30.3.15

Una niña siria de cuatro años


Uno tiene que inventarse, probar a ser otro, mutar en el prójimo y ver la vida desde afuera, en las vidas que observamos y que no entendemos. Desde que los griegos inventaron el alma, en ese esplendor de las ideas, no ha habido progreso destacable. Seguimos fascinados por la posibilidad de hacer el bien o de hacer el mal, de ser rescatados y merecer el paraíso o de perecer y residir en el infierno. Seguimos abonados a la crueldad, aplicando el mayor esmero en mirar hacia otro lado, en disimular, en hacer ver que no va con nosotros, que el mal que sucede alrededor nuestra no es de incumbencia propia. Todo se ajusta al viejo argumento de pertenecer a un bando; no el argumento de que ningún bando es bueno o es malo enteramente, sino de que lo correcto es estar en uno de los dos, el de ocuparnos en cuerpo y alma (volvemos al territorio arcano) de que ese lado al que nos inclinamos brille, resplandezca incluso, y de que nosotros contribuyamos un poco a ese fulgor. Esta foto es de las más tristes que yo haya visto. No hay sangre, no se exhiben cuerpos rotos por la barbarie de una bomba, no hay una amenaza creíble que pueda anticipar la toma de una vida, pero duele más, hace pensar en el horror, ah el horror, todo ese horror primario de lo que no entendemos y que se aloja en el alma, en ese interior que los griegos descubrieron no sabemos bien cómo y en donde hemos depositado durante tres milenios los miedos y las esperanzas, las victorias y las humillaciones, los dioses y los demonios. 

El mal está en esta fotografía. La niña de 4 años que mira a la cámara cree que es un arma y levanta las manos, rindiéndose, repitiendo el gesto sencillo que ha visto cientos de veces probablemente, creyendo que no va a morir si las levanta lo suficiente. Porque la niña siria de cuatro años habrá visto morir la gente suficiente como para tener incrustada en su cabeza la idea de la muerte: una idea que no se tiene en una cabeza de cuatro años. Luego vendrá el mal, vendrá el cáncer del mal, extendiéndose, alojando su semilla terrible en los que lo miran sin actuar, pero cómo hacerlo, se pregunta uno, a qué acudir, cómo evitar que una niña de cuatro años, solo cuatro, no veinte, ni siquiera cincuenta, una edad ya provecta, crea que podrá salvarse si ejecuta ese gesto sencillo, porque no puede ser más sencillo. Un brazo y luego otro o los dos a la vez, con brío, haciendo ver a quien te apunta con un arma que estás decidido a no cometer error alguno y vas a rendirte. Te rindes para salvarte, eso es. La rendición es la puerta que conduce a la salvación. Hay gente que no se rinde, por supuesto. Y no levanta las manos y no desea que se les salva: prefieren la bala en la cabeza antes que la vida que les esperas, rumiando la traición a sus ideales, pensando en si merece la pena vivir después de todos los que cayeron por no levantar los brazos. No sabemos qué será de esta niña siria de cuatro años. Hoy ocupa la consideración mediática: su rostro serena, su no saber nada expresado en sus ojos, sus bracitos subidos, implorando clemencia. Palabras que no conoce: salvación, rendición, mal, bien, clemencia, barbarie, muerte. 

No vale ser otro: sigue uno siendo el mismo. No lo es desde el momento en que no puede hacer nada por remediar el mal, el mal visible, el inmediato, el que hacen que duelan los ojos al verlo. Y cómo extirparlo, cómo vencer su influencia. No hay forma, no tenemos medios, no podemos cerrarlo. Los griegos lo dijeron antes: el alma es un abismo, un vértigo, una fiebre. Si miras dentro, el mal que la ocupa te mira. Eso es de Nietzsche, que había leído mucho a los griegos y había concluído que el hombre es ante todo un animal que sobrevive siempre. Al precio que sea, siempre sobrevive. Y fascina la supervivencia, los argumentos esgrimidos para justificarla. Pero de eso nada saben los cientos de miles de niños que malviven o hieren o mueren en nombre de cosas que no se pueden entender nunca, por mucho que uno vea las noticias y se ponga en lugar del otro, en el del bárbaro, el que apunta a una niña de cuatro años de Siria y se plantea si apretar el gatillo o perdonarla. Ese umbral es el que da el subidón a los estúpidos: el disponer de la gracia del perdón. Imagino que por ahí va la cosa. Las guerras se hacen porque los soldados que las trazan y las despliegan disfrutan con lo que hacen, con ese oficio infame de perdonar o no hacerlo, de sentirse algo verdaderamente importante al portar un arma. Pienso ahora en el desquiciado coronel Kurtz de Apocalypse Now - o su origen narrativo, el coronel del África profunda que Conrad narró magistralmente en El corazón de las tinieblas. Pienso en esa cabeza calva. Dentro debía estar la respuesta al mal. La había visto en su deriva bélica. Pero no podemos entrar, no hay forma, no tenemos medios, no podemos franquear la puerta que nos veda el paso. Por eso Kurtz enloqueció. Por eso la niña siria de cuatro años levanta los brazos, rendida, sola, triste, perdida. 

26.3.15

Morir sin que tenga sentido

Al azar no se le pone nombre, no lo tiene: el azar es lo que sucede sin que nosotros lo administremos, todo cuanto maquina en contra nuestra sin que lo sepamos, lo que nos rebaja o hiere o anula sin que hagamos que la voluntad lo guíe. Uno puede entender que el azar (insisto) malogre una vida, incluso cercana, amada. Es el azar, al fin y al cabo, el azar venenoso, el azar perverso. Que una curva mal señalizada haga que el coche se escore fatalmente y se despeñe no nos violenta, no hay motivo, solo lamentamos la desgracia, pero encajamos el golpe, seguimos viviendo; de alguna manera sabemos sobrevivir, avanzar, aceptar la fatalidad. Lo que no cuadra, de ninguna manera podría, es que lo que nos rebaja o nos hiere o nos anula posea nombre y voluntad para actuar en contra nuestra. No quiero ni pensar en aviones que se estrellan porque los pilotos los accidentan a conciencia. No existe recodo de la conciencia en donde esa posibilidad cobre sitio y se acepte. Podemos considerar la del piloto al que no le responde la pericia o los mismos mandos, pero no el que resuelve matarse y arrastrar en su muerte la de los ciento y pico pasajeros a los que transporta. Por eso cuesta procesar todo lo que se nos cuenta desde que el avión de la filial de la Lufthansa cayera en los Alpes y cerrara ciento y pico vidas de cuajo. Cuesta entender que alguien pueda disponer de esas vidas y clausurarlas a su capricho, aunque la suya se pierda en ese acto maligno, impuro. El de ayer fue un acto maligno, impuro, por supuesto. El piloto alemán es un terrorista sin ideología, uno al que no le han lavado el cerebro, ni lo han adoctrinado en un campamento en el desierto, ni ha renegado de occidente, ni detesta a los que no son como él o a los que no aman lo que él ama o tienen el mismo acento cuando habla. El  que ayer precipitó el avión en la montaña es un suicida de la peor especie. Se desprende que hay suicidas heroicos, impregnados de gracia divina, gente sublime que decide retirarse para no molestar o para no sufrir más o no hacer sufrir más a nadie. De esos tendrían que estar llenos los campos solitarios en mitad de la noche. Van allí y se cuelgan de un árbol. Al amanecer, los descuelgan y ocupan un párrafo en una página de periódico o un recuerdo en los pocos que los trataron o les amaron. Suicidas brillantes, vistos con perspectiva: de los que deberían proceder en la soledad severa de su decisión y no llevarse a nadie en ese viaje: así son algunos de estos desquiciados, ajenos al bien y al mal, convertidos en dioses y en demonios, en bárbaros. No puede uno ponerse en el lugar de los afligidos, de todos los que quedaron aquí en tierra y vieron cómo los suyos volaron y no volvieron a verlos. No se puede entender esa pérdida; sobre todo si la acomete la locura de un fanático, con ideología o sin ella, con dios de su parte o sin dios alguno que le asista. Los muertos lo ignoran todo, no saben, no ven qué tragedia dejan atrás. Los muertos, en ocasiones, son los que ven cómo les arrebatan sus seres queridos. Mueren, mueren de un modo que no tiene nada que ver con la muerte, viven de un modo que no tiene nada que ver con la vida. No hay más palabras que poner, ningún gesto que hacer, todo es un desatino y nada escapa a su dominio. Ninguna caja negra que encuentren contará la verdad de lo que ha pasado, no hay verdad que contar, ni mentira que difundir. Morir, al fin y al cabo, sin que tenga sentido, pero ¿cuándo lo tiene?

25.3.15

El cielo ahora en Lucena
















La tomó mi hijo hace poco más de un ahora. No sabemos el porqué de hacer fotos al cielo, ese registrar las nubes, guardarlas en un lugar al que acudir para cuando no están. El cielo, al digitalizarlo, pierde algo, deja de conmover, precisa el mirarlo al natural. Las nubes, estas nubes, lo emborronan, lo hacen boceto de otra cosa, no sabe uno bien de qué, pero lo engalanan, lo visten de domingo o de festejo importante. Incluso emborronado, qué cielo más hermoso. El cielo tiene esas efemérides improvisadas. Cautivan las nubes, hacen que las miremos como se mire al fuego, ensimismados, buscando algo, no sé qué, que pueda estar debajo. No me pongo místico, estoy muy cansado hoy, ni busco lo que no procede buscar. Es el cielo sobre Lucena, sobre la azotea de mi casa, en una fotografía tomada sin pensar, como a veces deben hacerse ciertas cosas. Tampoco hay intención artística. No hace falta, no se exige. Del cielo pedimos que sea clemente, que se porte bien con nosotros y no nos malogre las cosechas. Lo hemos mirado tanto que no parece que haya nada sin revelar, pero está por descubrir todavía, no hay un cielo igual, ninguno se repite. Es el cielo como el río de Heráclito: no es el mismo nunca, nosotros tampoco somos los mismos al mirarlo. Cambia el cielo y cambia el observador. Nadie baja dos veces a las aguas de mismo río, declaró Borges. Está el asombro, el horror sagrado, de ver que el cielo muta, se transfigura, restituye la antigua sensación de sentirnos solos, de saber que somos poco o somos nada, de que estamos aquí de paso, de que todo es fugaz y a todo el tiempo lo cifra y lo censura. Y mi hijo, al subir, al hacer la fotografía y luego mostrármela, debió sentir ese asombro, sagrado o no, debió pensar qué hermosa cosa había contemplado. Algo lo movió a registrarlo, algo a mí a dejar nota escrita de ese prodigio. 



24.3.15

Las últimas palabras de Milady de Winter



A veces se ama a sabiendas del mal que ese amor trae: se consigna en el alma el daño, se la hace fuerte adentro y se transporta allá donde va uno, sin obedecer a nadie que reprenda esa tutela loca, sin mirar a conciencia ni aplicar la razón o dejarse convencer por las evidencias. Suelen ser muchas, las evidencias. Nadie está tan enamorado como para no advertirlas, solo aplaza su ejecución, solo secuestra el deseo de liberarse y sigue viviendo preso. Al amor lo pintan como una cárcel, lo hemos visto en el cine o leído en las novelas demasiadas veces, pero la realidad posee su narrativa también e imita con enconada frecuencia al arte, o era al revés, no se saben bien estas cosas, no se tiene a mano un modo de entenderlas cuando hace falta. Uno ama lo que le hace daño, ya lo hemos dicho: lo hace en la creencia de que elegir cómo se sufre es mejor que sufrir sin haberlo elegido. Más vale que yo me administre mi pena a que otros la gobiernen y me la endosen. La literatura está enfebrecida de amores malos, de los que duelen. Si no fuese por ellos, habríamos perdido siglos enteros de novelas maravillosas. No existiría el siglo XIX: estaría borrado, de cuajo, con saña. Y el XX, tan voluble, de tan acelerado su pulso, también se habría ido, conmovido por la ausencia de toda la novelística precedente. La vida es una novela, una diaria, una que no puede dejar de leerse y a la que aplicamos - ahora sí - un esmero descomunal, una paciencia infinita, un deseo atroz y certero. No es posible cosa contraria, no hay quien pasee la vida sin sentir que la está desperdiciando o la está apurando, como un buen vino en un almuerzo, no queriendo que acabe, no deseando que se vacíe la copa y no encontremos caldo parecido que la ocupe. 

Uno ama en silencio, cree en silencio, vive también en silencio: todo lo amado lo madura adentro, lo hace suyo como una extensión misma, tangible, corpórea, pero todo a lo que nos entregamos se hace rico, dejándonos pobres, como dejo escrito Rilke. La pobreza se instala y se adueña de las cosas y produce la sensación de que no ha habido otra cosa que pobreza, como si nunca amar hubiese sido una manera de conducirnos, un modo de vivir. Uno ama el jazz o a la vecina del quinto que nunca nos mira como si el mundo se acabase y le hubiésemos encomendado al amor que nos bañe en el tránsito a la nada. Como si todo fuese amor, como si el peso del mundo fuese amor, que cantaba Hilario Camacho en sus tiempos fértiles y líricos. La propia Milady de Winter, en Los tres mosqueteros, pide piedad antes de que la manden al otro barrio, parisino no, sin duda. Pide al mosquetero que la contempla en ese postrero instante, al que ha traicionado y dañado, que la perdone, pero él no lo hace, no puede hacerlo, solo declama - porque esas cosas se dicen en tono grandilocuente, midiendo el tono, colocando las palabras más oportunas - que su amor fue hermoso y que la amó "como se ama a la guerra, como he amado el vino, como he amado lo que me ha hecho daño" y el mosquetero la llora, a sabiendas de que es el mal el que muere, de que su alma será más pura no teniéndola cerca y de que se acordará a diario de ella y la tendrá en sus sueño

No es el amor el motor, así quisiera: no lo es desde que lo canjeamos por el confort. Se prefiere vivir bien a vivir enamorado. Incluso tiene mala prensa el amor, mala con colmo de maldad. Las novelas románticas, incluso las buenas, no son, no lo son - por más que el lector avezado lo desmienta - las novelas-insignia, las que se exponen después en los listados de grandes obras del año, todo eso. Al amor le hemos relegado a un estadio inferior. Al amor le dejamos estar ahí, le permitimos que ahí resida o que sea indistinguible de la sustancia misma de nuestra existencia, como si viniese de fábrica o como si no pudiésemos, por más que lo anhelemos, borrar su presencia, vivir a su margen, entablar con la vida una relación donde él no reine ni imponga. Las buenas causas las rubricamos con amor, el entero depósito de la esperanza de un mundo mejor está convincentemente construido de amor, pero luego se le da de lado, no lo percibimos cuando se arrima, apenas le damos cuartel, como si apestara. Tiene el alma humana, por decir alma, no sé, bien pudiera ser otra cosa, esa querencia a ir de un lado para otro, de inclinarse al bien puro o al mal puro también, sin que haya razones que soportan una cosa o la otra, sin que podamos entender del todo a qué ese escorarse, los porqués. No habrá porqués y si los hay, en fin, en ese revelador aspecto, no estarán disponibles, no se podrán someter al criterio de la razón o lo que sea. Quizá solo valga hacer un bolero, cantar al amor, ponerlo en una melodía y que las parejas se abracen, se confiesen y se prometan la eternidad.

La folletinesca Milady de Winter, la casquivana y pendona femme fatale de Alejandro Dumas, mal aconsejada por el Cardenal Richelieu, pierde la cabeza (literalmente) por amor o por algo más, y no hay piedad con ella. Se es más inflexible con lo que se ha amado, paradójicamente: se le inflige un daño acorde a la pasión que despertó. Solo si no hubo deseo, en ese meandro de las emociones, se aplica un castigo menor o no se involucra uno tanto. No solo quien bien te quiere te hará llorar: también te hará más daño. Ojalá el corazón humano no se atuviese a estos instrumentos de la venganza y el amor concluyese con un café en una terraza, deseándose los amantes que fueron suerte y amores nuevos, amores mejores, en todo caso. Pero no es así, no suele serlo: el amante afectado, el que se cree dolido, dañado, violentado por el cese del amor o por su corrupción, se toma en mala medida la justicia por su mano y hace las veces de juez y de parte. No estamos únicamente delante de un drama clásico: se repite a diario, insanamente a diario. Es un drama sin paliativos. Duele la repetición. No hemos sido educados, me temo, a renunciar al amor, a darnos por vencidos, a considerar al otro un igual, no la propiedad que a veces se erige como sustancia del litigio, no el objeto del que podemos desprendernos con saña. O mía o de nadie, se dice o se escucha decir. Somos malos, en el fondo. Entiendo que no lo somos todos, que alguien lo atraviesa la bondad y la expande y la comparte con quien lo trata. De ellos dependemos para proseguir. El amor, que mueve el sol y también las estrellas...Lo podemos escribir en un whatsapp y difundirlo urbi et orbi. A mí me queda la satisfacción de cerrar los ojos y ver a Lana Turner. Eso es también un acto de amor, un sencillo y puro acto de amor, amor loco, amor fou, amor mentido, pero amor, ah amor, amor por encima de todas las rotos que produce, amor visible y amor cerrado a los ojos, amor fiero y amor manso, amor a los libros y a las piedras, amor a la raíz cuadrada y a los verbos copulativos, amor al jazz hecho aire y al aire liberando jazz, amor sin palabras, amor carnal, amor en los gestos, ah el amor, qué no haríamos por saberlo nuestro y tenerlo a mano cuando la realidad, la muy puta a veces, nos hostiga, nos hace caer, hocicar contra el suelo, sí, aunque el amor nos ice y haga que el mundo, una vez más, gire, avance, explote de luz como una estrella de mil puntas. Ya saben: quien lo ha probado, no lo reprueba. 

23.3.15

La calle ha muerto



Un niño durará lo que duren sus juegos. Lo dijo Cortázar. Los juegos acaban cuando hay que explicarlos y las reglas que los gobiernan importan más que el desempeño mismo del juego, su inercia amable. Veo a diario cómo juegan los niños y sé que dejan de hacerlo cuando las palabras cobran la importancia que antes tenía el cuerpo. Quizá el deporte sea una extensión de esa infancia bruscamente interrumpida: tal vez jugar sea aplazar el ingreso completo en la realidad. Es el lenguaje, con sus trampas, con sus peajes, con su batalla dura por dentro, el que toma el lugar del cuerpo. Y hay niños que solo juegan en el patio de la escuela, y niñas, no me hagan creer que no lo sospechaban. Se les ha encomendado una labor tan ingente - tareas, clases extraescolares - que no cabe una labor más, ni siquiera la de jugar, la de no contar salvo con las propias reglas, las del juego que eligen. Si dejan de jugar, empiezan a crecer más rápido. Tal vez sea eso lo que se ande buscando: que ingresen más pronto que tarde en la rueda de la sociedad y empiecen a dar las vueltas que damos nosotros, queremos más gente girando, más comprando, más vendiendo, más gente poniendo cara de pocos amigos, más gente agria y enferma y triste, enemistada con casi todo lo que se le ofrece, hostil, muy hostil a veces. Y todo por no dejar que los juegos duren un poco más. Todo por dejar que el lenguaje ocupe el lugar en donde reinaba el cuerpo. Hemos matado al cuerpo, lo estamos matando a diario. Y yo sé qué horizonte hay: el de la abolición de la calle, sustituida por una pantalla multimedia, conectada a la red, lista para navegar y perderse en ella. La calle, ah la calle, el imperio del bien puro y del mal puro, el lugar en donde están los sueños cuando dejan de estar dentro de nuestras cabezas. 

20.3.15

En viernes

No sabe uno a qué encomendarse para aliviarse, en qué esmerarse. Nada o casi nada lo conforta: a poco que algo le conviene, en cuanto advierte un aviso de armonía, una especie de restitución de la alegría, acaba por chafarse, por no cuadrar, por dejarnos, en fin, sin asidero. Ni siquiera esa adquisición del placer es útil para no desearlo nuevamente de forma tan ávida: se tiene lo que se ansía y ya se está pensando en cómo asegurarnos que no nos falte y esté ahí a antojo nuestro, siempre que se precise, sin que su ausencia nos malogre nada, ni nos rebaje, ni nos arruine el proyecto de felicidad que estamos construyendo. Llega el viernes, nos ponemos ya en un plano prosaico, en el ras de las cosas, llega el día anhelado, el que nos reconfortará, con el anuncio del lunes cosido a su espalda, pero lo peor son los domingos por la tarde. Yo creo que se inventó el fútbol para borrarnos la sensación del regreso a la rutina. Ya viene de antiguo esa preservación del domingo como fecha relevante: se la rubrica como el día del Señor, para quien crea en Él; se la consigna en el calendario como idónea para prepararnos para la tunda de la semana, en la que se deben guardar las fuerzas, no gastándolas en empresas inservibles, en todo lo que nos debilita para la batalla del lunes, que es dura y se alarga durante cinco días más. Luego está el discurso del que no tiene fines de semana, como la condesa viuda de Downton Abbey, que ignora qué cosa es esa del fin de semana, y no porque se los hayan robado y ande deseando que regresen, sino porque no hay sábados ni domingos en su dietario, cosas de ricos o de gente linajuda. Quien también tuerce el espinazo en fines de semana descree de todo, se irrita por todo, con toda la razón del mundo a todo le pone inconvenientes y en todo advierte el jolgorio ajeno y la pena suya. No llueve a contento de cada uno de los que se mojan, no hay día que sea igual para cada uno de los que lo cruzan, no se tienen las mismas certezas ni las mismas incertidumbres de modo razonable, como si se repartieran en un negociado municipal o en un aula escolar. Lo que a mí me llena, a otro lo vacía. En lo que yo disfruto, otros sufren. Y está el mundo así, en esa convivencia de distintos, girando desde que reventó la pelota primeriza aquélla. Cuando el próximo domingo acabe, no pensaré en la llegada bendita del viernes, ni haré muescas en la cabeza, borrando jornadas a la espera de que se presente la que ansiosamente espero, no: se irá cubriendo el trayecto, se tendrá el gusto de que las partes que lo componen también alivian y confortan y nos hacen sentir bien y quizá hasta sea bueno que ese sentirse bien se manifieste y lo vean los otros, tomando conciencia de que nosotros no somos de los que vivimos sólo para lo festivo y nos duele en el alma el peso del trabajo, no, no podemos ser de esa casta, de la de los flojos y los castañueleros o la de los nihilistas y los deprimidos, que en estos tiempos se arriman las palabras y se ponen encendidas de afectos. Serán días duros, lo son de algún modo, días de zozobra, de no saber, de no querer saber en ocasiones; días de mudanza o de flaqueza, días bastardos escribí hace no mucho, como si supiéramos o no quisiésemos saber de dónde provienen, a qué ha venido su visita, el porqué de ese empeño en demediarnos, en atisbar un túnel al final de la luz y meternos allí y esperar a ver qué pasa. Porque siempre pasa algo, por mucho que no deseemos que nada cambie y todo se mantenga en su querer: pasan los días, van persiguiéndose. Y cómo no han de pasar, cómo sería posible que no se persiguiesen, cómo podríamos - ya acabo, un aplauso por vuestra paciencia, ah amigos, ah lectores eventuales e impactados por el grumo ideológico y sintáctico - no desear que nos regalen domingos, aunque sean duros y dejen al final olor a lunes, ese olor intenso a lunes que no nos abandona ni cuando vibra, en éxtasis puro, el bendito viernes. 

El disco de Chet Baker, pieza tercera, cara segunda

La vida, al cabo, queda en novelita rosa de azares y causas y cuando uno abandona este mundo siempre resta un deudo o un primo segundo de Cáceres que abre tu casa y se lleva en una bolsa del Carrefour las Obras Completas de Benito Pérez Galdós o todas las sinfonías de Berlioz, aunque lleves vente años sin escucharlas. O saquean tu casa o se la adueña el polvo. El polvo, el implacable, no sólo se come entonces al finado (ya se sabe, polvo eres... ) sino también (ay) sus discos y sus libros, su álbum de fotos y hasta la corbata de las grandes ocasiones, la que sólo te pones un par de veces. La vida, tan cabrona ella, concita así en su finiquito a quienes, en vida, quisimos, nos quisieron o ninguna de ambas cosas, pero se arracimaron a nuestra vera de modo que parecían, en las distancias cortas, familiares, amigos incluso. Debiéramos legar la risa, pongo por caso. O la mala leche de los lunes a las siete de la mañana. El júbilo tal vez. A mi amigo Pepe, que era un bonachón, le entrego una pizca de mala hostia, que falta le hace.A Juanito, tan arisco y cabroncete, mi talante, ya que fama tenía de bonancible y festivo. La vida, insisito, cuando cesa, abre la pandora espléndida del saqueo. Sentimental, en algunos casos. Acude el hermano lejanísimo, el cuñado al que nunca tratamos y los hijos bastardos de cuando hicimos la mili en Burgos, que se traerán, a modo de distintivo, algunos rasgos genéticos inefables, para demostrar, el linaje, la evidencia de que el pasado no despeña ni su vértigo ni su fiebre. Acuden pues todos, voraces y terribles, diplomáticos y cautos, al tiempo, solemnes y tristísimos, a litigar unos cuadros, un piso en la capital o un coche casi sin kilómetros que arrumbamos al olvido cuando ya nos satisfacía eso de ir de un pueblo a otro. Toda la felicidad (o toda la tristeza) estaba en el nuestro. Habrá que convenir una legitimidad a este buitreo, perdónenme la palabra. La muerte da sus réditos y hay una maquinaria bien engrasada para amortizar las pérdidas ajenas. Flores, misas, lápidas, herencias. Hijos en Burgos. Todo se aviene a ser facturado, escriturado. A desgravar incluso.Caso de que haya una vida después de ésta, estaría bien que el finado, en el mullido más allá, asista al patético espectáculo de la pitanza que su ausencia ha dejado. Como yo no creo mucho, aunque años espero tener para que la fe me alimente y vea la derecha del Padre y la barba milagrosa del Hijo, me va a dar igual lo que el respetable haga con mis posesiones. Ah, aviso de que un disco de Chet Baker tiene la pieza tercera de la cara segunda un pelín rayada. La trompeta se escora al piano y, al final, la canción parece, en lugar de tersa y algodonada, ruda y perversa, como la vida misma. Está bien avisar, no vaya a ser que toda la vida de uno termine representada por ese salto en el disco de Chet Baker. 

19.3.15

Britten a diez euros es barato




No, no es cara, nunca es cara. Incluso siéndolo, no es cara. Porque a veces es cara, claro que es cara, en ocasiones muy cara, pero ya digo: al final es barata, por muy cara que sea, sale bien de precio la cultura. Un disco de Britten despachado en diez euros. La pieza la dirige el propio autor. El otro día vi también una caja de tres compactos de Bill Evans en Paris. Doce euros en el Corte Inglés. Barato. Sale a 4 euros por compacto. Si cada disco tiene unos cuarenta minutos - las piezas de Evans son largas, vienen a ser cinco o seis cortes por álbum - el minuto de Evans está barato de verdad. Hagan ustedes la división. No sé a cuánto sale el minuto de Javier Marías de Así empezó lo malo, que no es tan voluminosa como El señor de los anillos, pero no es endeble en páginas. El no saber me hace conducir el argumento con ingenuidad, pero no viene mal: sale barata la ingenuidad, el desafecto por los quebrantos, esta apetencia por mirar el lado brillante de la vida, no el gris, ni el depreciado. Si a la cultura le ponemos un balance de cuentas sale cara, por supuesto. El cine es caro. Quizá sea el minuto en el que más apoquinas. Una película de 120 minutos, que es una duración generosa, puede salir a euro cada quince minutos. En ese plan contable, una película de 80 minutos, que las hay con penosa frecuencia, encarece el minuto dolorosamente. Más caro sale no pagar ese minuto, no ver cómo corre George Kaplan por un maizal o cómo Travis Bickle, el taxista más desquiciado del cine, le habla al espejo y nos acongoja seriamente o cómo Joe Cocker le pide ayuda a sus amigos o cómo Charlie Parker busca pájaros en el techo de una habitación de hotel o cómo Roy Batty explica lo que ha visto y lo que se perderá cuando cierre los ojos y nada pueda ser contado nuevamente o cómo Atticus Finch hace que la bondad y la justicia nos parezcan tesoros en nuestras manos o cómo Darth Vader le confiesa a Luke Skywalker la paternidad que había ocultado o cómo George Bailey es salvado por un ángel o cómo Hal 9000 nos hace pensar en Dios metido en las tripas de una máquina o cómo Lolita Haze (se dice Lo-li-ta) enciende la luz de la perversión en la cabeza de Humbert Humbert o cómo Harry Powell se tatúa el amor y el odio en los dedos o cómo Louis Armstrong y Ella Fitzgerald ven marchar los santos por los algodonales o cómo Borges encuentra el paraíso bajo la especie de una biblioteca o cómo Sam la toca de nuevo o cómo Rufus T. Firefly seduce a las damas de la alta sociedad en los bailes de salón o cómo Vito Corleone exige respeto en una habitación oscura mientras una boda esconde el mal absoluto o cómo Freddie Mercury llama a Galileo en la parte operativa de la Rapsodia Bohemia. Britten no es caro a diez euros, Raúl Ariza. No es caro en absoluto. Es una ganga. Tienes réquiem hasta que te duela el alma. No hay dinero en el mundo que pague la belleza y la inteligencia del arte. Son caras otras cosas, es caro no poder pagar el placer que proporciona atiborrarnos de cultura, sentir que estamos abastecidos. No sé cómo decirlo de otra forma. pero a ver si el egregio Wert va a caer en mi blog, le va a gustar el razonamiento - o lo que sea - y va a subir el IVA en el cine, en los discos, en los libros. Que se esté quieto o lo echen. 

18.3.15

Cervantes reloaded



No andamos precisamente necesitados de huesos, no hay sensibilidad quizá para dar con los de un preboste de la cultura, un genio de las letras como Cervantes, y entender qué criterios usar para que ese hallazgo, ni malo ni bueno en sí mismo, no sea una piedra que tiramos contra nuestra propia casa, una casa en construcción, si se mira bien, o una casa a medio caer, mirado todo con más empeño. España es un país incómodo en asuntos históricos. No sabemos cómo leer a los clásicos. Tememos que no tengamos los instrumentos que nos los expliquen. Porque unos huesos de hace varios siglos no tienen más importancia que la financiera. Es el dinero el que lo mueve todo. Lo invertido en encontrarles vendrá con crecres, multiplicado, no lo dudo, cuando los turistas, algunos de ellos, visiten el convento y saquen sus smartphones y registren en ellos el momento en que estuvieron más cerca de Cervantes. Ignoran que es el libro el que nos entrega el Cervantes más digno, el más entero, el deseable. Todos los demás cervantes son extremidades pervertidas de una sociedad mercantilizada, arrimada al sonido de las monedas cuando caen al fondo del vaso. Volver a Cervantes después de todos estos siglos de ausencia podría deberse a asuntos menos frágiles - o frívolos - que unos huesos encontrados - sin certeza, sin ciencia exacta y posible - en un columbario vecinal, arrimados a otros de fuste histórico. Tendremos congresos sobre la obra del célebre manco, hagiografías varias, notas de prensa que elogien la suprema vigencia de su literatura, pero lo que a Montoro le interesa es que se llenen los bares de la manzana del convento, que el barrio de las letras madrileñas exhiba sin pudor la pujanza mediática de su nueva adquisición, un Cervantes sin ADN casi, un vestigio vetusto - o ni eso - de la gloria que fue y la que nos entregó. Madrid no es una ciudad de un millón de muertos, ya no, pero tiene desde hoy unos cuantos huesos famosos de más, los que sanearán las arcas municipales, no es otra cosa, no se pretende que sea otra cosa. Saldrán heridas, si no otra cosa, las hermanitas descalzas, que hospedaron el osario cervantino sin saber que tutelaban restos universales. A Wert, el ínclito, el egregio, el florido, el de huesos sólidos y calavera sapientísima, estará entusiasmado, como Vicky el Vikingo, pensando y volviendo a pensar cómo sacar partido de esta nota necrológica, si podrá usarla como distracción o si su égida será recordada como la del soberbio desenterrramiento. No hay político que no se solace de estas festividades exóticas. Tener un hueso de gran escritor o muchos o un prepucio sin corromper de santo probado anima el negocio del barrio, que no es en modo alguno reprobable, ni está en el ánimo de este pequeño cronista de sus vicios poner una falta a ese interés comercial. Lo van a sentir las hermanitas trinitarias, ay, lo van a sentir mucho. La clausura, el silencio, en fin, todas esas preceptivas de su recatada y recogida vida se despeñarán en interés de la cultura o del mercado o de las dos cosas juntamente. No estamos mejor, no, que cuando desconocíamos si Cervantes descansaba ahí o en otro sitio. Nuestros muertos, los más grandes, deben ser homenajeados en su obra, no a pie de tumba, no al menos solo a pie de tumba, claro. Todo lo demás es calentura de mercaderes avispados. Además ha costado una pasta el desentrañamiento de esta ósea trama. 

17.3.15

La radio, el jazz, de luto



Hoy ha muerto un padre para quienes amamos el jazz. No entra ahora aquí si habrá alguien que prosiga lo que empezó hace cuarenta años o si la orfandad durará hasta que los hijos también nos vayamos al otro barrio. No duele que se haya muerto este hombre al que no conocíamos, con el que no habíamos tomado café, ni paseado los parques de Madrid, ni compartido un comentario sobre fútbol o cine negro o política: duele que no tengamos su voz, la voz que nos contó el jazz como nadie lo había contado antes. No sé cuántas horas me ha regalado en los programas de la radio nocturna - que es la radio que más me emociona, la que más me conforta - ni cuánto jazz he aprendido -sí, sí, el jazz también se aprende -, pero poseo la certeza de que ya no habrá más Cifu,  ni Jazz porque sí, jazz con mis cascos pequeñitos - buen sonido, Sennheiser de alta gama - haciendo que Thelonius Monk, Charlie Parker, Chick Corea o Scott LaFaro me condujesen al sueño. No es el tributo más sentido a este buen hombre. Solo sé que le echaré en falta algunas noches cuando busque conciliar el sueño y no me cuente cómo se grabó un disco de Duke Ellington del 53 o cómo Chet Baker, en sus tours europeos, se ponía hasta arriba de whisky, coca y pastillas y tocaba sin aliento, al borde mismo del desmayo, las canciones que nos hacían sentir bien a él y a mí, Era muy joven. Siempre se es joven cuando toca retirarse. He pensado qué disco poner esta noche. Un poco en honor suyo, sí, imaginando que tendré ese disco en adelante unido a su recuerdo. Ya lo sé. Ya lo he elegido. 

16.3.15

Manhattan


K. me dijo que cambiase de imagen, no la personal, la que cuido poco y nada algunos días, sino la del blog, que lleva ahí, izada como una bandera de mí mismo, seis o siete años, no sé, desde que el blog empezó a correr y tuve que buscar algo con lo que representar lo que vendría debajo, en los textos, en las demás imágenes. No sé ahora a qué vino coger la escena de Manhattan que todavía preside el blog o esta otra, que ilustra este post, y que también estuvo un tiempo y que retiré con dolor, como si borrase algo personal a lo que después nunca más pudiese volver. Cuesta elegir un fotograma, uno solo, si es que es cine a lo que acudimos para contar cómo somos o a qué nos inclinamos con más ardor. Cuesta quizá porque elegir una es negar el resto, prevalecer un estilo sobre otros, habiendo querencia por muchos, no teniendo ninguna certeza sobre si se ha hecho bien la elección y no vendrán después los arrepentimientos. Está bien, dice K,, que sean éstas las que cosas que me desvelan, que no haya otras de más peso. Uno elige estas distracciones - qué foto coger para un blog,; qué serie empezar, de muchas disponibles; de qué marca de cerveza comprar una caja; qué camisa ponerse - para no caer de bruces en la cuenta de que habrá otras decisiones y de que dolerán como no lo hacen éstas. Está la mente ocupada con estas frivolidades, puesto que lo son, aunque de una importancia relevadora y hermosa. Anoche mismo, al terminar los cuentos de Saki, en los que estaba desde hace un par de semanas, me perdí en los anaqueles y tardé lo mío - no sé, diez minutos, más tal vez - en escoger qué libro leería a continuación. Lo cogí y lo deseché de inmediato. Me dije que aplazaría ese placer - elegir un libro - para hoy. Lo haré esta tarde, al regreso del trabajo. Ahí me concederé esa alegría absoluta. El día irá bordeando ese instante, acercándose poco a poco, jugando a que llega y a que nada lo malogra. O solo será levantarse y escribir de algo, de lo que sea, contar una parte del mundo, contármela. 

15.3.15

1979



En 1979 yo no era nadie, no había leído a Borges, no había sentido la visita del amor profano, no había probado el bourbon, no había cerrado bares con Antonio Sánchez Huertas, Heineken no era una de mis palabras favoritas, ni tenía la convicción de que dios es un personaje de ficción, uno con el que luego tendría una apasionada -y fértil-  relación sentimental. En 1979, Emilio Calvo de Mora estudiaba octavo de educación general básica en Fray Albino. Mis amigos eran Manuel Serrano Mateo, Raúl Castillo Fernández, José Luis Cobo Martos y José Francisco Peña Ojeda. No recuerdo ahora si reímos mucho o poco, si salíamos de parranda por el barrio, dándole patadas a las latas y azuzando perros, pero fue una infancia feliz y no tengo motivo para buscarle tres pies a ningún gato. En 1979, mi abuela vivía. Eso es importante también. La recuerdo como si no se hubiese ido. Uno tiene cosas a las que no renuncia, fragmentos de la memoria que se subliman, adquiriendo un rango épico, malogrando que el olvido se fije en ellos y los derrote. Yo tengo la fortuna de tener una memoria espléndida. Voy a decirlo otra vez: yo tengo la fortuna de tener una memoria espléndida. Recuerdo el olor de los sábados cuando la lluvia hacía pender la felicidad de cinco o seis amigos que solían juntarse en la plaza de Zaragoza para jugar al fútbol o a lo que sea, da igual, de verdad que da igual el juego, el asunto era jugar. En 1979 todavía no conocía a Auxiliadora Salido Rojas, ni a Rafael Carlos Roldán Sánchez. Escribo todos los nombres y todos los apellidos porque me sale así, como si no fuese yo el que los pronunciase. No sabía que María del Mar Portellano Díaz tenía un Alfa Romeo Sprint o que Antonio Merino Morales podía llegar tarde a una partida de ping pong por una severa indisposición etílica. Fueron los años en los que no tenía preocupación política alguna o los años en que empecé a considerar que estaría bien tenerlas y así poder estar más firmemente en el mundo. Fue entonces cuando empecé a no considerar a Dios, ni la religión, ni la conveniencia de ir a misa por ver si allí encontraba algo que me reconfortara. No sé exactamente cómo, pero ahí empezó mi descreimiento, es cierto, ahora que lo pienso. En 1979 mi padre trabajaba a tiempo completo y mi madre no le iba a la zaga. Yo estudiaba sin excesivo entusiasmo. Todavía no había entrevisto mi futuro. Sólo sabía que me gustaba ir al cine con los amigos y escuchar discos recién comprados. No había placer mayor que el de desprecintar un disco o una cassette. La vida se detenía cuando los dedos retiraban el plástico. Luego la música era la que hacía que el mundo diese vueltas. Tiempos de Epic 2 y de La Gran Premiere, cintas que algunos de mi edad recordarán. El placer empezó a tomar cuerpo con Communiqué. Llegó la muchacha de Portobello Belle, los veranos en Fuengirola, el amor por Frank Sinatra, la decisión de ser maestro, el futuro compartido con Toñi Mármol Muñoz, el jazz como una bendición del cielo en el que no creo, los dos hijos que trajo el amor, el vicio de escribir, la costumbre de ver las películas de Hitchcock todos los años, El espejo de los sueños, la barba yendo y viniendo por mi cara. Después de Portobello Belle empezó a afinarse el oficio de vivir. No tengo ni idea de por qué todo arranca con este disco, pero arranca. Ahí empieza lo bueno. Que se haya maleado después no es relevante. Todo acaba por malearse. No hay asunto del corazón que no termine por escombrarse y perderse. La vida tiene esos peajes. Ahora, todo estos años después, pienso en lo feliz que he sido y en lo agradecido que le estoy al señor Knopfler y a su banda. Nada, pequeñas frivolidades de domingo muy de solaz y asueto. 

14.3.15

Una celebración de la poesía

La noche, vista por la ventana, en el confort de esta habitación, muda vigía, conforta, alivia, hace pensar que el mundo de afuera está bien y está en calma. No es cierta ninguna de esas cosas. Mentimos para contar mejor la verdad, decimos las palabras que nos parecen mejores por ver si alguna explica de una vez por todas qué hacemos en el mundo, cómo sería posible estar en el mundo sin que nos duela esa estancia o sin que vivir sea siempre un riesgo y un abismo, un vértigo y también una fiebre. Contra la voluntad de hacer que reine el día, yo reclamo la noche, la esgrimo sin pudor, la reservo adentro por si me falta, por si un día no acude y me veo en el desamparo de la luz, que es hermosa, pero no me conforta, ni me alivia, ni conduce mi alma, si es que está, si es que anda ahí, pendiente de mis cosas, madre, madre perfecta y terrible. Está aplazada la realidad, la tengo a recaudo, por volver, por desear volver, dijo el poeta. La poesía tiene estas cosas; viene en tu busca cuando hay un roto. Al poeta, en cuanto se le abre una costura, le vienen en tropel las palabras, le sobreviene un poema: sin que lo pida, llega, en tromba o en fragmentos, limpio o bien sucio, da lo mismo, pero he aquí el poema y la sensación de que todo puede volver a su estado sobrio, a su locura cartesiana y medible.

Igual que el pájaro se desampara en su vuelo, contaba Gelman, el poeta se desquicia en su palabra. No hay forma de contar cómo se produce ese desahucio, Ni siquiera habiendo escrito un poema; no creo que todos los poetas sientan la punzada en el costado, el dolor en la punta misma de la lengua. En días grises, días en los que el sol buenamente ilumina y hace que estalle la luz en las paredes, pero grises en el fondo, es cuando acude la inspiración, K. Tú lo sabes, lo hemos hablado muchas veces, las suficientes, alguna más habrá, Se escribe para muchas cosas, pero una de ellas - no sé si una muy relevante - es para que el escritor encuentre un refugio. Por eso el desamparo, de ahí el desquicio cuando van saliendo las palabras y uno aprecia que está llegando a ese lugar ansiado. Se escribe para contar el mundo, pero tal vez el mundo propio, el doméstico, el íntimo y guardado; no hay otro al que se le dispensen más atenciones, ni otro que nos incumba más hondamente. Será verdad que toda literatura, la buena y la mala, es un airear lo privado, un contarse, un darse sin brida ni freno, como si abriésemos la puerta de la casa y dejásemos que entrasen, en tropel, muy a su aire, a quienes pasan a posta o por casualidad y de pronto se sienten ocupados por la curiosidad y desean entrar y ver y saber y comprender un poco al otro por ver si así se acaban entendiendo ellos mejor. Es un poco eso: un pacto, un acuerdo no hablado para que el mundo gire y gire a nuestro antojo. Andamos buscando llaves, que lo sepan; andamos buscando llaves porque las puertas son muchas y suelen venir cerradas.

Nos estamos haciendo viejos / Maneras de no irse pronto a la cama



A la idea de ver una película bien tarde le sigue la de añadir otra y ver si se puede echar la noche entera, enredado en películas, esperando que amanezca. Hace años que no cometo ese exceso de suplir el sueño con fotogramas o con lecturas. Vale también el libro: andar toda la noche dentro de una novela, engullirla en una sentada, que decía mi amigo K. en sus tiempos de lector voraz. Ya no lo es, ya no lo somos. Hemos dejado de hacer todo con esa voracidad de antaño. Comemos con la misma inquietud, pero no engullimos. Podemos hacerlo un día, por probar, por ver si se mantiene intacta el hambre y todavía sabemos abrir bien la boca y dar las dentelladas preceptivas. Las hay de una fiereza que compromete la integridad de la dentadura, pero qué felicidad ese perderse en el riesgo, ese ir y no saber si volverá uno indemne o le dolerá la espalda, por el rato empeñado, o la cabeza, al día siguiente, estará embotada, pidiendo las horas de descanso que no le dimos. A la cabeza le damos palizas que no merece. Hoy quise aventurarme yo en aventuras de éstas: así me lo propuse a poco de arrancar el día. Esta noche ves de nuevo Birdman, que no la viste bien, que te dejó un cuerpo raro. Y luego empalmas (qué verbo tan sólido y qué idóneo) con Relatos salvajes, la del Darín, que te la recomendaron ya varias veces. Si queda noche, si sobra ese silencio mullido que conviene para estos menesteres, lees, terminas lo que tienes entre manos (Santuario, William Faulkner, en una edición muy vieja que apareció el otro día sin que yo lo esperase, con el viejo Popeye y ese ritmo perdido de personas que entran y salen de la trama)  y te vas a la cama o no. Porque quizá no sea necesario dormir esa hora suelta. Está la victoria que hemos acometido: toda la noche oyendo pasar páginas o escenas en una pantalla o vidas que no son la nuestra y que alguien se preocupó de contarnos. La literatura es una batalla hermosa, las palabras son un instrumento maravilloso. Ahora son la una o poco más y no hay deseo, ni está la valentía rondándome, como supuse, como deseé esta mañana. Es que igual el día ha sido largo - lo ha sido - y uno no está ya fuerte del todo - no lo está en absoluto -. Nos estamos haciendo viejos. No se el porqué de ese plural. Será para no sentirme solo del todo. Buenas noches. 

13.3.15

My sweet baby James



De James Taylor tengo la idea de que no es James Taylor en realidad. Algunas personas, sin que intermedie su voluntad, permiten que se las vea como alguien de una cercanía absoluta y se las considere un igual, un amigo en ocasiones, alguien con quien contar, de quien fiarse, al que poder confiar un secreto o echar la mano al hombro o alegrarse de sus alegrías y apenarse si son penas. Sí, ya sé que hay mucho optimismo y mucha exageración en esto que digo, pero no se aparta de lo que siento. Está conmigo sin que precise tenerlo cerca a diario; sé que me conforta o me alivia o me conduce hacia donde estoy bien, que es un lugar extraño a veces, pero mío. Estamos allí los dos; bueno, quizá invitemos a otros, no es cosa de que únicamente James custodie ese ingreso en la felicidad, en una felicidad diminuta, modesta, que no hace daño a nadie y que a mí, a poco que lo pienso, me llena, me deja limpio y me hace sentirme en paz con el cosmos y con mi corazón. ¿Que me he puesto sentimental? No hay otra vía. Suena ahora, de fondo, My sweet baby James.

La fotografía la tomé en una plaza de mi barrio, en Córdoba. Me hizo ilusión verlo allí, mirando, campechano y puro.

12.3.15

Los ratones ciegos




La política tiene un poco de palimpsesto, de asunto oculto que la realidad se empecina en tapar, pero que anda ahí, por debajo, exhibiendo sus virtudes y sus defectos, dejando a la vista - para quien desee hurgar, para los que se aventuran a rascar con empeño,- el registro de lo que ocurrió, y no es muy diferente aquello, lo reservado, a esto de ahora, lo visible, lo que se obstinan en vendernos como novedad, cuando es repetición, bucle, obstinada mercancía que no se vendió entonces y regresa con galas nuevas, con la mentira de que es la primera vez que la vemos. No hay nada que no sepamos ya, a esta altura, con lo que hemos vivido, con lo que sabemos. Las elecciones son un espectáculo zafio a veces, en el que los que los administradores de la res pública se enseñan cuanto pueden, por convencer, por rasgar también la intimidad del que escucha y hacerse familiar y hasta cercano, como si trabajara para él y únicamente él fuese el destinatario de toda su empresa. Viene esto a cuento de que no tengo el deseo de otras veces, el de ver cómo se explican, en qué barros se meten, hacia dónde encaminan su discurso, si repiten las consignas con la misma inflexión de la voz o la cambian y la adaptan al público en esa representación impostada que es el mitin o en los debates televisivos, en donde unos se descalifican a otros y en los que casi nunca se escucha algo que nos conmueva o que nos haga sentirnos parte de algo, no sé, uno de esos simpatizantes que en los actos de campaña enarbolan las banderitas y brincan y jalean al que se sube al estrado y repiten como hechizados las frases y los gestos. Siempre me sedujo la escenografía, un poco a la americana siempre, que se airea en los medios, en esos minutos de gloria y de exceso que los partidos entresacan y entregan a las cadenas, para que se vea la parte interesada, la que suscitará más adhesiones, la que se advierte como más incisiva. Hay en todo esto una hostilidad que conviene al discurso por ver quién aparta a otro, qué programa saca más la cabeza, conquista más, penetra más. Y hay también un modo organizado de zafarse de las acusaciones y de exhibir el perfil más limpio o más noble. Luego todo se desvanece: una vez que concluye la contienda, se retiran los contrincantes, no salen a la calle, no se manifiestan con la fiereza que les vimos, pareciera que son otros, otros diferentes a los que nos hicieron escoger su papelito e introducirlo con esperanza, al menos con esperanza, en la urna. No entiende uno que no varíen su mensaje y coincida con el que lanzaron en la campaña precedente y digan las mismas promesas, que no han sido cumplidas o no como deberían, habida cuenta de que vuelven a pronunciarse y a convertirse en reclamo. No parecen darse cuenta - o lo perciben y les importa poco o nada - de que están en un bucle, en una espiral siniestra, si se quiere, en una de esas cápsulas de laboratorio en las que el ratón circense se mueve hacia arriba y hacia abajo, repitiendo invariablemente un circuito que nosotros, desde el afuera razonable, consideramos absurdo, pero que adentro es un universo, uno que nuestra mente, que no es de ratón, no alcanzará a entender jamás. Será que tienen algo de ratones los políticos, algo de operario ciego que avanza y avanza y no mira atrás. Y sin embargo, ay, cuánto nuestro está en sus manos, qué hermosa vida sería si el desafecto deviniese otra cosa y anduviésemos juntos y la política regresase a su lugar preferente, retirada después no sabemos bien dónde, arrumbada con saña, convertida en otro objeto de consumo, en una mercancía, en una chanza de taberna.



11.3.15

La belleza, ah la belleza otra vez





Humbert Humbert siempre me pareció un pobre hombre. Nunca le tuve como uno de esos personajes a los que se les procura afecto y de los que uno extrae enseñanzas nobles y maneras con las que ir sorteando los avatares de la existencia. Me pareció ya desde las primeras páginas de Nabokov, o en las escenas que abren la Lolita de Kubrick, un hombre desgraciado o un desgraciado que comete la vileza de encariñarse de un nínfula, a decir suyo, de una niña metamorfoseada en su cabeza en un objeto idílico. Humbert Humbert es también un miserable. La belleza con la que aspira a ser juzgado, ese ideal de belleza clásico, imposible de racionalizar, se empecina a veces en malograr la vida de quien la siente y de algunos que le rodean. Es la idea antigua de que la belleza, en el fondo, es un elemento hostil y causa dolor y acarrea llanto. Y será convulsa, o no será, como dejó escrito Breton. Es también la idea - no necesariamente antigua esta vez - de que la belleza es una adicción al modo en que lo son ciertos elementos químicos y actúa como lo hacen ellos y precisa desintoxicación en la medida en que se precisa con ellos igualmente. 

8.3.15

El día en que Ray Bradbury murió por segunda vez




En el día en que Ray Bradbury murió por segunda vez atendí el teléfono en el trabajo, compré leche en el supermercado, fui al peluquero para que me pelase al dos y me recortase muchísimo la barba, escuché a Björk en casa y a Shostakovich en la calle, hablé con un amigo sobre la bondad del género humano, invité a café a un par de compañeros del trabajo, pensé en lo que estoy tardando en terminar de leer la novela que tengo entre manos, cené berberechos y mejillones, corregí unos ejercicios de inglés en mi clase, hablé con mi madre por teléfono, vi un capítulo - el cuarto - de la tórrida The Affair y les conté a mis alumnos que la memoria debe lustrarse, amarse, sentirla como un bien y no dejar que el olvido la derrote. Por la noche, acabé el día leyendo la noticia de que Bradbury, mi adorado Ray, el viejito dulce, el inventor de tanta distopía, el dios de su pequeño caos, moría a una edad estupenda. Pero igual no ha muerto, yo creo que hay personas que no mueren del todo. No se muere del todo: se muere para algunas personas; otras llevan la vida de los que ya no están en la memoria y en el alma y en las frases que dicen y en las cosas que hacen. 

El otro día me contaron la noticia de que Bradbury había muerto otra vez. Parece que las redes sociales difundieron el fallecimiento, lo dieron como si acabara de producirse, y no hace tres años, creo. La duda me atrapó y me hizo pensar si de verdad dejó este mundo entonces, cuando yo creía, o fue solo la trama de uno de sus cuentos, si la ficción es capaz de condenar a la realidad y hacer que flaquee y se desdiga y acabe por contradecirse. Me produjo una felicidad especial pensar en todo lo que he leído de Bradbury, saber que no ha muerto en absoluto. De una forma que no sabría explicar, hay muertos que ganan en vitalidad a los propios vivos. 

5.3.15

De verdad que sólo hay jazz si cierras los ojos y te dejas llevar...


Quizá el Louis Armstrong verdadero sea el que no sonríe, el que mira como si le doliese mirarnos. Serán dos los armstrongs y nos han vendido solo uno, el que ejercía de embajador del optimismo y hacía que el jazz dejara de ser un asunto de negros o de blancos instruidos. A Louis Armstrong le debemos mucho y no se le ha rendido el tributo que merece. Hizo que la palabra jazz la entendiese quien no había sido iniciado en ella. Hizo que al negro se le admitiese en salones en donde no había entrado uno nunca y produjo el milagro de que los pies blancos se moviesen al ritmo que dictaba su trompeta. Armstrong ganó todo eso con una dentadura blanca y perfecta, sin la estridencia de otros, apenas haciéndose notar, dejando que la música ocupara un lugar preeminente, glorioso, alto y noble. Desde sus Hot Five y los posteriores Seven, Satchmo creó un género: él fue el que facturó los primeros éxitos, el que se fumó un canuto en un excusado del Vaticano poco antes de que le recibiera el Papa (decía que la marihuana era la borrachera barata, la medicina de los pobres y de los negros) o el que iba a las escuelas (las de los barrios bajos y las de los altos) para que los niños escuchasen cómo sonaba el dixieland. No le importaba ser el negrito dócil: su misión era tan elevada que pagaba a gusto esos peajes de la fama.

El jazz es la venganza de los esclavos, escuché una vez. Un blanco, al tocar jazz, es un negro, uno de una negritud prestada. Todos somos negros cuando escuchamos a Satchmo, negros con colmo, negros como el carbón de la mina más oscura, a la que la luz no llega nunca, negros como la noche triste de un poema de desamor, negros hasta que no se acuerda uno de la luz, negros perfectos, negros excelsos. Tenemos el jazz antiguo y el de ahora, el jazz de los sábados por la noche, el jazz de la costumbre del amor, el jazz del barro, el jazz de la luna en la calle Bourbon, el jazz de cuando Billie cantaba en la cárcel la historia de la fruta más extraña, el jazz, ah el jazz, no habrá nunca palabras que sepan contar qué dice el jazz cuando se pone a hablar en serio, cuando se desmelena o se pone trascendente, cuando la sangre cuenta el peso del mundo y la cabeza registra el dolor y lo convierte en un baile o en un rezo. Quizá el jazz sea una religión y todos seamos, sin saberlo, feligreses dóciles, blancos dóciles, negros como Satchmo en las calles de Nueva York, impartiendo su pedagogía, haciendo que los niños se acerquen y lo miren y vean cómo infla la cara y sopla la trompeta para que los santos marchen y el mundo sonría. Luego está el jazz umbrío, todo ese jazz de la penumbra de la cosas, del lado de sombra, el jazz del apocalipsis, el que piensa en sí mismo y no mira a nadie porque se basta a sí mismo, se duele y se basta, a sabiendas de que nadie va a venir a interrogarlo. Y detrás está Satchmo, está Louis con su traje recién planchado y su boca grande de negro bueno. De verdad que detrás de cada pieza de jazz está Louis Armstrong. Ni él mismo lo supo cuando estaba entre los vivos. Hay veces que hacemos cosas de las que no tenemos noticia. Yo mismo fui anoche Satchmo y me levanté sin saber muy en qué consistía ese oficio. Gordo como estoy, me muevo como nadie cuando me tocan las notas precisas, las adecuadas. Ya se me está olvidando lo que he escrito. 

1.3.15

Nacer, crecer, comprar, vender, morir

En literatura me sigue fascinando la brevedad, la concisión, la posibilidad de que lo extenso pueda ser rebajado sin que nada se pierda o, si se prefiere, el deseo de que esa rebaja, esa voluntad de acortar y de disminuir, posea la misma hondura que la novela larga, exhiba la misma musculatura narrativa que su hermana mayor. Está de moda lo breve, pero es el vértigo de estos tiempos, su zozobra, su cinética, la que ha izado al género. La propia tecnología fomenta que lo breve triunfe. Hay que ser concisos, hay que luchar contra lo extenso. Lo que no sé es si en esa operación sale perjudicada la eficacia narrativa y se terminan perdiendo matices y gana el formato y pierde lo que el formato acoge. A este estado de las cosas se suma la facilidad - bendita ella - con la que cualquiera pueda dejar huella en la senda de la literatura, esté donde esté la senda. Porque hoy en día todos podemos publicar, no hay nadie que esté apartado, no hay apestados, no existen. Basta un blog o una cuenta de facebook o de twitter para que yo mismo airee mis cavilaciones, y acudo a mí porque soy quien tengo más cerca y soy alguien que no está metido en la rueda de las editoriales, ni tiene visos de estarlo. Lo frenético de este mundo pide raciones breves, ocurrencias de un minuto, naderías formidables que se despachan en el autobús, en la pantalla del móvil o en uno de esos nuevos relojes sincronizados con nuestra vida cibernética y que nos informan, como quien mira la hora, de lo que se cuece en el mundo y de quién lo cocina. ¿Malo? No, no tiene que serlo. Que sea literatura o no tampoco importa. Más vale que discutamos sobre nuevos formatos de la escritura o sobre si escribir con esa austeridad conviene o no: el caso es que se escriba, la cosa es que sea la escritura el asunto del que hablamos y no otros, no sé, hay muchos y todos tenemos varios lamentables que invariablemente nos cercan. Pierden Thomas Mann y Marcel Proust, pierden Tolstoi y Faulkner. Al paso que vamos, si prospera esta logística de la lectura, será verdad que pierdan. En una generación o en dos, no tendremos lectores voluntarios de La Regenta o de Lolita. No estará el cerebro preparado para soportar la quietud que exige leer, no querrá esa dilatación de la trama, preferirá que le resuelvan la incógnita con rapidez al modo en que lo hace un cuento breve, uno de esos maravillosos microcuentos. Será el género en alza, el Género por antonomasia, desbancando a la novela, que ha sido el sostén de las letras desde hace casi tres siglos. La vida parece un aforismo. Naces, creces, compras, vendes, mueres. Importa la violencia del contenido: que llegue bien y llegue pronto. No interesa que se ramifique, no habrá nada bueno en que el autor se entretenga en declarar su amor por la periferia, por las emociones prescindibles. El problema es creer que hay emociones prescindibles. No me extiendo más. No vaya a ser que parezca una novela.