29.12.15

La niebla no se va nunca



La niebla era un cáncer. Avanzaba a su antojo, ocupaba el cuerpo entero. Los días en que el sol barría las calles nos quedábamos en casa. Lo mirábamos desde la ventana. No era de fiar el sol. La piel quemaba y los ojos, comidos de luz, se cerraban, dolían a veces. La bruma lo abrazaba todo. Había días en que jugábamos a fantasmas, días en que los fantasmas jugaban con nosotros. A veces escuchas palabras, percibes ruidos, crees que el juego empieza a ponerse interesante de verdad. De pronto alguien decía "he muerto". Al morir, lo educado era apartarse, colocarse en la pared, asistir al juego desde el exterior, sin interferir. Ahí es en donde uno ve cómo actúa la niebla, el modo en que va imponiendo su voluntad. Ella inventaba el juego, ella elegía las normas, ella lo ganaba siempre. Había dignidad en los perdedores, en los muertos. Nadie lamentaba salir, nadie presumía tampoco al ganar. Le teníamos un cariño incondicional a la niebla. En casa, al cerrar la puerta, al echar las persianas, la echábamos en falta. A veces la niebla nos echaba en falta a nosotros y se colabas en nuestros sueños. Olía a niebla la almohada, se colaba el frío en las sábanas y nos despertábamos sobresaltados y felices. Lo peor eran los veranos. El sol blasfemando en las aceras, la luz librando con fiereza su batalla con las sombras. Había veranos que no querían acabar nunca. Sólo al dormir podíamos ver la niebla. Cuando anochecía quedábamos en donde siempre, donde los juegos. Y nos contábamos los sueños y veíamos quién estaba más enfermo. Al crecer dejamos de jugar. La niebla nos perturba de noche. Danza en nuestros sueños, los entenebrece, hace que duelan a veces. Debe estar vengándose. Hoy la he visto merodear una plaza. Los niños no se daban cuenta, pero jugaba con ellos.