2.11.15

La novela de la realidad

Es verdad, no se deberían contar las cosas a los que nos cuentan las de los demás. Hay una sospecha, incluso mientras van desgranando lo que te preocupa o lo que te alegra, de que todo va a ser difundido, de que nada quedará en la intimidad de la confidencia. O se puede airear una trama secundaria o una falsa, vestida de verdad sin embargo, que en apariencia, sin que se hurgue en demasía, evidencia solidez, da un aire compacto, de vida sobrevenida y aceptada. Quizá escribir dé un plus de eficacia a la hora de imponer esa falsedad al relato de la cosas: hacer ver que uno hizo cosas que no estuvieron jamás a nuestro alcance, prender en el otro la sensación de que está asistiendo a una representación fidedigna de una existencia completa, tal vez más completa que la suya propia, de más empaque, de mayor peso o envergadura. En literatura se ofrece toda esta materia impuesta. El escritor, el que hace las ficciones, produce mentiras útiles; a él se le permite que se extravíe, que escore la nave de la razón al puerto que considere más idóneo para que la narración no decaiga. Lo difícil es que el buen narrador luego no se deje llevar y conduzca su vida, la diaria, la del trato con los otros, con ese desparpajo literario, contando las cosas a los que nos cuentan las de los demás a sabiendas de que ese texto acabará también fragmentado, roto a conveniencia del que escuche, saqueado por su voluntad de narrarlo a su manera, con su voz. Vale entonces novelar, considerar ese formato el óptimo, el que mejor responda al humano capricho de fantasear, de dejarse llevar y pasear por todos los lugares en donde no hemos estado y se espere no estar.

2 comentarios:

Juan Manuel Alonso dijo...

Claro que el escritor fantasea; aunque nos se percate, aunque lo niegue.
Y la verdad y la mentira adornan sus palabras.

Joselu dijo...

Un recurso narrativo formidable: la autoficción. Es el único que me seduce como género, Allí se pueden mixtificar realidades biográficas con imposturas totalmente fingidas. Max Aub era un maestro.

Y sí, la escritura como grado superior de la realidad: un estadio en que las cosas pueden ser como el escritor quiera, sin límite ninguno.