10.4.15

Todos somos caballos

Un estado extremo de cansancio depara una resaca extrema. Se padece hasta que un nuevo cansancio la clausura. Hay quien no tiene días libres entre cansancio y resaca, quien no sufre las idas ni las venidas, el viaje entre un dolor y otro. No es fácil que no se aprecie el roto. Se aplican a veces más medios en esconderlos que en evitarlos. Lo que importa es la apariencia, no la verdad. En donde nos esmeramos es en lo que se puede percibir a simple vista. Desatendemos el interior. Solo vamos de un cansancio a otro cansancio. Solo los interrumpe la resaca. No conviene enseñarse uno cuando está de resaca. Ni cuando está muy cansado. De verdad que hay días que piden no pisar la calle, estar a recaudo, no dejarse ver, ni ver tampoco a nadie, como si no hubiese nada más en el mundo o nada que hubiese en el mundo mereciese que nosotros la viésemos, lo sintiéramos cerca y hasta nuestro. Luego está el vacío. No saber cómo ocuparlo, no tener a mano con qué llenarlo. El problema del mundo es que no sabe qué hacer con el vacío. La historia entera de las civilizaciones está trazada con esta idea: la del hombre inventando cosas para no sentirse solo, ni aburrido, ni triste. Nos educaron para huir de nosotros mismos. Contra la voluntad de entrar está siempre la de salir, la del distraerse. Quien no piensa, vive mejor, dice K. Pensar solo da quebranto. Todo en ese plan. Y no habrá quien no comparta que la vida se vive siempre más dulcemente si se la esquiva, si no se entra en honduras y se deja uno llevar, mecer, yendo de un cansancio a otro, de la resaca severa a la siguiente. Como si pensar mucho, más que aliviar, dañase; como si la felicidad consistiese en no saber nunca mucho de algo. Al caballo, al jalearlo a que corra, no se le ve nunca flaquear: es cuando hinca las rodillas y hocica en el suelo cuando advertimos que está extenuado. Y ese vivir como caballos no conforta, en el fondo. Se prefiere la mesura, que no siempre acude si se la precisa; se desea un control en los materiales que intervienen en la trama, una especie de gobierno razonable en donde las emociones no terminen corrompidas por los imprevistos. Son esos, los imprevistos, los que malogran el conjunto. Es el cansancio, el cansancio forzado, el cansancio rutinario, el que descompone la figura resultante. Y como es viernes, el vacío se llama siesta y luego leo y después me voy a la calle a un concierto de música clásica - es cierto - con una expedición muy amable y educada de eslovenos que han venido a mi pueblo a que le contemos cómo funciona la vida y en qué difiere de la que ellos conocen. Creo que en nada. Todos somos caballos. Buen fin de semana a todos. 

3 comentarios:

Setefilla Almenara J. dijo...

Qué maravilla, Emilio, una idea conduce a otra, y esta a la que sigue, esa es la manera de conducirte al escribir, luego está ese final lleno de eslovenos, de música clásica, uf.

Gloria Márquez dijo...

Yo, yegua, pero el caso es el mismo. Obstinados hasta que caemos muertos en el suelo...

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Gracias, Setefilla. Las ideas son de otros, incluso cuando son propias, y van cayendo y uno las va hilando hasta que sale algo. No siempre me agrada lo que escribo. De hecho no releo, no publicaría si lo hiciera.

Buena cosa ser yegua, imagino. Obstinado yo también, siendo caballo.