15.6.15

Caballos que se desbocan y se alejan / Tributo a Ornette Coleman



A mi amigo Herrezuelo, que está de mi lado. 

Un héroe, en jazz, es un tipo que hace normales a los héroes de otras disciplinas. Porque el jazz en sí mismo una heroicidad. No me imagino una música de más hondura que el jazz. Lo de hondo viene porque no es posible imaginarle un fin. Vas hacia abajo y no hay indicio de que existe un destino. Se entiende que la hondura es una conveniencia semántica: el jazz se expande hacia todos lados, accede a todos los huecos, como aire que se encabrita y ocupa el lugar donde antes no hubo nada. La nada y el todo son las golosinas metafísicas con las que algunos entretenemos algunas charlas de terraza de bar. No he escuchado a Ornette Coleman en ninguno. Probablemente la concurrencia saldría espantada. No hace clientes que el dueño del bar coloque en la bandeja del reproductor The shape of jazz to come, el disco que yo he colocado justo antes de empezar a decir algo sobre Coleman. Y la verdad es que no entiendo mucho de Coleman. Tendría mucho que decir sobre Chet Baker, del que he leído un par de biografías, visto algunos documentales y conciertos grabados. Si me dan a elegir prefiero a Chet antes que a Ornette, pero nadie me va a empujar a tomar esa decisión. Los dos ocupan lugares diferentes, se complementan, me explican la belleza, me conmueven. La de Coleman, ese tipo de belleza, es menos apreciable: se precisa una voluntad, un adiestramiento, un rodaje incluso. La de Baker es de más fácil apresto, incurre en concesiones que a la larga no terminas de agradecer del todo, pero que te valen para adquirir cierta competencia. Una vez que la posees, en cuanto te sabes en posesión de ese don, Ornette Coleman se abre como una flor hermosísima. Todo lo que tiene de imprevisible su música es lo que luego se impregna más. Cuanto más duele, más permanece. El jazz, en ocasiones, hiere. Se comprende que lo que hay detrás no es de dominio público. No tiene que serlo. No sé la de años que hace que no ponía este disco de Coleman - o cualquier otro - y probablemente tarde otros pocos en acudir a otro. No es menospreciarlo. Hay mucho jazz que escuchar y hay pocos días. Un amigo mío decía eso: no hay tiempo suficiente en esta vida para amar la literatura y tener familia. Llega un momento en que te relajas en una de esas dos ocupaciones. Por eso no puedes leer todo el día, aunque haya días en que solo desees eso: que la realidad sea sancionada por la realidad de los libros. Por eso no se puede programar Coleman a diario. No hay quien lo soporte. Yo, al menos, no podría, pero ah el día en que suena Lonely woman o Humpty Dumpty o Una muy bonita. Qué placer ponerse en el lado oscuro, buscar la melodía debajo del ruido, encontrar la belleza en donde no parece que exista, ver cómo los caballos se desbocan y se alejan y nos ignoran. 



2 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Un héroe en jazz o un héroe en literatura. Lo mismo da. Tus textos hacen grandes a muchos otros. Un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

Precisamente ha sido Lonely Woman el tema que he elegido para leerte, y mientras lo escuchaba podía entender perfectamente esa imprevisibilidad de la que hablas, y esa mayor dificultad que en el sonido de Chet Baker. Coleman no acepta ser una música al fondo de una tarde reflexiva: Coleman te reclama en cada nota, y conviene dosificarlo. Y sí, es tan largo el jazz como el olvido, y tan corto el tiempo para escucharlo como el amor. Y tú sabes hacer fácil lo difícil pulsando las teclas de tu ordenador como ambos músicos pulsaban los pulsadores o las llaves de sus instrumentos, sabiéndolo todo pero jugando a desconocerlo en el trance de la improvisación. Me siento honrado, amigo Emilio. Un abrazo.