudarme a otra habitación a continuar la lectura. Era el mío un loro de costumbres poco refinadas. Bastaba observar cómo se agitaba en cuanto el episodio narraba una cruenta batalla a la vera de un río o el ajusticiamiento de algún reyezuelo caído en desgracia. Esta mañana mi loro ha muerto. Estaba en el fondo de la jaula. Tenía un sencillo corte en el cuello. Temo que se ha suicidado. No me cabe otra explicación. Debió tener una pesadilla, me ha dicho mi madre, que es la que lo cuidaba. Era muy impresionable. 


Ratones
Era uno de esos ratones de biblioteca. El típico no, no lo era. Tenía todo a su favor para saberse de corrido los cuentos de Philip Roth, antes de decir adiós, ebrio y feliz, a su manera, o los poemas de José Ángel Valente, el mejor poeta de la balda 14 del pasillo 2, a decir de otro ratón un poco más clásico, comprometido con las letras, de los que tienen la vista perdida por leer en condiciones de luz pésima. El nuestro, el ratón que nos ocupa, no lee por coherencia. No tendría vida, aduce, si lee. Sería un vicio muy difícil de retirar. Necesitaría un par de vidas, tres, no sé, cuatro quizá, para poder leer todo lo que me han dicho otros ratones que podría interesarme, dado mi carácter, ha dicho en una escalera que da a un sótano en donde hay más libros. Lo ha escuchado un ratón que acaba de descubrir a Edgar Allan Poe, y está asustado de que caiga la noche y las sombras lo entenebrezcan todo. Ahora mismo están los dos meditando muy seriamente mudarse a un establecimiento de pasamanería. Incluso les podría bastar un sótano de una casa abandonada. Una que esté en una calle céntrica, de las de mucho paso y negocio. 

16.10.15

Bailando sobre el abismo / John Wayne Redux



Al principio no fue el verbo ni tampoco la palabra izada en el cielo como un gran sombrero con un conejo dentro. Al principio, en el instante en el que la tierra bramó árboles y montañas, ríos y criaturas, en el momento en que el cielo expuso su azul más nuevo, cuando la sombra se reconoció sombra y la luz un vértigo de colores, ya estaba John Wayne. Ahí le ven, interrogándose sobre la naturaleza caótica del cosmos, contemplando el triunfo de la belleza, esgrimiendo su Colt como único discurso frente al desquicio de las horas. Un John Wayne sin la malicia que luego le ocupó el alma. Quizá uno sin alma todavía. Un John Wayne imberbe, un John Wayne sin curtir todavía, un John Wayne miope y sin montura, fantaseando con la posibilidad de que la calle Jaén, en la que nació,  sea en realidad Monument Valley y esté John Ford detrás de la cámara registrando el prodigio. Yo era John Wayne en 1.972, aunque comprase en el kiosko cómics de la Marvel y soñara a Peter Parker enfundándose la malla arácnida para combatir a Kingpin y al Duende Verde. Luego vino Kafka y puso cien migrañas encima de la mesa. Vino el mundo con su barbarie sin propósito. Vino el caos con la enfermedad dentro. La literatura. Si no hubiese conocido a John Wayne probablemente no habría entrado Kafka en mi vida. Sin Kafka posiblemente Emilio Calvo de Mora Villar habría sido sustancialmente otro, pero no éste, aquí ensimismado, dejado caer sobre la limpieza fundamental de la página, colocado de palabras, embriagado de voces, como un loco. Vestido de John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, hacia 1.972, mi cabeza era una cabeza mansa y protegida de perturbaciones, convencida de estar en el mejor de todos los mundos posibles, ajena al vértigo y a la fiebre del mundo verdadero que bullía (colérico) por ahí afuera. Mi niñez fue siempre fábula de fuentes. Fui el niño miope sin hermanos que recorría el Volga con los ojos cerrados y visitaba los mares del Sur en el rutilante blanco y negro de Raoul Walsh. Fui el lector entusiasta de los tebeos que me iban prestando, el que ocasionalmente compraba alguno, mansamente. Ninguno de las cosas que me hicieron vivir después de ser John Wayne guardan relación con ser John Wayne y salir a la calle sin que Kafka te haga caer en la cuenta de que poco a poco, en silencio, inadvertida y fluidamente, el caos va ocupando tu cerebro y el miedo a no volver a ser John Wayne se instala en tu corazón y ya nunca sale. Se puede odiar a John Wayne por este sindiós recién montado. Se puede tener la propiedad de la memoria y ver que no la gobernamos enteramente. Líbranos de la rutina, oh señor inmarcesible, oh alto caudal sin brida, oh Tú, que venciste a las mismas tinieblas en su morada. Porque la rutina es el infierno entero volcado en el pecho como una lengua de horas. Porque amo la estrategia de la luz y me estallan cien sonetos en la boca apestada y fría. Buscaba ser feliz y me cobijé en un libro. A cierta edad los libros son bálsamos, soluciones farmacológicas, pócimas de una magia antiquísima. No recuerdo haber leído nada en la época en que yo era John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, en 1.972. Faltaban muchos años para que yo encontrase calor en un libro. No sentía frío o lo sentía y no advertía el daño que el frío me estaba produciendo. Cuando uno es feliz y lo es sin dobleces ni oraciones subordinadas, no hace falta engañar al reloj y buscar consuelo en las historias que forjan los otros. Eres tú el que las inventa, tú el que se aventura por el miedo y vuelve lleno de barro y con un cardenal en la rodilla, pero ufano y feliz, convicto de intriga y de asombro, esclavo felicísimo del juguete que es uno mismo. Detrás del disfraz de John Wayne, allá donde uno deja la pistola, la placa del sheriff y el sombrero clásico, ahí, en ese lugar mágico, está Dios. Un Dios al acecho, uno atento a las mareas y a las cosechas, que aturde sólo con nombrarlo y que tutela nuestro lento y ceremonioso ingreso en la sombra. En 1.970, cuando yo era John Wayne, un John Wayne bizco y manso, hijo de buenos padres, noble y generoso como casi ningún Wayne de ninguna otra infancia, yo no creía en Dios. Un Dios con la cara de Peter Parker. Un Dios con mi cara cuando me iba a la cama y pensaba en lo bueno y en malo del mundo, en lo que me aguardaba, en las posibilidad de que yo hiciese algo bueno en la vida. Hay momentos, incluso en la vida de un niño, en que el futuro es una instancia mesurable. Será verdad que nos diferenciamos de los animales en el hecho de que ellos no piensan en futuro. O lo hacen. No lo sé. Al poco de todo eso, conforme fui abandonando el paisaje (me lo quité sin saber el precio que habría de pagar por ese sencillo gesto) se me instaló una conciencia macabra de la divinidad. Me fue devorando por dentro, me fue iluminando por dentro, me fue creciendo hacia afuera, cuidando de que mi yo heroico, el yo épico de 1.970, no muriese del todo. Ahí anda quizá todavía. Agazapado. Sale a veces. Tímidamente sale. Se enseña. Dice: mirad, ya no soy John Wayne, soy Emilio Calvo de Mora Villar, soy Bill Evans en el Carnegie Hall, soy un tommyknocker, soy el bajista de Cream, soy Humphrey Bogart con su halcón maltés, soy torpemente Funés el memorioso, soy el niño escondido en un barril lleno de manzanas a salvo de todos los piratas de las librerías. En el fondo, he aquí la biografía de quien siempre quiso quedarse en las páginas de la Marvel, en las historias del Jabato y del Capitán Trueno, en las películas de Errol Flynn en los bosques de Sherwood y en el patio del colegio Fray Albino con el Peña, el Segu, Raúl y el Cobos. Pero me quité el disfraz de John Wayne y Dios me alistó en su nómina de perplejos y de alucinados. A Dios lo visito a diario a mi modo. Le cuento lo que me pasa y él me cuenta lo que le pasa. Flipo con Dios y Dios seguro que flipa conmigo. Del pasado tenemos siempre a mano un relato fantástico. Se tiene la impresión de que podemos merodear la responsabilidad de contar cómo pasaron verdaderamente las cosas, pero es que el tiempo hace que no poseamos ese dominio de la trama. Digamos que todo está ahí, insinuado, convertido en una especie de prontuario fiable de narraciones, pero luego el conjunto no se apresta a transcribirlo. Además tampoco sabríamos restituir esa novela sentimental sin hacer que concurse la fantasía. En un modo extremo, en el caso de que la fantasía condimente en exceso la trama, el pasado sobre el que debemos hablar no difiere de la ficción pura. A veces he pensado que no soy un ser religioso porque tengo los libros. Porque la ficción me llena al modo en que lo hacen, a decir de quienes creen, las historias de los libros sagrados. Los míos son sagrados también. De una sacralidad completamente personal. I've got my own personal JesusLa fotografía no enseña nada del Emilio que viene después. El que se perdió en las letras y se encontró en las letras. El que enfermó de metáforas y sanó en las metáforas. El que se aprendió la historia del mundo debajo de las barbas del león de la Metro. El que se prendó de la música del idioma de Milton y de la voz de Sinatra en sus discos de la Capitol.  El que miraba con arrobo el abismo y se preguntaba cómo sería no salir nunca de él. Ninguno de esos que luego se presentaron estaba en ése apunta al fotógrafo (mi padre, supongo) sin interés alguno en dañarlo. Como diciendo: te puedo matar, pero la pistola es de juguete. Como aligerando la gravedad del gesto con un mohín parvulario, con una evidencia de lo frágil que en ese edad puede llegar a ser uno. Más tarde la edad hace sus estragos, se cobra sus peajes, nos cuenta: te puedo matar, pero las palabras con las que te amenazo son de juguete. Como aligerando también la gravedad del texto con una posdata frívola, con una de esas golosinas que con frecuencia nos pone en los labios para que, al mordisquearla, al sentir cómo se funde con la saliva y explota en la garganta, apreciemos el gozo de las pequeñas cosas. Las grandes, las relevantes, las que siempre aparecen en los libros de Bucay, en esos prontuarios de dietética moral, nunca aparecen en las fotografías. Se registra lo pequeño. Se guardan las cosas que apenas molestaron. Más tarde es cuando las entendemos. Hoy es cuando me he sentido John Wayne y he disfrutado la mentira. Vuelvo a la idea primaria: al yo de un año perdido en un álbum de fotos. Al final los años son indicios de una evidencia a la que accedemos de forma frágil, sin la entereza de lo aprehensible, carentes del fulgor de lo real. Lo real esplende. La memoria es un cocktail de mentiras a las que aligeramos de tragedia. Solo es nuestro lo que perdimos, dejó escrito Borges. No sé la razón por la que caigo en Borges en textos como éste. Supongo que llegó el primero. Como los primeros amores. Me voy a refugiar en un verso de Bukowski. En Philip Roth contando las bondades de beber mucho, en la feliz eucaristía del alcohol. Hoy me hace falta esa rudeza absoluta.  Me vacío y me lleno. Bailo sobre el abismo.


Texto remozado / Reduxing (se dice así) de la malherida (pero viva todavía) Barra Libre. Se añaden líneas, se omiten otras. Justo lo que mi amigo P. me pide siempre que hago cuando escribo. Que revise, que revise, que lo lea y me lo cuente a mí mismo de nuevo. A ver qué opino. 

13.10.15

Rattle that lock, David Gilmour / El magisterio de la edad


Al genio siempre se le espera. Da lo mismo que renquee, rehuya la responsabilidad o abiertamente tropiece y se dé de bruces con el suelo. David Gilmour se ha caído las veces suficientes como para agradecer que haya izado de nuevo el vuelo y tengamos en manos este espléndido disco. Se agradece más incluso cuando no es habitual que sus obras en solitario brillen o tengan una repercusión mediática que trascienda la etiqueta de guitarrista o líder -junto con Roger Waters - de una de las mejores bandas de rock de la historia, Pink Floyd. Por eso uno aplaude una vez y aplaude las veces que hagan falta que Gilmour haya encontrado la vía o se la hayan buscado. Ahí está la producción de Phil Manzanera, el alma en la sombra de otra gran banda, los Roxy Music de Bryan Ferry. De hecho hay partes del disco que poseen ese aire dandy que eran marca de la casa en su banda en los gloriosos setenta. Lo de todos estos grandes dinosaurios del rock es admirable: siguen en la brecha, hacen que no parezca que el tiempo les afecte, demuestran (a veces, no siempre, no crean) que la música les sigue apasionando o que el negocio de la música continúa teniéndolos entretenidos, que de todo hay. 

Rattle that lock es un disco complaciente, en el fondo. No arriesga, no entra en asuntos que no le conciernen, no se despeña en licencias que pudieran malograrlo. Se limita a predicar con el recetario de milagros que funcionaron con Pink Floyd. Hasta la portada tiene ese aire de grandilocuencia plástica que tenían las de la banda. El interior es espléndido: hay cortes que harían feliz al más inspirado Leonard Cohen (Faces of stone) e instrumentales que podrían incluirse en las obras maestras de Pink Floyd como el corte con que se abre (5 AM) y el que lo cierra (And then). Para que el disco se cuele en las radio-fórmulas, pensando en acceder al público que todavía no conoce de dónde viene, Gilmour factura una pieza AOR, la que da título al disco y, sin duda al respecto, la menos afortunada del mismo. Emociona (mucho) A boat lies waiting, con el ascendente de Crosby, Still and Nash o la ya citada Faces of stone, la gran canción del álbum, la que me ha acompañado estos últimos días y de la que no puedo desprenderme y hace, junto con In any tongue, en cierto modo, que escriba esta reseña. 

12.10.15

Regresión, Alejandro Amenábar / La ilusión del mal


En Regresión, la última película de Amenábar, sucede con la vida misma. Incluso el peor día tiene algo que hace que haya merecido la pena vivirlo. Da igual que sea una puesta de sol o un paseo por el parque o un abrazo de un amigo. Cuando el día concluye y haces una especie de balance de lo que te ha ocurrido, no puedes evitar pensar en esas briznas de felicidad. El resto, lo mediocre o lo abiertamente malo, ocupa un lugar menor, uno al que no se le concede la voluntad de tenerlo en consideración. Anoche, viendo Regresión en una sala completamente abarrotada, me reconcilié con el cine. No porque la cinta fuese buena, que lo es a ratos y no lo es en su mayor parte, sino por el privilegio de que otros cuenten historias y las escuches y se esmeren en contarlas con afecto, con respeto a tu inteligencia y con infinito amor a la idea misma de narrar. Amenábar narra muy bien, posee los mecanismos de la narración sólidamente anclados en su oficio de director, pero Regresión no posee una buena historia. Es una trama previsible, limpia en su apariencia, en la que el director sortea con muy notable habilidad la truculencia, las señas de identidad de la serie B con la que en un principio podríamos asociarla. El estilismo con el que la plasma es de una factura sobresaliente: la mano artesana suple lo que no alcanza el argumento. Aplicando un criterio estrictamente literario, Regresión es una historia de una sencillez disuasoria, en la que la sordidez de lo narrado engancha, pero donde no hay empatía alguna con nada de lo que se ve. La deja uno fluir sin que nada se incruste dentro, esperando en vano que la narración de verdad, la que se espera de un autor como Amenábar, ambicioso, de un talento no puesto en duda en absoluto, pero no la hay. Y a pesar de todo lo dicho, habiendo sorteado lo elemental de su trama, Regresión atrapa al espectador, hace que se pregunte continuamente dónde se producirá el golpe de efecto, el giro necesario para que la obra sea admirable y salga uno de la sala satisfecho, convencido de que el cine hace que la vida resplandezca al menos durante un par de buenas horas.

Lo que Regresión borda es el engaño, esa batalla no resuelta entre la fe y la razón, entre el corazón y la cabeza. Al final, Amenábar cede al patrón mainstream, fusila con un pelotón de profesionales al imaginario fantástico y deja en el paladar un regusto a policiaco eficiente, a thriller competente, solo eso, nada más. Como hay tanto bodrio por ahí suelto que usa estos mismos ingredientes, Regresión gana conforme se va uno alejando de la sala, pero nada más poner el pie fuera, en cuanto piensas qué has visto, en qué has dejado la tarde del domingo, Ha visto uno tanto cine que sabe a qué criterio atenerse. El error de Amenábar proviene de lo que se espera de él, de lo que sabemos de lo que es capaz. Puesta en manos de un director desconocido, la aplaudiríamos, diríamos que es el comienzo de una carretera prometedora. Pasa que la de el director español está ya afianzado, incrustada incluso en la maquinaria del cine español. Bastaba echar la vista alrededor y comprobar que no había casi ninguna butaca libre. Hay cineastas a los que exigimos que nos fascinen. Si no lo hacen, en caso de que flaqueen y facturen una obra menor, los fustigamos, los apremiamos a que espabilen y nos vuelvan a encandilar. Sé que es un vicio cinéfilo. Amenábar es una joya, un visionario, un genio en lo suyo, pero no somos capaces de actuar con benevolencia y vamos al cuello, a ver en dónde podemos aplicar la mordedura para que el caño de sangre sea mayor. 

Luego está el olor de Regresión. No hay nada más que dejarse llevar por la memoria para encontrar innumerables referencias, nobles todas ellas, enmarcadas en la historia misma del cine, de la que Amenábar es un más que correcto lector. La cinta huele a los clásicos de los setenta. El ambiente entero, esa fotografía tenebrista, ese gris potente, nos hace pensar en La semilla del diablo de Polanski, en muchas serie B setentera de mucho fuste, en Pakula, en Siegel, en Lumet, incluso en Corman. Lo bueno es que no se abusa del satanismo, de las escenas que pudieran propiciar una iconografía más efectista, de ceremonias sangrientas que engolosinen al voyeur de la Hammer, al espectador crecido en el giallo italiano, auspiciado por el mejor Darío Argento o por Nicholas Roeg. Sobra tal vez cierta concesión a lo psiquiátrico. Se manejan grandes palabras. Se habla de Dios y del Diablo, del mal como un cáncer, de la imposible redención de la humanidad, tentada desde tiempos ancestrales por lo perverso, pero no se ahonda, no hay una lectura humana del mal hasta que el detective, un concentrado Ethan Hawke, encuentra las pistas que limpian el farragoso terreno que ha ido pensando desde que Angela (Emma Watson) denuncia la violacion de la que ha sido objeto y a la que pone la cara de su padre, una especie de satanista palurdo, de granja perdida en mitad de la nada. Con todo, a pesar de las lecturas, las políticas, las narrativas, las emocionales, Regresión no convence. Se despeña en lo obvio, en la narración misma, en el cuento que nos vende. Y estamos muy de vuelta de muchos cuentos y hemos comprado ya demasiadas cosas.  


9.10.15

Hijos

Uno aplaza lo que importa. No porque no sepa acometerlo, no por algo ajeno que nos cohíba. Ni siquiera porque la voluntad no alcance. Se aplaza, se deja para después, hablo de un después incluso sine die, por el placer de ir pensándolo, de darle un cuerpo dentro de la cabeza. Como la madre que planea un futuro para el hijo que lleva y fantasea con los ojos que va a tener o con la que dirá las primeras palabras. Se aplaza la felicidad tal vez. Aplazada para saber qué trae; para no despreciar, más por ignorancia que por otra cosa, los placeres que nos ofrece. Se disfruta más con los preliminares, oye uno decir. En el fondo es el miedo el que hace que actuemos así. El miedo a que no compense el esfuerzo. El miedo a que el hijo no sea el esperado o que su voz no nos emocione o que sus ojos nos miren sin mirarnos. No sé qué cosas estoy aplazando. Algunas habrá. Se tiene la idea de que no hay problema en eso, en no pensar, en dejar a un lado esas obligaciones morales o lúdicas o sociales. O se las ingenia uno para que no duela o duela de un modo tan suave que no alarme, ni se tenga conciencia de que algo nos rebaja. Leí un poema que refería la dificultad del poeta en conseguir que el poema finalmente se impusiese a la nada en la que estaba. Y venía a decir que el poema ya estaba. Solo faltaba llamarlo. La idea de un lugar en donde todo está almacenado, tutelado, confinado a expensas de que se extraiga me incomoda, me hace pensar en que no haya azar. Sin el azar, sin el asombro, sin la sensación de que algo que no se ha previsto incline a un lado o a otro la balanza de los días. Yo estoy todavía intentado encontrar ese poema. Hay días en que lo atisbo, en que vislumbro una brizna de lo que quiero expresar y el apero de palabras con el que airearlo y hacer que se imponga a la realidad. Como un hijo, ya digo. 

7.10.15

Un tríptico

Sombras
Nos fascinan las sombras, las que están al fondo, las que inquietan más que la propia luz. De hecho todo el predicamento de la luz, su hegemonía moral, esa especie de bondad que se le atribuye cae con estrépito si miramos la historia de la literatura, la del cine o los mismos evangelios. Los pasajes con los que aprendemos a ver el mundo son los entenebrecidos, los que nos hacen recorrer el mal o el sucedáneo más a mano que pase por ahí. Es el malo el que esperamos siempre en las películas. El bueno, el pobre bueno, refuerza la idea que se nos ha inculcado sobre el triunfo del bien. Pero luego vemos la realidad y advertimos que lo que vende y a lo que nos acercamos con mayor morbo (ah qué palabra más hermosa es morbo) es lo roto, lo fracturado, todo lo que no está bien. En el infierno se está mejor, decía mi amigo M. Igual estamos ya dentro. Lo que venga después, todo lo que se nos ha contado, será una extensión, un bucle.

Calles
El otro, paseando mi pueblo, pensé que las calles me pertenecían igual que me pertenece la casa en la que vivo o los libros que me esperan en las baldas. Son posesiones de distinto rango, no se pueden considerar que responden al mismo tipo de preguntas, ni dan el mismo tipo de respuestas. La calle me pertenece de un modo elemental. No hace falta que la haya paseado o que haya vivido en ella alguna experiencia remarcable. Basta con cruzarla una vez, con ir de un lado a otro y detenerse a pensar en la relación que tenemos con ella. En este improvisado hilo argumental, la ciudad también es mía. Cualquier ciudad que haya visitado. Están hechas para que yo las pasee y las ame o las odie. Justo lo que hace uno con las cosas de las que es dueño. Hay días que las abraza y días en que las aparta. No sé qué relación exacta tengo con la ciudad en la que vivo. Sé que los años me han hecho sentirla cerca, admitir que tengo más recuerdos suyos que de ninguna otra en la que haya vivido. O casi. 

Conversaciones
Finjo que converso conmigo mismo. Parrafadas insulsas, parlamentos huecos, historias que no terminan, pasajes censurables, ideas sublimes. No hay día en que no desee hablar en voz alta en lugar de hablarme hacia adentro. Pensar es un hablarse sin ruido. De pequeño recuerdo que tenía enormes conversaciones antes de conciliar el sueño. Movía los labios, hablaba sin que nadie pudiese oírme. Me sentía bien. Hablar era, en cierto modo, una actividad furtiva, una especie de pequeño acto delictivo. No quería ser descubierto. Ahora me cohíbo como entonces. La edad, debe ser. No sé cuál es la idónea para poder ejercer ese acto hermoso de intimar con uno y salir airoso, feliz, convencido de que no hay nadie con quien podamos hablar tan libremente. Escribir es una forma de solucionar todas estas cosas que os estoy contando. 


1.10.15

Una pequeña historia de los nudos

Son los nudos los que tienen las respuestas y no sabemos escuchar lo que dicen. A su modo, según engarcen su cuerda modestísima, los nudos entienden el mundo. Los hay de una reciedumbre infranqueable, nudos antiguos a los que les va bien la intimidad de los años y la promesa de la eternidad. Otros, sin embargo, piden a gritos que le metamos los dedos y deshagamos su esclava evidencia. El nudo manumitido de sus obligaciones es una celebración de la vida, un festejo del tamaño de una catedral o de un cortejo de nubes que ocupen el entero cielo. En aprender lo que dicen los nudos se puede tardar una vida completa. Hay quien tiene oído y le basta recomponer la figura primera y romper el hechizo bizarro de las cuerdas. Nada más extender la cuerda, se oyen las palabras que la cuerda dice. Explica el dolor y explica el llanto. De la historia de cada nudo podemos inferir la historia de quien lo hizo. El nudo que yo soy todavía no tiene quien lo explique, como el coronel del trópico al que no le llegaban nunca cartas. Ni siquiera yo mismo, ocupado en comprender en qué rango incluirme, alcanzo a vislumbrar una brizna de luz. Sé que hay quien no sabe que es nudo. Igual que la piedra desconoce su condición de piedra. Igual que las abejas, cuando liban la flor, ignoran que son abejas y que debajo, sumisa y lasciva, la flor se llama flor y es un milagro de la naturaleza. Ya digo que hay milagros que no permiten la posibilidad de escudriñarlos y tratar de comprender la razón que los mueve. No sé si yo soy un milagro. Imagino que lo soy en cierto modo. Que lo que hago a diario responde a un plan secreto que no me ha sido confiado. Sólo pensar que no soy dueño de mí mismo me hace discurrir con más perplejidad y termino abismado en una extraña convicción: la del asombro, la del bendito asombro, la del nudo que pide a gritos que lo liberen. No saber qué nudo soy, no entender qué milagro me transporta, no poder entrar en esas intimidades del alma y, sin embargo, disfrutar con la ignorancia, hacer como que se vive mejor sin saber, sin entender, sin sentirse dueño de ningún secreto. A ciegas se vive mejor, hecho nudo firme a la espera de que alguien lo deshaga y nos explique quién nos anudó, a qué vino ese gesto bárbaro.