23.10.15

Por la coyunda hacia el cielo.../ Historia de la moza Lisinda


La moza Lisinda, la que a orillas del Duero iba a lavar la ropa y, siguiendo las enseñanzas del Buen Señor, mitigaba la sed del caballero que iba o volvía a su hacienda, no tenía ademanes rudos, no se hurgaba la nariz, no decía palabras inconvenientes, no exhibía la tosca compostura de otras mozas de su apaño. Era Lisinda cabal en su trabajo, correcta en el trato y prudente en las confianzas. El agua de su odre era famosa en la comarca y a ella acudían, menos por la sed que por la belleza rotunda de la moza, los viajeros fijos y los casuales, haciendo un alto en el que descansaba las bestias y se engolosinaba, entre buche y buche, el dormido ojo. Tenía Lisinda la vocación del servicio tan a cobijo que la provisión del agua quedó, en su entender, corta, por lo que un día cargó las alforjas de la mula con buenas piezas de morcilla y de chorizo, unos trozos generosos de queso y un canto de pan de tan escandaloso tamaño que el animal torcía peligrosamente el andar y amenazaba con tirarla a ella al suelo, desbaratando la empresa a la que dedicaba todos sus desvelos.

Dio el buen Señor a la servil Lisinda el apresto cortés del que carecen otras mujeres de su rango. Le regaló también, pues esto es un asunto que solo atañe al designio divino, un cuerpo de los que se festejan en los sueños privados de los hombres. Lo que Dios, allá en su cúpula de prodigios, regidor primero de las primeras cosas, le privó a la bella Lisinda fue alcances. Los suyos, cortos y felices, no daban para mucho más que cargar al mulo con las alforjas, llenar los odres con agua del pozo de su finca y recorrer, sin desviarse, el camino hasta el recodo del río, en donde ya era pieza habitual que los caballeros descansasen, se recreasen con el hermoso paraje y alimentasen, por pocas y bendecidas monedas, la tripa y, en los más de los casos, la vista. No estaba en el ánimo de Lisinda el lucro. A fe de quien les cuenta esta historia, lo que la muchacha ansiaba era otra cosa que ahora no sabría a ciencia cierta exponer. Quizá eran buenas obras lo que buscaba, aunque no fue jamás muy de iglesia. Tal vez únicamente disfrutaba saciando varones, aliviando la carga dolorosa de algunas hombrías largamente despechadas.

Fundó Lisinda en el generoso remanso del río una fonda al paso de los años. Era una de esas casas modestas, levantadas en los caminos, que prefieren pasar inadvertidas. Pobre de planta, apenas agasajada por el buen gusto en su frontispicio (un portón de maderas viejas y un par de ventanas muy grandes enrejadas sin atino) la casa daba una silla decente, una mesa fuerte, fuego en invierno y sombra entretenida, en la frondosa entrada, en verano. Las escasamente esmeradas viandas de antaño (el duro pan y los hoscos trozos de carne) mudaron a otras de más pensado efecto. El hondo búcaro de vino, el plato de pescado en salazón o de carnes asadas, la sopa con sus garbanzos y el tabaque con frutas del tiempo como postre postraban la tripa del viajero al punto de que, antes de montar y continuar camino, echaban una siesta ligera bajo los árboles, a pierna muy suelta, contenta la boca y alegre la panza. Qué mansedumbre de remanso, qué holganza, qué divino el arte de contentar a quien precisa contento. Lisinda, infeliz todavía con el manejo de su fonda, se las ingenió para que los comensales más entusiastas le levantaran una casa. A espaldas de la primera, era más sencilla y humilde si cabe. A izquierda y derecha, según se entraba desde la única puerta de acceso, encontrábanse cuatro habitaciones. 


De pocas entendederas, corta en meninges, como ya se ha quedado dicho, Lisinda ganó fama por las comarcas cercanas por la generosidad de su trato y por la rotunda hospitalidad de sus carnes. Sola en su negocio, apartado del mundo, ocupó una de las habitaciones. No la quiso de lujos ni había nada en ella que la distinguiera de las demás. El precario catre le bastaba para dejar caer el cuerpo, más que cansado al final de la jornada. De noche soñaba que un caballero la rondaba. Siempre era el mismo. Le incomodaba que un hombre gobernara su hacienda, pero le agradaba que uno calentara su cama. Como el caballero de sus sueños no llegaba y la buena de Lisinda se quedó con el segundo de sus deseos y un día, mirando el techo, en su habitación humilde, decidió que era la última noche que dormía sola.


Debió ser la ligereza de cascos o la promiscua gentileza de sus sueños o ambas circunstancias conchabadas con el único propósito de malograr la prosperidad de la fonda. Debió ser también el hambre de moza de algunos caballeros o la sensación de que la fonda, vista en detalle, tiraba más a burdel, a pesar del búcaro de vino y la rica ristra de viandas colgadas del techo. Lo único malo es que la única meretriz de la casa era Lisinda, y a veces no daba abasto para apaciguar las idas y las venidas, las entradas y las salidas de la cuantiosa nómina de inquilinos. 

No queriendo que nadie se involucrara en su faena, se las apañó como buenamente pudo. No dejó cliente insatisfecho ni en la mesa ni el catre. Alguno, enamoradizo, la conminó a que dejara las labores de Venus y solo atendiese la fonda. Otros, escarmentados de la rutina o aburridos de ayuntar siempre en la misma sima, le rogaron, en el más cumplido protocolo, que trajese mozas de otros burdeles. Debe aclararse que la palabra burdel no era del agrado de Lisinda. Lo que ella ofrecía en su negocio era bondad a espuertas, cristiana bondad, si el lector así lo prefiere, la generosa evidencia de que el amor al prójimo que pregonan los evangelios se cumplía en su mesón y en su tálamo. Dios no tenía que censurar que ella llevase su palabra tan lejos. Por eso no hubo otra mujer. Nunca la hubo. 

La bella y entregada moza devino fulana piadosa, oficio lúbrico, poco o nada evangélico, pero que la contentaba al punto de que creía, a cada fornicio que realizaba, merecer un trocito más grande de cielo. No hubo mandoble de verga que no la meciese, en volandas, camino del Señor; en su desviado pensar, no hubo puya de macho que no la hiciese sentir la más recta de las mujeres; no hubo, por más que una tiniebla de duda le atenazase el sueño, recodo de su alma en donde no se creyese pura, aunque el cuerpo se le descoyuntara y el dolor la quebrase a veces y el nombre de Lisinda, de pueblo en pueblo, por las lomas y por las veredas, en conventos y en tabernas, fuese el nombre mismo del pecado. Nada de eso la incomodaba. Las habladurías la reconfortaban. Si venían más hombres, mayor sería el bien que hiciese. Hasta que un día, enferma del mismo fornicio, Lisinda cayó en cama, floja como un junco al que desmayase el viento, incapaz de servir mendrugos de pan y tacos de morcilla en la fonda, inútil para abrirse de piernas o para montar a horcajadas en la izada hombría de sus peregrinos e ir juntos al doble paraíso. 

Como el hombre, en particular el putañero, es criatura de escasa sensiblidad y solo se anima cuando hay jodienda, quedó Lisinda en el más triste de los olvidos. Encamada y sola, cerró la fonda. Los jinetes pasaban de largo. Alguno se ofrecía, en discreto gesto cristiano, a procurarle un médico que la sanase, pero Lisinda quiso irse muriendo en paz, a decir de alguno de los asiduos más antiguos. Así lo hizo antes de llegar a los treinta años, edad en la que una mujer todavía puede traer hijos al mundo y llevar una casa. 

En el pueblo, pocos recuerdan a Lisinda. En los caminos, algunos refieren la historia de una mujer de carnes firmes y generosas, de ubres como campanas de iglesia, que llevaba agua en un odre a los cansados caballeros que iban y venían a sus cosas. Que luego mudó el agua en vino, como quien obra una especie de milagro, y la prieta rueda de longaniza por un pequeño plato caliente, que aliviase el hambre y conminase al sueño. Que sospechó que el caballero también precisa verterse en hembra, cubrirla entera, vaciarse completo. Se dio a quien la quiso, arrimó su cuerpo al de los otros, buscó en el abrazo más humano la virtud más divina, y creyó que obraba con la vehemencia del juramentado en una empresa mayor que sí mismo. No se refiere a día de hoy qué fue en verdad de la moza Linsida, no hay quien sepa algo de lo que fiarse. Unos dicen que mudó a otra comarca y empezó otra vida, una más sencilla. Otros refieren que todavía anda en menesteres de cama, cabalgando en las hondas noches los cansados cuerpos. 

2 comentarios:

Paco Acevedo dijo...

Ya se sabe: la fe mueve montañas. No sólo montañas...

Excelente cuento.


María Cuadra dijo...

Lisinda es ya un personaje de mi memoria literaria.
Estupendo viaje al pasado de nuestra gloriosa lengua española, que usted maneja con envidiable soltura.