31.8.14

Serán los libros

Cree uno saber registrarlo todo, contener los datos, apresar la intensidad de los días con la firme idea de regresar después, por el motivo que sea, al lugar en donde fue feliz o en donde le sobrevino la tristeza, pero se escapan las cosas, no se dejan registrar, no quieren que se las aprese ni, por supuesto, que nos adueñemos de ellas y las usemos después a capricho. La realidad es así de puta, me dijo K. No basta con desear algo; hace falta esperar que la providencia o el azar o la suma de todas las providencias o de todos los azares sea amable y nos permita esa extracción doméstica, ese entrar en la memoria y recuperar lo que, en esencia, nos pertenece. No se puede, no hay manera, no es posible toda esa libertad de movimientos. Ayer mismo pretendí volver a los diecisiete después de vivir treinta más y no pude o pude apenas, por ser más preciso. Lo que vi no me pertenecía. Eran fragmentos de una vida más mía que de otras, pero no mía enteramente. No sé a quién, al final, pertenece la vida que vamos dejando atrás en todos esos calendarios inservibles. Si perdimos el infinito pasado, no nos va a importar perder el infinito futuro. Lo dejó escrito Borges, que era un metafísico de más hondura, aunque luego (imagino) se comería la cabeza en soledad y contaría la historia a su manera. Por eso, tal vez, inventó a Funés, que era un tipo capaz de recordarlo absolutamente todo, sin fractura, sin que en el acceso se perdiese una pequeña certeza, como si volviese a vivirlo de un modo íntegro. La memoria de Funés es del tamaño del universo. Esas cosas, tan gratas al maestro, no son nunca exageradas. Ya saben. Hagan un mapa que se corresponda con la realidad que cartografía, una especie de réplica absolutamente fidedigna. El problema reside en la incapacidad que poseemos de confiar en la memoria. Lo recordado se noveliza, se impregna de ficción al modo en que lo fabulado, si se cree de veras, adapta el rango de realidad. La verdad y la mentira se entrelazan, cohabitan, se cruzan, copulan. Ahora mismo no sé si los recuerdos que poseo de una calle de Priego de Córdoba, en la que viví acontecimientos trascendentes, del tipo yo esto no lo olvido nunca, son como los traigo ahora. Me pregunto si no habré alterado algo en la extracción. Como aquel principio de incertidumbre, el de Heisenberg. Existe esa indeterminación, el no ubicar con certeza los acontecimientos o, en cierta manera, el ubicarlo a beneficio del ubicador, para que todo se adapta como un guante a la historia que ocupa el presente. Porque es el presente el que manda. No hay pasado, no hay futuro. Es este ahora irrenunciable, tangible, confiscado al futuro, el que mueve la trama. He vivido lugares en donde nunca he estado y no he vivido en absoluto algunos en los que estuve. Serán los libros. 

27.8.14

El abrazo



Habrá quien se encomiende a la providencia para que alivie el mal que sufre. No entiendo que quien no se encomienda tenga algo que rebatir o que amonestar a quien lo hace. Nadie debería sancionar al que entra en una iglesia o nadie que entre lo hace al que no entra nunca. La ceremonia de la fe se acomete privadamente, aunque existan escenarios en los que se mancomuna la intimidad, por decirlo de alguna manera, en donde uno ve la ceremonia de los otros y así corrige la suya, caso de que no se ajuste a lo espera, o sencillamente disfruta con la visión de sus semejantes, postrados, elevando los salmos, pronunciando los rezos, pidiendo a las alturas la ciencia que allane el gobierno de las cosas o que interceda por la salvación de sus almas. Lo que no satisface el sentido común es que los administradores del Estado, los que de verdad hacen que las cosas funcionen o no, se encomienden a los santos y les soliciten su intervención. Falta ver a Mas entrar en capilla e hincar la rodilla frente al altar para que los patronos medien en la cuestión soberanista. Igual en las insobornables techumbres de la divinidad andan de animada cháchara por ver a quién benefician, si la Vírgen del pueblo de arriba concederá un gol con más determinación que la Vírgen del pueblo de abajo, que quizá no se empleó con ardor y quedó retrasada en los favores. Igual se ponen de acuerdo para que en un próximo partido las tornas cambien y gane quien no lo consiguió antes. Lo cual no obsta (creo que es la primera vez que tiro de eso de obsta en este blog) para que en la estricta intimidad cada cual se encomiende a quien desee, pronuncie los rezos que estime más adecuados y solicite los favores que le plazcan. En lo público, en las imágenes y en los discursos que se ofrecen a la comunidad no deberían producirse gestos huecos, en absoluto convincentes, que lastiman la credibilidad política de quienes lo hacen y retrasan no sé cuántos decenios (siglos iba a escribir) la sociedad en donde se producen. Si solo es un aliño mediático, una función teatral que contente a unos pocos y distraigan al resto, me parece una bien urdida. Nunca se espera que agosto alimente un periódico y este agosto a punto de morirse ha sido fértil y no ha habido día en que haya flaqueado el interés informativo. Igual ese es el primer paso para que España arranque ya del todo y deje atrás lo que la lastra. Uno de esos pesos infames es la inutilidad de agosto para casi todo. El país cae en un estado de pereza consentida. Se echa el candado al mundo, pero las puertas de las catedrales siguen abiertas. Y las cámaras registrando el abrazo al apóstolo. Vamos bien. Podemos ir peor. 

24.8.14

Blondas de verano II

La batalla que libramos con el propio cuerpo la ganamos y la perdemos a diario. En ganar y en perder se nos va la vida, pero en cierto modo vivir es irse uno yendo, escapando, fugando, adquiriendo poco a poco la conciencia de la duración de todo ese trasiego. Por eso no es nunca una ganancia o una pérdida, sino un estado canjeable por otro, una sensación modificada por otra, un equilibrio que se deshace y que regresa, una especie de sofisticado partido de tenis en el que no hay un ganador o un perdedor ya que lo único que realmente importa es la evolución de la bola por la tierra, el vuelo que ejecuta y las formas en las que el azar o el talento o la experiencia las va haciendo caer. En torno a uno, conforme avanza, la realidad se obstina en contradecirnos o en mimarnos, en hacer que fracasemos o triunfemos, flaqueemos o nos reforcemos, sin que ninguna de esas dimensiones del juego dependen enteramente de nuestra decisión, de la voluntad firme con la que abordamos la partida. Pero el cuerpo se obceca en malograr todo esfuerzo por gobernarlo. Accede a ejecutar los movimientos que le solicitamos, y movemos las piernas, abrimos la boca y hablamos, bailamos incluso cuando la música nos traspasa, pero hay asuntos en los que no consiente la injerencia ajena, no admite que hay un dueño, obra por libre, medra en su absurdo deseo de irse degradando, aunque nos haga creer que tenemos alguna propiedad en la empresa, de que en el fondo somos nosotros los que guiamos la nave. Y anoche, en mitad de una conversación sobre alpinismo, nutrición y vicios sostenibles, pensé en que quizá lo que trasciende de esta batalla no es que se persiga un vencedor: lo hermoso es la ceremonia en la que se prepara los bártulos de guerra, el modo en que disponemos en el mapa los ejércitos, toda esa estrategia espléndida de los preliminares.

Es cierto que una vez que empieza el fútbol en televisión es cuando muere el verano. Parece que la rutina de los goles clausura la temporada estival. No hay mucha poesía en el ocaso lento del calor, en la comprensión de que entra otra estación y de que nos traerá placeres antiguos, que a veces, en la calina horrorosa de agosto, echamos en falta. Decía Spinoza que basta ser bueno para ser feliz. A la pasión de la felicidad no hay que ponerle trabas intelectuales, no hay que buscarle tres pies al gato de la alegría. Lo que trae el otoño, a pesar de que todavía falten algunas semanas para que prorrumpa como suele, es un recogimiento que, en ocasiones, conviene a ciertos oficios y se desaconseja para otros. Con el frío, con el afecto hacia los ambientes cálidos, yo siempre he leído más y he leído mejor. Fuera de la lectura, a la que no renuncio aunque tiemble el sol en los tejados, aprecio que también escuche mejor la música o veo con más ardor el cine que programo en casa. Celebraré la mudanza en los armarios, la manga larga y el abrigo recio. Una de las ventajas de los abrigos es que puedes meter muchas cosas en sus bolsillos. Cabe incluso algún libro de Spinoza, uno de esos breviarios que condensan en cien aforismos toda la enseñanza del gran filósofo racionalistas. El otoño es racionalista. Es cierto. En grado extremo.

Estamos de centenario de Julio Cortázar y, en parte, coincido con lo que hoy subraya Andrés Neuman hoy en El País. Dice que el argentino es un escritor de adolescentes. No en el sentido de que lo que escriba haga florecer las hormonas previsibles y produzca que el amor platónico y el venereo arrollen el alma y el cuerpo. Cortázar es un descubrimiento que se hace en la adolescencia. Y esas cosas, la mayoría de las que nacen en ese periodo fabuloso, no salen. Yo leí Rayuela poco después de matar al adolescente. Lo hice sin brusquedad, sin esmero incluso. Dejé al joven y decidí ahondar en cosas que veía en los otros, en los compañeros de cursos superiores, cuando llegaban a la barra del bar y dejaban encima de la barra libros de Yourcenar, de Borges o de Nabokov. Mi Rayuela nació en el bar de la Escuela de Magisterio en una tarde en que decidí faltar a Pedagogía. La rabona ilustrada, podríamos decir. Había tardes hermosas de invierno en que el café hacía que las palabras entrasen mejor. Creo que no va a ser posible leer Rayuela nunca más. Ni siquiera a Yourcenar, de la que solo conozco las famosas memorias de Adriano. A Cortázar he vuelto con mucha frecuencia, pero no me he aventurado a ensimismar el mundo en la Maga, en buscar el spleen de París después de Baudelaire.

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18.8.14

Blondas de verano



Un día entero en casa, no hace mucho, confinado a posta, sintiendo el pulso mecánico de las horas, sirve para entusiasmarse con la idea de echar un día entero en la calle. El verano, de cuando en cuando, convida a la pereza absoluta, la que no tiene ni interés en pensar en sí misma. Así el día se engalana de libros, de oficios domésticos irrelevantes, de pensamientos muy livianos que no alcanzan nunca la superficie trágica de la realidad, que está afuera, a la espera de que la abordemos. Pero en cuanto acude la noche, como lo está haciendo justo ahora, se desembaraza uno de ese confort invisible e inútil y prepara con arrobo la cena, piensa en qué película va a haber en el salón, desecha unas, se inclina a otras o, sencillamente, se deja llevar por algo inesperado, por un deseo sencillo, sin que tenga que ser la mejor película del mundo ni tampoco colmarnos hasta que nos sature el placer. Pero se asilvestra la conciencia, se enturbia a veces dolorosamente si cae en entretenimientos zafios, en toda esa burda representación del ocio que programa Telecinco en cualquier horario, da igual que sea a media tarde o como anoche, de madrugada, al ver una cosa de juzgado de guardia, una especie de declaración violenta a la inteligencia. La belleza está siempre a mano. No hay que indagar demasiado. Está a poco que se la busca. No tiene que esconderse en las páginas de un libro, en el fragmento de una película o en un pasaje musical. Está en la naturaleza, en unos perros presentidos a lo lejos, como azuzados de luna, en el aire fresco de la calle, asomado a un balcón, contemplando el vacío absoluto, como si fuese un escenario abandonado, uno muy nítido, acostumbrado a que se le exija mucho.


Ver clásicos en blanco y negro que hace treinta años que no ves y comprobar que te siguen entusiasmando me hace pensar en que cambiamos poco o no cambiamos nada. Dudo que la revisión de Treinta y nueve escalones, la obra maestra del periodo inglés de Hitchcock, que cayó hace un par de noches, la viera el mismo Emilio Calvo de Mora que la disfrutó en un cine de arte y ensayo, que se llamaban entonces con pomposidad y elitismo. Fue otro el que la ha vuelto a ver ahora. No tiene nada que ver con aquél. Comparten cosas que se van fragmentando, deteriorando e incluso acabando por desaparecer. Nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Fue Heráclito o uno de su época, no sé, el que dejó sentenciado que el río cambia y el que penetra en sus aguas también. Del yo que fui en 1980 al de hoy solo se mantiene el afecto a algunas personas, el amor a otras, la querencia por ciertos vicios y la comprensión, certera a veces, de que uno debe estar a gusto consigo mismo para seguir trasegando día a día, buscando qué armonía amar, qué secreto cenit, qué dulce acomodo en el mundo. Y admito que disfruté como a quien, privado de sus golosinas, le dejan en una habitación a solas con un saco de ellas.


Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. No creo que me haya sentido solo en ninguno, a pesar de haberlos paseado, en ocasiones, sin la compañía de nadie. Son incluso esas caminatas, apenas pensadas, erráticas y placenteras, las que hacen que aprecies más lo que te circunda. Está el mar, a un lado. El mar es una especie de vida aplazada, de novela absoluta en la que se cuenta la historia del mundo. La ciudad, al otro. La ciudad es el reverso burocrático de las olas. La ciudad está construida de espaldas al mar, ajena a la trama antigua de su hondura y su vastedad. Ayer, mirando al mar, pensé en lo que no nos ha contado. El cielo es también el reverso de algo. Pero al cielo le hemos atribuido facultades espirituales que le han venido siempre grandes. Lo hemos poblado de dioses fundamentales y de dioses subalternos, de esperanzas y de fracasos. Hemos mirado arriba para entendernos, pero hemos mirado poco al mar. No del modo en que se extraen respuestas. Deben estar ahí. Podrían estar por ahí.


17.8.14

Fantasmas en la máquina





Al principio fue el verbo, pero luego vinieron los sistemas operativos. Nunca hay ninguno que te permite sentir que estás a salvo, ninguno fiable. Siempre hay una fractura en la arquitectura interna de la máquina, siempre hay un hueco por donde entran a saco los bárbaros. Añoro los días en que todo iba a gusto del amo, que soy yo. No creo que pida mucho. En todo caso, reclamo lo que me pertenece, la cuota feliz de felicidad binaria, pero llevo una semana de bronca con la madre que parió a windows ocho punto uno. El sistema está inestable. Como yo. Pero yo lo disimulo estupendamente. Hay días en que tengo el sistema operativo venido abajo y no lo manifiesto en absoluto. Hago mis cosas como suelo, paseo las calles de siempre, despacho los asuntos de todos los días y me acuesto, ya bien caída la noche, sin que haya existido aprecio de mi malestar, constancia de que he estado roto por algún sector de la placa base, que vendrá a ser el alma. Mi ordenador no tiene mis tablas, no sabe terciar, ignora cómo escabullir la tristeza y, en cuanto le atacan un flanco, se hunde estrepitosamente. No sé si es un débil o un cobarde. Me conformaría con un golpe de suerte, pero la informática es una ciencia que no considera el milagro en su criterio narrativo y desoye las invocaciones que le hago. Es un ateo mi sistema operativo. Más ateo que yo, que ya es decir. Le estoy perdiendo el respeto, me está cansando mucho, lo voy a mandar a la mierda en cuanto me encrespe un poco más. Preferiría yo cometido menos frívolo que el de andar casi a diario buscando en dónde anda el roto de mi equipo informático. De verdad que hay cosas en la vida de mucho más fuste emocional o moral que enredarse en la salud de una máquina, pero no hay día en que no mire la torre (una estilizada, bonita de verdad, alta y estrecha, un modelo de HP que me gustó mucho en el escaparate) y no me encomiende la empresa de buscarle un arreglo en las tripas. Como si yo supiese cómo curar, cómo si me hubiesen enseñado. Se está mejor leyendo en un sillón de orejas, en uno confortable, cerca de una ventana desde la que se vea un paisaje o una avenida concurrida, en donde circule la vida y uno pueda contemplarla en los altos que hace en la lectura. Dentro de esta pantalla no hay una vida comparable a esa. No la hay, por mucho que a veces piense que es posible que exista. Lo único en lo que me satisface esta historia de unos y de ceros, de cables y de contraseñas, es la de poder escribir en mi página. Es cierto que eso me sigue gustando mucho. Saber que se me lee, entender que no escribe uno para uno mismo. Luego está el servicio que presta la máquina en un orden meramente administrativo. Tengo en sus archivos montones de cosas que adoro: discos de Thelonius Monk, películas de Douglas Sirk, libros de Javier Marías, fotos de cuando fuimos a Punta Umbría y nos pusimos ciegos de puntillitas. Hay una parte de mí emboscada ahí adentro, convencida de que la tecnología custodia mis vicios. No creo todavía que esa residencia tenga algo que malogra las otras residencias de las que dispongo para irme viviendo. El mundo sigue dibujando nubes y mi tendencia a rodearme de gente y charlarles y que me charlen no se ha malogrado, pero de verdad que estoy encorajinado (hace un siglo que no escribo ni digo encorajinado) por toda esta desgracia cibernética. Es un éxito que siga escribiendo y no se me haya venido abajo el sistema. Hace un siglo que no veía un sistema venirse abajo. Igual son hermosos los escombros. 

15.8.14

Todos mis muertos


Es posible que no tenga a mano un texto para cada muerto que yo querría vivo. El oficio de necrógrafo no está bien visto. No hay quien se ponga de acuerdo ni siquiera en la calidad del finado, si merece obituario o es el olvido el que conviene a su fuga de este mundo. Y está el espontáneo, que no suele estar invitado, encantado de glosar las venturas del difunto, esmerándose en hacer que brille una vez muerto lo que quizá no brilló en vida. No habrá quien le afee el esfuerzo. No, al menos, a la vista de los deudos. Para adentro queda la tertulia privada, la que se despacha sin pudor, sin censurar un punto lo reprobable. Luego están los muertos ajenos, aunque todos en cierto triste modo lo sean. El muerto universal. El gran muerto global. El que ocupa la portada de los diarios y los minutos esenciales de los informativos en televisión. Ese al que jamás viste, pero que sientes más cerca tuya que muchos finados con los que tomaste café en las terrazas o compartiste vecindario durante treinta años. Hay muertos fundamentales en las vidas que llevamos, muertos de una brillantez antológica, muertos útiles sin diferencia a la utilidad que tuvieron en vida. Al muerto Monk lo tuve anoche en mi ipod hasta que el sueño me venció. Monk es un muerto mío habitual. Si no indaga uno en las vidas de la gente de la cultura que ama no sabe nunca si viven o si ya están fuera de este mundo. Sería una iniciativa sana no saber, no desear saber, no hurgar en lo privado, no caer en el deseo de conocer, dejarse llevar por lo que el escritor dice, sentirse impregnado de luz después de que el músico toque o de que el actor deambule por la escena y cuente su historia. Pero siempre indagamos, siempre hurgamos. Nos conforta saber si Nabokov prefería el inglés al ruso o al francés para escribir, si Poe se ponía ciego de absenta antes de empezar un cuento o al final (porque ciego se ponía) o si Keith Richards de verdad se metió a su padre por la nariz. ¿Qué te importa el infinito futuro si perdiste el infinito pasado? Lo dejó escrito Borges, al que no dejo de acudir nunca. Mientras el mundo sigue enturbiándose, uno se aferra a ciertas personas. Las siente como si no fuese posible que no estén. Como si el mismo mundo acabara por pararse si desaparecen. Ahí metemos a los vivos y a los muertos. Yo echo en falta a gente que no está. La echo mucho.

12.8.14

Fiesta

Uno necesita a veces la sensación de estar muy cansado o de sentirse muy triste. En esa composición dramática, pensar en la sensación de no estar muy cansado o de no sentirse muy triste. Lo mejor para soportar las situaciones insoportables es pensar que no duran nunca mucho. De hecho, en cuanto uno aprecia que duran mucho, las hace suyas, las padece de un modo dulce incluso, sin que en modo alguno se precise eliminarlas, censurar el cansancio, abolir la tristeza, todas esas cosas. Somos de esa deliciosa nación que reside en el interior de cada uno, aunque después uno se afilie a la periferia, conecte con las tradiciones, con las banderas o con los santos del pueblo, que no deja de ser un forma de convivencia feliz con los demás. El hecho de la religión, su existencia en el mundo, alaba la teoría de que una sociedad sin tradiciones es una sociedad herida, que no avanza. Compartimos las salidas de las vírgenes de los templos y los triunfos de nuestro equipo favorito de fútbol: todo se enreda en esa maquinaria popular, inexcusablemente conciliadora, de la que no acaba (aunque lo desee a veces) de despojarse el ser humano del todo. Tienen la misma función, miradas en detalle, las representaciones sociales de las cosas que amamos. Ya sea el Cristo del barrio o los goles de Messi.

Se vive para estar cansado y para procurarse el descanso. En la resaca se aprecia nítidamente el valor de la ebriedad. Sabe quien ha bebido el valor de la mesura, su dulzura moral, la función lúdica de perderse un poco, sin abandonar el camino, sin renunciar a la bondad del regreso. Bebemos en sociedad, bebemos en las tabernas, que son los templos antiguos de los afectos entre los vecinos y los accidentales visitantes. También en la comida, en la celebración festiva de la gastronomía, se produce ese lazo de cohesión. El pueblo que come, bebe y reza en comunidad suele resistir con más entereza las acometidas del azar, la fiebre dolorosa de las tragedias. Por eso se visita la barra del bar a poco de salir del entierro de alguien. En Andalucía, al menos aquí, se festeja la intimidad del duelo con una copa de vino. Podemos elaborar una metafísica etílica de la muerte. Todo lo que digamos a ese respecto redunda en la vida, indefectiblemente. Uno necesita morirse (figuradamente) para apreciar estar vivo. Todo esto lo he pensado muchas veces y lo he contado algunas, entre amigos, en una barra de bar, apurando cervezas, fumando (cuando se podía, ahora dan cuartel las terrazas) y sintiendo la vida en cada sorbo y en cada calada. Cada uno elige cómo vestirse para la fiesta. 

10.8.14

En las montañas de la locura




Tengo seis discos duros. Los uso a diario, mantengo con ellos una relación que no tengo con casi ningún otro objeto de mi entorno salvo, quizá, el móvil. La idea de que se colapsen no me quita el sueño. Si me lo quitase, tendría que pensar muy seriamente en deshacerme de ellos de inmediato y renunciar a guardar en ellos el material habitual. De hecho es mi relación con ese material habitual de la que ahora estamos hablando. Este diálogo dominical que me ha salido viene al caso porque tengo encima de la mesa, al tiempo que escribo, esos discos. Llevo parte de la noche de ayer y toda la mañana de hoy saneando su barriga, borrando lo que no sirve, comprobando que lo registrado en su arquitectura de unos y de ceros vale la pena de verdad. Vivimos en un mundo donde importa más la capacidad de almacenar que lo almacenado. La caja le está ganando a los zapatos. No sé cuántos gigas de datos (música, películas, fotos, documentos) tendré. No voy a hacer un cálculo. No deseo asociar mis vicios a un número. Prefiero hacer lo de hoy: cotillear a fondo, descubrir cosas que ni sospechaba que anduvieran por ahí (un pdf magnífico sobre Borges, un disco que no recordaba de Stephane Grappelli, un concierto de Van Morrison en muy alta calidad sin referencia alguna) No es la cantinela antigua del tanto tienes, tanto vales. Lo que ahora se impone es el tamaño del receptorio. La idea de que mi vida esté en la nube no me parece malo en absoluto. No poseo nada que otros no puedan mirar sin que yo lo apruebe. El hecho de escribir constata esa voluntad mía de hacer las cosas para que los demás las miren. Los que escribimos lo hacemos para que nos lean. No hay otra forma de considerar ese argumento ancestral. Un disco duro compartido es una especie de escaparate en el que uno se muestra y da a entender qué le conmueve y qué no, de qué pie cojea (siempre hay uno que se malogra en los paseos que se van dando por la vida) y en qué altar nos postramos. Soy privado en los asuntos que no tienen nada que ver con lo que escribo. Uno va diciendo por aquí su criterio y su antojadiza métrica del corazón, pero lo importante, lo verdaderamente relevante, no está sujeto a que se registre en un disco duro o pueda ser vertido aquí, en este bendito editor de blogger. Ayer, tumbado en el césped de una piscina, a la sombra, leyendo a Lovecraft, pensé en lo irrelevante de poseer una biblioteca de dos mil volúmenes o una estantería con todas las baldas llenas de discos. Ya no poseemos cosas. Lo que anhelamos lo encontramos a poco que nos identificamos en una plataforma en la que podemos descargarlo. No entro en si lo buscado es de uso legítimo o es una copia bastarda. No, al menos, hoy. Lo verdaderamente trascendente es que solo necesité una conexión wifi para tener a mi alcance casi cualquier cosa de las que disfruto en casa, en la habitación en la que ahora escribo, rodeado de todos los cachivaches electrónicos (muchos) de los que, en cierto modo, dependo. Visto en detalle, es un asunto triste. Quizá estemos perdiendo algo en todo este confort que las nuevas tecnologías nos están regalando. Yo perdí ayer el placer absoluto de leer el mismo libro que compré en una librería de segunda mano de Córdoba, en la Plaza de la Corredera, hace treinta y pico años. En las montañas de la locura, el libro de Lovecraft en cuestión: en su edición de Alianza con la portada de Alberto Corazón, la clásica, la que los que leemos desde antiguo reconoceríamos sin titubear. 

9.8.14

Todo lo que está muy escuchado

Alarma que la palabra genocidio no indigne más de lo que hace. El riesgo de que haya palabras que no nos afecten puede hacer que las hagamos familiares y las escuchemos con la misma entereza moral o intelectual que otras de menor rango dramático. A las palabras se las maquilla en cuanto se dejan. En el peor de los casos, cuando se refieren a una realidad a la que no deseamos mirar, se las elimina directamente. Hay montones de palabras que andan por ahí, entre el olvido y la farándula, deseando que alguien las rescate y ponga a quienes las pronuncian a pensar en ellas. Una vez que una palabra se piensa de verdad, si la interiorizamos, no hay forma de pasar por ella sin que actuemos. Deberíamos escuchar la palabra genocida y sentir que el alma se fractura un poco o un mucho, según como te pille el cuerpo. Hay días de cuerpos blandos, que se enternecen por cualquier cosa y sienten las injusticias como si fuesen propias, y hay días de cuerpos recios, de una dureza absoluta, de los que no permiten que nada extraño les traspase. Por eso las palabras deberían quedarse dentro. Escuchas genocida y te hierve la sangre. Da igual que sea un día de cuerpo blando o duro. Da lo mismo que llueva en las aceras o el sol estalle en los tejados. A fuerza de escuchar algunas palabras terribles tantas veces, las estamos aceptando como normales. Todo lo que está lo suficientemente visto no asombra, dejó escrito Vicente Aleixandre. De pura cobardía, por cierto. No asombra porque si lo hiciese viviríamos indignados, blandos, tiernos, sensibles, solidarios, humanos. Supongo que esta una dialéctica estéril, un diálogo hueco. Las palabras, incluso las que uno escoge con más esmero, a veces no cumplen la función que se les encomienda. Es un verano cruel éste. 


6.8.14

Correr, leer, beber, amar

No haber hecho nunca deporte o, al menos, no practicarlo de modo voluntario, hace que al hacerlo ahora sienta que de algún modo he perdido el tiempo. No sé en qué lo habré ganado. Pienso en todos los ratos en que ignoraba el placer que procura, en la sensación de confort absoluto con uno mismo que te deja cuando te das una buena ducha y te empleas en las cosas que hacías antes cuando el deporte no existía. De hecho es posible que el deporte sea todavía una pequeña excusa para que la lectura del libro o la charla amena con los amigos en las terrazas del verano sean más placenteras. Leí hace tiempo que hace falta tener hambre y tener sed para comer y beber de verdad. Me falta la convicción de que hago deporte por el deporte en sí y no por lo que luego me regala. Y acepto que me regala muchas cosas. Ahora mismo, en este instante, este cansancio dulcísimo hace que escriba de otra manera: noto que las ideas fluyen de otra manera o que la misma escritura, el estilo que pueda tener, fluye también con más soltura. Chesterton no hizo deporte en su vida y escribió páginas memorables. Dudo que haga falta machacarse en un gimnasio (como suelo en este verano) para que después leas a Cortázar y aprecies cosas que antes ni viste. Lo curioso es que funcione de igual manera si alguien que esté hecho al deporte y no haya tenido el gusto de meterse en hondura con Chesterton o con Kafka o con Borges cae en la cuenta de que ha estado perdiendo enormemente el tiempo y, tras cada sesión en el gimnasio o después de darle la vuelta al pueblo quemando toxinas, se sienta en su butaca favorita (alguna tendrá) y conoce al Padre Brown, a Gregor Samsa o a Funés el Memorioso. Más: ¿cómo sería hacer deporte después de esa inmersión en las grandes palabras de la literatura? De momento sigo sudando como un pollo, sintiendo cómo el cuerpo (lo que me quede recuperable) se robustece. El verdadero placer consiste en trincar un tercio bien frío de cruzcampo y perderse en su bruma dichosa de lúpulo y de espuma. Todo en esta vida, si está bien hecho, es un puro acto de amor. 

5.8.14

escribir era esto también

todo lo que no se dice acaba por mordernos, las palabras que no pronunciamos nos persiguen, está el corazón pensando en retirarse, en contar la historia de la sangre, las batallas antiguas, el vértigo de las espadas, el baile de las sombras, pero la razón acaba siempre por imponer su criterio, en tardes como la de hoy, una hemorragia muy dulce vacía el cuerpo, desaloja primero la voz, luego penetra en el sueño y lo confunde, el sueño una vez que se confunde parece un río turbio al que se arroja la tristeza, le hace creer que es verdad lo que fabula, los sueños que no soñamos nos persiguen también, tengo sueños que me han acompañado siempre, los sueños de la infancia son los que más acuden, las noches en los parques, los juegos en la playa, todo lo que no inventamos acaba por matarnos, está la muerte oscuramente acechando, la oscuridad absoluta desde las extremidades hasta el verbo mismo, escondido río arriba, en el palacio de las ideas, en el temblor de las palabras, en el dulzor de los abrazos, anoche escribí un abrazo repartido en mil abrazos sin que nadie notase su aliento enfermo y su boca triste, lo escribí sin darme apenas cuenta del esfuerzo, escribir a veces cansa, enferma el alma, se enturbia también, me preguntaron si había previsto la luz, yo, que soy un dios rudimentario y caprichoso, había previsto la luz, había previsto los días, los milagros nunca se escriben, el milagro, si se escribe, se extravía, la palabra, si se explica, cae enferma, la vida es una enfermedad disimulada, yo he visto palabras enfermas en un fuego alto, he visto el óxido mismo, la costra infame, el dios que soy no sabe limpiarla, la costra crece, la costra eleva el vuelo, se ondula, se arquea, se pierde en un punto en la distancia y aparece más tarde en otro, turgente, plena, respirando con el pulmón de lo pleno el aire sublime de lo que yo voy diciendo, los dioses no sabemos contrariar a nuestras criaturas, nos inunda la pereza, la soledad hace estas cosas, estamos los dioses muy solos aquí arriba, allá abajo, en el corazón, en la fiebre, en el verbo, en el numen, en el saqueo de los puertos de ultramar, en las almenas de los castillos de todos los imperios, qué solos estamos, qué triste todo y qué largo, qué áspera la vida y cómo nos saquea

4.8.14

Casillas Demolition


Casillas es un grande de España. No sé cuánto tardarán en hacerle duque o en darle un pase a La Zarzuela para que intime más a fondo con el padre del rey, el que le abrazaba en los estadios. Quizá hubo en esos abrazos la transferencia de moléculas que produjo el prodigio del que ahora hablamos. Porque Casillas, aunque esté en horas bajas y haya venido un portero costarricense a quitarle la custodia de la portería, va a pasar a la Historia de España como pasó Manolo Escobar o Mendizábal, el de la desamortización. No hay mañana de este verano en que no me levante pensando qué portada traerá el As o el Marca. Ninguna en que no me tome la caña del mediodía sin traer a la conversación la demolición del mito blanco. Empezaron con Raúl y ahora están desmantelando a Iker. Es posible que el hombre no esté en su mejor momento. Acepto que el club está por encima de las personas que lo forman. Pero duele el ocaso de los héroes. Ninguno como Iker. El Santo. El Cancerbero del Hades. La máxima expresión del pundonor, del fairplay, de las paradas antológicos y de los anuncios de seguros en televisión. Ahora no caigo si eran seguros o era un refresco isotónico, da igual. El caso es que nos ha tocado vivir la coronación del un rey y la defenestración de otro. Todo en un verano de perplejidades. No puede ser que Nadal sea rebajado al segundo puesto de la ATP, que Contador se rompa yo qué sé en el Tour y que Casillas sea relegado a un puesto menor, a la suplencia, al banquillo infame. La culpa la tiene Mourinho. Eso no se le escapa a nadie. O Arbeloa, que le malogró la mano y le mandó al quirófano y al descanso. El buen madridista, el de toda la vida, no hay día en que no maldiga a Arbeloa. Primero a Arbeloa, luego a Mourinho. Podemos alterar el orden. Ellos son los culpables de que Iker no esté en el olimpo, de que no sonría como solía y los medios aireen que está triste y perdido, desnortado y enfermo. España es un país cainita como pocos. Un país con Alzheimer. Un país irreverente, zafio, mediocre, de poca altura de miras. Al rey antiguo le encantaba eso de la altura de miras. Iker tenía altura suficiente y miras que no veas. Verle ahora ahí en donde le han puesto, varado, en la zozobra de no saber, me está dando el verano. Puede ser que la culpa la tuviese también Diego López. No sé. Tiene que haber unos cuantos culpables y él solo es el damnificado. Es un asunto de estado esto de Casillas. Lo es al modo en que no lo ha sido ningún otro. Un grande de España en horas bajas no desentona con otros grandes que también tocaron fondo. España (insisto) es un país olvidadizo, uno en el que tienes que defender tu prestigio a diario, en el que no valen los triunfos del pasado porque lo que cuenta es el presente. Y ese es de Keylor Navas, un guardameta de fe honda y reflejos gatunos, a lo visto. El debate de la portería del Real Madrid adquiere la relevancia a la que no llega, ni de lejos, los muertos en Gaza o las colas del INEM o los chanchullos de la clase política. Pero aquí manda el papel couché, la cháchara de barra. Creo que es la última vez que hablo de este señor en mi bitácora. Si no vuelve, el agradecimiento por los ratos compartidos. Los guantes de oro. 

3.8.14

Nada, un poco de Gaza


Todas las edades son difíciles y ninguna conforta. Lo que duelen no son los años. Es pensar que no vuelven los que vivimos.Porque hay años muertos, países oscuros, épocas en las que la vida cobra aranceles altos y no tiene uno nunca con qué abonar el peaje ni sabe a qué viene pagar por lo que no pedimos. Vivir es un oficio de mediocres. No hay un manual que manejar. No se nos enseña a morir. Se van burlando los indicios. Se quiebran las palabras. Se reza para intimar con la oscuridad. Afuera está la noche. En cuanto uno sale de uno mismo lo que encuentra es la noche. La realidad, de tan oscura, parece que fuese eso: la noche alta y resuelta, ocupando el cielo entero. A veces estamos los dos aquí sentados, fumando y bebiendo cerveza, contando las noticias, reparando en que el tiempo nos ha tratado bien después de todo. Vivimos cómodamente, salimos con los amigos, pagamos nuestras deudas sin retraso y nos amamos con ternura como antaño. Y no obstante, algo falla. No contamos con Gaza. Caso de que caigamos en esas estadísticas, en los caídos y en los muertos, en la tristeza y en el vacío, se quitan las ganas de casi todo. Por eso la vida es cosa de mediocres. Si fuésemos más listos, no habría nada que la afeara. Todo discurriría de otra manera. Una que no tenga escombros. Si es posible, una que nos embelese y nos invite al festín que oculta. No es poca cosa ni es ninguna que vaya a ser escuchada o atendida. Escribe uno para contarse el mundo. Hoy decidí que la parte que me iba a contar era la de la tristeza, aunque el día en mi pueblo se haya levantado fresco y agosto, este tímido agosto, nos dé a probar sus manjares más dulces. Mañana me contaré otra cosa, pensaré que la alegría me viene a buscar y la saco y nos ponemos ciegos los dos en  las calles. Escribe uno para alejar la tristeza.

1.8.14

Moneda

Haz
Voy al centro de las cosas, me impregno de la luz, la cierro en mi voz, todo adquiere una claridad a la que me abrazo, estoy en el acto puro de ser y un manantial de amor lo contempla, crezco, alcanzo, proclamo, bajo después, observo el paisaje, el esplendor del mundo, la fiebre del mundo, el vértigo del mundo, la distancia que empuja y la hondura que atrae, prescindo de pensar cuando entro en esa residencia, solo me dejo invadir, aceptar el azar mismo, todo lo que perturba me alimenta, no tendré más remedio que quedarme allí, en la estancia donde un dios ensimismado no nos atiende, donde la dicha y la desgracia juntamente escriben el diario del hombre, en el lugar preciso en el que la herida es solo un indicio de experiencia y por la noche el cielo confía una historia antigua a quien presta oído y se deja quemar y comprende que ha sido invitado al festín de la belleza.

Envés
Voy de mi dolor a su alivio, de mi fracaso a su sacrificio, el pecho henchido, la voz tremolando en el aire, el corazón en su atalaya, hondo aljibe, hierba del aire que lo alfombra todo. Voy como si no tuviese otro oficio o como si no supiese ejercer otro. Porque uno, en ocasiones, pasa los días tratando de entenderse, buscando la ecuación en la que hallarse. Por si viene alguien y nos despeja y nos pasea por las tardes, contándonos el rubor de las noches y la hombría desatada de las mañanas. No habiendo tal, queda el ejercicio vano, el placer de acuñar una frase que perdure en la memoria y nos condense. No la hay, no puede haberla. Es vasto y es inabordable el campo. Ni siquiera da la vista para zanjarlo en un suspiro. Estoy en el centro de las cosas, impregnado de luz, cuajada en mi voz, contemplando la claridad que me abraza, en el acto puro del ser, sientiendo amor por toda la blonda fragilísima del alma, pero no acaba de sentirse invitado, no termina de pasar adentro y reclinarse sin prisa, a la espera de que yo le acoja y lo convenza de que no se vaya nunca o de que, si se va, no esté mucho afuera y vuelva, como quiera que vuelva, a contarme el esplendor del mundo, la fiebre del mundo, el vértigo del mundo.