28.4.15

Cosas que hacer si uno no es de los que queman guitarras



Pete Townshend las machacaba a golpes contra el suelo del escenario. Las cogía del mástil y las reventaba a conciencia. Al principio no fue a posta, parece que fue un accidente, un imprevisto, pero no siendo un virtuoso, apreció que no sobraba ese floritura plástica, la de exhibir una pose guerrera, un poco iconoclasta, de inconformista o de anárquico. Jimi Hendrix las quemaba y se quedaba mirando como ardían. Me pregunto qué tendría que quemar uno o a qué objeto le encomendaría la misión de liberarnos, ya que no es de guitarras, ni se va a poner a incendiar el teclado del ordenador o el mando a distancia de la televisión. Se tiene una edad en la que las endorfinas se buscan sin alharacas, procurando no llamar mucho la atención, pero hay ocasiones en las que se querría ser Townshend o Hendrix y aporrear algo. Debe ser una de esas cosas que no se ha hecho en su tiempo y queda larvada, a la espera de que una circunstancia propiciatoria la desenclaustre y nos haga sentir el vértigo de la satisfacción absoluta. Yo encontré anoche ese placer escuchando a Wim Mertens, pero no se enteró nadie. No se me escuchó aullar por la tromba de sensaciones dulces, ni bizqueé, aturdido por la descarga de oxitocina. Me mantuve cabalmente, sin que ninguna evidencia física expusiera el roto producido adentro. En ocasiones, la poesía me transporta a ese sitio al que iba Townshend cuando le daba el subidón en el escenario y se le ocurría incrustar la guitarra en los altavoces o a Hendrix cuando les prendía fuego. Hay muchas formas de salir de uno mismo sin necesidad de hacer ningún viaje astral o acudir a un gurú esotérico o a un chamán o a un sacerdote del barrio. Imagino que cada uno posee su propia receta y se la cocina privadamente o en público. La idea es que alguna haya. Toda esa gente gris que no sonríe nunca y parece que todo el mundo le adeuda algo son los que no tienen nada que les libere del peso de la realidad. Porque mira que pesa la muy jodida. Pesa hasta que se te borran las palabras en la cabeza y solo la miras y asientes con la cabeza y dejas que te invada. No hay quien no sienta ese peso, quien no haya buscado métodos con los que mitigar la presión o hacerla, al menos, soportable. Hay quien escribe sonetos en la intimidad de la noche o quien escucha a Mertens o quien corre por los parques a media tarde. Poseo la capacidad de administrar mis neurotransmisores a capricho. Los hago volar o los mezo, acunándolos, dejando que confíen en mí. Tengo esa capacidad y no la tengo al mismo tiempo. Hay días en los que el ánimo flaquea, en los que no te hace nada Struggle for pleasure, la pieza monumental de Mertens que ahora mismo está sonando mientras escribo esto y son las once cuarenta y ocho y el martes va desvaneciéndose y en casa no se escucha casi nada, poco, no sé, el ruido que hacen mis dedos cuando golpean el teclado logitech negro inalámbrico que me asiste en mis desvaríos y al que le cuento qué mal padezco y qué bien lo cura. No entra en mis cálculos quemar nada, incrustar ningún objeto en otro en donde no corresponda o correr a media tarde. 

26.4.15

K. embriagado

K. dice que embriagado se vive mejor. Como es muy de palabras correctas y no le cuadra acudir a un vulgarismo o a un término burdo o de apresto fonético soez, K. dice embriagado, pero yo le comprendo y en mi cabeza compongo una imagen correcta, la que se desprende de su frase pequeña. Hay frases de poco desarrollo que dan para conversaciones enormes. Otras, en cambio, largas, encabritadas, no merecen atención alguna. He sentido en carnes propias el vértigo de la embriaguez, ese irse de lo real y perderse en lo ambiguo. En la ambigüedad se vive también mejor. Gusta no saber con certeza, no tener a mano la propiedad de nada y andar siempre de prestado, tocando la superficie de las cosas, ahondando a veces, pero sin sentirse el dueño de nada. Lo decía Mycroft, mi amigo, hace poco: uno vive en lo frágil, sin aprehender nada, sin que nada se considere conocido, ni propio incluso. Lo malo de este mundo es la propiedad que creemos tener de las cosas que nos rodean. Si no fuésemos dueños de nada, la vida sería más bonancible. Podríamos salir a la calle y saber que todo es nuestro y nada lo es en el fondo. No sé si alguien con más conocimientos políticos que yo dirá que estoy centrándome en tal o cual corriente o en tal o cual sistema, pero no es la política el sitio que quiero visitar: prefiero la poesía, el país de las palabras y de la forma en que las palabras nos cuentan cómo es el mundo y qué podemos hacer para administrarlo o para aprovecharlo de un modo mejor. Por eso lo de no ser dueños de nada al modo en que John Lennon lo dejaba hermosamente escrito en su Imagine. No possessions too. Sin posesiones, sin llaves, sin hipotecas. El mundo está demasiado escriturado. Lo mío, en cambio, lo más acendradamente mío, no es incumbencia de nadie, pero no me refiero a una posesión material, sino a mis ideas, a la manera en que las cuido dentro de mi cabeza. Mi cabeza es mía, por otra parte. Más mía que lo que los demás creen que es más mío, por ejemplo. Todos tenemos la idea de que hay cosas que le pertenecen a los que no rodean y a las que no podemos acercarnos sin su permiso y su supervisión, pero la libertad está en las palabras, en los gestos, en los libros que hemos leído y en los abrazos que hemos dado a lo largo de nuestra vida. Voy a desvariar un poco: somos los libros que hemos leído y los abrazos que hemos dado. Somos la palabra y la carne juntamente. 

K., embriagado, es más cercano. Es curioso que haga falta entrar en esa etilidad fortuita para que podamos conocer a alguien. Ebrio, desenmascarado, decían los griegos, que fueron los que vistieron la cara y la dejaron decir las cosas, sin el peso de la mirada del que escucha. El otro, el prudente, el sobrio, es una versión popular, pensada, programada para no hacer daño a nadie con lo que hace o con lo que dice, el animal público. El ebrio, bien al contrario, es el alma torturada que de pronto advierte que le han abierto las puertas y que puede explayarse, irse, andar por ahí, brincar, retozar, decir lo que no podría o no querría en otras circunstancias, y volver más tarde, feliz, satisfecho de haberse probado en libertad, sin pensar mucho en el qué dirán ése que tanto nos han dicho cuán importante es. Admiro a quienes no se intoxican nunca, los que no beben, ni fuman, ni introducen en sus benditos cuerpos sustancias que los expongan al riesgo y a la incertidumbre. Amo la incertidumbre, la amo a diario, pero hay días en que uno debe cumplir, regirse por unas normas, acudir al lugar en donde lo esperan, hacer lo que esperan que hagamos y volver a casa, ufano de la rectitud con la que hemos procedido, completamente resuelto a repetirlo al día siguiente. K. bebe sin preocuparse de ser visto: incluso le agrada que se le conozca esa faceta suya, la de esclavo de sus pocos vicios, la del que se esmera en no desoírse, en no llevarle la contraria al cuerpo, que es quien le pide las toxinas habituales. Qué hermosas ellas, las toxinas, qué paraíso el que procuran. Tengo que volver a leer a Baudelaire, tengo que volver a leer a Bukowski, tengo que volver a leer a Escohotado. Tres personas muy de fiar que me enseñaron a pensar en los beneficios de ciertos venenos. El resto del mundo me ha pedido que sea prudente: que administre, que sepa gobernar y no se envicie mi alma. 

K., enviciado, es más cercano también. Le he visto en las barras de los bares, un poco desquiciado, hablando hasta por los codos, ya entienden, alambicando sintagmas, lubricando verbos, por si alumbran prodigios. No siempre sucede eso de que se produzcan milagros. No los hay o los hay escasamente. Yo soy muy de Baudelaire, ya lo he dicho. Las flores del mal son más hermosas que todos los jardines del bien. Eso lo tiene claro cualquiera que haya olido la flor maldita, y haya apreciado el olor blasfemo que emana. Luego siempre hay tiempo de volver a la normalidad y de vestirse de limpio para que los vecinos lo vean a uno salir de casa y exhibir las galas mejores, pero hay que saber estar cerca del riesgo, abismarse en el riesgo, tumbarse a su vera y esperar a ver qué pasa. No pasan muchas cosas la mayoría de las ocasiones, pero en las que sí hay algo, en ésas aprecia uno el orden de las cosas, el sentido del cosmos, la hondura del amor y la belleza del alma.


23.4.15

K no escribe

Más cercano a la estabilidad emocional que a la felicidad o a su anhelo, K. dijo anoche que escribir le satisface menos que leer. Sostiene que escribir le agota: es un estado de cansancio continuo, de querer llegar a un sitio y de no saber si se podrá llegar, de sentirse depositario de la realidad y de saberse obligado a volcarla, a dejar una constancia de ese depósito en el texto; escribir no es lo mío y no va a serlo, Emilio. Consta que lo he intentado. He leído sobre qué bien podría hacerme escribir, he escuchado a los que escriben y he dejado que sea mi experiencia la que me haga seguir o claudicar, y he declinado la responsabilidad de contar algo que no precisa ser contado o que yo no debería contar, para ser exactos, quién soy yo, quién se supone que tendría interés en nada de lo que piense, qué buscarían en lo que ni a mí me produce interés. Anoche quise escribir hasta que un texto me confortara lo suficiente e irme a la cama feliz por mi progreso. No hubo texto que aliviara mi desazón, ni siquiera una línea que colmara mi deseo. Prefiero no escribir, prefiero seguir leyendo, e incluso he pensado que ni leer me llenaría del todo. Mi compromiso con la literatura se viene abajo cuando advierto que la realidad puede suplir con creces toda la oferta de la ficción. No necesito a la novela. No hay nada en la novela que no pueda encontrar en la crónica periodística. Se trata de que uno alcance la felicidad o de que su anhelo, el progreso de su adquisición, nos haga sentir bien. Escribir agota, Emilio. Es una actividad peligrosa además. No sabes a qué lugar vas a llegar. Esa incógnita no me interesa. Prefiero la certeza, el paseo que he hecho, las caras que he visto, el cielo que me ha protegido. K. no escribe. K. está incluso por no leer. No saber, no querer saber, no sentirse afectado. Creo que me he caído de la bicicleta. 

22.4.15

K. escribe

K. dice que va a empezar a escribir. Lo hará por la mañana, a poco de levantarse. No sabe de qué escribirá ni si se preocupará de que se lea lo escrito, pero tiene la voluntad firme de empezar a escribir. Ahora mismo debe estar haciéndolo. No se distraerá con música, al modo en que me dejo distraer yo, ni elegirá un lugar de paso, en el que pueda percibir el ruido de la casa. Irá al centro exacto de la escritura. Pensará: estoy escribiendo, las palabras van saliendo, unas llaman a las otras y se van juntando. Pensará: si leo lo que acabo de escribir, no seguiré escribiendo, así que lo haré de carrerilla, empezaré y no levantaré los dedos del teclado hasta que llegue al punto y final y me levante y me vaya. Hará todo eso, pensará de esa manera, y saldrá con la idea de haber empezado algo nuevo y haber franqueado con éxito la prueba. K. se impone pruebas. Hoy ha sido escribir; mañana, montar en bicicleta. Pensará: estoy montando en bicicleta, voy dejando atrás paisajes, voy notando el peso del cuerpo en mis piernas, las ruedas siguen girando, un giro llama a otro y todos se van juntando. De pronto cae en la cuenta de lo parecido que es montar en bicicleta y escribir. Se le ocurre que las dos son actividades en las que se va obligatoriamente hacia adelante y se persigue un fin. Razona que el corredor también construye una trama. Todo depende de qué ruta elija. Y advierte que al principio hará cuentos cortos, trayectos breves, vestidos de lentitud. Aspirará a recorrer grandes distancias, novelas con muchas historias cruzadas y con muchos personajes involucrados. En ese momento cree haber encontrado el primer cuento. Será el del corredor que sueña ser escritor. O el del escritor que imagina que acabará siendo un buen ciclista. Anne Sexton decía que un escritor era alguien que hacía un árbol de unos muebles. Mi amigo K. es un escritor, en el sentido sextoniano de la palabra: hace de una bicicleta un paisaje. Ya le veo sudando, abriendo mucho la boca, aspirando el aire que se le resiste, contándose una historia y contándose la otra vez, hasta que baje del sillín, ponga el pie en el suelo y vea lo lejos que ha ido y lo feliz que se siente de haber llegado. Luego está el camino de vuelta. Imagino, eso lo imagino yo, que el camino de vuelta lo hará como lector. Irá montado en su bici e irá leyendo, apreciando la calidad del terreno, la dificultad del trazado, corrigiendo las faltas de ortografía y los errores sintácticos. En fin, lo que hacemos a diario los que escribimos. Tenemos que quedar y dejar todo esto bien claro. Luego a media mañana hablo de libros y de escrituras a alumnos de un instituto. No sé si tendré alguien de público que monte habitualmente en bici. Igual me entiende mejor. 

20.4.15

El elefante feroz y la paloma rota


A Frida Kahlo se le negó el cuerpo. Lo quería para ser madre y no lo fue nunca. Tuvo un cuerpo inútil, tuvo un cuerpo desobediente. Lo escondió en una cama, lo guardó de los demás, para que no le tuvieran lástima. Frida era invencible de cuello para arriba, era la mujer valiente en una época en que la valentía costaba más que ahora, pero no alcanzó la maternidad, no se la concedieron. Se quedó encinta dos veces y las dos se malogró el prodigio de que su cuerpo roto alumbrase otro cuerpecito limpio y puro. Frida, la enferma, amó a muchos hombres. Los metió en su cama, los empujó y dejó que la empujaran. Diego, su marido de ida y vuelta, el que la admiró y la odió, no logró tampoco domesticar su cuerpo inmenso. Era infiel y le aceptaban las mujeres por causas remotísimas, pero no por el atractivo físico. Una mujer despechada, una de sus muchas amantes, incluyendo entre ellas su propia cuñada, dijo que nunca antes se había acostado con una montaña y que no volvería a hacerlo. Pero hay montañas que hablan y cuentas historias fabulosas y pintan cuadros enormes como el nacimiento de un continente, montañas que van a la deriva de una vida a otra, de un cama a otra, de un cuerpo a otro cuerpo, buscando en donde no sentir el cuerpo a fuerza de sentirlo vivo. La lucha contra el cuerpo no se gana nunca. Es el cuerpo el que escribe la novela, no el que cree poseerlo, quien sospecha que puede gobernarlo. No hay gobierno tal. Vivimos a expensas del cuerpo, de que engorde o se enflaque, de que no sea del gusto del que mira o del propio, y no hay placer mayor que castigarlo, infligirle una pena severa, la de no comer o la de hacer que no pare de moverse. No creo que ninguna de esas proezas épicas les hubiese molestado a estos dos. El elefante no desea ser elefante y la paloma se desdice de su condición de paloma. Se quiere ser otra cosa, siempre se desea ser el otro. No hay espejo que devuelva lo que uno anhela ver. Igual por eso el matrimonio del elefante y la paloma se volcó en pintar, en inventar espejos, en hacer que la realidad mute, se transfigure, adopte otro rostro, exhiba otro matiz. Son como dioses los grandes pintores. Yo no he pintado en la vida. No sabría. De mi cuerpo no hay necesidad de contar nada ahora. Se va tirando con él como se puede, se le va inclinando a que consienta mis vicios, se le educa para que no me contradiga en demasía, se le mima en la intimidad, se le dan las atenciones más tiernas, pero al final es un cabrón, uno sin mesura, hace lo que se le place, va donde quiere, me insulta cuando menos lo espero, me intimida a veces, me susurra que es él quien manda, aunque parezca yo el dueño y hasta en ocasiones tenga derecho a decir que lo soy.


18.4.15

Hace un mes que no llueve



Tuve un alumno que trabajaba mejor cuando llovía. Siendo bueno en días claros, incluso muy bueno a veces, era excepcional en cuanto caían unas gotas. Si el cielo era generoso, podía llegar a ser sublime. El profesor de matemáticas contaba cómo había resuelto un problema de los difíciles sin apenas esfuerzo. El de inglés no comprendía cómo podía tener una dicción tan precisa o cómo era capaz de expresarse de un modo tan fluido o entender una audición a la que incluso él reconocía obstáculos sintácticos o semánticos insalvables. El día en que más me asombró fue cuando se inundó el gimnasio. El ruido de la lluvia, azotando las ventanas, le excitaba de un modo visible. Se le veía como trastornado, los ojos se le nublaban, le temblaba notablemente la voz, pero no he escuchado a nadie hablar de Leibniz con más soltura. Era imposible escucharle y no sentir un temblor o creer que se trataba de un milagro y de tener el privilegio de estar frente a él, incrédulo y frágil, como un espectador no avisado....

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16.4.15

Maximizando la audiencia / He visto la luz, he sentido su abrazo, tengo fe en la belleza


En cierto modo fui educado con este disco. A la luz de ese disco, conformado a su esencia, crecí y me relacioné con los demás. Escuchado hoy, contemplado veinticinco años después, entiendo que así fuese. No sé qué mal alivió o cuál cura ahora. K. dice que Maximizing the audience es una obra terapéutica, un bálsamo, un refugio, uno de esos discos medicinales que uno se pone en el cielo de la boca y va masticando, en la creencia de que algo hermoso subsistirá en el deglutido, de que la belleza extraña que tutela invadirá la pequeña tristeza con la que se consume. No hay nada fiable a lo que encomendarse en él. Seduce porque de alguna forma te anula como oyente. Jamás una música de apariencia tan fría alcanza un rango de calidez tan alto. Pienso ahora en el imborrable Ramón Trecet, que puso en órbita a este caballero en España. Pienso en mi amigo Safo, en cómo circulaban los discos de Mertens de su casa a la mía, en cómo adorábamos la irreprimible sensación de lujuria sonora de esas melodías atípicas. Pienso en todo lo que sucedió entonces y en lo que está sucediendo ahora. Mertens sigue publicando a tutiplén. No veo al Safo. Trecet no sé dónde anda. Menos mal que tengo el disco del amigo Wim en tres -cada uno a su modo- lujuriosos formatos. La primigenia cinta de cassette, el vinilo y el CD escoltan el minimalismo, maximizado, lo conservan a refugio de mí mismo incluso. Piensa uno en todos esos libros y en esos discos a salvo del tiempo, ambarizados, alojados en un limbo precioso de objetos perfectos. Todos tenemos alguno, algunos tenemos cientos. Los míos son invariablemente libros, películas, discos o fotografías. Todos exhiben la rara perfección de mis vicios. A todos les encomiendo la posibilidad de que mi alma se salve del horror que la circunda. No sé si está salvada. Yo, al menos, me siento colmado esta noche. He visto la luz, he sentido su abrazo, tengo fe en la belleza. 

15.4.15

El rey gordo, la reina gorda y K. confesando lo difícil que es ir tirando

Estar atento a toda novedad, no perderse las relevantes, ni las de relleno, las que ocupan más atención en los medios y las que solo se citan a modo de compromiso, pero no prestar atención a uno mismo, me dijo K. anoche. No ver dentro, remarcó. No saber ver dentro, concluyó. Apesadumbrado, me confesó que no podía manejar esa observación personal de un modo eficiente. Habrá cosas a las que no alcance, Emilio. Asuntos míos que no sabré administrar. En cierto modo serán ellos los que me administren a mí. Ellos programarán qué haré durante el día y a qué encomendarme en las noches. Siempre acaba sacrificada la intimidad, siempre se la expone o se vende. Lo privado es la mercancía, la vida interior es la que interesa, con la que se negocia y a la que rebajamos. Se cree que no es indispensable su reserva, que quizá se pueda salir y entrar, ir por ahí y volver a casa de forma impune una vez que se ha entregado, no sabemos bien a qué precio. K. se deja llevar, conversa sin que parezca que hay dolor en lo que dice, pero el dolor se advierte en el tono, en el sonido que las palabras hacen, en el modo en que las pronuncia, esmerándose en que suenen bien, como si la una fonética precisa pudiera ayudar a lo que no alcanzan las palabras. No tenemos forma de decir lo que nos afecta. Cuanto más lo hace, menos estamos capacitados para expresarlo. El verdadero dolor es siempre silencioso. Los días van persiguiéndose, las noches invitan a no pensar, le digo. Los días se repiten. No saben hacer otra cosa. A un día viene otro y unos van borrando las huellas de los que quedan atrás. A lo mejor así no es excesivo el peso del tiempo. Como si a cada jornada inventáramos una vida nueva y la viviésemos y a su término naciese la nueva, brillante, completa, alta y noble. Todo es muy sencillo, me dice K. Pero las cosas demasiado elementales se terminan escapando, son las que poseen más valor y en las que menor interés ponemos. Mañana les voy a contar a mis alumnos un cuento de un rey gordo y de una reina gorda. Sé que no habrá espejos. Sé que tengo que ir pensándolo esta noche. Será sencillo. El rey gordo, la reina gorda y un pueblo feliz que pasea las calles, planta lechugas en los huertos y escucha el ruido que hace la lluvia en las ventanas. Hay que prestar atención, hay que aprender a oírla. 

14.4.15

Vivir para siempre



La idea de vivir para siempre arruinó anoche el sueño que estaba empezando a conciliar. Uno no sabe nunca cómo viene una idea y cómo se queda; tampoco el porqué unas duran y permanecen y otras, torpes, irrelevantes, acaban perdiéndose. La que malogró mi descanso no es de fácil acomodo en la cabeza: hace que especules con cientos de vidas posibles que podrías emprender si morir no fuese un obstáculo, pero a veces cuesta llevar una, la propia, empezar el día y terminarlo, sentir que tenemos fuerza para acometer otro nuevo y en ese plan. Hay que haber sido muy feliz, feliz de un modo intachable, para no querer dejar de serlo y no caer en la cuenta de que el tiempo nos frena, nos coarta, nos anula en última instancia. Es el tiempo el que arruinó anoche mi sueño. Querría uno no pensar en nada, no tener nada de lo que preocuparse, no hacer de filósofo ni de narrador. Las noches, las malas, pueden durar todo un día entero. Lo sé bien, quién no lo sabe bien, a quién no se le ha venido abajo una noche por pensar en alguien o por recordar algo. No sabemos bien cómo nos hacemos daños de esa manera, a qué viene rescatar unos recuerdos - los malos, los inconvenientes - y censurar otros, buenos, que podrían beneficiar el ingreso en el sueño. Pareciera que lo que nos motiva es contrariarnos, ir poniendo dificultades, invitar al riesgo y decirlo que pase y nos visite sin prisa. Lo de vivir para siempre podría tener alguna consideración positiva, pero sólo en el caso que podamos ser otro en el trayecto, no necesariamente uno mismo, el que nació y con el que andamos a diario; otro con el que podamos intimar poco a poco, ganando su confianza, restándole importancia a los enfrentamientos.

Ir así probando vidas que no son nuestras, a las que podemos renunciar sin que nos duela en demasía, sobre las que podamos hablar después como si fuesen ajenas, aunque las sepamos nuestras y tengamos de ellas un conocimiento que no posee nadie. Si pudiéramos salir y probar ser otro, si eso fuese posible, no habría guerra con la que demostrar a los demás que somos más fuertes o que nuestros ideales son imbatibles y nobles y los envía Dios o nos son concedidos por designio cósmico. No concilié el sueño, ya digo: fui de un rebaño de ovejas a otro, pongamos. Razoné que la metafísica, la poca o la muy poca disponible, no contribuiría a que yo finalmente me abandonara, cayera en el limbo perfecto del sueño, dejase un rato - el normal - el vértigo y la fiebre del día, el trasegar de las cosas. No es posible estar todo el día invadido de realidad, pensé. No es posible que no tengamos un momento en que cerremos por completo (es un decir eso de por completo) la conciencia. No se puede estar siempre alerta, consciente del ruido que hacen las cosas al caer, atento a lo que nos dicen y pendiente de decir lo que se espera que digamos. No se nos educa para esa intensidad; quizá no convenga, ya digo. Lo dejo así. No temo qué pase esta noche. Tengo con qué distraer la espera. Poseo la voluntad que se precisa para no caer en el abatimiento, en la angustia, en ese dolor pequeño que consiste en no saber qué hacer y en sentirse mal por no saber remediarlo. Igual tengo que leer a Coelho para que me ilustre. 

10.4.15

Todos somos caballos

Un estado extremo de cansancio depara una resaca extrema. Se padece hasta que un nuevo cansancio la clausura. Hay quien no tiene días libres entre cansancio y resaca, quien no sufre las idas ni las venidas, el viaje entre un dolor y otro. No es fácil que no se aprecie el roto. Se aplican a veces más medios en esconderlos que en evitarlos. Lo que importa es la apariencia, no la verdad. En donde nos esmeramos es en lo que se puede percibir a simple vista. Desatendemos el interior. Solo vamos de un cansancio a otro cansancio. Solo los interrumpe la resaca. No conviene enseñarse uno cuando está de resaca. Ni cuando está muy cansado. De verdad que hay días que piden no pisar la calle, estar a recaudo, no dejarse ver, ni ver tampoco a nadie, como si no hubiese nada más en el mundo o nada que hubiese en el mundo mereciese que nosotros la viésemos, lo sintiéramos cerca y hasta nuestro. Luego está el vacío. No saber cómo ocuparlo, no tener a mano con qué llenarlo. El problema del mundo es que no sabe qué hacer con el vacío. La historia entera de las civilizaciones está trazada con esta idea: la del hombre inventando cosas para no sentirse solo, ni aburrido, ni triste. Nos educaron para huir de nosotros mismos. Contra la voluntad de entrar está siempre la de salir, la del distraerse. Quien no piensa, vive mejor, dice K. Pensar solo da quebranto. Todo en ese plan. Y no habrá quien no comparta que la vida se vive siempre más dulcemente si se la esquiva, si no se entra en honduras y se deja uno llevar, mecer, yendo de un cansancio a otro, de la resaca severa a la siguiente. Como si pensar mucho, más que aliviar, dañase; como si la felicidad consistiese en no saber nunca mucho de algo. Al caballo, al jalearlo a que corra, no se le ve nunca flaquear: es cuando hinca las rodillas y hocica en el suelo cuando advertimos que está extenuado. Y ese vivir como caballos no conforta, en el fondo. Se prefiere la mesura, que no siempre acude si se la precisa; se desea un control en los materiales que intervienen en la trama, una especie de gobierno razonable en donde las emociones no terminen corrompidas por los imprevistos. Son esos, los imprevistos, los que malogran el conjunto. Es el cansancio, el cansancio forzado, el cansancio rutinario, el que descompone la figura resultante. Y como es viernes, el vacío se llama siesta y luego leo y después me voy a la calle a un concierto de música clásica - es cierto - con una expedición muy amable y educada de eslovenos que han venido a mi pueblo a que le contemos cómo funciona la vida y en qué difiere de la que ellos conocen. Creo que en nada. Todos somos caballos. Buen fin de semana a todos. 

7.4.15

Mi cabeza

Empieza por esta época mi ablandamiento orgánico. Empiezo a renquear por un pulmón o por los dos, según lo atronadora que suene la tos que expulso. Tengo los ojos encharcados o a medio encharcar. Aprecio que no tengo el brío que hace pocas semanas, si es que algún brío tuve. Entiendo que son los peajes de las alergias que me invaden, todos esos pequeños bichos cabrones que me postran. Vean a este hombre debilitado, comprueben lo poco recio de su porte. Percibo esto con nitidez en cuanto pongo el pie el suelo, nada más despertarme. La sensación de que el día va a ser largo o la de que no podrá uno sobrellevar las novedades que se presenten. La rutina se lleva con cierta elegancia. Lo nuevo, lejos de entusiasmar, disuade, No quisiera uno esta fragilidad, pero es el cuerpo el que manda. A él le encomendamos en ocasiones la provisión de los placeres, pero hoy - ayer, no dudo que también mañana - el mío es un accesorio secundario, obstinado en malograr la felicidad que merece mi pensamiento, la voluntad de mis ideas, toda esa maquinaria oscura que ocupa mi cabeza y hace que prefiera el café con muy poca azúcar, la cerveza de abadía o los títulos de crédito de Saul Bass, pero es ponerse mi cuerpo a mendigar atenciones o a publicar molestias y mi cabeza se viene abajo, mi pensamiento flaquea, todas las buenas ideas, las nobles juntamente con las hermosas, decaen, exhiben su lado débil y terminan abandonándose, diluyéndose, haciéndome ver que en realidad nunca estuvieron allí, ni me formaron, ni me procuraron el júbilo que aún recuerdo. Tiene el cuerpo su capricho, obra a su antojo, se esmera en contrariarme a veces, pero luego está el cuerpo dócil, el manso, el cuerpo amable y agradecido, al que se le encienden todas las luces cuando se le asiste. El mío, más de cien kilos de presencia tangible, lleva casi cincuenta- dejemos ahí las cifras por el momento - lidiando con mi cabeza, agradándola a ratos, fingiendo que está de su lado en otras, ocupándose de que no se lamente como oficio y entienda que el dolor es irrenunciable a la condición humana, que incluso el dolor, aplicado sin saña, lo forma, lo viste, lo describe. No sé si soy más de mi cuerpo o de mi cabeza, si es que una cosa y la otra pudieran ir separadas, aunque sea figuradamente; si estoy sano y libre de quebrantos, por un lado, pero mi cabeza navega en mares procelosos y se hunde en simas tenebrosas a diario. Quizá cuente andar en un aceptable término medio en el que se sobrellevan los rigores de la edad y no se enmohece en demasía la cabeza con las grandes preguntas ni tampoco con las pequeñas. Un poco dejarse vivir, podríamos decir. Si he de inclinarme por mantener feliz a uno, si me veo en ese brete - ah qué hermoso vocablo el brete - elegiría la cabeza. Uno viviría infinitamente en su cabeza. Todo, al final, acaba claudicando en ella, alojado en ella. Tengo mi cabeza tan aleccionada que le pide de continuo que no me desatienda el cuerpo y lo contente con los paliativos que se le vayan ocurriendo. Que no lo olvide enteramente. Que si le ocasiona un estropicio no sea irreversible, pueda uno volver a donde le respondieron las piernas o el pecho o el ánimo. Ah mi cabeza, mi país más mío, mi integridad absoluta, mi mayor posesión, mi tesoro. Y si un día se me desquicia, si no la gobierno y va a lo suyo, como un miembro díscolo y travieso, si dejo de escribir y el mundo se me pone oscuro, podrá decir alguien que fui su dueño un tiempo y éramos buena pareja. 

6.4.15

Cien películas: 8 Interstellar, Christopher Nolan, 2014



Si pusiese en una balanza lo que me gusta de Interstellar y lo que no, no habría inclinación hacia ningún lado. Es tan soberbia como irrelevante, posee pasajes maravillosos y zonas oscuras, confusas, en las que no hay nada a lo que agarrarse, salvo (tal vez) la fe en la magia del cine, en la virtud de que una historia nos conmueva y nos conduzca a un lugar del que no saldremos nunca. Quizá el cometido más hermoso del séptimo arte o de cualquier otro sea el de procurarnos ese país imaginario, ese reino solo alcanzable a través de la imaginación o de la belleza. De la una y de la otra hay aquí raciones suficientes para considerar Interstellar como una buena película, y probablemente lo sea, pero queda en un espacio intermedio, en un limbo insulso que pide a gritos que Nolan se postule de una vez y decida en qué lugar desea estar: si desea ser Stanley Kubrick o desea ser Ridley Scott. Del primero posee la grandilocuencia, las palabras con peso, la escenografía apabullante y la pulcritud narrativa. Del segundo coge la espectacularidad, la obligación de hacer juegos de artificio, aunque el material pirotécnico no dé más allá de cuatro fogonazos. Interstellar es el campo idóneo para que las dos posibilidades fluyan sin que una coarte a la otra. Hay tramos en donde prima lo etéreo, lo poético, y otros que aceptan la traca, toda esa artificiosa voluntad de impactar y de enredar con teorías peregrinas sobre el tiempo, la gravedad o el amor.

Nolan se reblandece cuando justifica su cine. Porque en todas las películas de Nolan - salvo Memento quizá - hay un lugar para clarificar conceptos, añadir a las imágenes lo que las imágenes no alcanzan. Toda la poética del espacio la desbarata al recurrir a las matemáticas y hacernos pasar por aventajados alumnos de física cuántica, cuando no lo somos, ni pretendemos tal cosa. En el viaje, Nolan hace de Spielberg y hasta de Malick: nos habla del amor, del amor que salvará al mundo y hará que brille el sol y titilen en lo alto las estrellas. Hay que creer en el amor para que la humanidad no perezca. Si el amor falla, se colapsa el universo. El Nolan new age nos vende pastillas baratas de salvación, como post-its de Paulo Coelho pegados al frigorífico, pidiendo que los leamos cuando nos servimos del desayuno. En lo demás, en la parte operativo, Interstellar es un magnífico entretenimiento. No hace Nolan ninguna película que hastíe: tiene el ingenio y también la historia. Desbarra cuando se quiere hacer trascendente (Origen es un batiburrillo colosal que uno traga sin pestañear, dispuestos a aceptar que el cine es magia y es engaño y se es feliz ahogado por ellos), cuando le sale el escritor panteísta y cree estar contando la matriz primera de la existencia, no sé, el punto G del cosmos, el que esconde todas las respuestas a todas las grandes preguntas. Se toma a sí mismo tan en serio que no es capaz de saberse un Spielberg, que hace lo suyo con mucha más solvencia, plenamente consciente de los ingredientes de la impostura, pero sin darle esa aristocracia    petulante a veces, de niño listo que enseña física cuántica a los amigos lerdos. 

De Interstellar comprende uno menos cosas de las que disfruta. Suele pasar eso en el sci-fi de nuevo cuño, el que se documenta y pretende teorizar y entretener, enseñar ciencia al tiempo que hace caja. Es posible que ambas aspiraciones tengan un lugar en el cine, pero todavía Nolan no ha hecho nada que deslumbre de modo absoluto. No tiene ninguna nave mecida en el espacio por un vals de Strauss ni ha metido a un puñado de aventureros -no eran otra cosa- en un Nostromo y los ha enfrentado a una bestia del espacio profundo. Toda esa valentía formal suya le granjea adeptos. No estoy yo contra Nolan, ni a favor. Memento es una obra de arte, una pequeña obra de arte. Me deslumbró con su Batman, pero una revisión hace que veas las costuras y el producto queda menos redondo. No creo que desee, tan joven, adquirir el rango de clásico, y no creo tampoco que le quite el sueño no haber llegado todavía a la genialidad. Es posible que la tenga. El futuro no se sabe bien qué es, aunque él lo estruje y lo estire y crea que puede contarnos toda la filosofía en dos horas (largas) de paseos espaciales. 



5.4.15

El infinito futuro, el infinito pasado



Se lee para saber más cosas de los demás y de uno mismo. En la lectura, aparte de la adquisición de un conocimiento o de la restitución de una historia, hay un componente mágico que no siempre saben argumentar los críticos literarios y al que sólo se accede después de haber leído mucho o después de haber escrito mucho. La lectura y la escritura son instrumentos que narran lo que no sabes de ti mismo. Te abren las puertas que no abrirías nunca si no leyeses o escribieses. No hay garantía de que leer mucho o escribir mucho haga que sepas de ti lo bastante. Incluso cabe la posibilidad de que no extraigas nada de todo esto. Escribir de un modo obsesivo - al modo en que a veces lo hago yo - puede disuadir de la idea de leer de un modo obsesivo. Entiendo que haya quien no haya leído ni escrito nada en su vida o quien no haya necesitado ver cine o asistir a un concierto de música sacra o visitar una exposición de marinas o tocar un piano. La felicidad no precisa de nada y, al tiempo, todo lo precisa. Me suele decir K. que no lee como antes y que sopecha que acabará por no leer nada. No es temor lo que siente. No teme que no vuelva a conmoverle una novela o que un poema le haga sentir la inminencia de la belleza o el temblor de la divinidad. Dice que ha viajado en el Pequod y que ha estado en Comala. Dice que conoce lo suficiente como para poder vivir de esa memoria exquisita.Tampoco ha ido K. a París, ni se le antoja que pueda ir en breve. Lo que no conoce supera infinitamente a lo que sí. Le dije que éramos dos o que todos somos K. en algún momento de la vida. Un personaje de Borges lo dice mejor: ¿Qué te importa el infinito futuro si perdiste el infinito pasado? Me hizo pensar en Roy Batty, el replicante de Blade Runner cuando cita las puertas de Tannhäuser y lo que se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia. No sé yo qué se perderá conmigo, qué tendré que no se revele nunca si yo no estoy. Imagino que no tenemos nada relevante. Son éstos tiempos en los que un replicante tendría cuenta en facebook o en twitter. Qué hermoso personaje, por cierto, qué poco ha llegado aquí de lo que fue entonces. 

4.4.15

El que no sea friki, que levante su espada láser




De lo que no se sabe es de lo que uno habla con más pasión. De hecho no hay ninguna razón, ninguna razonable al menos, para que lleve un par de días con el cuervo de Poe en la cabeza por culpa de este cojín. Este verano no abandoné la imagen de un Charles Baudelaire zombificado que llevaba una muchacha que se me cruzó en un mercado. El hecho de conocerla me hizo pensar si realmente sabía qué llevaba en el pecho, si Baudelaire le había cambiado la vida o no la había modificado lo más mínimo. Uno debe saber con qué se adorna, qué iconos usa para enseñarse a los demás. Quizá por eso yo no tengo en mi fondo de armario camisetas con alusiones a Pynchon o a Wittgenstein. El cojín con el cuervo de Poe es una de esas cosas que aparecen en internet y que te hechizan. Una vez hechizado, no hay vuelta atrás. El objeto persiste dentro de uno, vence los obstáculos naturales del tiempo y del olvido y vuelve en ocasiones, espléndido, como si fuese una extensión del cuerpo o un recuerdo nítido e indeleble al modo en que lo son las caras de los familiares o los lugares en donde se ha sido feliz. Yo soy feliz en un cojín de Poe o con una camiseta de Baudelaire podrido y aterrador. Mi amigo Álex me regaló una camiseta de Walter White que llevé puesta hasta que la canícula se rindió y la ropa adquirió una seriedad de trabajo diario. Mi amiga Ana me trajo otra con el logo de U2. Tengo tazas de café con portadas de los Beatles y de Pink Floyd y una muy Breaking Bad que, al usarla en el desayuno, me vigoriza y motiva como ninguna. Vivimos de los objetos inútiles, de los irresistibles, de los que no pasaría nada si los olvidásemos o no hubiesen caído nunca en nuestra manos, pero con los que recorremos los días con más ardoroso entusiasmo, cubiertos por las cosas frikis, así se dice ahora, que más nos engolosinan. No hace falta que no estén en el ángulo de visión para que se revivan, restituidos con pasmosa credibilidad, impuestos a la realidad como si de verdad estuviesen en ella, frente a nosotros, colmando el vicio que nos produjeron. 





                                 (El dueño de la camiseta -y amigo - es José Antonio Ramos )

3.4.15

Oh brother, where are thou?

Lo malo de ir aplazando las obligaciones es que luego no nos acordamos de cómo se llevan a término. Yo estuve más de un mes evitando entrar en la consulta de mi dentista y el día en que tomé aplomo y me dispuse a franquear ese miedo no recordaba dónde estaba su clínica. Anduve unas horas por el centro tratando de poner en orden mis pensamientos. En ese deambular sin propósito, en ese ocio cobarde, coincidí con un amigo que no sabía cómo ir al banco para pagar la contribución. Me confesó que llevaba más de un año postergando el pago. Días después leí en la prensa que uno de mi pueblo estuvo perdido una semana sin encontrar el camino de vuelta a casa. No lo conozco en persona, pero me han comentado que bebe mucho y que cuanto más bebe, más olvida. Es como la serpiente que se muerde la cola y que se gusta en el gesto. Me he preguntado si estas anomalías de índole casi metafísica las tenemos todos, mal que a veces nos pese; no me sorprendería que hubiese idénticos comportamientos en otras partes del mundo y así, al hilo de esta reflexión un poco fugada de tino, he pensado que un ciudadano turco, pongo por caso, se parecería a mí a la hora de darle esquinazo topológico a la consulta del dentista. Cosas que suceden solo en mi cabeza. No sé, en algún lado, habría un tipo como yo, un Emilio Calvo de Mora turco, que odiase esperar la cola en la charcutería o que no supiese todavía hacer el nudo Windsor cuando las bodas o los bautizos. Uno que quizá en este momento estuviera leyendo esto que escribo y se viera reflejado en lo que cuenta y se vaya hoy a la cama con la certeza irrefutable de que el mundo, en el fondo, es un escenario hostil y que vamos apartando dentistas, charcuteros y oficinistas de banco porque, bien mirado, lo que nos molesta es la rutina, esa reincidencia en lo que nos incomoda. Einstein decía que la realidad es una ilusión, pero una muy insistente. A mí me agrada la ficción de que alguien por algún lado, en un pueblo del Ampurdán o en los barrios de la periferia de Buenos Aires, sea un tipo como yo, padezca las mismas incertidumbres, disfrute de los mismos placeres y sospeche que posee un cómplice, una especie de hermano anónimo, en la distancia, en el insondable territorio de la literatura o en la calle. Si está por ahí, que se persone, que diga estoy aquí, por fin he llegado

2.4.15

Agradecimientos

Está bien cumplir años. Es mejor que no hacerlo. Incluso está bien que no haya festejos y que no se soplen velas ni haya una canción a la que sigan unos aplausos y un montón de besos. Los años son un ingrediente de la trama, pero la acortan o la alargan, aplazan sus virtudes o las acercan. Nunca es una mala trama. La otra opción es la insoportable: la de que no haya fechas que consignar, la de no sentir que el tiempo transcurre y nos hace más sabios o más hostiles, más pacientes o más coléricos. Todo entra en lo razonable, no hay ninguna emoción a la que no podemos acudir. De cumplir años agrada la idea de que hay quien lo festeja. Uno lo celebra siempre en menor grado que los demás. Los que lo aprecian o lo quieren a uno le hacen ver que estamos bien en el mundo y de que se nos considera y se nos tiene en cuenta. No es poco. Hay días en los que ninguna de esas confidencias, aireadas en un cumpleaños, en un mensaje en un frío muro de facebook, en una barra de bar con los amigos, en casa mientras desayunas o en el también frío espacio de una llamada telefónica, nos satisfacen. Días en los que todo es gris o todo tiende al gris. Serán buenos esos tonos de gris si luego deparan el esplendor del azul o la luminosa lujuria del rojo. Días grises, días azules, días rojos. Lo de ayer, lo de sentir tantísima gente a mano, cercana en la distancia o en la cercanía, me hizo sentir bien. Ha habido años en los que no he tenido esa certeza de afectos. No porque yo haya sido más áspero o me haya explayado menos en las relaciones sociales. Deben ser circunstancias, cúmulos de ellas: vienen en tropel y te cuentan que la vida existe y la tierra gira. Al final del día constata uno toda esa febril actividad recién clausurada, recula y admite que el día - sin ser de un entusiasmo absoluto - estuvo bien y tuvo sus ratos espléndidos. Todos los días los tienen, aunque no se cumplan años. El año que viene, si andamos por aquí y sigo dejando nota de lo que rumio, el texto será otro. Yo seré otro. Vosotros, otros. Y las fechas corren y los días se persiguen. Bendita la carrera, dulce su itinerario. 

1.4.15

no hay que decaer

las grandezas teme, oh alma
C.K.

lo que no hay es paciencia, la hemos dejado atrás, hemos pensado que ya no va a ser útil nunca más, en el vértigo se vive mejor o se vive más rápido, la fiebre del ir y la del volver lo ocupa todo, ocupa las plazas, ocupa las palabras, los gestos, hay sueños acelerados, besos que no se llegan a dar nunca, la velocidad es lo único que importa, velocidad y llenado, volcar en un cajón todo cuanto encontremos, echar los capítulos de la serie que estás viendo, la confidencia del amigo, la lista de la compra, las palabras que alguien recuerda que dijiste, abrir el cajón, demorarse en la visión de lo que contiene el cajón, pero no usar lo que hay, no saber qué manos amorosas lo facturaron, en qué privada fantasía cobró cuerpo lo que hemos ido arrumbando ahí dentro, en el cajón, en cierta manera la velocidad hace que nunca haya cajones suficientes, no esperamos a llenar uno cuando ya estamos buscando otro que tener a mano, no sabe uno cuando tendrá que usarlo, no podemos ni imaginar que no esté, la velocidad es la que manda ahora, no hay otra medida de lo que somos, la espera no vale, en la espera la cabeza bulle, una cabeza que bulle es un peligro si no se posee cierta experiencia, en el manejo de cabezas que bullen, no pensar a veces es un refugio maravilloso, vivir es siempre moverse, lo que no se mueve no es vida, aunque la gobierne el confort y la mimen los astros de los libros antiguos, por eso debes continuar moviéndote, debes hacerte sólido en los desplazamientos, exhibe seguridad, mejora la calidad del paso, merece el vértigo, no se te ocurra pensar en parar, no haces nada en lo quieto, solo es una distracción, un remanso, un vacío, el vértigo es más productivo, la paciencia no importa, no te dejes nunca engolosinar por quienes la venden como algo bueno, las religiones son un paso atrás en tu aplicación, las religiones te embelesan, te hacen parar a escuchar, las palabras son el veneno, no te pares nunca delante de un predicador, te va a comer la cabeza, hará que bulla, hará que explote, hará que sangre, los predicadores son charlatanes, han aprendido una sintaxis, conocen un vocabulario, están enseñados a decir las palabras que el miedo desea escuchar, el cielo no existe, el infierno no existe, sólo hay vértigo, la línea que se adentra en el horizonte, el humo que se adensa en el horizonte, la oscuridad, a lo lejos, cercándolo todo, avisándonos de que después de haberlo recorrido todo es el paso el que cede, no andas, no avanzas, el corazón se para, la cabeza no se extasía con la sangre que la hace pensar, incluso esto que escribo sale a borbotones, lo dirige el vértigo, lo escribe el vértigo, carece de la corrección, lo corregido malogra lo verdadero, voy escribiendo, voy pensando o quizá sea al revés, piense, escriba, como el jugador de ajedrez pienso en la siguiente jugada, en cómo llegar a mi destino, pero no sé nunca con certeza los movimientos, los voy acometiendo conforme la trama va avanzando, hay tramas espesas de las que uno no sale jamás, tramas livianas, tramas de osito de peluche en la cama de una niña en mitad de la noche, soy el caballo que corre hasta que se le pudre el corazón o hasta que revienta sus pulmones, no hace falta salir a la calle, enfilar la acera, ir buscando las afueras y correr de verdad, correr como te han dicho que corras, no es ése el correr del que hablo, o no lo es del todo, puedes correr mientras lees a kavafis, en casa, en tu sillón de orejas, lees a kavafis, escuchas a prokofiev, tu cabeza lee a kafavis, pero kavafis no es el fin, kavafis es un escenario, uno entre muchos, el argumento lo pones tú, el vértigo es tuyo, no finges, es verdadero, estás en alejandría mirando cara a cara al dios, mecido por la comparsa invisible, tanteando la luz, sintiendo cómo te invade a cada verso que lees, afuera todo es extraño, dentro es donde persiste la bendita intimidad de tu fiebre, estás enfermo, cómo envejeces, no necesitas cura, vas directo al final, pero el trayecto es hermoso, después llega la punzada, la belleza llega en ese trance, no la ves hasta que el cuerpo siente la punzada, ahí está, después de la punzada nada es lo mismo, ni siquiera tú eres el mismo, los amigos te ven, te escuchan, les cuentas cómo fue ayer el día, si el trabajo te agotó lo habitual o si en el bar en donde tomas el café no tuviste el periódico, como de costumbre, son las costumbres las costuras del traje, todo se derrumba si hay un mal pespunte, si cambia el guion, pero la belleza arde, oh alma, por eso tú respiras, porque la belleza es la que escribe el guión de todo lo que observas, incluso la fealdad es una extensión suya a la que alguien encontró un sentido, la belleza no la entiende todo el mundo, anoche escuché a charlie parker en un supermercado, estaba de fondo, no entendí cómo la gente no dejaba de echar cosas al carro, dejaba de comprar cerveza, lejía, pan de molde, bayetas, leche semidesnatada, croissants, y se ponía a escuchar a charlie parker en mitad del pasillo, en silencio, no vaya a ser que algo se pierda y no se registre toda la belleza, pero no pasa, eso no pasa nunca, ni yo hice eso que ahora me parece tan normal, no hacemos cosas que llaman la atención, cuidamos de que no nos miren mal, estamos siempre cuidando de que no nos miren mal, hacemos lo posible para que nos miren bien, para encajar, para ser una parte relevante de la tribu, no una apartada, ni la parte prescindible, la que da miedo o la que no se entiende, debemos hacernos entender, charlie parker era un incomprendido, todos los jazzmen lo son, el jazz no permite que alguien equilibrado lo toque, rechaza al ortodoxo, vengan los desquiciados, estoy aquí, he venido a que me expriman, saquen de mí lo que nadie ha sacado hasta ahora, hagan que gima como nadie lo ha hecho hasta ahora, el oficio del jazz es gemir y hacer que quien lo escucha, en lo que pueda, en lo que sepa, gima también, el bebop es un gemido, uno tangible, audible, un aullido de gemido, un aullido de oro puro, eso es el jazz, pero ahora tengo sueño y voy a ver si cojo el sueño, no se deja, no se deja siempre que uno lo desea, mi cabeza lee a kavafis, hay poemas de kavafis que no salen nunca, están ahí, aunque no se tenga la certeza de que está o no se divulgue ni se confiese a alguien, mira, yo tengo un poema de kavafis en la cabeza, no tiene sentido airear esas cosas, en realidad qué hay que tenga sentido contar, no hay nada importante que contar y sin embargo todo es digno de ser contado, el oficio del que escribe es contar, es darse, es no dejarse vencer por el silencio, ya lo he contado muchas veces, contarlo es una manera de recordarlo y de no decaer, sobre todo no hay que decaer