26.7.15

Nuevo elogio estival de la pereza más coda desbarrada



"Seamos perezosos en todas las cosas, excepto al amar y al beber, excepto al ser perezosos".
Lessing

Sigo alertado contra la pereza, se me ha informado de lo que alcanza, mi voluntad está avisada de que posee malas artes y de que caer en alguna no es infrecuente ni, en la mayor parte de los casos, desagradable, pero por mucho empeño que pongan en contarme el mal que me causará no pongo obstáculo alguno para que me abrace. De hecho la tengo instalada en la cabeza. Debe estar en la cabeza. Al corazón no le afecta la pereza. El corazón opera sin que intermedie nuestra voluntad. Decide uno estar perezoso, pero el corazón desoye lo que la cabeza dicta. Suele pasar. Es bueno que pase. Que una parte de cuerpo batalle contra otra. Que no todo sea dulce y fluya la mesura y el cosmos esté en armonía con nuestro espíritu. Hay que perderle el respeto al espíritu. Dejarle ir a su aire. Permitir que se encabrone y luego, sabiendo qué hacer, amansarlo, darle el consuelo que sabemos lo bien que funciona. El arte de la armonía consiste en saber la manera en que nos consolamos cuando algo se tuerce. Porque lo normal es que acabe torciendo. Lo raro es que todo vaya bien. K. me dice que hay días en que la felicidad le sobreviene y la aparta. Dice que no sabe qué hacer con ella. Me siento raro, Emilio; me falta soltura, no sé cómo manejarla. Volvemos a la pereza: en cierto sentido, le facilito el acceso, dejo abiertas la cancela, abro las ventanas, dejo que mi cabeza no se oponga y le pido al cuerpo que se deje hacer como tantas veces, que no se ponga tenso ni exhiba en ningún momento un gesto reacio, un indicio de que está siendo invadido. De la pereza, de lo que me incumbe de ella, amo su absoluta intimidad, amo que no me obligue a nada, amo que me mime sin tocarme. De cuanto la pereza ofrece es su comprensión lo que más admiro. Está ahí siempre, espera siempre, conoce el placer que concede y la rutina formidable del regreso. La pereza comprende que a veces la desechemos, no aceptemos su confort indolente, no queramos tumbarnos a su raso, contemplando el manso sol que regala. No sé quién fue el que antepuso tener hambre y sed al hecho de beber y de comer, de modo que únicamente así la bebida y la comida serían de verdad apreciadas. La pereza se ama cuando uno ha merecido tenerla, en todo caso. Si la religión es cosa de domingos, la pereza es de veranos. Tardes enormes en las que se sestea y luego se ameniza la espera a volver a dormir con libros y con música, con cerveza servida en terrazas frescas, con conversaciones amenas (la de hace un par de días con un amigo, a pie de playa, poniendo las cosas en su sitio, moviendo su residencia). Tardes que se derraman en noches ocupadas por cine, por sesiones de música de cámara y aparatos antimosquito colgados de la pared como testigos del convite. Vuelvo a escribir lo que todos los años por estas fechas: eso es también una señal de pereza. Anoche escribí un texto sobre la novela de serie A y la de serie B. Lo colgué en este blog y lo borré casi de inmediato. No tenía gana de hacer una entrada que bien pudiera haber escrito en octubre o en marzo. Ahora hay que hacer escritura de verano. Así que invito a la pereza, la que me impide centrarme, la que me ha hecho quedarme esta mañana sentado con un libro en las mano (La chica del tren, de Paula Hawkins, ya en el desenlace) y no querer saber en qué acaba, si a Megan la mató Rachel o Anna o Tom o todo está en la cabeza de la protagonista. No creo que el finiquito de la trama me satisfaga. Da igual cuál sea. Hay novelas que no tienen nada a lo que agarrarse para desmontarlas: están bien armadas, no están mal escritas, se dejan leer con absoluta comodidad, pero les falta algo, no se sabe bien qué, lo que hace que no las sintamos brincar dentro. La idea de que lo placentero brinque adentro me hace pensar inevitablemente en caballos. La pereza no me exime de poder desvariar a gusto en mi página. Es como si este escribir de ahora prescindiese de que un lector se involucre y trate de sacar un sentido a todo esto. No hay tal cosa. O lo hay de un modo que ahora no sabría comprender, en el caso de que alguien lograra descifrarlo. Andamos siempre esforzándonos por entender. Hoy es la pereza; mañana, pasado, será la actividad febril, esa incontinencia que te hace ir y no caer en la cuenta del trayecto, ni pensar en las consecuencias de lo andado. 

9.7.15

Split

El tema de conversación favorito del verano es el verano mismo. Uno cree que podría hablar bien y hablar mal del verano en el mismo hilo narrativo. Decir que el verano es el infierno y, a continuación, sublimarlo, considerarlo la estación perfecta, ponerlo en un lugar muy alto y esmerarse en que no haya forma de echarlo abajo. No hay año en que, caída la calina, ofrecida como un espasmo en el aire y en el ánimo, no deje uno la oportunidad de contar la épica del sol, su supremacía insobornable, el modo en que nos gobierna mientras luce allá arriba. Lo malo son las noches. Lo insoportable es que el día no acabe. A las noches se les encomienda siempre el alivio que no nos depara el día. Hay días que se malogran porque la noche que los precede la arruinó el insomnio o el calor interminable o la vigilia de la cabeza, que va a lo suyo y no permite que la dejemos a cero y podamos dormir en paz. Por eso ha empezado el verano de un modo tan inoportuno. No importa - o importa poco, la verdad - que acabe el trabajo y arranquen las anheladas vacaciones: solo hay calor, solo está el sudor haciendo un mapa sucio en la piel, solo deseamos refugiarnos bajo el agua o a la vera del split, ese invento maravilloso, que igual puede estar matándonos, pero es una muerte dulce y la abrazamos gustosamente, poniendo una sonrisa de consuelo, sintiéndonos confortados, libres, puros, invitados al festín de la armonía entre el cuerpo y el espíritu.

4.7.15

Permitidme unas volutas

Escribe Pérez Estrada que hay un copón del siglo XVII en la Basílica de Santa Gloria de Ferrara que conserva un beso del Arcángel San Gabriel. Gómez de la Lastra añade que el beso es joven y aletea dentro del copón, que las mozas con el virgo entero advierten más nítidamente la respiración angustiada de sus alas. Al hilo de estas volutas, refiere mi amigo Juan José Pérez, con el que intercambié cromos y fatigué plazas con un balón mal llevado en los alegres pies, que la mente ociosa inventa distracciones, que no hay beso tal, que no aletea y que las mozas con el virgo entero no se preocupan de besos que no muerden. Yo no me pronuncio. Es mejor dejar registrados los milagros. No hay que esmerarse en razonarlos. Lo que hay que hacer es consignarlos, registrar su prodigio, hacer inventario de lo que no es posible medir. La poesía no es mensurable. La felicidad no se deja gobernar por logaritmos.