24.11.15

Explayarse, exasperarse, extenuarse / Releyendo a Javier Marías




Muy contrariamente a lo que siempre se me dijo, leí ayer algo -muy por encima, en la obligadamente reducida pantalla del móvil -  sobre las bondades de explayarse. Lo podría haber expresado más concisamente, pero no me hubiese divertido igual. Cuento con que la brevedad no es enemiga de lo ameno o con que extenderse, en ocasiones, emborrona lo contado, lo hace perderse, no lo precinta en un espacio reducido, de fácil asiento en la memoria. Cuento (también) con la idea de que me gusta leer a los que se explayan o escuchar a quienes eligen el merodeo, sin procurar que una criba, una al menos decente, rasure la frase larga, la frase un poco crápula y libertona, que va a su aire y se sepa cómo empieza o en qué términos discurre, pero no el modo en que decae o el cómo - abruptamente - se extingue. No me entusiasma que la conversación, la hablada, se explaye más de lo conveniente, pero no siempre tengo a mano una idea exacta de conveniencia. Disfruto con los que, al contarme algo, se recrean en el detalle, amenizan la anécdota - muchas, además, muy escasamente narrables - con circunstancias periféricas. Hay cierto tipo de derroche semántico que me hace estar más atento a lo que escucho o a lo que leo. Lo contrario, la brevedad antes aludida, conviene a veces, por supuesto. El lenguaje, si es demasiado pulcro, no motiva. Hace falta enfangarlo algo. Por eso quizá me gusta Javier Marías cada vez más. No porque escriba mejor que otros, sino porque escribe de un modo que me atrapa, al que concedo una atención máxima, dejándome ir, consintiendo ese rapto hermoso de la frase. Vamos los dos sin pudor, por donde el viento dice. Reconozco que hay hartazgo, cómo no haberlo. Frases que no son explayamiento únicamente, sino que adquieren un rango hipnótico, del que no es posible siempre sustraerse, pudiendo (en una hipótesis traída muy a posta) deslindarse de ellas, no estar al cabo de lo que narran, prescindir de ellas en un extremo. Es la falta de equilibrio lo que exaspera de la prosa de Marías y, al tiempo, lo que la hace única. Quizá sea eso, el exasperarse, lo que la hace cautivadora, adictiva en muchas de sus novelas. Marías, incluso el más benigno, extenúa. Ya hay cientos de escritores que ejercen su oficio en la antípoda de Marías. Muchos que, a fuerza de concentrarse, de frenar el ánimo explicativo, buscan el paso fugaz, el relato exacto, sin la minucia que uno querría para saber más o para disfrutar del estilo. Tal vez sea eso, el estilo, de lo que estemos hablando. No de las tramas, ni de la voluntad firme de contar una historia y de hacerlo conforme a unas líneas o a un patrón, sino el traje con el que la cubrimos. El cuerpo narrativo está de fiesta en Javier Marías. Y entiendo que sea esa fiesta de las palabras, de su ir y de su no saber al lugar al que van o no tenerlo absolutamente claro, lo que disuade a algunos lectores, que reconocen al escritor, pero no halagan los vicios a los que se ha entregado. Se le ama o no se le ama: se le convida a la casa y le abrimos las puertas de nuestra intimidad porque amamos la conjetura pura que representa. La vida, al cabo, es conjetura también. Todo son caminos bifurcados en otros; caminos emboscados en otros; caminos ocultados en otros. Las palabras nunca dicen del todo lo que parecen. Existe un interior no siempre legible. Y ahí es donde entra ese explayarse, aunque exaspere o extenúe, ya saben. De los vicios, de los más aprendidos, no se tienen jamás razones. Se tiene fe en ellos. En el lenguaje, en lo que ofrece, también hay fe o algo que se le parece mucho. Estaré especulando. Hemos venido a este mundo a especular. Muy probablemente. Lo que no volverá, al menos no como aquella soberbia primera vez, es la lectura de Los enamoramientos o de Mañana en la batalla piensa en mí, con la que descubrí, allá en 1994, al autor.