5.2.15

Diez desenfoques


Confía ciegamente en la cosecha. Empapada de gozos, loca de lujuria, la cosecha alumbra prodigios, la cosecha desoye la admonición del augur, la cosecha previene al hombre de dioses rudimentarios y caprichosos, la cosecha escala el corazón y prende una luz en su altura más limpia. En la cosecha residen las virtudes, la plenitud absoluta del amor, el libro de las horas, la noticia de la belleza y la evidencia del tiempo al abrirse paso sobre el ruido y sobre la ceniza. No hay nada que no esté gobernado por la luz de la cosecha. Nada a lo que la cosecha no alumbre. Incluso la oscuridad, en su plenitud, posee la luz en su secreto seno.


Da la vida sus previsibles raciones de espanto, la secreta impresión de que se cuida mucho de no excederse más de la cuenta, en no permitir que todo lastimosamente sucumba y se queda ella sin nadie que la conforte. Anuncia fascinación y también asombro, la extraña joya que los días ofrecen a modo de distracción noble y sencilla, y así no pensemos en el desenlace tosco, en su fuga turbia, en el imprudente epílogo. 

No podemos ser sublimes sin interrupción, no somos Baudelaire, no está el aire envarado de luz ni está oscuro ni gris, no hay aire que convenga ahora, no me violenta el día con su causa festiva, no estalla la poesía en mi pecho como un cántico, no he aprendido literaturas germánicas medievales, no he sentido el peso de la revolución en los cereales del desayuno, no he amado un pubis hirsuto de hija de janis joplin, no sé mucho de alquimia, no tengo todas las muertes juntas en un verso pristino, no hay patria, no persiste el amor como una epifanía en la boca del estómago, no hay purcell por las noches cuando nos amamos, no sé declinar los verbos más importantes, no veo la rosa ya rosa de verdad de un modo absoluto y continuo, no me pregunten, no está el tiempo a mi lado, no estuvo nunca, no estuvo ni cuando yo lo sentía, no canta el cantor, no lo escucháis, no está lázaro ni se presiente que acuda, no hay dios, no hay patria, no hay rey, no me vendan la usura, no la quiero, no creo que necesite más que esta canción de pablo milanés de mil novecientos ochenta y siete, no estabas tú, ah cuerpo, en el vértigo ni en la fiebre, no encontré asidero en los palacios, no vi ningún abrigo en el oro, no me ocupé de las palabras, no el largo mirar de las palabras sino el hondo pulso de lo que dicen


Hay realidades excesivas, incómodas, persianas que ciegan la razón y abruman la tarde . El tiempo custodia gritos. El alma celebra continuas escaramuzas hacia el vértigo de un cuerpo al que joder toda la noche. Siempre es bueno confiar en el blues, me dijo un amigo pasado de bourbon, en su terapia enriquecida de parias atormentados que se han vendido al diablo. Todos nos acabamos vendiendo. Por más que duela, uno se obstina en los mismo vicios. Por más que escueza, nos rompemos la uña arañando la herida.


La sordina feliz de la vigilia perfecta. El oro ya perfecto. La luz como un arnés que confirma la estabilidad del engaño.


Nada de esto ha sucedido realmente, coronel Kurtz. El latido rasga el pecho, que abre una sima oscurísima en la que se abisma (alucinada) la voz y lo que la voz tutela. Allí se oyen voces. Profesan el mismo tenebroso culto. Adentro se obligan a un fornicio continuo y alumbran sílabas, campos de fresas para siempre, ríos como un jukebox de los setenta. La luz aspira secretamente a elevar vuelo y contemplar el vértigo fastuoso del aire. Ahí las contemplaciones. Ése es el numen, mi coronel. Dios le ha perdonado todos los crímenes.


No ves que estoy agotado. El nadador ha braceado la noche entera bajo la luz cinemascope de un flexo delincuente. La caligrafía del agua le adorna el torso, le empuja misteriosamente y el agua, bronca, desaparece en un remolino fabuloso en donde cabe el esplendor y el dolorosamente ya imposible milagro de la resurrección. El problema es que no creemos. Dejamos de creer hace tanto tiempo. Ya no se puede creer. El nadador ha cubierto una distancia de gacela herida, una imprudencia de distancia que concita la épica unánime de todos los rapsodas del mundo.


Parafraseo a Borges, otra vez: se han precisado espejos, libros de arquitectura, poemas de Kavafis, solos de Chet Baker, islas en el Egeo y ruido de algas en un mapa muy viejo para que mi amor te encontrara y tu pelo viajara por mis dedos por las noches.


Humbert Humbert en su línea de flotación perfecta. De su aventura equinoccial queda únicamente el Chevrolet, la fuga, el hotel discreto en la carretera secundaria, las sábanas arremolinadas sobre el cuerpo de la más limpia lascivia, el temblor ácido del cuerpo dócil, la niña con incontinencias adultas, el lúbrico peso de la culpa, sobre todo eso, la cremallera pujada sobre el tweed de marca, H.


Siempre hay una manera de distanciarse de lo que se apodera de uno, hay una vía de alejamiento, pero lo que duele es que algo de lo evitado, de lo abandonado en la distancia, resida dentro, esté ahí, a resguardo, a la espera de un momento de debilidad, pensando en todos los huecos disponibles. No nos desembarazamos del todo de lo que nos hace daño. De algún modo perverso y obstinado el mal nos puebla. Pensamos que estamos a salvo, pero no es cierto. Al mal, a esa porción que nos ha capturado, lo alimentamos igual que al bien. Andan los dos en alegre comandita, por ahí adentro, en el alma. Nunca sabemos qué es el alma. No hay una información fiable. Todas son huidizas, todas bordean el asunto, todas flaquean. Sabemos muy poco y hasta ese poco que sabemos se antoja en ocasiones irrelevante, baladí, como una nube en una tormenta.