21.6.15

Un perro ladra a lo lejos

Un perro ladra a lo lejos. La noche lo hace invisible. Solo sentimos el eco de lo que dice. No se entiende nunca un ladrido de un perro, pero este perro que ladra a lo lejos tiene miedo; todos los perros tienen miedo de noche, en eso son muy humanos los perros; a oscuridad que les cierne los amedranta, los rebaja, los hace frágiles, siendo perros, sabiendo ladrar y acostumbrados como están a episodios hostiles a poco que ponen la pata en la calle y se encuentran con el trasiego habitual, con los semáforos, con los coches, con otros perros que tienen el mismo miedo, el miedo antiguo de los perros ciegos, ese miedo a lo que no se conoce. Debiéramos ser perros un tiempo, ver qué efecto produce el ladrido, dejarnos querer por un dueño, ver si de verdad somos tan fieles, tan leales, tan buenos como dicen, luego volver a lo humano y recordar matices de lo más acendradamente perruno: la jerarquía en las calles, que la tendrán, digo yo; la sensación de elevar la pierna en la esquina y evacuar sin pudor, alegremente; la orgía imprevista en un parque con la hembra eventual que se acerca y no se incomoda porque la olisqueemos y hagamos el ademán de montarla, ya digo que sin molestar a nadie, conste.Cosas de perros que no requieren conocimiento de las ordenanzas municipales. Estaría bien probar la vida de perro, pero es solo una cosa mía de domingo, una especie de volunto narrativo que no se sabe bien cómo terminará, si finalmente le daremos vuelo y se publicará en el blog. He escrito de asuntos menos trascendentes que éste, no obstante. 

Es la noche la que malogra esta aventura canina. Me imagino al perro, solo y desamparado, recorriendo las calles, removiendo bolsas de basura, porque creo que hacen eso. Una de estas noches salgo y busco perros que confirmen mis especulaciones burguesas, un poco de observador ocasional. No sabe uno bien nunca a qué atenerse, si a lo conocido o a lo que no está al alcance y produce zozobra. A quién no le produce zozobra saber que se va a acostar siendo Juan Martínez Gómez y se va a levantar perro, perro de cualquier raza, perro pequeño y lanudo o fiero y grande, con ganas de trifulca a poco de poner la pata en la acera, en la vuelta de una esquina o en un parque lujurioso en el que se cita la crema de la ciudad. Yo no sería un buen perro, ni siquiera uno tolerable por sus dueños; acabarían dándome la patada, que se dice. Yo de perro no valgo: no porque tenga yo información previa, razonable, de la que disponer y a la que consultar para saber qué va a pasar y cómo. Es una intuición firme, la que no puede reprimirse. Creo que me sentiría mejor en otro animal, si es que es posible esa transmutación zoológica que entretiene mi asueto dominical, en lugar de aplicarme en menesteres de más enjundia, que hay, ahí están, mirándome desde lejos, como un ladrido en mitad de la noche. Es curioso el modo en que se escribe, no se conoce el propósito, únicamente se deja uno llevar. Qué bien el dejarse llevar, qué placer el irse, piensa uno en escribir y piensa también en una coyunda de premio, de las que se recuerdan años después, cuando ya no se repiten tanto. Me estoy yendo, ustedes entenderán. El que escribe no piensa siempre en quien lee. Lo dejé escrito anoche y algunos amigos vinieron a acompañarme (Ramón, Carmen) y es mejor eso: dejar registro de uno, permitir que alguien entre y nos haga compañía, aunque no le veamos. Quizá el perro es un escritor también, y deja huella en la acera, maneras de contar el mundo que nosotros, los humanos, no percibimos. 

Oigo a lo lejos al perro. Todo está en silencio, todo colabora para que solo haya ladrido de perro. pero el perro no atiende a la hembra que monta, porque habrá alguno que esté a sus asuntos, percutiendo la hondura de la pareja. El perro solo la monta, le deja sentir el peso brutal de su virilidad o el peso liviano, pero entusiasta. El sexo es siempre entusiasta. El plan cósmico hizo que el sexo fuese una delicia para que las especies no se viniesen abajo, no acabasen enterradas en el gris, en el tedio, en el terrible tedio gris de las mañanas enormes de la existencia. Imagino al perro con un sentido metafísico, no uno apreciable, pero todas las criaturas deben tener ese temor cósmico, esa especie de perplejidad que se produce cuando de noche uno mira la alta noche, la estrellada, la rumbosa de puntos de luz que titilan y se ofrecen y luego se pierden. Creo que Dios existe escuchando al perro a lo lejos. No me han convencido la catequesis de la infancia, las palabras de los prelados, que detesto en la mayoría de los casos. Es el perro el que me hace pensar en un plan secreto, en un orden, en un sentido a las cosas que no parecen tenerlo. De verdad que duelen algunos ladridos. 

1 comentario:

jordim dijo...

Pues voy a investigar más por aquí.