19.8.15

Andar empieza en la cabeza

A veces tiene uno ganas de pasear, dejar la casa, exponerse al azar de las calles, no saber a qué plaza se acabará yendo, con qué imprevistos amigos haremos balance del día. Andar es uno de esas cosas a las que no se da importancia, teniendo la máxima. No es el hecho de que el cuerpo se beneficie del esfuerzo. Se recurre siempre a la salud, pero es la cabeza la que sale victoriosa del trayecto. Vuelve nueva, vuelve limpia. Al pasear se asiste a una pequeña proyección de cine privado. No hay butaca desde donde observar, no está ese refugio un poco uterino del confort del asiento, pero el efecto es el mismo. El esplendor del paisaje, la elocuencia de las calles, el barullo de la gente, la luminosa certeza de que la vida comparece ante nosotros sin pedirnos nada a cambio. Toda esa belleza imprevista, la que el azar del camino nos regala, vuelve a voluntad, irrumpe a veces sin que se la llame. Anoche, sin venir a cuento, sentado en una terraza de verano con unos amigos, tarde ya, recordé paseos por Cádiz, recordé uno en particular, en el paseo marítimo, anocheciendo ya. No sabe uno cómo vienen esas cosas, el porqué de esa visión perfecta del pasado y no otra, tal vez más relevante. La memoria atenta contra la realidad, la somete, la rebaja, acaba poniéndole el pie en el cuello, apretando si se le tercia. Anoche, en la terraza, bebiendo cerveza con la intensidad habitual, fumando con tiento, escuchando a mi amigo Fernando contar cosas de su viaje a la tierra de Joyce, Yeats, Wilde, esa tierra de poetas y de santos, me fui a Cádiz, me vi en las calles viejas, las que embocan a La Caleta o al Parque Genovés, paseando solo, como solía entonces, pensando solo. Queda poco o nada de todo aquello -fue a principios de 1990 - pero no hay manera de entender el modo en que los recuerdos afloran, cómo pugnan para que unos aparten a otros y entre el elegido. Tampoco entendemos el proceder del olvido. Quizá al andar, si es que me decido a hacerlo como solía, afine y dé con la clave. 

1 comentario:

Tomás Castillo dijo...

Escribir empieza con los pies, presumo.
Buen verano de letras, escaso, pero bueno, Emilio. Pronto a la tarea. Que vaya bien todo, la tarea y la escritura, y la vida y la memoria y los paseos y las terrazas del verano, que ya acaba, aunque nos pese.