30.9.14

Las pequeñas victorias

Al final solo es un viaje que acaba en el dolor, por más que se disfrace, por mucho que se engalane y se travista de fiesta, pero es el dolor el que lo recibe y quien lo despide también. Algunos no lo perciben. Ni siquiera en los demás, en los que más a la vista lo exhiben. Otros no dejan de sentirlo. Creen que no hay otra cosa que dolor en el mundo. Los muy refinados, o los muy leídos, sospechan que pensar en el dolor hace que se alivie. Toda la filosofía es, en esencia, un recorrido pormenorizado de la historia del dolor. La misma literatura, la grande e incluso la que no alcanza ese rango de esplendor, es un registro de ese dolor. Todos los libros sagrados, los de todas las religiones, tutelan los relatos de la fundación del cosmos, los ruidos de los planetas cuando colisionan, el fervor de los pueblos cuando la promesa del dolor en la tierra solo la mitiga la dulzura de la vida en la eternidad. Pero detrás del dolor está la luz. Existe el dolor porque el placer lo ronda, cercándolo, cuidando de que no se despache a su antojo por el cuerpo y por el alma. Vivimos con la secreta esperanza de que no todo lo gobierne el dolor. Por mucho que la evidencia nos contradiga, por más que se empecine en malograr (iba a poner joder) las pequeñas victorias que vamos consiguiendo. De ellas vivimos. 

29.9.14

Uno mismo

Amar la intimidad, convenir que es el único refugio, hacer ver a quienes la asedian que es allí en donde se está verdaderamente a salvo. La escritura, a medida que uno la frecuenta, conforme se va adiestrando en su ejercicio, se manifiesta a veces como refugio. No saber de qué nos escondemos, pero esconderse, encontrar el lugar en el que desaparecer. El placer viene después, cuando se hastía uno de esa precaución excesiva, cuando necesita encontrarse con el mundo y que el mundo lo encuentre a uno, lo toque, le haga ver lo innecesario de la ausencia. No es estar solo, no es desear que nadie nos importune ni nos acompañe siquiera: la intimidad es la sensación de que hemos llegado al centro, de que el viaje ha finalizado y de que podemos retirarnos (un breve espacio de tiempo) sin la obligación de rendir cuentas, volcado en uno mismo, sintiéndose. Hay veces, por cierto, en que uno no se siente. Se deja ir, se traslada de un lugar a otro, expresa opiniones, hace como que todo sigue un orden, pero no hay conciencia de que es uno mismo el que está adentro. El vértigo y la fiebre. El pasajero oscuro que otro nombraba para razonar sus delirios. Todo se emborrona cuando se le mutila la parte privada, la que no precisa de nada salvo de uno mismo, pero siempre el texto regresa al mismo gastado asunto, la persona propia, el sentir personal, sin que se pueda hacer nada para evitarlo. Escribir es una actividad de riesgo, escribir es un acto subversivo, escribir es un ejercicio de transparencia absoluta, pero no siempre se da uno íntegramente, guarda para sí algunos matices, se reserva la intimidad o, en todo caso, la presenta de otra manera, la convierte en otro asunto. K. me dijo que yo escribía para salvarme del aburrimiento, solo por eso. No le contradigo. No me he aburrido nunca: he tenido refugios, he sabido buscarlos, he procurado mantenerlos. La escritura es uno de ellos, un biombo tras el que ocultarme, del que salir un poco traviesamente, como afectado por el pudor que nos enseñaron, aunque orgulloso de no tener miedo alguno, de dar todo en cada párrafo. Este me ha salido largo. 


26.9.14

Canciones políticas de Billie Holiday antes de salir a las terrazas de mi pueblo



Leí una vez que las ideologías nunca resisten la distancia corta, que en cuanto se las escucha de cerca se constata su fragilidad, lo desmontables que son. Los ideólogos vendrían a ser charlatanes de feria, embaucadores, gente de poco fiar a las que se les da bien hablar y con las que se mantiene una relación entusiasta si no se expone uno a su presencia. Una vez los conocemos, la ilusión se viene abajo. Están así las cosas, están las ideologías idealizadas, se las vende como si fuese un objeto de consumo, incluso un objeto de consumo sofisticado, de buen acabado. Uno es de izquierdas o de derechas, cristiano o ateo, librepensador o nihilista al modo en que es cliente de un gimnasio o bebe gintonics en el pub de moda de su barrio. Eso contrae la certidumbre de que podemos ir de una ideología a otro igual que podemos cambiar de marca de gafas. La política, que es el brazo armado de las ideologías, es la que pierde en todos estos juegos del ocio capitalista. Todo se ha mercantilizado, a todo se le ha colocado una etiqueta con un precio. El propio gobierno es una extensión (a veces poco fiable) del mercado. Deja uno de ser ciudadano y pasa a ser consumidor. Se pueden consumir las ideologías también. De hecho mueven un cantidad más que respetable de dividendos. Hay países enteros que son un parque temático, una especie de franquicia absoluta. Los políticos son agentes de campo, comerciales con una cartera de clientes a los que convencer de la bondad del producto. España es un producto presentable. Unas veces más presentable que otras. Días en los que España es muy presentable incluso, pero abundan los días de la infamia, los días de todos esas estadísticas sobre lo pobres que somos y lo raquíticos que son los sueldos. Creo que no somos buenos clientes. Y el negociado de ventas está intentando que todo vuelva a marchar. Que los escaparates estén resplandecientes y las ventas se disparen. A esa buena noticia la sucederán otras y acabaremos cerrando ejercicios económicos con cifras espléndidas. Seremos felices todos o unos serán más felices que otros. Siempre habrá una ideología que alivie a los desfavorecidos. A veces son los favorecidos los que las escriben, quienes eligen qué bandera la representará o qué eslogan irá por las calles como si fuese un himno. Además siempre es posible hacer que una ideología vire sobre sí misma y adquiera una musculatura social totalmente nueva. Que empiece en un ángulo de la política y mute a otro sin que se aprecie en ningún momento la mudanza. Es posible que no experimente transformación alguna por muchos años que pasen. Es lo que se llaman ideas fijas, maneras de ver el mundo que desoyen al mundo mismo. De cada uno de estas extremidades teóricas hay ejemplos como para llenar tardes enteras de conversación en una terraza. Ahora me voy a una, pero voy a hablar de fútbol o de metafísica o de amor puro o de las canciones que cantaba Billie Holiday cuando ya tenía el alma rota. Yo creo que siempre la tuvo. Todo esto son impresiones volátiles. Cosas que uno escribe después de una siesta reparadora. Ahora me voy a las calles. 

23.9.14

Feeling stronger every day




Siempre hay un momento de inspiración cósmica, una epifanía metafísica, un andar por el campo y ver en el cielo, cuando se va apartando la claridad y se entenebrece el aire, un indicio trascendente, una especie de invitación a pensar en Dios o en Hal 9000, el algoritmo heurístico con el que Kubrick fundó una iglesia a la que, por cierto, jamás se dignó entrar. No sabe uno qué es, no entiende las señales, pero no es posible comprender lo que solo debe percibirse por los sentidos. Es el peso el que dura, la sensación de que somos una cosa irrelevante. Como si toda nuestra vida anduviésemos yendo y viniendo dentro de una catedral gigantesca. Hoy he sentido esa inspiración, esa epifanía, esa revelación. El paisaje, unos olivos a la espalda de una gasolinera de carretera, no inducía a ninguna hondura del espíritu, pero oh fatum, ah conspiración del cosmos, ahí estaba yo, buscando en las alturas, arañando palabras. Porque están en todos lados las palabras. Solo hay que dejarse. Una vez que entran, ocupan el alma entera. Llevo unos días dándole vueltas a la idea de alma. No creo que haya ningún tema que dé para tanto. Mientras sucedía todo esto, vibraba mi iPhone en el bolsillo. Cristiano Ronaldo marcaba el tercero del Madrid. Ahora acaba de marcar el quinto. No se me ocurre nada más que decir. Todo lo que vi, a lo que alcancé en esa pequeña estancia de la conciencia, se ha ido perdiendo poco a poco. No queda nada dentro ahora. Solo la certeza de que fui un privilegiado durante cinco minutos. 

21.9.14

El alma, las tinieblas, Coltrane

Al alma la adorna la ficción de que verdaderamente existe. El alma es un paraíso alquilado. Cuando el cuerpo desciende al desorden absoluto y decide morir, el alma no gime ni se expresa en altos sonetos petrarquianos. El alma no es otra cosa que un tumor benigno. El alma se descarga en su versión laica y entonces el poeta, manumitido del corsé de los clásicos que la sublimaron, estrangula el verso y forja la épica, el lugar exacto en donde las palabras manifiestan su distorsión metafísica. Todo lo demás es interfaz. Cuando el cuerpo se declara insolvente, el alma se convierte en un hipervínculo. El alma, señor Conrad, el alma. Dios en el secreto centro. Mi voz urdiendo coartadas. Acaba de empezar a llover en Lucena. Acaba el día sin que yo le encuentre el punctum. Están en todos, me lo contó un amigo al que ya no veo. Hoy no es el día tampoco. Estoy falto de recursos. No me llena John Coltrane en absoluto.

20.9.14

Novias

Tuve yo una novia rusa doliente y flacucha que distraía mi torpeza en su idioma con bolcheviques caricias y mencheviques besos. Nos quisimos unos meses en un alarde de cabriolas sintácticas. Dimos esa apariencia de novios formales por las estrechas calles de mi pueblo. Hasta una señora convecina, quejosa hasta la hartura, amiga de no disfrutar nunca con amores ajenos, bendijo pomposamente el nuestro. Sereís felices, dijo. Tendréis tres niños rubios. Ninguno, me temo, se parecerá al padre. Días más tarde, sin aviso ni trompetas, la novia rusa, la doliente y flacucha, me dejo por un concertista de clavicémbalo recién llegado de Moscú. Dejó en la mesita de noche, testigo provenzal de nuestros ardientes asedios, unas páginas arrancadas de una novela de Tolstoi. Mi amigo José Antonio me confesó tener una novia inglesa, pero nunca le dejó novelas de Dickens en la mesita de noche. Mi amigo K., que hace tiempo que no se deja embaucar por las tretas femeninas, tuvo una novia provinciana y generosa de pecho, una novia sin estudios que olía a Pigmalión en el escote. Dice K. que la dejó por tedio puro. Le incomodó que nunca hubiese leído a Faulkner. De ella, ahora que los años la han emborronado un poco, cuenta lo bien que preparaba la pasta con salsa carbonara, lo que se ruborizaba cuando le confesaba que nadie hacía la pasta carbonara como ella. Le recriminé su falta de perspectiva. A mí Faulkner me cansa y no tengo ni idea de cómo cocinar una buena pasta. Se puede vivir sin que los demás tengan nuestras inclinaciones intelectuales o estéticas, K., le he dicho, pero no me escucha, va a lo suyo, cree que es tarde para cambiar. A mí me siguen fascinando las novias sin inquietudes filosóficas. La rusa, vista en la distancia, era de un empacho semántico insoportable. Menos mal que me dejó. Suerte que mi falta de encanto le abrió los ojos. Uno nunca sabe. Los amigos te cuentan sus novias, te dicen si leían o si tenían el corazón ágrafo. Los amigos, a pie de barra, te hacen sentirte bien y no dar importancia a estos desventuras del alma adolescente. Yo creo que todas esas aventuras de juventud solo sirven para encadenar historias en una terraza de verano, convidados por un aire inesperadamente fresco, que invita a pensar que el mundo de pronto se ha empeñado en agradarte. K. disfruta aliñando la verdad con generosas paletadas de mentira. Dice que da lo mismo actuar a la inversa. Hay mentiras a las que las condimentas con hechos reales y crecen en veracidad de un modo espectacular. No era rusa la novia, pero era flacucha. No me acuerdo ya si leía a Faulkner o escuchaba a Brahms. Solo conservo algunos gestos, el tono de voz, el modo en que me pedía que no bebiese tanto. Creo que si la viese ahora no sabría qué decirle. Ella ni me miraría. 

19.9.14

La de cosas que caben en tres teras



Le decía hoy a una amiga que a veces tenemos cosas que no sabemos en donde guardar y otras en las que tenemos un buen lugar en donde guardar cosas que no tenemos. Lo que sé del mundo me hace pensar que se venden los envoltorios con más entusiasmo y mejor marketing que lo propiamente envuelto. Cuenta más tener dónde echar las cosas que las cosas en sí. Es el imperio de los discos duros. Importa poco o nada que luego no sepamos con qué llenarlos. De hecho los llenamos con lo que no necesitamos. Los negocios funcionan siguiendo esta premisa de modo escrupuloso. Hay que vender sin que tenga mucho sentido la razón por la que se está vendiendo. Dicho de reversa manera_ se compra sin entender el motivo, se gasta sin mirar las razones. Podemos llevar este argumento a cualquier parcela de la vida que tenemos alrededor. Se me ocurre Escocia. Se me ocurre Cataluña. En los balcones de algunos ayuntamientos vascos han colgado banderas escocesas. Por hacer ver a quien pase lo cerca que están las dos naciones o por engalanar el consistorio con el símbolo que resume las aspiraciones de sus inquilinos. Porque, en esencia, nos gusta la mudanza. Amamos todo lo que nos saque de la rutina. Da igual que movamos en casa los muebles de sitio o que nos rasuremos al cero o nos dejemos crecer la barba intrépidamente. Lo que trasciende en nuestro sentir de adentro es que el continente es otro. Pero ah el contenido. ¿Qué podemos decir del contenido? De eso no se habla. Solo de la ropa con la que nos vestimos, del techo que nos cubre, del tamaño del cajón en el que guardamos nuestros objetos queridos. Y en ocasiones solo deseamos eso, que el cajón sea grande, que no tenga fondo. Por si un día el azar nos bendice y tenemos la posibilidad de llenarlo. Luego ya sabremos cómo usar todo lo que arrumbamos ahí. Habrá tiempo de considerar el uso de lo que el cajón custodia. Yo mismo ando en la idea de comprarme otro disco duro. Los hay de 3 teras. La de cosas que caben en tres teras. No sé si banderas...De momento el asunto escocés se ha saldado con un me quedo como estoy, me gusta mi sitio

18.9.14

Y el pajaró voló



No me he prodigado nunca en elogiar a The Beatles al modo en que me esmero en hacerlo si encarta escribir o hablar de jazz o de cine negro o de cuentos de Borges. No alcanzo a ver la causa ahora. Probablemente no la hay. Se escribe o se habla de lo que nos concierne o de lo que nos emociona, pero quizá suceda que no sé qué decir. Con algunos asuntos, en cuanto uno se propone contarlo todo y contarlo bien, no terminan de salir las palabras, no se arriman las ideas, está todo como empantanado, sin que se sepa cómo enmendarlo, a qué acudir para que se advierte, en lo leído, todo el amor profesado. Ahí estará mi incapacidad para escribir sobre The Beatles, pongo por caso. Un amigo, anoche, en un correo tardío, me refirió un par de anécdotas sobre cómo los cuatro de Liverpool le cambiaron la vida, y no es cosa de largarlas aquí, pero siempre hay en la biografía personal un apartado beatle, un trozo de vida en donde algunas de sus canciones ( y solo hicieron doscientas y algo) transmutó algo, hizo que el mundo girara de otro modo, levantó el corazón hacia donde antes no había estado, alguna de esas maravillosas cosas o todas juntas. Recuerdo una cita en la que ninguno parecía especialmente cómodo, en donde cualquier asunto intrascendente podría limpiar el aire de fatiga y de prudencias, pero ninguno arribaba, ninguno ocupaba los huecos, hasta que los altavoces del pub, uno que ya no existe, por supuesto, restituyeron, sublimes como son, las primeras notas de Norwegian wood. Recuerdo la conversación agitada, la sensación de que podríamos estar la tarde entera trayendo y soltando letras de Lennon y McCartney. Y el pajaró voló, claro. Siempre acaban volando. 

17.9.14

El diálogo imposible entre el gris Kafka y el gordo Monk




Hay días en que uno se cree Kafka más que otros, días en los que todo se clausura en un orden hueco, en un trabajo que, en el fondo, rivaliza con el ocio y, en último grado, lo anula. Al ocio, tan pagano a veces, lo desmontó la moral judeocristiana, lo convirtió en pecado, lo hizo culpa. Está el remordimiento planeando la bóveda de los días y está la intendencia del consumo, convirtiendo la vida en un parque temático, pero anoche este escribidor voraz, que lee menos en estos días, que no va al gimnasio porque carece de tiempo o de voluntad para repartir mejor el que le va quedando, que no escucha jazz a diario, como suele hacer desde hace treinta años, encontró un disco de Thelonius Monk que estaba perdido en algún lugar, en una caja de zapatos que guarda viejas cintas de cassette, algunas de las cientos que tuve y que fui remozando en CD, haciendo que dejaran paso al mañana rutilante, dejando espacio a otras adquisiciones de más afecto. Ahí estaba, sublime, tierno, hermoso, intemporal, el gordo Monk. Todavía lo visito, me acompaña, vamos los dos por las calles de Lucena, buscando el origen del swing, la raíz del bebop, no sé, la hondura secreta de los pasos. No sé que le habría dicho Kafka, tan gris, a Monk, tan gordo. Sería un diálogo memorable. Quizá hasta hablasen el mismo antiguo idioma. 

16.9.14

Cincuenta baldas llenas de libros / Un apunte muy breve



Siempre me fascinó ese clase de voyeurismo que consiste en saber qué biblioteca tienen los amigos, qué nobleza tiene la madera de las baldas en donde confían que sus libros perduren, expuestos y lúbricos, conforme a qué criterios hacer que Cortázar esté a una altura accesible y, pongo por caso, ubicar a Chéjov en la más alta, no sé, lindando con el techo, como si fuese un pecado que corriese el aire. Entiendo que ninguno de los dos las habite y estén otros, de esa o de diferente hondura, capaces de conmover y de hacer amar, de sentir la belleza y de hacernos, en el fondo, mejores personas. La literatura es tan grande que no cabe en una vida. La costumbre de visitar una casa por primera vez y buscar de inmediato los libros que la pueblan no me ha abandonado. Cuando algo visita la mía, en cuanto puedo, suelo traerlo a la habitación en donde ahora escribo, en la que están los libros y los discos de la familia, puesto que se van mezclando al correr de los años los gustos de quienes vivimos bajo este techo. No hay mejor sitio para leer que aquel al que lo habitan los libros, ninguno para escribir tampoco. Recuerdo haber visitado bibliotecas solo para sacar mi cuaderno de anillas, uno de pasta gruesa siempre me vale, y dejarme invadir por Cheever, por Kafka, por Poe o por Machado, si no al tiempo, sí en fragmentos, convidándome a un vuelo puro, haciéndome sentir el invitado privilegiado de una hermandad ancestral, la de la literatura. La foto que Rafael García Maldonado dejó en su muro de Facebook, en donde está Adolfo Bioy Casares, a lo suyo, y su mujer, la también escritora Silvina Ocampo, un poco de posado, como si no contara, es la quintaesencia de la biblioteca doméstica. Solo echo en falta un buen equipo de música y un ordenador. No sé si estas injerencias electrónicas malograran el ambiente idílico o, por el contrario, harán que el esplendor sea más intenso. Hay días en que la música me lleva mientras escribo, días de Bach o de Keith Jarrett o de Miles Davis, pero es la memoria, como un palimpsesto grande, la que va incorporando el relato de las cosas, el modo en que suceden, el hilo que las une.

13.9.14

Las moscas no tienen gramática

Tenemos una invasión de moscas que me ha hecho pensar en el orden del cosmos. La mosca, incluso la menos invasiva, la que ocupa una periferia admisible, incordia al punto de que descrees de que el mundo esté bien hecho y haya una inteligencia detrás, un demiurgo sostenible, una especie de daimon casi sindicalista, al que se le encomienda la tarea de contarnos la trama invisible de las cosas, la textura de la realidad, las junturas del tiempo y del espacio. Odio las moscas como otros odian que Falete suene en Canal Fiesta Radio. Hablo de un odio inargumentable, que es como funciona de verdad el odio. El amor planea por la realidad como Dios planea por sus nubes, pero no sabemos entender a Dios. Ni a Dios ni a los jodidas moscas que ahora mismo, justo en este instante, se paran en la pantalla del ipad, conquistan la interfaz misma, colonizan el espacio narrativo de la aplicación que me permite manifestarme. La mosca pertinaz, la otra mosca, la mosca yanki, la que cree que su casa es el mundo entero, malogra la bondad misma del cosmos, ya digo. Hace que uno se irrite, prorrumpa en maldiciones que no había puesto antes en su boca, se convierta en un alucinado, en una criatura maligna, preñada de mal, consciente de que un cáncer con alas está corrompiendo el ánimo, la felicidad ilusoria, pero durable, de que uno es, en el fondo, un ser jovial, de poco afecto al conflicto, más o menos equilibrado, dotado de una armonía ganada con los años, edificada a través de lecturas, películas, conversaciones de bar y cariños de los que lo aman. Ahora mismo una mosca de las que hablo ha hecho residencia en una línea de texto igual que nosotros hacemos residencia en los libros o en una cama de hotel. Lo imperfecto del mundo se revela en estas pequeñas indisposiciones de orden doméstico. Luego está mi sensibilidad, que es lo único de lo que dispongo para entender el mundo. Mi irritación actual no la compensa ninguno de los recursos a los que suelo acudir. Quizá, en todo caso, la escritura, que es una vía para extraer el mal de adentro y dejarse crucificar por la limpieza de la gramática. Las moscas, las putas, no tienen gramática. Es lo que tiene un fin de semana, fantástico, por otro lado, en mitad de la naturaleza. 



10.9.14

Los dioses vietnamitas







Una de las ventajas de tener un amigo imaginario es la posibilidad de no estar solo nunca. Hay quien no soporta la soledad. De hecho es la soledad la que hace que el mundo no gire en armonía. Todas las guerras del mundo provienen de la soledad de quienes las batallan. Si uno acepta estar solo, no anda maquinando maldades. Un amigo fabricado dentro de la propia cabeza es más fiable que uno que pulula afuera, sin que se le tenga a mano cuando se le precisa, sin que esté a poco que lo busquemos. El amigo imaginario abastece a quien lo urde de un inagotable banco de recursos lúdicos. Yo misma tengo una y jugamos a una enorme variedad de juegos. El que más nos gusta es el de asomarnos al borde de la alberca de mi tía (o debo decir de nuestra tía, porque hay veces en que más que un amigo lo siento como un verdadero hermano)  y ver reflejada en el agua, turbia a veces, gris tirando a un verde pastoso, la imagen de nuestros trajes de domingo. Si mamá me hacía unas coletas, no veía un par. Si movía las manos arriba y abajo, son cuatro las manos que hacían ondas en el agua. Hemos jugado a eso durante muchos veranos. Eran juegos fabulosos que se extendían tardes enteras y nos conducían, extenuadas, al sueño. Lo que soñábamos era una continuación de la vigilia. Al despertar, nos contábamos el contenido de esa fantasía involuntaria. Yo imaginaba caballos persiguiendo un tren y mi doble imaginaba un tren encimando unos caballos. Hasta que no fui adolescente, no revelé a nadie que tenía una compañía imaginaria. Fue un novio que me eché en una fiesta de fin de curso. En cuanto, en los lentos, me asía del talle, le susurraba al oído que a mi amiga imaginaria le incomodaban esas libertades, pero que a mí no. 

Sigue en Barra Libre.

9.9.14

El frío / Redux




A M., que me contó una de estas historias en un bar de San Fernando hace más de veinticinco años


En la literatura rusa de los trenes que descarrilan en el invierno y las penurias de los escritores jóvenes a los que hieren el amor y los naipes es en donde hace frío de verdad. En todos esos cuentos del proletariado andrajoso que exhiben, ufanos, heroínas de cintura de avispa y mohín en la boca. Uno coge al azar uno de esos libros maravillosos, tachonados de las ricas peripecias que sufre el alma, y se le hielan las manos. Con solo leer el título, se aprecia el frío escalando la espalda como una lagartija salvaje. Hay libros que están construidos bajo la mirada del frío. El autor está aterido, el aire está rizado de frío, el mismo pensamiento adquiere la carnalidad precisa y tirita. Hay noches de invierno en las que saco un pie de la cama y lo muevo arriba y abajo. Dejo que el aire lo invada y lo retuerza y después lo meto dentro, al cobijo de las mantas, protegido por el calor primordial. A poco que se ha recuperado, lo vuelvo a sacar. Ando así algunas noches de invierno, ya digo. Por la mañana, al andar, percibo que el pie que he hecho sufrir de noche, poniéndole a la intemperie gélida del aire de mi habitación de pobre estricto, está más alegre, anda con más garbo, se queja a su manera de que el otro, el protegido, no le siga, exhiba esa pereza de pie rico, convidado de afectos, hecho a que la sangre lo recorra con entusiasmo mientras yo sueño con una vida más cálida. Son solo sueños, me digo al despertar. El frío es el que me conmueve de verdad. 

Igual que los ríos van a parar a la mar que es el morir, el frío carece de trayectoria, el frío prescinde del volumen. El frío es un invento de los poetas románticos o un capricho de algún dios juguetón y rudimentario, confinado a su retiro maximalista, impartiendo su cátedra homicida, su cuchillo de palabra. El frío es un vértigo en la sangre. El frío es el que hace que el mundo gire. No es el amor, como quería Dante a decir en la boca de su Beatriz. Ni el jazz de Grant Green que ahora suena en mis jbl pequeñitos de sobremesa. Hay cosas que solo se perciben si se han vivido con verdadera rudeza. Si alguien no ha sentido el frío, el frío severo, no comprenderá que el mundo entero sea una extensión fiable del frío. El calor es justamente la ausencia de frío, pero no es nada en particular, nada tangible, nada que pueda medirse. Me da igual que haya termómetros o que las piras funerarias sacrifiquen bárbaramente a los ingenuos y a los rebeldes. El frío es la medida de todas las cosas. El frío es un vértigo de la sangre. 


El frío sucede siempre en el interior. Existe porque desciendo a mi adentro y me encuentro solo. El frío es una república de lobos. Mi palabra es una bandera sin público. Me explica el frío a cada palabra que callo. Escucho el frío abriéndose paso en la carne, comiéndose sílabas de las palabras que pronuncio, malogrando el amor promiscuo, haciendo que el amor verdadero estalle en el interior, incurriendo en deslices que no le son propios, invariablemente haciendo que todos los que lo sienten piensen en él y no puedan pensar en ningún otro asunto. 


Cae la tarde sobre Lucena y pienso en Napoleón invadiendo la estepa rusa. Sumergí mi corazón en una solución poética y vi escorpiones de luz abrirse paso a través de la sangre. Es la hora más extraña del día. Cae la tarde con el pasmo de los hipopótamos cuando se sienten solos en el mundo y buscan la sombra para soñar una eternidad de barro lúcido y de sol como espuma. El frío hace que me sienta hospitalario con mi rareza. Soy un criatura del frío. Me acomodo en su lengua de fiebre y busco en la memoria las palabras que me consuelen. Al final todo es un discurso sobre las posibilidades de superar el frío. Napoléon entra en Lucena a media tarde. Plaza Nueva. El Coso. Antonio Eulate. Se pare en el semáforo. Mira a un lado. A otro. Napoléon no quiere que nadie le reconozca. Entra en una iglesia que tiene justo enfrente y se arrodilla delante de una imagen muy hermosa. No la reconoce. Ni siquiera la mira con atención. Le basta el rezo. Yo te pido, oh Dios mío, que me saques el frío de adentro. Que se quede allá en la estepa. Que me abandone. Que lo venza mi voluntad y tu gracia. 


Siento ásperas las manos y un arpón me ocupa el pecho. Tengo fiebre y me duele el frío que ahora mismo está galopando el mundo.


Es posible que Dios, allá en su unidad indivisible y enciclopédica, hiciera el frío en un mal día. No hay razón que lo explique. No tenemos quien venga y nos lo razone con palabras justas y con argumentos serenos. El frío es una de esas cosas que Dios pudo habernos ahorrado. En lugar del frío, Dios pudo haber pensando en estaciones eternamente disfrutables, en el edén en el que algunos sitúan el idilio del hombre consigo mismo y con sus mitos. Pero Dios no ha estado al raso porque en su naturaleza no existe la conmoción molecular ni la sed yendo y viniendo por la boca. De Dios sabemos estas cosas y hay más de lo que sabemos absolutamente nada. El frío fue un mal día, un accidente en su bosquejo del mundo, un sincero atropello al confort de sus criaturas en la bendita tierra. Salgamos hoy a la calle, miremos al infinito azul del cielo y hablemos a Dios con desparpajo: teniendo tanto tiempo, cómo pudiste hacer las cosas tan rápido. Pero es bueno saber que no habrá respuesta. Y es mejor que no la haya. Se empozoña la fe si se observa en detalle su condición de magia. Dios, en su infinita gracia, quiso que el frío ganase todas las batallas. Incluso la del fuego. No hay mejor arma que la del frío. La literatura entera, incluso la más ardorosa, empieza desde una idea primaria del frío, y luego crece, se embravece, se encabrita, exhibe su pomposa hombría de alambre muy duro y canta en el aire percutido de la noche. 


Velar porque el frío persista. Saber del frío y de la música con la que contribuye al orden del cosmos. El cielo se desploma con dulzura de parto. El lobo no sabe que es lobo. La luna que es luna. Pero el frío se obstina en ser frío y se reproduce con impredecible fiereza por las avenidas de la noche. Se gusta en su papel estelar de dios invisible. Los diioses subalternos como la lluvia o el frío penetrando el hueso del hombre. Invadiendo la parte dura del hombre blando que sigue en pie, asombrado, feligrés de su ignorancia. 


El frío es Marcelo atravesando a zancadas la banda izquierda de un estadio ruso en un miércoles de champions league de hace un par de años. Mi hijo, embutido en su batín de casa, arrebujadito en el sillón de orejas, comido de padre y de brasero, me lo dijo sin titubeos: cómo pueden corrar sin que se les paren las piernas. Ahora pienso en Marcelo por la hierba invisible rusa. Todos los campos de fútbol de la rusia imaginaria poseen un marcelo que la galopa, salvando obstáculos rusos, acercándose a la meta del glorioso lev yashin, aquella araña negra, calculadora, fría. 

Adoro el frío victoriano. Su planta alta de anaqueles invadidos de tragedias griegas y de retórica frívola. Su fuego degollando el aire. Su whisky de malta historiado en la mano izquierda mientras la derecha acaricia el pelo dócil de un golden retriever. Afuera la vida es un enigma insoportable y yo desmadejo alejandrinos mientras la filarmónica de berlin ataca el cuarto movimiento de la sinfonía número cinco en do sostenido de Gustav Mahler. 


Pienso en la debilidad de la lírica y la urgencia del frío. En cómo la luz se acomoda en el aire y lo vicia. En el ejército invisible. En la explosión interior que jamás vemos. En todo lo que se abre paso y nunca sabemos. En mi pie izquierda asomándose al aire pobre de mi habitación. En el texto surcando el limbo binario de la noche. En todos los segundos hijos del mundo, precisamente ellos, cruzando el Peloponeso en una gélida noche de enero. 


Mándame un sueño. Uno que prescinda del frío de otros. Que sea un ladrón y me libere del miedo.

8.9.14

Una conversación con K.

K. me preguntó anoche si hoy escribiría sobre la vuelta a las clases, si escribiría sobre el final del verano o si no escribiría nada. No escribir nada es una forma de escribir también, le contesté. Uno escribe un texto vacío que es como eliminar todos los textos inútiles, los que no te satisfacen, y dejar uno que, al final, también merece la censura. Habrá por ahí un cuadernoen el que cada escritor va escribiendo (o no escribiendo) sus mejores textos. Son los buenos de verdad porque han sufrido la criba más minuciosa. Un texto sin texto no es un texto, una palabra que no se dice no llega a la categoría de palabra, un beso que no es tal beso, me dice K., intrigado por la inclinación fantástica de mi respuesta. Es una especie de texto alternativo que no ha acabado de imponerse a la realidad y espera (o no espera) que se le dé un rango más cabal, de más asiento en el mundo de lo físico. Todos los lectores, a su modo, tienen en la cabeza textos invisibles, textos que no existen, textos que ningún escritor hizo para ellos, pero que se reproducen en su cabeza. Quizá todos los escritores son lectores de ese tipo. Uno va escribiendo (como yo ahora), pero solo va registrando las palabras que escucha en su interior, el texto que zumba en su cabeza. Todos la literatura es un heroico acto de transcripción, K. Los escritores, más que escritores, somos escribas, amanuenses, abnegadas máquinas que vuelcan palabras, puntos, comas, frases, puntos y aparte. Entonces, me revela K., como si fuese una epifanía asombrosa, la realidad que vivimos no es tal tampoco. Quizá estamos en una realidad que está imaginando otro y a lo único a que podemos aspirar es a comprenderlo, pero no es posible escabullirse, salirse de esa trama, solicitar que se nos extraiga y se nos incorpore a la realidad verdadera, si es que hay alguna realidad que tenga más veracidad que las otras. Es que no sabemos nada, Emilio, me dice. No tenemos certezas perdurables: tenemos cierta conciencia, comprendemos ciertas cosas, pero en el fondo todo es frágil, de una fragilidad muy orgánica, eso sí, muy tangible y a veces incluso muy científica, pero todo es una figuración. La religión es un trasunto de la literatura. Pensar en Dios es también pensar en un autor omnisciente, en un escritor absoluto, uno que no escatima personajes y entrelaza tramas y cierra, sin que lo ordene la razón, cualquier ramificación de la historia, sin importarle a quien afecta. La muerte es la coartada, podríamos decir, Emilio. Con lo que hoy no escribiré sobre la vuelta a las clases - en general ha sido una mañana intensa, caótica, preñada de vértigos y de emboscadas burocráticas- ni sobre el final del verano - que está siendo de un fresco anormal- sino que haré un no-texto, que es en el fondo lo que estoy aquí dejando. Ahora, si me perdonan, dejo la plantilla de blogger, publico lo escrito y me voy a la mesa del almuerzo. Creo que hoy toca carrillada como plato principal. Me sirvo una cruzcampo para ir abriendo boca. 

6.9.14

En un baile de perros


Hay algo de halago en el hecho de que no le caigas bien a alguien. Lo hablé precisamente anoche. Siempre hay por ahí alguien que no te traga, al que no gustas,  que prefiere no saber de ti o al que incluso le encantaría saber que te va mal, que la desgracia se te ha echado encima y andas triste por la calle, sin que te asista la alegría de antaño, en fin. Es un halago que no todo el mundo tenga de ti una opinión favorable. De tenerla, fallaría algo, como deja caer mi amigo Joselu, que es un librepensador, un señor que le da muchas vueltas a la cabeza y va registrando todo lo que buenamente va saliendo de esas cogitaciones. La idea de que gustes, no ya de que tengas amigos o que alguien te ame de verdad, digo el hecho de que los demás reparen en ti y aprecien lo que haces o lo que dices siempre me ha parecido enormemente atractiva. He conocido gente con un encanto fabuloso, que han conquistado el lugar en el que estaban, haciendo que todo girase alrededor suya, representando una especie de función muy natural de teatro en la que los otros eran espectadores y, en ocasiones, participantes de la trama. Alguno de ellos, al que considero un hermano, posee la facultad de caer extraordinariamente bien o de, si se lo propone, no caer bien en absoluto. Admiro ese milagro de los afectos inmediatos que yo, en lo que entiendo, practico a veces y que no siempre resulta oportuno. Mi abuela lo decía de otro modo: hay que ver cómo te gusta llamar la atención. Uno se ve desde fuera como si yo no fuese de su propiedad. Se contempla al modo en que contempla a los que lo rodean.  Lo cantaba Auserón en la mejor Radio Futura: Deja ya de intentar caer bien a todo aquel que se ponga delante, pues quizá todo el mundo a la vez va a cambiar de opinión contra ti. Lo digo de memoria. Puede faltar algo. 

Paganos, en el fondo




No me incumbe. Lo primero que he pensado al ver la fotografía del obispo Cañizares es que no es algo que me afecte, nada que conduzca o deje de conducir mi vida. Después he caído en la cuenta de que es posible que sí sea de mi incumbencia. Lo es porque uno está en el mundo y nada que sucede dentro suya me es ajeno, como dijo Donne, el poeta inglés del doblar de las campanas.  Luego está la fascinación, un poco perversa, lo admito, que ejerce sobre mí la pompa de la curia, toda esa dolorosa estética con la que se adornan las iglesias y los libros de salmos. No hay forma de no sentirse nombrado cuando los teólogos cuentan el principio del mundo y razonan, a su poética manera, el inevitable giro escatológico al que está abocado en estos convulsos días. Siempre que escucho hablar de Dios y de sus nubes, del paraíso y del pecado, presto la mayor de las atenciones. Reconozco que es una atención neutra, de poco o nulo afecto sentimental por lo escuchado, pero soberbia en cuanto a riqueza intelectual, magnífica para ser usada en una terraza de verano, con los amigos, bien convidado de licores. En eso, me siento afortunado. Poseo tres o cuatro amigos con los que no comparto nada sacramental, pero nos profesamos el respeto suficiente para ir y venir por la mística y salir y entrar por los templos y por las tabernas. Soy un pagano bendecido por la fe al modo en que he visto creyentes pecaminosamente heridos por lo pagano. Al final todos andamos en la misma cuerda, paseamos los mismos jardínes y terminamos hundiendo los pies en el mismo maravilloso (a veces) barro. Pero aquí, en Cañizares convertido en un rey francés del siglo XVII, no hay barro y, de haberlo, no es ninguno del pueblo llano. No hay nada llano en el posado del obispo. Hay altivez, hay opulencia. Está ahí, el obispo rico, rodeado de sus lacayos más cercanos, mirando al mundo desde un lugar al que no es posible acceder. Como si la ventana desde la que observase no fuera de este mundo. En realidad no lo es. La fe, para ejercerse con hondura, requiere una extraterrenidad. Uno podría creer en algún Dios que hubiese creado el mundo y anduviese por ahí arriba, desatento al rumbo que va tomando, pero no es fácil entrar por este aro, penetrar en la religión que nos vende Cañizares en este final de verano. Si hay otra, que es cosa de escuchar a los que la profesan, quizá no esté bien que esté representada por esta poderosa imagen. Porque es poder lo que transmite. El poder que siempre rondó a los poderes eclesiásticos, de los que se valieron para que la cristiandad haya sobrevivido a dos milenios de guerras. 

La fe no tiene nada de siniestro o tiene la misma cantidad que la vida, pero la ceremonia de la fe, lo que se construye alrededor suya, hace pensar que lo siniestro anda por ahí debajo, pugnando por liberarse. La culpa no es del ojo que mira sino de lo que el ojo observa, Sea uno feligrés militante, creyente escaso o descreído total, acaba comprendiendo cuáles son los males que afectan a la Iglesia y encuentra el lugar exacto en donde se alojan. Y no es que a uno le duela que estos personajes se invistan de oropeles, saquen los terciopelos, los bordados y presuman de la pompa de antaño. No me incumbe, no me afecta, no es de las cosas que me roban el sueño. Solo me siento y escribo. Dejo aquí la constatación de que son gente lista éstos de los ropajes caros. No pueden dejar de serlo. Viven entre libros, se cultivan a diario en el reposo limpio de sus seminarios. La otra iglesia, la que milita en las calles y sale a los refugios de los parias del mundo y los adecenta y les asiste en afectos y en víveres no es la que uno percibe en la fotografía de marras. No es posible que lo sea. Esa otra iglesia, de la que sé por gente que la vive, a la que se le debe agradecimiento, no debe tener nada que ver con esta otra. Pero insisto en que soy un ignorante, un descreído que mira las cosas y les busca siempre un sentido o una falta de sentido. Hoy ha tocado lo segundo. Con los de las sotanas suele pasar precisamente eso. Si hay un cielo que ande esperándome, no creo que este arrebato mío de sábado, y tantos otros de antes y otros del futuro que no ha llegado, me arrebate mi lugar, mi derecha del Padre, mi espléndido paraíso en la eternidad. Mientras tanto, qué excéntricos, qué poco asequibles, qué listos son todos. Qué ingenuo uno.

5.9.14

El cerdo feliz


No sé qué se necesita para ser feliz. Ni siquiera poseo una idea leve, transportable, de fácil asiento en la cabeza. Todo lo que uno puede saber sobre la felicidad no suele servir para que otros la disfruten. La que yo siento escuchando Kind of blue, el antológico disco de Miles Davis, nunca lo he visto en el rostro de quienes han compartido conmigo la experiencia de meter el cedé en la bandeja y darle al play del reproductor, pero tampoco quiere eso decir mucho. De hecho hablo sin saber, que es muy mío, apenas consciente de que los demás, a su secreto modo, viven la felicidad con la intensidad que yo a veces no percibo en ellos. Anoche vi a un hombre, en la esquina de mi calle, contemplar las evoluciones de un gato. Juro que le prestaba una atención máxima. Era un espectáculo el hombre de la esquina, un hombre mayor que suelo ver merodeando el bar que principia mi calle. El gato no tenía importancia alguna. Podía haber sido el vuelo de una golondrina o un muchacho dándole patadas a un balón. Hay quien siente el placer y no lo manifiesta, una especie de placer privado y compartimentado,  inaudible casi, como si lo reprimiese y, contenido adentro, lo disfrutara con mayor firmeza. Lo que me fascina de esta fotografía, cuyo autor desconozco, es la felicidad que transpira, toda esa rudimentaria evidencia de que podemos convivir en este mundo sin tener que hacer lo que hacen los otros, sin acabar ejecutando ceremonias ajenas, simplemente dejándose llevar por algún volunto inargumentable, imposible de vestir con palabras. No sabemos qué piensa el cerdo. Ojalá pudiéramos. De verdad que aprenderíamos algo. Ahora me retiro a mis cuarteles del sueño. Juro ahora que el día ha sido de una intensidad maravillosa y a veces insoportable. Los días, en ocasiones, nos abrazan tan animadamente que acaban por molirnos. Ahora mismo estoy un poco molido. Escribir sirve para conciliar el sueño. Cierro. Buenas noches. Voy a ver por ahí si España le ha ganado a Francia. Me da que no habrá levantado cabeza. Son malos tiempos para sacar banderas a los balcones. 

2.9.14

Stibert 708



Hay partes de uno mismo que no están disponibles. De hecho, no lo están para nadie; ni siquiera para quien las posee, para el que las tiene a recaudo, en alguna inconcebible balda de la memoria, una oculta en exceso, a la que no se accede a posta. Solo podemos llegar si algo espolea el recuerdo, si una chispa prende el conducto que comunica la realidad, el hoy contundente, con el pasado, que es una especie de ayer evanescente. En mi casa, en los setenta, teníamos este modelo de tocadiscos: un Stibert 708. Creo que era el aparato favorito de la familia después de la televisión. Todos aceptamos que es muy difícil desbancar a la televisión como el centro absoluto de todas las actividades domésticas. El Stibert reproducía básicamente copla. Concha Piquer, Imperio Argentina, Marifé de Triana, Manolo Escobar o Carmen Sevilla, la música que escuchaban mis padres, gastaban la aguja de zafiro del Stibert. Recuerdo algo de zarzuela, boleros o hasta alguna cosa orquestal tipo Ray Conniff. No creo que yo llegase a apreciarlo como ahora lo hago, pero aprendí a poner los discos y a quitarlos, a sacarlos de su funda y a retornarlos a su casa limpia y accesible. A poco de que yo empezara a amar los discos, los vinilos rutilantes, las portadas esplendorosas, toda la documentación limpia que se tutelaba en su interior, comencé a mirar de otro modo el Stibert. Pensaba (razono ahora) que no era importante que su sonido no fuese idílico y yo, entonces, no era el exigente audiófilo que ahora soy. En cierto modo importaba la restitución de la música, con independencia de que sonase de manera brillante (no era así, por supuesto) o lamentable. Y Miles Davis, un disco comprado en el bendito mercado de discos de segunda mano de La Corredera, en Córdoba, me abrió un mundo en el que sigo viviendo. Los tocadiscos han cambiado y, con el tiempo, incluso desaparecieron, desgraciadamente. Todo se conduce ahora por otras vías, todo se deja querer por cachivaches muy modernos, que te permiten escuchar lo que te apetece allá donde te apetece, sin que intermedie un objeto físico que contenga las pistas. Todo está en la nube o en archivos rociados por un disco duro. Y sí, ahora todo suena increíblemente bien, pero hemos perdido mucho. El ahínco o la obstinación incluso con la que he ido montando mi equipo en casa (Marantz, Bowers and Wilkins, Harman Kardon. Infinity) no le resta valor al pasado, que fue una evidencia necesaria de lo que estaba por venir. No sé qué disco de Davis sonaba a ratos en el Stibert. No era entonces el jazz el género al que dispenso hoy tantas atenciones y el que me procura tanto placer, pero empecé a sospechar que la trompeta ensordinada de aquel hombre negro de la portada de mirada muy hosca podía transportarme a un lugar distinto. Ahí ando. Varios miles de cedés después, habiendo probado tres o cuatro equipos distintos (Sony, Kenwood, Onkyo...) hasta hacerme con el defintivo, ahí ando. Mi padre tiene la culpa de todo esto. 

1.9.14

En un reino junto al mar




It was many and many a year ago,
   In a kingdom by the sea

E.A.P.

No tiene importancia ninguna. De hecho no se la encontrado conforme he ido pensando en las razones que hay para que uno se despierte pensando en tal o cual cosa, en la Annabel Lee de Poe, en la cara retorcida de Rouco Varela o en un tren que va hacia el norte. Igual todo depende del sueño que acabas de tener. Los sueños son los que te ponen los pies en el sueño, una vez despiertas. Mejor haber soñado con Poe que en el mitrado episcopal. Los trenes me siguen pareciendo fascinantes. No hay nada como los trenes para pensar en una historia o para invertársela. Los sueños, a su modo, son trenes que no salen de ningún lugar y no terminan tampoco en ninguno. Esta noche volveré a perderme en los sueños. En ocasiones, cuando principia el día, pienso en qué vi, con quién compartí el delirio. Suelo viajar solo. En esas excursiones, prefiere uno no llevar compañía. Estaría bien poder elegir, de antemano, quién será el que nos lleve la mano o a quién llevar nosotros. Buenas noches. Mañana empieza el trabajo. O quizá nunca ha dejado de empezar a diario.