8.3.15

El día en que Ray Bradbury murió por segunda vez




En el día en que Ray Bradbury murió por segunda vez atendí el teléfono en el trabajo, compré leche en el supermercado, fui al peluquero para que me pelase al dos y me recortase muchísimo la barba, escuché a Björk en casa y a Shostakovich en la calle, hablé con un amigo sobre la bondad del género humano, invité a café a un par de compañeros del trabajo, pensé en lo que estoy tardando en terminar de leer la novela que tengo entre manos, cené berberechos y mejillones, corregí unos ejercicios de inglés en mi clase, hablé con mi madre por teléfono, vi un capítulo - el cuarto - de la tórrida The Affair y les conté a mis alumnos que la memoria debe lustrarse, amarse, sentirla como un bien y no dejar que el olvido la derrote. Por la noche, acabé el día leyendo la noticia de que Bradbury, mi adorado Ray, el viejito dulce, el inventor de tanta distopía, el dios de su pequeño caos, moría a una edad estupenda. Pero igual no ha muerto, yo creo que hay personas que no mueren del todo. No se muere del todo: se muere para algunas personas; otras llevan la vida de los que ya no están en la memoria y en el alma y en las frases que dicen y en las cosas que hacen. 

El otro día me contaron la noticia de que Bradbury había muerto otra vez. Parece que las redes sociales difundieron el fallecimiento, lo dieron como si acabara de producirse, y no hace tres años, creo. La duda me atrapó y me hizo pensar si de verdad dejó este mundo entonces, cuando yo creía, o fue solo la trama de uno de sus cuentos, si la ficción es capaz de condenar a la realidad y hacer que flaquee y se desdiga y acabe por contradecirse. Me produjo una felicidad especial pensar en todo lo que he leído de Bradbury, saber que no ha muerto en absoluto. De una forma que no sabría explicar, hay muertos que ganan en vitalidad a los propios vivos. 

3 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

En su libro de relatos titulad El hombre ilustrado existe uno de mis cuentos favoritos titulado "La última noche del mundo". ¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo? Así empieza Ray su cuento. ¿Qué harías si supieras que esta noche vas a morir? Siempre recuerdo que esta pregunta la dirigía un maestro, en el siglo XVI, a un puñado de niñas que asistían a clase. Las respuestas fueron varias: "Me iría corriendo a una iglesia"; "Haría penitencia"; "Me confesaría", etc. Sin embargo, una niña, con gran aplomo, contestó: "Seguiría jugando". Esta niña sería años después conocida como Teresa de Jesús. Confieso, como ya he dicho, que tengo una predilección invencible por este brevísimo relato - tan solo cuatro páginas -. Lo he leído docenas de veces. En mi opinión, es algo muy parecido a eso que se denomina obra maestra. Un matrimonio con tres niños - Ray y los suyos, con toda seguridad - conoce que ésa es la última noche, y lo acepta con gran naturalidad. No hay bombas; no hay guerras. "Solo, digamos, un libro que se cierra". Todas las personas del planeta han tenido el mismo sueño. Saben que todo acaba. ¿Qué hace ese matrimonio? Dar la cena a las niñas, acostarlas. Leer el periódico. Hablar. Oir un poco de música. "¿Tienes ganas de llorar?" "Creo que no". Recorrer la casa. Pensar en otras gentes y en lo que éstas pensarán esa noche. Apagar las luces. Entrar en el dormitorio. "Estoy cansada" "Todos estamos cansados". Desvestirse. Retirar la colcha. Meterse en la cama.
La última noche del mundo es un prodigio de sensibilidad, de descripción humanística. Un documento sobre los hombres y mujeres; sobre unos años muy concretos - los cincuenta en USA -. Uno de esos relatos que hacen a uno pensar en la magnificencia de la profesión de escritor.

Contigo estoy, amigo. Ray es grande, es el poeta del universo,y, de los dientes de león hacia el verano. El vino del estío.

Fuerte abrazo.

Paco J. dijo...

Hermosa esa manera de tratar a los muertos que amamos.
Buen día, Emilio.

Joselu dijo...

Aun tengo reciente mi relectura de Crónicas marcianas. La primera fue hace mucho tiempo, cuando comenzaba mi carrera como profesor. Una tarde les leí a mis alumnos de COU la historia de aquel marciano que se metamorfoseaba en ese hijo que murió, por el anhelo que tienen sus ancianos padres. Curiosamente, este relato que casi me hizo llorar hace treinta años, cuando lo releí no me causó una impresión parecida. Era el que más recordaba pero en mi relectura fueron otros los que me conmovieron. Los grandes de la literatura no mueren jamás. Ese es su privilegio. Para mí Dostoievski o Cervantes siguen vivos, solo tengo que oírles hablar a través de sus personajes. Igual Bradbury. Y es que pensar que te sigan leyendo siglos después, escuchando tu voz es algo extraño. Creo que Bradbury permanecerá.