28.2.15

Si no es la razón, si no lo es de verdad, tendrá que ser la poesía

Es difícil saber a quién le asiste la razón o si le asiste a tiempo completo y no hay materia a la que no le aplique la intendencia más alta y sobre la que no se permita vacilación o zozobra. He conocido yo gente muy preparada, gente de resoluciones expeditivas, gente que no se vienen abajo en la adversidad y a todo saben encontrarle una vía o un acceso limpio. Tienen la madera de la que uno carece y se prestigian más si no la airean, si no caen en presumir de ella y en hacer que a todo acuda y a todo le dé su pequeña o grande versión de los hechos. Son gente que admiro sinceramente. No porque sepa que no tengo los recursos que manejan -aunque alguno tendré y útil en labores que ellos ni alcanzan - sino porque entiendo que el mundo depende en parte de que existan y de que se involucren en las cosas y las gobiernen y no escatimen nada para que ese gobierno luzca, sea útil,  No creo que se tenga razón a tiempo completo, como decía, algo debe salirse del tablero en la administración de un asunto tan enorme como un país, algo que afecte a un bloque de vecinos o a un pueblo entero. Lo que a unos resulta ventajoso es a ojos de otro un dislate, un metedura de pata descomunal o una tragedia. En lo privado, en el ámbito estrictamente personal, aplicamos la misma voluble ley: lo que a mis ojos es un proceder recto es en ojos ajenos un error o un delito o un pecado. Quizá la razón sea la que no sirva, digo el medir con ella, el pasar por su criterio las obras y los gestos, las palabras y las acciones. Pero si no es la razón, ¿qué? A K. le incomoda que todo se impregne de ella o deba impregnarse: prefiere la poesía que es el hacer, en su deriva etimológica, en su griego nativo. Hacer poesía, decir justamente lo que no se espera decir, obrar sin que se vea venir lo obrado, hacer que el camino más hermoso entre dos puntos no sea jamás la línea recta. Claro, que no podemos permitir un mundo en el que solo habiten poetas. Sería un modo insoportable. Tanta lírica debe malograrlo todo. He conocido gente con un sentido poético altísimo, sensibles hasta el desmayo, a los que se les ha puesto muy cuesta arriba sobrellevar las cosas mundanas, los trabajos domésticos, todo ese trasegar con la rutina que consiste en hacer la cama, fregar unos platos y llevar al día las cuentas de la casa. Asuntos etéreos, ésos son los más míos, me confesó un poeta, K. Me lo dijo como si estuviese liberado de esas diligencias laborales y otros, menos líricos, se encargasen de hacerlas por él, manumitido por alguna extraña conjunción estelar, cáscara de huevo aristocrático casi. Los poetas somos gente extraña, sin duda. Me he metido por alguna poesía de la que me haya sentido particularmente orgulloso. Al menos justo después de escribirla. No sé si se puede ser poeta a tiempo completo. Tal vez sí y el mundo gire por esa dedicación absoluta. Si Dios existiera debería separar a los poetas del resto de los mortales, se les debería conceder el paraíso y la salvación y la revelación de los secretos que siempre persiguieron. Si no es la razón, si no lo es de verdad, tendrá que ser la poesía. Ojalá sea ella. Es difícil saber nada. Igual no sabemos nada y todo son aproximaciones, incursiones muy cortas en un asunto que nos viene muy grande. 

25.2.15

Elogio y coda

Elogios
Creo que se debería hacer un elogio al día, uno al menos. Se puede poner más o menos empeño y que salga un elogio menudito, como de compromiso, o uno resolutivo, saludablemente consistente, del que no quepa duda alguna de la convicción del que lo formula. Un elogio hacia alguien o hacia algo, un elogio que se entienda y al que se le puedan añadir líneas y no restar ninguna, pero no está el elogio de moda. En todo caso está su anverso. Propendemos más a poner el cuchillo en el cuello de la cosas y hacer como que estamos dispuestas a rebanar lo que se plante. Elogiar no es lo frecuente, ni lo recomendable. Parece que al elogiar nos se desprestigia el que lo hace.. Hay una educación alrededor de este asunto: se mama (verbo horroroso, pero no encuentro otro más eficaz) desde las tiernas infancias. Como si fuese un signo de debilidad. No está el aplauso, el sincero, integrado en las formas cívicas, en los protocolos con los que convivimos. Se aplaude al tenor en el escenario de la ópera o al delantero que taladra la red del portero rival, pero se lo piensa uno si toca exhibir nuestro entusiasmo por el éxito del vecino. Se debería hacer un elogio al día, propongo. No elogios abstractos, de poco asiento en el trasegar de las relaciones sociales, sino elogios personales. Saber que hay cosas que se hacen bien y que nos toca vivirlas de cerca y saber quién contribuyó a que se concluyeran airosamente. Disfrutar en la celebración de la festividad ajena, hacer que esa celebración (en parte) tenga algo nuestro. Elogiar por costumbre, elogiar sin otro motivo que acostumbrarnos a ese placer sencillo. 

Elogio de la rutina
Piensa uno en cómo ha ido el día, en si ha tenido algo por lo que recordarlo o no ha habido asunto de enjundia ni de alborozo, Piensa en instantes, en lugares, en las conversaciones, en los gestos; piensa en lo que hizo que sonriéramos o que nos achantáramos, en lo hermoso, en lo feo, y es a veces la fealdad la que triunfa, y lo hace de un modo grosero, acallando a la belleza, sometiéndola. Y el bien también se cohíbe en cuanto el mal aparece. Es el mal el ídolo de las mitologías. Las religiones, tan épicas ellas, tan enfebrecidas de metáforas, acuden al concurso del mal para justificar sus discursos. El diablo es el que se construye la narrativa del bien. A Dios, al buen Dios, el fabulado, el creído, el hacedor, el indispensable y el ausente, se le entiende por la cercanía misma del Diablo. Todo a lo que nos acercamos, movidos por ese afán de traducirlo todo a la luz o a las sombras, termina sacudido por esta idea, zarandeado a veces. Por eso el día ha sido bueno o ha sido malo, sin que se pueda introducir en la ecuación un término intermedio, una especie de incógnita voluble, algo a lo que agarrarse cuando acaba el día y piensa uno en cómo fue, en si estuvo Dios de nuestra parte, si es que está en alguna, o fue el diablo quien lo manejó todo a nuestra dolorosa contra. No valen, no se registran los términos medios, esa rutina maravillosa que a mi amigo Rafa Padillo le parece una bendición del mismísimo cielo. 


23.2.15

Así empieza lo malo / Una manera de novelar la vida


 


En las novelas de Javier Marías, en Los enamoramientos y en Así empezó lo malo muy marcadamente, hay una propiedad de la lentitud que entusiasma. Parece que la trama no avanza y que el texto, que no es en esencia la misma trama, enmaraña ese avance, adquiriendo el conjunto un incómodo (en ocasiones muy incómodo) lastre semántico o sintáctico, del que no se zafa y del que paradójicamente se vale para obrar el milagro de la narración, que luego es espléndida y muy amena en su lectura. Sostienen los que lo rebajan que es precisamente ésta la tara que lo marca y, al tiempo, es esa misma tara la que, reconvertida en virtud, le facilita el elogio de otros. Ando yo en un fascinado término medio: admiro la excelencia narrativa, ese alambicar las frases, estirándolas a veces incomprensiblemente, pero alcanzando un punto narrativo óptimo, en donde todo se compacta y se entiende; admiro su precisión en el tono, ese ir hacia adelante morosamente, pero sin detraer una pizca de interés en el lector, aunque la ambición principal, lo que se cuenta y lo que importa, ande rezagado o parezca que vaya así, un poco desmadejado, impreciso, como si al autor se le hubiese ido de las manos y se explayara en las periferia, en contar lo que pareciera no aportar nada, pero sí aporta, claro que aporta, aporta mucho y Marías lo sabe y lo explota. Lo que ahora me trae ahora un poco intrigado, si es que es intriga lo que tengo, es si Marías narra su novela al modo en que la vida se va sucediendo, de modo que no se plantea, más allá de lo razonable, cortar lo superfluo, anular lo que en principio no procede, sino que se deja llevar y no omite nada o lo hace muy levemente, añadiendo excursos, imbricando, alambicando, llevando la trama a los laterales o haciendo que los laterales, la promisión de exteriores, influya en el meollo, en la cosa principal, en la sucesión de sucesos (déjenme, estoy lanzado) que van ofreciendo todo lo necesario para que el lector obtenga una visión perfecta, no una parcial, ni una fragmentada, no: hablo de la visión, de la gran visión, del mundo considerado como una espiral, algo así. Es tarde, quizá no sea el momento para que yo, después de un día verdaderamente largo, me mete en estos menesteres novelescos. No tengo cabeza. Me quedan las ochenta últimas páginas de Así empezó lo malo. Y es muy bueno. 

22.2.15

Un bucle

No, no está el domingo especialmente creativo, aunque a las siete en punto encendí el ordenador, di rápidamente con una carpeta con el nombre provisional del proyecto, preparé la mesa de trabajo y dispuse los folios en sucio, las hojas manuscritas, los cuadros en los que se perfilan los personajes y todo lo que se me va ocurriendo, esparcido con primor, pero recogido después -no mucho después, la verdad - con un poco de tristeza. La que da no dar con el tono que haga discurrir fluidamente todo lo demás. Escribir una novela, la largamente aplazada novela, requiere que yo aplace todo lo demás, imagino. Incluyo familia, trabajo y hasta una parte de mí mismo que uno no está dispuesto a dejarse arrebatar. Y no es posible tal cosa. No, al menos, ahora. Y si ahora no se puede, por las causas sospechables y por las que barajo yo solo, no sabría decir cuándo. Tengo un par de amigos - P. y A. - que sostienen que nunca voy a escribirla y razono que llevan razón. No porque quizá no sepa y yo me haya convencido de lo contrario. Pensé anoche que hoy sería el día uno, ese día fundacional, que luego se recordase, y me levanté con entusiasmo. Puse a Bill Evans, me preparé un café y consideré cómo poner a funcionar la trama, desde dónde abrirla, y ahí quedó prácticamente todo. Lo cuento para que no ocurra de nuevo. Las ilusiones sirven para tener otras, quizá solo para eso. Mientras se tienen, el mundo gira y hay un plan que hacer y hay un país que conquistar. 


21.2.15

La vida contada con un dronie

Pasmo, incredulidad, perplejidad, más: está dronie, que es el palabro con el que se define la fotografía que se hace uno mismo desde un artilugio aéreo no tripulado. No creo que me haga nunca un dronie. Sí que he caído en la frivolidad de disparar desde el móvil y registrar mi cara, sin que ese registro tenga un objeto, sin que haya necesidad de hacer trascender lo que está tan a mano. De la moda del selfie se extrae con facilidad un signo de los tiempos en los que vivimos: la incontestable supremacía del yo, la injerencia del yo en todos los ámbitos, el volcado entusiasta del yo. La novela clásica, la decimonónica muy especialmente, censuraba ese volcado y le daba la mayor de las importancias a la tercera persona del verbo. La actual no es ni novela siquiera, o lo es de un modo disperso, parcial, más entusiasmado en el formato o en la técnica que en el entramado narrativo. Se cuentan menos cosas, pero se cuentan más alegremente, con una más abundante logística. Es el dron el que cuenta los avatares, las circunstancias, sin que exista constancia de que se pringue en lo contado, sin bajar y dejarse contaminar por lo observado. Puedo contar mi vida, podemos decir, sin estar muy cerca de mí. He aquí yo mismo, pero contemplado desde lejos, contado sin roce ni afecto alguno. Esta especie de metaliteratura -aséptica, fría -  irá a más y disfrutaremos mucho. No está herida la literatura: no deja de ser un episodio, uno muy interesante, al cabo, en el que la tecnología prorrumpe con fuerza en todos los cánones, en todas las formas de contar el cuento y se adueña del cuento mismo, apartándolo, considerando que lo importante no es la historia sino la puesta de largo de los instrumentos que han permitido su difusión. Mi profesor Luis Sánchez Corral habría disfrutado estos tiempos. Echo en falta tenerlo en la barra de un bar - El Platanín, calle Jaén, Córdoba - poniendo a caldo todas estas banalidades de la industria. 

el gran fluido / fin

a caty luz, con o sin k.

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, no lo tengo casi nunca, aparento que hay uno, pero es un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, me da lo mismo, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar a donde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando qué cenar, porque hoy ha sido un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que acaba de ver the imitation game, un hombre contra sí mismo, una historia de amor, aunque la visten de otras cosas, en realidad todo son historias de amor, incluso las que no lo parecen son historias de amor en el fondo, es el amor el que lo cruza todo, el amor panteísta, ah el amor dodecafónico, el amor bebop, todo ese amor con el que miramos la luz al poner el pie en la calle y decir buenos días, buenos días, ayúdame, oh señor, a elevar la cumbre de este día, ni siquiera k. me reprueba, me conste que le gusta ese vicio mío de todas las mañanas al salir, al poner el pie en la calle, k. debe decir lo suyo también, quién no tiene un mantra interior, un recitado privado con el que saludar la mañana, da lo mismo que lo vistas de oración o de rap atropellado, pero son las palabras las que importan, las palabras grandes y las pequeñas, todas esas palabras con las que pronuncias tu lugar en el mundo, yo tendré el mío, hay días en que lo dudas, quién no lo duda, quién tiene esa certeza, yo no la tengo, cómo tenerla, ya termino, se acaba la historia, se cierra la luz, concluye por hoy la trama, fue buena, la llevé con esmero, no se me escapó de las manos, hay días en que se escapa, k., días que son muchos, días grises y días bastardos, en que no se escribe, en que el autor no tiene nada que decir o lo dice muy para adentro sin que se escuche, ni lo escucha él mismo, libros invisibles

20.2.15

el gran fluido

no sabemos qué vamos a hacer con la fiebre, no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, y vamos al supermercado, antes de entrar arrojamos el plástico, las raspas del besugo, las latas de cerveza holandesa, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, sale uno a pasear y admira toda esa modernidad, de verdad que sí, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construído un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo  que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, la leche, el suavizante, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórico, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que whitman, neruda y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, lee los apuntes, la letra extraña, escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en baudelaire hace poco días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo sledgehammer a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el cláxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, febrero es una fiebre de metales metafísicos, mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir en este blog textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de ésos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida iluminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en bill evans, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en whitman, en los países metálicos de la infancia sin libros, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortazar que el frío complica siempre las cosas, y en ese plan es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que les pasan de jesús divino, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, no sabriamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en jesús divino, pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de tu piel y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida en molestar al prójimo, al bienintencionado prójimo, la vida está llena de buenos prójimos, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo vi una en un cristal y pensé en machado, pensé en todas las moscas literarias que han pasado por mi cabeza, es mejor la mosca en el cristal, apabullando con su mezquina insidia que en la cabeza, comiéndote la moral, mordisqueando tu moral, haciendo trizas tu moral, como el tántalo aquél tan molesto también, que se obstinaba en perforar, en ahondar, en hacerte cóncavo, cuando tú solo quieres lo convexo, lo convexo sin fisuras, todo lo convexo bien argumentado, pero es tarde, se hace siempre tarde, el texto también se hace tarde, como un fluido, como el gran fluido de las palabras que no sabemos a qué lugar llega, si se queda, cuándo tiempo está a la vista, dispuesto, disponible, entrevisto, ofrecido, levemente mío, como si no lo hubiese alumbrado

19.2.15

Árboles versus coelhos

La novela da cuenta del mundo, lo indaga, le da cuerda, lo abarca entero y, en ocasiones, lo invalida. Las mejores novelas son las que invalidan al mundo. Las que solo dan cuenta del mundo no lo salvarán. Las que perdurarán son las que lo transforman: las que lo cuestionan. Incluso estoy por dar la razón a un amigo mío que me dijo una vez que las novelas son los sueños de un dios. La novela como epifanía teológica. Pero los novelistas no lo saben. Creen que escriben ellos, pero las tramas se las dicta o se las confía el azar. No podré nunca charlar de todo esto con G.K. Chesterton. Me hubiese encantado. No desdeño a Borges. Todos los árboles sacrificados para que puedan ser leídas las novelas de Coelho o de Bucay duelen en el alma. Me duele un árbol. Seré quien los defienda a partir de ahora. Me duelen los árboles sacrificados inútilmente.Vale más un árbol, uno irrelevante, solo en un páramo lejano, sin afecto del sol, condenado a refugiar animales que solicitan su amable sombra, que la obra completa de un bucay o de un coelho, pero el negocio es el que manda, ah el negocio; el negocio infame, el negocio convertido en la religión que hace moverse al mundo. Ya no son los poemas de amor los que lo mueven, ya lo saben. Es el negocio, es el mercado, es un coelho cualquiera repartiendo frases contundentes, pastillitas para amenizar el caos. Tampoco esto que ahora suelto por aquí sirve para mucho, no crean. Otras pastillitas, otras distracciones. El caos nos ignora. Yo sigo a lo mío. Obstinadamente a veces.

18.2.15

Al final sólo era un poema de amor

La tarde jadea en las alas de los insectos. Algunas ciudades acogen al visitante con enigmas y el azar aturde y desangela el paisaje. Del cielo infinito descienden súbitas volutas de amor que un poeta hospeda en su pecho. Luego un principio de ternura informa de la existencia de ángeles, pero es un travelling y la realidad barre un trozo de la ficción mientras el ojo se turba de urgencias y roba un volumen de geometrías que luego será muy útil para el resto de la secuencia. Hay calles sin propósito que salen al encuentro del que pasea y le ofrecen golosinas autorizadas y nínfulas delincuentes, grageas de lo visibles, primores de lo real, pero la única historia posible está debajo del píxel, a ras de bit, cerca de una terna de fantasmas que manosean los engranajes de la máquina. Hay voces que esconden infancias desdichadas, estampas de Dickens, la luz convertida en grumo. Dios, arriba, abajo, dentro, clava la luz en el pétalo y el hombre sensible, el que está apurando el café justo ahora mismo, estrella contra su cuerpo el asombro paciente de todos los años entregados al oficio de recaudar metáforas. Al caer la noche un humo de herrumbre custodia el alma del poeta y así ya puedo dormir con los ojos en busca de su centro y mi lengua infinita perdida en su vértigo antiguo. En sueños, la ciudad es un escenario apocalíptico que sobrevive en las afueras a base de napalm fonético y raciones de espanto en high-end. Al despertar todo es un inútil acto de celebración de las horas y el desorden finge palabras para que no veamos que está herido de muerte. El curso de los años borra toda posibilidad de remordimiento. Tampoco sé mucho más. Ancho me está viniendo un párpado. Ancho sin estridencia. De una anchura que no es posible desglosar en las palabras que evidencian la anchura. Anchura metafísica de hondura sublime. El amor se iza en las palabras y contempla lo humano desde ese arriba recién abierto. Estoy arriba. Me dejo crucificar por las horas. Me fijo a un mástil y busco las sirenas. De lo que hablo continuamente es de encontrar un puerto. De saber en qué sitio estoy. De perderme a conciencia y regresar a capricho. De ahondar en la memoria y hacer que arda y empezar de nuevo. El poeta prende lo que encuentra y luego lo levanta en silencio. Es un dios caprichoso, un dios rudimentario, un dios con sus flaquezas y sus fracasos que escribe en un libro los nombres de sus criaturas y después los deja ir sin pedirles nada a cambio. Escribo porque sé que no hago daño a nadie, pero debería escribir a sabiendas de que siempre acaba alguien herido. Las heridas que uno no prevee. Las que nos despiertan en mitad de la noche, ya saben. Nos disponemos a entrar en el sueño y hay algo que nos impide franquearlo. Los poetas somos unos seres desgraciados, en el fondo. Pero yo sufro más sin serlo y pienso si no será así para quienes no lo son. Uno no sabe nunca nada o no sabe nada de un modo fiable que pueda ser registrado y contado como una verdad rotunda. De las verdades rotundas no se alimenta mi alma. No sé de qué se alimenta. Si de la vida que no poseo y me invento o de la que tengo ciertamente y me hace salir a la calle y comprar el pan y sacar dinero del cajero automático. Probablemente no sea yo quien hace esas cosas, pero los demás conocen al que compra el pan y saca dinero del cajero automático. El poeta está siempre agazapado, escondido, alerta, un poco prevenido contra todo lo que le duele. Duele mucho el mundo cuando tienes ancho un párpado. No sé explicarlo de otra forma. Quizá no haga falta. Se me entiende. Importa tan poco que se me entienda. Ni yo, en ocasiones, comprendo todo esto que escribo sin pensar, como atropellado, como embestido por una suerte de hechizo. Cien sonetos me explotan en el pecho, pero no los escribo. Los tengo ahí, a salvo del mundo. El mundo y los sonetos son asuntos que no matrimonian bien. Al mundo no le hace falta que nadie escriba un soneto, pero el mundo dejaría de girar si se dejasen de escribir. Nadie advertiría el cese en el giro, pero se pararía. Quién sabe si está parado y no lo sabemos. No sabemos tantas cosas.  Tengo confiada la luz, la observo a diario, la venero y la guardo.  La luz sin la herrumbre de las palabras duras. Toda la luz espléndida con la que me dices que todavía estás conmigo. 

17.2.15

Viajar

Viajar solo sirve para ir descubriendo uno el paisaje de adentro. No importa el trayecto, lo lejos a donde vayas, los sitios formidables que visites: a lo que aspira secretamente el viaje es a descubrirte la geografía interior. Como si lo de afuera te abriera lo de adentro. Como si ir muy lejos sirviera para acceder a lo que tienes más cerca. No hay ningún viaje más espléndido que ése. Ninguno al que se le pueda sacar más provecho. Hay quien prescinde del viaje físico, quien (movido por la obligación o determinado por la voluntad) no se desplaza más allá de la comarca en donde nace. Quien, a lo sumo, hace un par de viajes más o menos relevantes. Bach, al parecer, no salió de su pueblo. No concurrió para la forja de su talento ninguna circunstancia que proviniese de contemplar la vida de los otros, de asistir a la ceremonia riquísima de las costumbres ajenas. Todo le vino por derivación natural, digamos. Hay quien, bien al contrario, viajando, no recibe esos dones del espíritu y se queda a medias o no accede siquiera a sí mismo, al paisaje interior. Turistas, mas que viajeros, gente sin interés en lo que ve. Como quien, leyendo, no captura la esencia de lo leído y solo pasa las palabras y se las va contando, sin caer en la cuenta de lo que las palabras dicen, pronunciándolas sonoramente, vocalizando con esmero, pero sin ahondar en el paisaje que esconden. En esencia, la vida es un trasegar de la periferia al interior, y viceversa. En el ir y en el venir, los años nos van curtiendo, nos van dibujando. Al final, cuando el viaje concluye, proseguimos de alguna forma en los demás, en lo que les dejamos, en las palabras que les dijimos, en los gestos con los que nos mostramos. No se muere definitivamente, aunque a uno se le pare el corazón y el aire y la sangre dejen de discurrir por sus vasos y sus huecos. Lo que pasa es que no sabemos qué viene después, y eso es lo que duele: no saber qué viene después, no tener ni siquiera una sospecha de lo que pasará cuando ya no estemos. En cierto modo, la religión nace de esta voluntad un poco curiosa. Creemos porque queremos seguir creyendo para siempre. Y en ese plan...

16.2.15

El alma / Fin

Quisiera uno no involucrarse, no ofrecerse, no incurrir en nada que lo delate y le dibuje con precisión frente a los otros, pero no es posible, no hay manera de que todo se maneje en esa tibieza incómoda, por lo que sale a la calle envalentonado, ofrecido, si se puede decir así, dispuesto a no pasar desapercibido y a tomar partido y a registrarlo todo minuciosamente, sin que nada quede afuera, sin que no percibamos que estamos dentro de la trama y que nuestro trasegar por ella la modifica, aunque sea de forma poco perceptible y no se percate nadie. En el deseo que a uno lo acucia está la voluntad de que no se extienda y lo anule, de que tampoco desaparezca. Lo difícil es saber convivir con los propios vicios. Hay quien se esmera en domeñarlas; quien, en la creencia de que le está minando, se obceca en refrenarlos; quien, entusiasmado por lo que le dan, los agasaja, los acaricia, les concede el mayor de los créditos y la más grande de las atenciones. No sé a qué conduce una cosa o la otra; no es posible andarse en medianías, quizá. Es mejor escorarse arriba o escorarse abajo, pero estar en un lado, dejarse ver en una posición, hacer acto de presencia en una esquina de la calle, bien a la vista, aunque no esté bien visto, quién sabe: no podemos contentar a todo el mundo. Seguro que si no estamos, alguien lo dirá y difundirá la idea de que debiéramos haber estado. De estar, alguien opinará lo contrario: sostendrá que no debimos acercarnos, que no era ése, en modo alguno, nuestro sitio, pero cuál es nuestro sitio, no hay manera de saber en dónde estamos realmente. Y acaba el lunes. No ha sido uno especialmente bondadoso en alegrías. Ha ido uno dando tumbos, sin saber bien a qué atenerse, recorriendo un camino y volviendo después hacia atrás, como buscando el bache en donde tropezó y del que no supo rehacerse. Ya se sabe: hay días que valen por muchos, días que pesan como muchos días juntos. Nada que mañana no se aclare con la luz del día empeñada en limpiar el paisaje. 

El alma / 45

Siempre hay una manera de distanciarse de lo que se apodera de uno, hay una vía de alejamiento, pero lo que duele es que algo de lo evitado, de lo abandonado en la distancia, resida dentro, esté ahí, a resguardo, a la espera de un momento de debilidad, pensando en todos los huecos disponibles. No nos desembarazamos del todo de lo que nos hace daño. De algún modo perverso y obstinado el mal nos puebla. Pensamos que estamos a salvo, pero no es cierto. Al mal, a esa porción que nos ha capturado, lo alimentamos igual que al bien. Andan los dos en alegre comandita, por ahí adentro, en el alma. Nunca sabemos qué es el alma. No hay una información fiable. Todas son huidizas, todas bordean el asunto, todas flaquean. Sabemos muy poco y hasta ese poco que sabemos se antoja en ocasiones irrelevante, baladí, como una nube en una tormenta. Sabemos que no hay libro que la explique; ni conversación en la que alcancemos a entenderla, pero la cuidamos, bien sabemos eso: la mimamos a veces. Pensamos que no es el cuerpo el que duele, sino ella, ah la muy dañina, es ella la que nos empuja al bien o al mal o a ir pasando las horas sin ser bueno ni tampoco malo, y eso es peor. Mirado con detalle, es peor no posicionarse en esas cosas. Que el lunes no les aturda mucho.

15.2.15

Con o sin Tolstoi

En cierta ocasión, un amigo me reprendió por no haber leído a Tolstoi, siendo yo, a su parecer, un buen lector, uno que aparenta haber despachado a los clásicos o que, en la conversación libresca, favorece esa idea luego errónea. Él, curtido en Tolstoi, no lo era en Faulkner, advertí después. Ni en Cortázar, del que no había leído nada. No sirvió para nada hacerle ver lo parcial de su observación. Sostenía que no se puede amar la literatura y no haber leído, leído bien insistía, a Tolstoi o a Chéjov, a todos los clásicos imponentes como Proust o como Mann. El criterio de meter a unos y no a otros no lo aclaró o yo no recuerdo que lo aclarara. De eso hace mucho tiempo, más de lo que yo querría, pero hoy una amiga, María Teresa, ha dejado en su muro de facebook un entretenimiento consistente en interrogar a sus amigos y eventuales lectores sobre si fingían lecturas de los clásicos o de ciertos libros que, sin entrar en el rango de los clásicos, estaban de moda (las famosas sombras del lúbrico Grey o el espeso Foster Wallace o incluso el escobado Harry Potter) Me parece, en todo caso, que es muy difícil ese fingimiento. Siempre hay quien acaba cayendo en la cuenta de que no tienes ni idea de lo que estás diciendo. Yo descubriría a la primera el que hablase de Borges gratuitamente, sin apasionamiento, soslayando justo lo que a mí me fascina de su obra, únicamente soltando lugares comunes, ya se sabe, ideas que se encuentran en el google a poco que indagas. El google lo rebaja todo, visto así. No hay materia que no puedas incorporar a las tuyas, si es que tienes alguna; ninguna que malogre tu puesta de largo en un foro sobre literaturas germánicas medievales o sobre la influencia del bebop en el jazz rock de Miles Davis. Se puede saber de todo lo suficiente como para no evidenciar que no hay nada de lo que sepamos mucho. Quizá no interese apurar una disciplina, estar al día en ella, si el tiempo empleado en ese oficio impide que se adquieran, siquiera vaga o no profundamente, otras. Uno no precisa estar sobrado en nada; basta poseer unas nociones, unos rudimentos. Incluso se podría considerar la honradez de airear que no se sabe nada de Tolstoi o de la caza del urogallo en la campiña inglesa y que se está abierto a resolver esa ignorancia. Siempre he admirado a quienes prefieren aprender a enseñar. El oficio que practico me permite estar continuamente rodeado por gente a la que admiro. No hay ahí fingimento, no cabe doblez, no existe la mentira, ni siquiera la realizada por no decir la verdad: hay que decirla siempre, hay que hacerles ver que son el futuro, aunque no lean jamás a Tolstoi, a Faulkner, a Borges, ni sepan quiénes fueron los Borbones o cómo funciona un acelerador de partículas. Basta que sean sensibles. Quizá baste con que sean sensibles y les fascine el mundo y todo lo que les reserva para cuando lleguen. Ya han llegado, ya están. 

13.2.15

Releyendo (veinte años después) a Eça de Queiroz




Leo a ratos historias de santos, episodios sin la sórdida y deshumanizada prosa de las novelas de Chandler, que están violentadas por desenfrenos, iras y otras fiebres del espíritu mal aconsejado, y encuentro también furia, la orgía previsible del alma enjaulada y súbitamente puesta en libertad en la literatura hagiográfica . Es una simple consecuencia cinética. Las leo con evidente distancia, conjeturando, buscando evidencias de un rango fantástico. Los santos de ahora son los superhéroes de la Marvel que engolosinan la imaginación adolescente. La Biblia, el libro de libros, vendría a ser una cosmogonia de esos superhéroes a los que se les ha concedido la facultad de obrar milagros. Leí mal la Biblia y no creo que vuelva a leerla. Mejor expresado: leí mal fragmentos de la Biblia y no creo que vuelva a leerlos. No hay razón (ninguna) para que actúe así. No niego la lectura de la Biblia por no creer en lo que cuente. Tampoco he leído en profundidad a Shakespeare. Mi amigo Antonio me decía el sábado que deberíamos tener tres vidas (yo, al menos, debería tener tres vidas, dijo) para poder morirse uno a gusto, completo, íntegro. Disentí, disiento. Una vida, la que tenemos, puede valer por tres. Lo dije o lo escribí hace poco: hay días que son muchos días. Un día, uno de estos que ahora vienen o uno ya pasado, puede valer por una vida entera. Quizá no leyendo a Shakespeare (ni la Biblia)  me pierda algo precioso que me haga vivir con más intensidad esta brevedad que se me ha concedido. Cómo saberlo. Para qué saberlo. No cuentan las cosas que no se han hecho o, dicho de otra manera, cuentan para imponerse la tarea de ir pensando en cómo abordarlas, solo por el placer de la llegada, solo por saber que hay vida para alcanzar esa meta. Está bien la vuelta a los clásicos, pero no son los mismos, no pueden ser los mismos, a pesar de que les ajustemos la etiqueta de clásicos. Yo no soy el mismo de cuando hace veinte años leí a Eça de Queiroz, no soy el mismo en modo alguno. Constato a diario semejanzas, razono que poseo más afinidad que nadie con aquel que leía, en fin, a ratos, en un piso de alquiler, recién casado, vidas de vidas ajenas, santos en letra. Porque hay que leer de todo, supongo. 

12.2.15

Días sin suerte (II) / Un cuento a muchas bandas / Barra Libre


Uno tarda a veces una vida entera en comprender que la vida no vale nada, pero hay días a los que los ilumina una especie de resplandor maravilloso. Quienes lo han percibido alguna vez refieren que es muy frágil y que no tarda en difuminarse, en perderse, en hacer que dudemos sobre si ha existido realmente o ha sido una impresión fugaz, falsa, sostenida por el cansancio o por la idea de que la fantasía, tan abandonada en ocasiones, solicita incoporarse a nuestra vida y gobernarla. Por eso me incliné a no pensar, por eso olvidé quién era y qué podía perder si las llamas me devoraban. Porque se dice así: las llamas devoran, como si fuesen un animal de presa y hubiesen encontrado su pieza y la estuviesen descuartizando. Todo lo que vino después, lo que aconteció en el fuego, es lo que no recuerdo. Salí indemne, sí, pero no puedo asegurar nada, porque mi memoria, la muy frágil, se deshizo allí dentro, decidió no participar en la trama, quiso perderse el resto de la historia, y ahora vivo de lo que me van contando, de lo que unos y otros me confiesan cuando vienen a visitarme, y yo les dejo, porque deseo saber y aspiro a que entre todos conformen una historia que yo pueda contarme, y saber si valió la pena y si las vidas que dicen que pude salvar están ahora descarriadas o, por el contrario, aprovechan los días juntamente con sus noches, y pasean las avenidas y por la noche la madre y el hijo de corta edad se abrazan y ríen, celebrando la vida que ahora yo poseo a medias.

Sigue en Barra Libre

11.2.15

Días que parecen muchos




I
Días que parecen muchos, me dijo K. No es solo que pesen. No es el peso. Es el espacio que ocupan. La certeza -la lamentable certeza- de que no se pueden estirar más y hacer que puedan alojar los vicios privados, todas esas ocupaciones a las que no se entrega uno lo que querría, las que anhelamos secretamente o a voces, da lo mismo. Quizá por eso está el trasnoche. Qué palabra más hermosa. Hay pocas que posean la hondura de trasnoche. Parece que estamos transgrediendo algo, no sé. Como si el tiempo nocturno en el que nos dedicamos a lo más acendradamente nuestro sirviera para acometer mejor las labores del día, que no son nunca pocas. Como si apurar las horas de la noche en leer un libro o en ver una película o en escribir o en escuchar música contribuyese a que el trasegar posterior se sobrellevase con más soltura. Y bien sé que no es así. La edad cobra sus peajes, pide el arancel de su causa. Hemos perdido a Fritz Lang a las dos de la mañana, K. Eso hemos perdido.

II
No siempre se da el caso, pero hay ocasiones en que el futuro no interesa, ni el presente. Solo se inclina el apetito a despacharse una dosis generosa de clásicos. Leer entonces a Keats en un espacio de sombra, llegar donde nos conduce, advertir la hondura, saber aceptar la luz, comprender toda la oscuridad y regresar con un júbilo que no se sabría contar. Es lo inefable lo que nos hace más felices. Aquello que no es posible rebajar a la palabra. Lo que está, lo que tenemos la seguridad de que está y que, sin embargo, no podemos difundir, ni querríamos, aun sabiendo. Anoche fue Keats, poco antes de alcanzar el sueño. Hoy lo he recordado en mitad del trabajo. He pensado: Keats me espera. Hay poemas que me esperan. De un modo que tampoco podría explicar, la belleza me conoce y me espera. Días que parecen muchos, K. Noches que se persiguen y se pierden.

10.2.15

Los adentros




Berg escribió Lulú sin pensar en Mahler, pero a mí me recuerda a su séptima. No recuerdo cuándo escuché Lulú. Tampoco cuando la séptima. Uno va olvidando las cosas. Quizá porque no son relevantes. Hay quien administra con mimo los datos. Cuándo hizo esto, cuándo lo otro. Si en el año mil novecientos ochenta y siete tuvo su primera revelación mística o en el ochenta y nueve encontró en otro cuerpo el verdadero sentido del cosmos. Soy de los que piensan que el cosmos está en los lugares más insospechados. No está ahí afuera ni está en los libros de los que entienden. Está adentro, en el corazón, en el alma, en todos esos lugares a los que los poetas les dedican su empeño. Ya no sé si soy un poeta. Si lo he sido a tiempo parcial, mientras desgranaba unos versos, o se es poeta a tiempo completo y todo agita el lado sensible. El mío no lo es en más medida que el lado sensible de quien jamás ha sentido la llamada de la poesía. Uno trata de ordenar todo esto y desbarra. Será desbarrar el estado natural del que escribe. Uno escribe y el lector, el eventual o el cómplice, encuentra los significados. Ahora mientras que el lector lee este texto, sube la mirada y me encuentra arriba del texto, cuando debería estar debajo o dentro. El poeta tiene su periferia y el lector, la suya. Me hago estas consideraciones sin que las suscite propósito alguno. No deseo saber. Me conformo con no dejar de hablar. Ayer me dijeron eso: que no había parado de hablar, pero no es algo que yo sepa medir, ni algo a lo que yo aloje una preocupación que de momento no existe. Ahora no me gusta Lulú. De Mahler guardo querencia por ciertos pasajes, pero yo casi no tengo que ver con quién los escuchó entonces. Quizá sea verdad que se va cambiando y siendo otro. Yo soy otro a saltos. A veces soy otro de un modo obsesivo y otras, las más, me cuido de alejarme demasiado, no vaya a ser que se esté bien lejos y se le tenga afecto a la distancia. Ya digo que voy olvidando las cosas. Unas más que otras.

8.2.15

El pájaro de fuego


Libros que compra uno en la creencia de que va a leerlos más de una vez, discos que reposan en las baldas y a los que no se acude, ni se miran siquiera, ni se cae en la cuenta de que una vez nos entusiasmaron y los poníamos con frecuencia, películas que no se van a volver a ver jamás, aunque se tenga la idea de que es posible, en fin, en una tarde invernal de brasero y de café, mientras afuera se obstina en invitarnos a que lo olvidemos y no pisemos la calle, ni haya vida más allá de la mesa camilla y de la pantalla de la televisión o del libro al que acariciamos el lomo y vemos con amorosa pasión la cubierta o el disco que suena de fondo, a un volumen muy discreto, pero tangible y cercano o amigos que hace años que no tratamos y de los que ya no poseemos nada más que recuerdos. Quizá la vida se pueda contar con lo que hacemos y con lo que no, con lo que decimos y con lo que callamos, con todo lo que una vez nos llenó y luego no volvió a rozarnos. Anoche volví a ver, en una balda que roza el techo, un libro de cuentos de Stevenson que me regalaron y del que, a trozos, disfruté mucho un verano. Lo bajé y leí, de pie, una de sus historias. No me senté siquiera. Pensé después en todos los cuentos - necesariamente cortos - que he leído de pie, en las librerías, en las bibliotecas. Curiosamente fue así como entré en Cortázar y en Borges. La literatura empieza de pie y luego, en ocasiones, ay, va muriendo de pie también. Razono a qué vendrá que lea ahora menos que antes, que vea menos cine o que escuche menos música. No es cosa que deba preocuparme. Sigo disfrutando cuando leo o veo cine o escucho música. Lo que lamento y a lo que no encuentro explicación es a que no sea el consumo masivo de antaño. Cosas de la edad, no sé. O de las ocupaciones, probablemente. Hoy, sin embargo, trasteando en el archivo antológico del Spotify he dado con Stravinski. Y la mañana, despachando cosas del trabajo, ha ido mejor. Se trata de que lo que pueda ir mejor, vaya. No es otra cosa. 

7.2.15

enter the sandman

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, no lo tengo casi nunca, aparento que hay uno, pero es un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, me da lo mismo, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar a donde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando qué cenar, porque hoy ha sido un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se conmueve viendo melodramas de douglas sirk, la vida es una historia de las de douglas sirk, pero incluso eso no tiene importancia, en realidad qué puede tenerla, no sé, las palabras que no se dicen son las que en verdad carecen de importancia, pero las pronunciadas siempre acaban costando algo, tengo palabras caras, palabras baratas, palabras de un contenido lírico y otras, menos presentables, que suenan rudas, como un cráter en mitad de la lengua, lo que sucede no siempre es lo que uno desea, lo que se dice no siempre es lo que uno quiere decir, en ese plan, como si no hubiese una voluntad, como si todo lo administrase otro y no uno mismo, es muy confortable eso de que no seamos los verdaderos dueños de lo que decimos o de lo que hacemos, dejar que otro sea el que detente ese rol fantástico, el de las propias cosas, el de la historia sentimental con la que se montan las páginas de esta novela

5.2.15

Diez desenfoques


Confía ciegamente en la cosecha. Empapada de gozos, loca de lujuria, la cosecha alumbra prodigios, la cosecha desoye la admonición del augur, la cosecha previene al hombre de dioses rudimentarios y caprichosos, la cosecha escala el corazón y prende una luz en su altura más limpia. En la cosecha residen las virtudes, la plenitud absoluta del amor, el libro de las horas, la noticia de la belleza y la evidencia del tiempo al abrirse paso sobre el ruido y sobre la ceniza. No hay nada que no esté gobernado por la luz de la cosecha. Nada a lo que la cosecha no alumbre. Incluso la oscuridad, en su plenitud, posee la luz en su secreto seno.


Da la vida sus previsibles raciones de espanto, la secreta impresión de que se cuida mucho de no excederse más de la cuenta, en no permitir que todo lastimosamente sucumba y se queda ella sin nadie que la conforte. Anuncia fascinación y también asombro, la extraña joya que los días ofrecen a modo de distracción noble y sencilla, y así no pensemos en el desenlace tosco, en su fuga turbia, en el imprudente epílogo. 

No podemos ser sublimes sin interrupción, no somos Baudelaire, no está el aire envarado de luz ni está oscuro ni gris, no hay aire que convenga ahora, no me violenta el día con su causa festiva, no estalla la poesía en mi pecho como un cántico, no he aprendido literaturas germánicas medievales, no he sentido el peso de la revolución en los cereales del desayuno, no he amado un pubis hirsuto de hija de janis joplin, no sé mucho de alquimia, no tengo todas las muertes juntas en un verso pristino, no hay patria, no persiste el amor como una epifanía en la boca del estómago, no hay purcell por las noches cuando nos amamos, no sé declinar los verbos más importantes, no veo la rosa ya rosa de verdad de un modo absoluto y continuo, no me pregunten, no está el tiempo a mi lado, no estuvo nunca, no estuvo ni cuando yo lo sentía, no canta el cantor, no lo escucháis, no está lázaro ni se presiente que acuda, no hay dios, no hay patria, no hay rey, no me vendan la usura, no la quiero, no creo que necesite más que esta canción de pablo milanés de mil novecientos ochenta y siete, no estabas tú, ah cuerpo, en el vértigo ni en la fiebre, no encontré asidero en los palacios, no vi ningún abrigo en el oro, no me ocupé de las palabras, no el largo mirar de las palabras sino el hondo pulso de lo que dicen


Hay realidades excesivas, incómodas, persianas que ciegan la razón y abruman la tarde . El tiempo custodia gritos. El alma celebra continuas escaramuzas hacia el vértigo de un cuerpo al que joder toda la noche. Siempre es bueno confiar en el blues, me dijo un amigo pasado de bourbon, en su terapia enriquecida de parias atormentados que se han vendido al diablo. Todos nos acabamos vendiendo. Por más que duela, uno se obstina en los mismo vicios. Por más que escueza, nos rompemos la uña arañando la herida.


La sordina feliz de la vigilia perfecta. El oro ya perfecto. La luz como un arnés que confirma la estabilidad del engaño.


Nada de esto ha sucedido realmente, coronel Kurtz. El latido rasga el pecho, que abre una sima oscurísima en la que se abisma (alucinada) la voz y lo que la voz tutela. Allí se oyen voces. Profesan el mismo tenebroso culto. Adentro se obligan a un fornicio continuo y alumbran sílabas, campos de fresas para siempre, ríos como un jukebox de los setenta. La luz aspira secretamente a elevar vuelo y contemplar el vértigo fastuoso del aire. Ahí las contemplaciones. Ése es el numen, mi coronel. Dios le ha perdonado todos los crímenes.


No ves que estoy agotado. El nadador ha braceado la noche entera bajo la luz cinemascope de un flexo delincuente. La caligrafía del agua le adorna el torso, le empuja misteriosamente y el agua, bronca, desaparece en un remolino fabuloso en donde cabe el esplendor y el dolorosamente ya imposible milagro de la resurrección. El problema es que no creemos. Dejamos de creer hace tanto tiempo. Ya no se puede creer. El nadador ha cubierto una distancia de gacela herida, una imprudencia de distancia que concita la épica unánime de todos los rapsodas del mundo.


Parafraseo a Borges, otra vez: se han precisado espejos, libros de arquitectura, poemas de Kavafis, solos de Chet Baker, islas en el Egeo y ruido de algas en un mapa muy viejo para que mi amor te encontrara y tu pelo viajara por mis dedos por las noches.


Humbert Humbert en su línea de flotación perfecta. De su aventura equinoccial queda únicamente el Chevrolet, la fuga, el hotel discreto en la carretera secundaria, las sábanas arremolinadas sobre el cuerpo de la más limpia lascivia, el temblor ácido del cuerpo dócil, la niña con incontinencias adultas, el lúbrico peso de la culpa, sobre todo eso, la cremallera pujada sobre el tweed de marca, H.


Siempre hay una manera de distanciarse de lo que se apodera de uno, hay una vía de alejamiento, pero lo que duele es que algo de lo evitado, de lo abandonado en la distancia, resida dentro, esté ahí, a resguardo, a la espera de un momento de debilidad, pensando en todos los huecos disponibles. No nos desembarazamos del todo de lo que nos hace daño. De algún modo perverso y obstinado el mal nos puebla. Pensamos que estamos a salvo, pero no es cierto. Al mal, a esa porción que nos ha capturado, lo alimentamos igual que al bien. Andan los dos en alegre comandita, por ahí adentro, en el alma. Nunca sabemos qué es el alma. No hay una información fiable. Todas son huidizas, todas bordean el asunto, todas flaquean. Sabemos muy poco y hasta ese poco que sabemos se antoja en ocasiones irrelevante, baladí, como una nube en una tormenta.


4.2.15

La realidad es poca / Un sueño recurrente


Anoché soñé que la cara de Blancanieves, la que compuso algún dibujante de Disney, suplantaba la cara de todas las mujeres en todos los cuadros de todas las pinacotecas. Puede que no soñara exactamente eso, pero al despertar me agradó esa versión desmesurada de mi sueño o de una parte de él. O incluso puede que sea enteramente falso el sueño y haya creído, de forma falaz y terrible, soñarlo. Me preocupa pensar que no es la primera vez que mi sueño recurre a Blancanieves. Está también la posibilidad de que haya encontrado esta imagen y la haya hecho mía de un modo brutal. Hay cosas de las que uno se aprovisiona y que parecen no haber venido del exterior. Como si las hubiese parido el alma propia. La mía estaba llena de Blancanieves anoche, en un sueño. No sé si iba desnuda, pero se miraba a un espejo, como siempre. Este enanito no desentona del todo. La vida está llena de enanitos que no desentonan del todo. La idea de que una sola cara se repite en todas las caras posibles me parece ahora mucho más terrible de lo que fue al despertar, en donde sólo sentí una punzada, una especie de deslumbramiento narrativo, el constatar que la cabeza va a lo suyo y escribe a su manera. Será que no deja uno nunca de cambiar el relato de las cosas y no se conforma con lo que hay, como si no fuese suficiente. La realidad es poca, lo dejó escrito alguien, yo lo he leído, no tengo ahora ganas de ir buscando en san google el dueño de la máxima. Es hora de ir abriendo el día. No va a ser corto. 

3.2.15

los cien hijos de charles bukowski

después de todo ahí está siempre esa siniestra manía de hurgar en la memoria con objeto de rescatar algún remotísimo resto de cordura o de encanto personal o tal vez únicamente un aviso mínimo de filantropía, pero acaba uno preñado de mala leche y andar así como encabronado, enfebrecido, no conduce a nada bueno o el encanto es un complot entre la líbido y el dow jones que contradice las más elementales reglas de la diplomacia
los que acuden siempre son los vicios, el vicio sencillo de ir aireando qué pecados nos definen mejor, apuntes bastardos de una vida tirando a crápula, un cierto abandono en las formas, noches en duermevela, blues sin complejos, todas esas sólidas buenas intenciones que al levantarnos abrazamos como maná metafísico y que luego devienen tristeza o algo que no puede ser nombrado con esa vaga fonética cómplice
algo sin lo que no sabríamos continuar
algo oscuro cuyo nombre nunca está a mano
sale uno a las calles
mira las tiendas 
compra el pan
lee a keats en una sala de espera de un ambulatorio
lee a mann en un balneario en las montañas
lee a austen en un cottage sobrio
lee la columna cruda del periódico de los días
todas esas cosas sencillas sin las que no sería posible soportar este trasiego
algo vagamente parecido a uno mismo con lo que afrontamos el resto de la jornada
como borges solo le pido al señor que me permita escalar la cumbre de cada día
lo digo cada mañana cuando piso la acera
justo en el momento en que piso la acera declamo un verso de borges
llevo años haciéndolo
no se lo he dicho a nadie
estoy confesando mi fe en borges
a borges le debo tanto que no me atrevo a pedirle nada más
por pudor sobre todo
porque no se puede pedir todo
porque ha habido días de borges sublimes 
días de runas y del aleph muy adentro
días de emma zunz 
de senderos que se bifurcan
de senderos que se bifurcan
salgo a la calle a primera hora de la mañana, compro el pan, miro el cielo y recito las palabras de borges afectadamente, como si no hubiese otra cosa que decir o como si alguien vigilara lo que hago y anotase en una libreta cómo empiezo el día
deberíamos tener un biógrafo
uno competente
cada uno debería tener un biógrafo
el biógrafo óptimo no será nunca uno mismo
no cabe la primera persona
no sé si lo ha escrito alguien antes de ahora
seguramente sí
pero todos deberíamos tener un biógrafo
uno que diese fe de los quiebros y de los voluntos
de chet baker en holanda y de los espasmos del amor a mitad de la noche
a partir de aquí el día suministra su ración de atropellos
el autobús está lleno
las calles están llenas
el ascensor está lleno
el rapidshare se pone imposible
el megaupload lo acribillaron en un despacho del fbi
de eso hace mucho
luego vino the pirate bay
the show must go on
luego la mesa de la oficina, el cajón, windows xp presenta, la agenda metódica y el ruido sin dobleces del reloj muerto en la muñeca
tengo una muñeca vestida de azul
windows ocho es la caña
yo soy de apple, pero es un vicio caro
con su canesú
se trata de ir vaciando la pereza en carpetas azules que van al armario de madera de pino de la habitación de la señora de la limpieza
hay armarios donde cabe una vida
libros donde se pueden meter varios armarios
o se trata de ir escuchando todas las noches un disco nuevo de jazz y acostarte con la sensación de que algo hermoso se ha registrado en la memoria
algo que contar después
debe haber una constancia en la escritura
dejar dicho o dejar escrito, mejor
al final del día queda uno amorosamente rendido y se ocupa del tic tac del estómago, esa procesionaria del rhythm and blues onomatopéyico, ese slalon del corazón
amorosamente rendido, tierno casi
me gusta decirlo así
soy un corazón al descubierto
aunque soy un pobre diablo
uno que no se tiende al sol
un corazón con todas las historias bien visibles
un corazón al descubierto
un diario que se abre y cuenta los secretos
racimo opulento de uvas o la boca carnosa de la muchacha carmesí, la muchacha del pan, que en ratos libres lee a proust, lee a kavafis, lee a rimbaud, lee toda la carne ardiente de la belleza endecasílaba 
la carne oh la carne
no escarmentamos nunca, volvemos a la carne, vivimos para entrar en la carne, somos la carne que renueva su fe en la carne
la muchacha mil novecientos ochenta y cinco a la que besaste en un bar y de la que no ya recuerdas nada salvo quizá la turgencia de los pechos en tus manos nuevas, la boca rompiéndose en la boca, el olor a tabaco en el paladar como una bendición, la vuelta a casa si es que era una casa, el tiempo como el río de heráclito, heráclito mismo contigo, volviendo por la calle real de san fernando, oh amigo, tú vas por mal camino, pero los poetas estáis como cencerros
recuerdas un verso de pizarnik, uno que celebraba la soledad
recuerdas la soledad de pizarnik, pero no es la tuya
no hay soledad que puedas ofrecer a nadie
apuntasa en una hoja de pedidos los versos más esplendorosos, la rima mayestática, los nombres más íntimos de las cosas
tuvo un novio que la dejó a los quince, pero ahora tiene un novio a los cuarenta que la espera en un coche de segunda mano, de tercera mala mano, para besarse después con melodías de europa fm, cosas ramplonas, la rancia evidencia de que no hemos aprendido nada todavía, la vida es un hit parade de serie b
ella en el beso recordará pasajes de mann, pasajes de balzac, todos los pasajes líricos de la novela decimonónica, pero el novio sólo aspira a una noche de sílabas tónicas, una visión a ras de epidermis de la harina obrera
los novios son una estaca de madera apretando el pantalón vaquero
el tiempo no acaba en un abrazo
el tiempo no acaba en un abrazo
lo supo ana karenina
lo supo madame bovary
lo supieron todas las heroínas de la decadente opulencia de los palacios con alfombras y cortinas historiadas
lo dejo a riesgo de que se me olvide
la memoria es la que escribe, no yo 
yo no he escrito nunca nada
parece que uno escribe, pero no es cierto, no lo es, qué va a ser cierto, no lo es en absoluto
escribir es un acto involuntario
cree uno que escribe, pero no es cierto, no lo es, qué va a serlo, no lo es en absoluto
la escritura es una cosa muy frágil
una vez que se ha rendido el texto deja de ser propio
estas palabras que ahora voy diciendo cómo van a ser mis palabras
no lo fueron o lo fueron un instante, ustedes me entienden
la memoria es la verdadera culpable, no yo
pero no podemos ir por ahí sin memoria
conociendo cada pequeña cosa por primera vez
ojalá existiese el país de las primeras cosas
hay una literatura estupenda que registra solo las primeras cosas
el mundo cuando todavía no se posee conciencia del mundo
las palabras cuando todavía no hay fiebre ni hay vértigo
diciendo vergel la primera vez
diciendo vírgen la primera vez
diciendo me ha gustado mucho por primera vez
las primeras veces
ah las primeras veces
stan getz por entonces
bebop fundando las tardes en cádiz
los besos y el bebop, la novia de mil novecientos ochenta y nueve
se podría escribir un libro sobre las primeras veces
escribirlo del tirón con una botella de jack daniel's
con un paquete de chesterfield
en el fondo no somos unos sentimentales
crápulas y descarriados es lo que somos
hijos de bukowski
quién duda que tuvo cientos
los cien hijos de charlie
unos días, crápulas
otros, descarriados
días en los que charlie mira a todos sus hijos y les mesa el pelo y luego los besa o es al revés
días en lo que somos ambas cosas de modo formidable
ah cómo amo esos días 
los días felices del primer abrazo
porque al abrazo novicio le siguen una legión de abrazos invisibles
ésos probablemente sean los mejores abrazos
los que no están
los imaginados
los abrazos repetidos en un sueño o en las palabras que usamos cuando le decimos a un buen amigo que alguien nos quiso anoche y que encontramos en otro cuerpo a dios y a su flota arcangélica de alucinados
pero el tiempo es un cabrón
el cabrón del tamaño más grande
y se va muriendo el abrazo y se va yendo el empeño en quererlo guardar
el abrazo muerto
el beso oscuro
como anna karenina en la página en donde descubre que la vida no vale nada
luego llega el atropello final de todas las desventuras
el final es siempre feliz
i'm gonna write the happiest ending
no impota que sea trágico
a veces terminar es ya una victoria
cerrando