29.6.14

Satanás Redux




I
Vi Satanás en la ahora ya casi difunta segunda cadena hace tal vez demasiados años. La programó Narciso Ibáñez Serrador en Mis terrores favoritos, aquel club nocturno de pánicos en blanco y negro que amenizaba las noches de invierno cuando no existía el VHS, al menos en mi casa, y el cine, el cine de pantalla grande, digo, era una experiencia prohibitiva, un pasatiempo para adultos. Mi adolescencia cinéfila creció alrededor de TVE2 como liquido amniótico primordial. Había olvidado la cinta hasta que hace unos días cayó en mis manos (temblorosas casi) una copia en DVD de la cinta de Edgar G. Ulmer. No la vi de inmediato. La guardé como el que guarda un tesoro con la secreta esperanza de dilatar el placer de volver a verla y es curioso cómo el tiempo, ese juez atroz, no ha enturbiado el recuerdo sellado. Continúan las líneas (hay mucha geometría en la estética futurista de la cinta) y persiste la idea de que estar asistiendo a una especie de sesión hipnótica de cine fuera del tiempo. Mejor me explico: Satanás es una obra maestra que exhibe precocidad conceptual por todos lados. Escaleras curvas, sombras sugerentes, lejana inspiración gótica: The black cat (éste es el título original según la referencia literaria, muy escorada, del cuento de Edgar Allan Poe) transcurre en la opresiva realidad de una casa alojada en mitad de los Cárpatos, edificada sobre un cementerio, aunque el propio anfitrión (un inquietante Boris Karloff) cuenta que en ese lugar hubo un campo de concentración que él mismo gobernó durante la última guerra. Satanás exhibe (orgullosa) una soberbia combinación de terror puro, sadismo, satanismo y hasta un punto de pedofilia. Una mujer embalsamada, alojada en una urna, da al relato el tono coprófago y necrófilo restante para que la obra (editada ahora por Suevia en una muy buena edición con la estupenda inclusión de un libreto) se imprima del  carácter sobrio e incluso mezquino (desollamientos, narcóticos, sexo reprimido, la presencia oscura del Diablo) de la obra de Ulmer, que es malsana y se alimenta de la decadencia gótica de la novela británica y de la influencia del art decó, tan del gusto nazi.


Es la primera vez que Lugosi y Karloff aparecen juntos en pantalla (luego siguieron casi una decena más) y Ulmer exprime con libertad la expresividad de sus afilados rostros, lo sórdido de sus miradas, la adusta emotividad de sus gestos. La arquitectura, perlada de geometrías hipnóticas, perfila la personalidad de estas dos mentes depravadas, dignos hijos de la imaginación de sus autores: espectadores, a su vez, de una época convulsa que veía en estos últimos coletazos del romanticismo finisecular (vampiros, amor eterno, pactos con el reino de las sombras) una forma lírica de evadirse de la sociedad súbitamente tecnificada, desafectada de las pasiones que alumbraron la obra del mismo Poe, tomado aquí de forma caprichosa, a modo erudito, o de Lovecraft. Los diálogos son sorpredentemente literarios, en el sentido de que avanzan (al tiempo que las imágenes) y se solapan a ellas, produciendo la impresión de que las palabras danzaran, en alguna extraña coreografía, sobre el vigoroso (y muy preciso) manejo de la cámara. La propia casa es un cántico entusiasmado al concepto puro del Mal: dudo que esa retahíla cafre de casas endemoniadas que devastan la filmografía esotérica más reciente pueda competir con ésta en capacidad de fascinación, en aturdimiento. De hecho es la casa (su desasosegante construcción y la matemática inspiración de sus formas) la que gobierna el primoroso avance de la trama.
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Esta joya del expresionismo, paradójicamente financiado por las estructuras financieras del entonces recién nacido imperio de Hollywood tal como hoy lo entendemos, no precisó un presupuesto holgado. En esto Ulmer, director checo exiliado a los Estados Unidos, era un maestro. Aprovechaba elementos mínimos para componer sombríos retratos, concebía al guión como una parte primordial aunque jamás concluyente a la hora de crear una película. De hecho Satanás no ofrece material narrativo de excesiva altura y ni siquiera se plantea acudir a esos formalismos literarios para alcanzar ningún status de clásico, pero Ulmer (un tipo fascinado por la imagen y por su poder hipnótico y transgresor) posee el talento para subvertir la dictadura academicista de un libreto solvente y confianza en sus encuadres y en su atrezzo, en su portentoso sentido de la iconografía, para formular propuestas estéticamente irreprochables. Tanto lo son que uno no echa jamás en falta un más labrado tratamiento de la historia. Ulmer mima los diálogos, los concibe como un mullido colchón en el que arrojar una parte de lo que quiere contar, pero sin privilegiarlos, sin consentir que la semántica viole los principios básicos del expresionismo, perpetrados a cara descubierta por un idealista de la estética, un avanzado a su tiempo que, merced a trabajar en una filial de la Universal, la Producer Releasing Corporation, controló absolutamente su trabajo, alcanzando cotas de creatividad inéditas.




Ulmer confesó que el título era un tributo a Poe, pero que éste (salvo los cruciales títulos de crédito) no era fundamental en el film. Lo que inspiró la cinta fue la vida y obra del satanista Alesteir Crowley (1875-1947). Las malas lenguas ofrecen la versión de que el malvado Polzig, interpretado por Karloff, estaba ligeramente basado en la personalidad "diabólica" de Fritz Lang, tan buen cineasta como crispado y retorcido como persona, según las crónicas de entonces. Ulmer, a diferencia de los otros directores de poética enfermiza como Whale o Browning, prefería hablar de metáforas y no de monstruos carnales, de mitos del vampirismo o de la literatura fantástica universal como Drácula, Frankestein o el hombre invisible: Satanás o El gato negro es una parábola sobre la guerra, un poema sobre la destrucción, un intenso melodrama de vocación terrorífica pero anclado en temas sociológicos todavía vigentes: la maldad del hombre sobre el hombre, el estudio de la inteligencia como instrumento del Mal o incluso la posibilidad de usar esa inteligencia (los personajes son eminencias en sus campos, ya sea la psicología, la literatura o la arquitectura) para justificar el desmán, la barbarie y el caos que genera la guerra.

II
Anoche volví a ver Satanás. Creo que no cambio una sola línea de lo que escribí sobre ella hace unos años. Me sigue pareciendo una experiencia cinéfila absoluta. El problema del cine en estos tiempos es que nada es absoluto: todo se enturbia por el vértigo de la caja. Serán éstos otros tiempos y tendrán otros criterios los que hacen que funcione el negocio del cine o el del arte en general, pero no me parece que ahora puedan producirse cintas como la de Ulmer. Las hay extrañas como ellas solas (vi hace poco Post tenebras lux y ahí ando pensando cómo contar todo lo que sentí) y las hay coherentes, mercantilistas, correctas, sin el brillo del arte embutido en su metraje. No sé si volveré a ver en breve Satanás. La debo pausar, debo considerar lo imprudente del abuso. Hay cosas que acaban quemadas cuando las acometemos con excesivo apasionamiento. Lo que voy a hacer este verano es repasar toda la filmografía clásica de terrores de los treinta. A mi amigo Rafa Padillo seguro que le parece una idea excelente. 

28.6.14

Fin de curso


Uno se pasa la vida amando cosas que no existen. Lo decía Scarlet O'Hara en Lo que el viento se llevó. Por eso la vida no puede ser tomada en serio. Es tan frágil, su peso es tan liviano, que conviene no dramatizar, no caer en la tragedia, pero caemos, nos inclinamos al drama, que es un género noble, de fuste emocional, en donde quizá estén las pasiones más altas y más nobles de lo humano. Las otras, las pasiones bajas y las más mundanas, son las que ayer - y particularmente anoche - me convidaron a ser feliz. Era una felicidad sencilla, de las que tienen su coreografía de mambo number five en un baile colectivo o de las que no cuentan los gintonics que se van pidiendo en la barra o de las que crean afectos irrenunciables, abrazos historiados. Si para algo sirven las comidas de fin de curso es para saber que uno no está solo, aunque la soledad esté ahí siempre, comedida a veces, brutal en otras. Hay días en los que uno ama las cosas que no existen, pero otros ama lo tangible, todo lo que se puede registrar con los sentidos. Y eso fue lo que ayer ocurrió. No es necesario que suceda todas las noches. Incluso está bien que no suceda todas las noches. Produciría hartazgo todas las noches. Hay gestos de un baile, en un quiebro, en unos brazos que buscan absurdamente en el aire algo que no existe, que producen en quienes los hacen cierta plenitud que no es posible a veces alcanzar de otra manera. Uno trabaja mucho para bailar después con fiereza, desencadenado, como Django el de Tarantino. Para que anoche yo pudiera bailar como lo hice, sin esmero ni estilo, atropelladamente, cuidando de no llevarme a nadie por delante, tuvieron que pasar antes muchas cosas. Borges contaba esto mucho mejor. En su poema Las causas enumera todo las cosas precisas que tuvieron que existir para que las manos de los que se aman se juntasen. Para bailar el mambo número cinco tuvieron que concurrir un análogo número de circunstancias. Hablo de cosas que no existen que pueden que entienda quienes también las perciben. Cosa de fe, sin duda. Los amigos que tuve cerca, todos con los que compartí mi alegría y los que compartieron conmigo la suya, saben de qué hablo, pero los otros, los que no estuvisteis, comprenden la naturaleza pagana y maravillosa de lo escribo. Salud a todos. Buen verano. 

26.6.14

La otredad

Me fascina la persistencia en el error, la creencia de que uno puede ser brillante en el error, la satisfacción que produce insistir en el error. De esa vindicación del error como plan de vida nacen muchos de los obstáculos que malogran una vida más placentera, un mundo más justo, una sociedad mejor ensamblada. Porque una parte del mal que padecemos procede de la bondad del error, de no querer mejorar, de contentarnos con lo que hay, sin insistir en más, sin caer en la cuenta de que se puede salir del agujero a poco que echemos el hombro o de que hablemos sin lastimarnos, comprendiendo al otro. Quizá el mal que gangrena al mundo sea la imposibilidad de ponerse en lugar del otro. La otredad es el asunto pendiente. Yo sé lo que me digo. Pero hay gente encantada en caer mal, en no gustar al resto, en envenenarlo. El mundo, una vez que se envenena, no gira bien. No se puede apreciar esto que digo, pero el mundo gira mal desde que empezó a girar. No sé si alguna vez ha tenido un giro óptimo, uno de verdad espléndido. Los humanos somos buenos, pero hay que ver lo que fascina el mal, lo bien que sienta equivocarse y advertir que uno puede labrarse un porvenir obrando mal. Ahora si me disculpan voy a comer dos cosas y me voy a tumbar dos horas. Todo va en esa dualidad. He estado toda la mañana transportando la historia de la literatura. Menos mal que he tenido cómplices en el viaje. Gente buena. Gente que obra como hay que hacerlo. Gente que disfruta pensando en que el mundo gire bien y que ellos hayan contribuido a la eficacia del giro. Yo me entiendo. Algunos por ahí también sabrán a qué viene este explayarse tan críptico. O no. 

25.6.14

It's only rock and roll...



Parte de mi educación sentimental está en los primeros discos de los Rolling Stones. No entré nunca en la discusión sobre si los Beatles estaban o no por encima o si contribuyeron más o menos a la historia del rock. En alguna ocasión, acudí a las partes más que a la ardorosa defensa del todo. Siento devoción por algunas canciones de Jagger y de Richards, pero sé que la imparable máquina de la banda, su imperio mediático y bursátil, malogra en ocasiones la mirada atenta a las piezas de su repertorio, al catálogo de éxitos y a las canciones menores, de una relevancia menos consensuada, pero que han llenado la vida de quienes las sintieron más de cerca. No es posible, ni siquiera es recomendable, buscar una interpretación del rock, una especie de semiótica del género, sin que aparezcan ellos. Tampoco lo es incluirlos en una eventual historial universal de la infamia del circo del rock. Porque los Stones aúnan lo sublime y lo decadente, la excelencia y la mediocridad. No se pueden hacer tantos discos sin que se cuelen algunos malos, sin que se advierta un amor insobornable al dinero. Cuenta que subsistan, a pesar de la fatiga de tanto peaje; cuenta que todavía encandilen a los antiguos o que susciten la atención de una legión de fervorosos admiradores que, vistos sin mucho énfasis, podrían pasar por sus nietos. No iré a verlos, pero tal y como se ve la cosa no dudo que haya ocasión. 

23.6.14

Cuatro de lunes

A flower is not a flower
Yo, que tantos lectores he sido, nunca he escrito enteramente para uno de esos lectores. En cierta ocasión me apremié a considerar seriamente la posibilidad de no volver a escribir, pensar que existe consuelo en la lectura o en el cine o en la música, renunciar a crear, entregarme con infinito agradecimiento al criterio intelectual o estético o moral de otros. El oficio de leer es de más riesgo que el de escribir. El de vivir es el más intenso, el único al que se le debe prestar la mayor de las voluntades, la más honda y la más firme. A veces pienso que todo es de una fragilidad tan escandalosa que debemos aprovisionarnos de toda la vida que nos vaya llegando. El disco de Ryuichi Sakamoto que estoy escuchando me está poniendo de una ternura insoportable. 

Stormy monday
Hoy he visto a mi amigo K. tan descarriado, tan escaso de afecto y, al tiempo, tan convencido de no necesitarlo, que me han dado ganas de abrazarlo y de contarle nuevamente lo que siempre le tengo dicho. K., no te enfades nunca. K., no te alegres nunca. Los de espíritu blando, los que se afectan tanto por las cosas, debieran vivir en un aparte, no ser tocados ni tocar tampoco. Como si fuesen personajes de un sueño de alguien. A K. le he dicho que deje pasar el viento. No me ha contestado. No suele. En cierto modo, no contestar es la mejor forma de hacerlo. 

Summertime
Siempre que empiezo el verano prometo ver todo el cine de la Hammer, pongo por caso, o escuchar Brahms completo, pero luego no hago nada de lo que me prescribo. 

Beer is not a home, but...
No sé cuánta cerveza he bebido en toda mi vida. No me hago esa pregunta cada vez que me sirvo una en casa o la pido en los bares. Sé que si hubiese invertido todo ese dinero en algo de más provecho, yo qué sé, un flamante equipo de high end o un coche nuevo para mi mujer - yo hace veinte años que no conduzco - tendría un flamante equipo de high end - me encanta las electrónicas dulces, que no empalaguen los agudos y se impongan los bajos limpios, que no aturdan - o mi mujer tendría un coche nuevo - sé que le encantaría un Audi - pero no salen nunca las cuentas, no se toma uno jamás en serio estos arrebatos y sigue abriéndose la lata cuando abre el frigo y pidiéndole al camarero otra caña. Conozco gente que no bebe y no tiene un ampli Rotel ni un Q7. 



22.6.14

Las dos balas



 William Klein


Siempre hay alguien dispuesto a matarnos. El azar hace que no nos lo encontremos nunca o que se malogre la tragedia porque concurrieron las festivas circunstancias disuasorias. Igual podemos nosotros quitar de en medio a alguien de forma fortuita. Uno puede irse al otro barrio por casualidad o por la ejecución primorosa de un plan cuya única trama era nuestra eliminación. El cine negro, el bendito cine negro, vive de esta gloriosa reflexión. Solo por eso uno termina viendo la fotografía sin pensar que sea real. En realidad no lo es. Comenta su autor, William Klein, que le pidió al niño que blandiera el arma y forzase, teatralmente, una cara como la que vemos, excesiva, criminal. Se quejaba el autor de que hubiera sido esa, y no otra de un tema que le satisficiera más, la fotografía que siempre se vinculaba a su nombre. Apacigua el conjunto el niño de la derecha, que no exhibe ninguna emoción visible salvo, tal vez, la de contener a su amigo, que está absolutamente desencajado. Creería uno que el fotógrafo pudo acabar con una bala reventándole el rostro, pero hay una inclinación a pensar que el chico acaba bajando el arma, relajando el gesto, como si la mano en su brazo, la del amigo, acabara imponiendo su criterio. La fotografía, ese arte mayúsculo, establece con quien la observa la misma relación que fomenta la literatura para quien la lee. Lo fotografiado documenta lo que el ojo registra, pero no es solo la belleza la que queda al final, después de la mirada, sino la constatación de un mundo repentinamente revelado, como la trama oculta en las páginas de una novela. No se trata de lo que veo sino de lo que quiero ver. El hecho mismo de que la imagen sea forzada, al modo en que lo son las de una película, hace pensar la responsabilidad de la fotografía, su compromiso con la realidad. Lo que suscita este fingimiento es la irreprochable validez de una imagen, descontextualizada, huérfana de todo vínculo con lo que le precede o todo lo que trae detrás. El desquiciado del arma, el niño violento, se postula como símbolo, adquiere la trascendencia con la se despachan las cosas de más fuste, las de la cultura. No hay nada que evocar que no hayamos pensado ya antes o que no nos haya sido servido en la iconografía clásica, la de la literatura noir, la del cine de ese género, pero la violencia no es solo una etiqueta, un recurso semiótico. Solo bastaría tener la certidumbre de que el niño acabara descerrajando el disparo sobre la cara del fotógrafo, pero estamos a salvo de la realidad, estamos encapsulados en la ficción, en cierta idea de que incluso los acontecimientos más extraordinarios, los más duros y de más hondo patetismo, pueden ser considerados una rama de la literatura, como convino Borges sobre la teología. Tenemos un blindaje óptimo. Nos hemos pertrechado bien de refugios en donde resguardarnos. Y no saber nunca si la bala se quedó en el tambor o el dedo percutió el gatillo y salió del arma, invencible. 

Conferencia de pájaros

Está la luz mordiendo un limón y duele la sangre en la cabeza como un enjambre de agujas. Una dulce música de cámara, una sin nombre, a la que se presta una atención sin compromiso, aletea torpemente, disimulando su inocencia de cosa volada o de asunto muy pequeño. Al aire de este domingo lo visita Bach. Yo recojo unos libros, abro las ventanas, huelo de pronto a café, siento a lo lejos un vértigo de pájaros, una fiebre de alas, una costumbre de voces que no entiendo. Quizá ellos piensen igual de la música de cámara y anticipen todo lo que viene después. Si uno cae en la cuenta de la presencia de los pájaros ya no puede dejar de pensar en ellos. Hay que apreciar no solo que existen y encabritan el vuelo y pían fieramente como si el mundo acabase hoy mismo, sino también todo lo que los pájaros traen, todo lo que dicen si prestamos oído, si percibimos el volumen del cielo y la majestuosa caricia del aire mientras lo profanan con su vuelo. De haber sido otra cosa, no sé, de haber podido prescindir de ser hombre y de haber podido elegir qué ser, creo que yo hubiese pedido ser pájaro, el tipo de pájaro irrelevante, en cierto modo, el que empeña todo su ardor en batir las alas, en ir de un lado a otro, sobreviviendo, sin otro cometido, sin metafísica. En cuanto entra en escena la metafísica, mueren todos los pájaros que llevamos dentro. Vamos midiendo los días, contando el espanto, sintiendo el peso del amor venirse un poco abajo, renacer sin que se le espere y caer nuevamente. Estaría bien sentir menos, no ser tan exigente, pensar al modo en que lo harían los pájaros. Con toda la dignidad del pájaro, ir escribiendo la herencia recibida, dejando consignado el aliento, el empeño de sobrevivir a uno mismo, de escribir porque al final te mueres y es bueno, quizá sea bueno, que alguien venga y sepa qué pensaste o cómo lo vertiste. En lo que le ganamos a los pájaros es en la facultad de subordinarlo todo a la memoria o al olvido. Yo creo que tenemos a Dios porque no es posible soportar la idea de que existe un fin. Hay una idea de Dios que está en la luz mordiendo el limón o en la sangre, doliendo en la cabeza. Un dios con su interior brusco, con su silencio violento, pero un Dios hecho racimo, volando, volándose. El domingo sigue frío para ser verano. Suenan arriba unas sillas, afueras siguen los pájaros. El olor a café ya no lo encuentro. La música de cámara no la escucho. Dicho todo con una precisión de mucho más calado narrativo: se está yendo la olla. 

21.6.14

Perderse



No confío en casi nada que haya sido intervenido por una previsión excesiva. El azar debe incorporarse al torrente de asuntos que cruzan la vida. Digo el azar absoluto, el azar entendido como una especie de bendición que hace albergar el asombro en el corazón de quienes lo sienten o quienes incluso lo padecen. Porque el azar, en ocasiones, nos castiga, nos pone contra la pared y se empecina en machacarnos sin piedad, sin derrumbarnos, en borrar todo lo que somos. Una vez que hemos sido borrados, a partir de ese instante, el azar puede volver a ponerse de nuestra parte y hasta agraciarnos con su benevolencia. Hay veces en que está bien que las cosas se impregnen de azar. Luego está la certidumbre. Hay quienes viven mucho mejor instalados en la certidumbre, en la bondad cartesiana del mundo. Quienes tienen una agenda de trabajo en la que está prevista la corbata que debe ser lucida en cada evento o la inflexión de voz o la coreografía de los gestos. Uno se levanta por la mañana sabiendo qué va a hacer y qué no o dónde va a estar a media tarde. Las pequeñas conmociones, sin embargo, son las que hacen de un día programado un día satisfactorio, festivo en cierto modo. Está la conmoción de mirar a la derecha del plano, embelesado en un recuerdo de la infancia, en una playa perdida en el norte o en un parque retirado de la vigilancia en donde aplastó con el pie un insecto con caparazón. Todavía recuerda la onomatopeya imposible del roto en la espalda del bicho. La tiene incrustada en la cabeza, en un pliegue de las sábanas del cerebro. Está también la conmoción de perder la mirada. Ah qué placer es perder la mirada, no distinguir el fondo de lo cercano, enbrumarlo todo y después volver a enfocar las cosas sin saber bien en dónde se ha estado en ese lapsus formidable de tiempo en el que la cabeza se desentendió del cuerpo y se dejó llevar. Hay gente que no permite dejarse llevar o lo hacen en la privanza, en lugares reservados, en la intimidad de palacio. Todos, al cabo, tenemos un palacio a mano. Pero qué gozo perderse, qué gran viaje ese ausentarse. 

19.6.14

Hay que aforar a España




Es más literario destronar a alguien que auparlo al trono. En la ficción da más juego el destrozo que la construcción. Es el mal el que triunfa y es el bien, el pobre, al que se le encomiendan las más altas exigencias. Por eso dicen que España, anoche, fue un puñado de traidores, incapaces de llevar con honor la elástica con el escudo y la noble estrella. Como aquí gusta ensañarse es mejor que España haya perdido y esté ya a punto de hacer las maletas y volver a casa. Incluso es mejor hacerlo tan pronto. No está bien crear ilusiones y después, conforme avanza el campeonato, borrarlas. Todo lo demás importa escasamente. Lo que propongo es que se afore a España. Aforada, encapsulada, indultada, se impedirá que se la ajusticie en plaza pública. Solo por los servicios prestados, por los seis años de reinado, por los festejos compartidos. No será así: es probable que el linchamiento dure hasta que vuelvan a sacar otra estrella. Tiene más fuste épico el dolor. Se recrean los sentidos más en la visión del linchado. Todos estos vestidos de rojo, bien pagados, por supuesto, no han pasado la prueba. Ni el propio Del Bosque, que es la bonhomía pura, saldrá limpio de la escabechina. Nadal, a poco que se descuide, por mucho Roland Garros que se haya llevado, irá a la picota. Ya lo está el olvidado Fernando Alonso. No hay quien recuerde a Induráin. Somos olvidadizos, tenemos facilidad para flaquear en la admiración continua. Canto mientras apuro la cerveza que me han puesto en la barra del bar. Mi felicidad dura lo que la espuma en el vaso. Y ya no hay héroes. Anoche los pocos que quedaban fueron expulsados, barridos sus galones, reducidas sus gestas. Menos mal que tenemos hoy con qué entretener el ocio terrible. Porque a veces no sabemos cómo amenizar los ratos en los que no estamos fustigando a alguien. 

18.6.14

Yo, transportado

Prefiero la dulzura semántica de la palabra oblea a la contundencia de hostia, pero casi nunca acudo a la dulzura cuando hablo, salvo que me esté escuchando un lector confeso de Jorge Bucay o de Paulo Coelho. Se habla sin cuidado, pero todavía conserva uno la admiración de quien lo hace midiendo las sílabas, permitiendo que las palabras se arrimen unas a otras y digan cosas que conciten el asombro o que traigan la belleza. Poca gente ya se esmera en hablar bien. De lo que se trata es de comunicarnos. Eso tal vez debiera bastar. Todo lo que venga después es un aditamento vacío. Pero no lo es, no lo es de ninguna manera. En ocasiones echo en falta expresarme con la soltura con la que a veces acometo la escritura. Y es precisamente el argumento contrario el que se acaba imponiendo siempre: es la oralidad la que debiera llevarse la partida, no la transcripción escrita, no la posible literatura que uno extraiga y abandone aquí. Admiro al que habla sin que se aprecie en demasía que lo está haciendo. Justamente eso que se decía de Frank Sinatra: canta sin que parezca que canta. Se podría esgrimir idéntica reflexión a la hora de contar qué buscamos cuando escribimos o cómo lo hacemos. Diríamos (es una hipótesis) que la buena escritura es la que no se nota que existe. Que un texto, si fluye, es que está bien escrito. En otro orden de cosas, o es el mismo, convenido a placer del que escribe, hay textos de una entereza admirable que no caen jamás en la fluidez, sino que avanzan morosamente, reclamando que uno ponga en danza todos los sentidos. Hay textos de ese fuste narrativo que me transportan. Yo, transportado, soy feliz. Abrí con Bucay y con Coelho. No voy a cerrar con ellos. O sí.

Chestertonia



Hay quien ejerce de cualquier cosa en la que se involucre con absoluta entrega, sin que la flaqueza o el desmayo malogren la empresa encomendada, sin que se aprecie otra cosa que entusiasmo, limpio entusiasmo. Conozco gente con este perfil estajanovista, gente que salvarían el país si el país estuviese en sus manos. No solo porque evidencien ese ardor en el desempeño de su trabajo sino porque contagian el vigor, la entereza, todo ese listado de virtudes que admiramos en los demás y que uno mismo, a poco que se hurgue, no encuentra casi nunca o, a lo sumo, las encuentra desmadejadas, un poco reticentes a que las traigamos y contemos con ellas para nada. Mi amigo K., que es un vago sublime, uno de esos tipos que podría estar días enteros enfrascado en las obras completas de Chesterton. Dice que es un trabajo que haría con brillantez. No hay trabajo en leer a Chesterton, en escuchar a Parker o en dejarse los ojos en todo el cine alemán de Lang, le informo. Todas esas cosas no son trabajo, labor remunerable. No lo entiende, no le entiendo, pero no he dejado de darle vueltas al hecho de ejercer de forma impecable un oficio inútil, que no rinda al resto. Se puede ser perezoso de un modo absoluto. La cosa, al cabo, es hacer algo en lo que no se escatime ninguna brizna de talento. Luego está eso de en qué cosas uno posee algún talento. En leer a Chesterton, por ejemplo. No digo ya en confiar luego lo leído a alguien o en presumir de que la lectura ha sido altamente provechosa. Es únicamente el hecho físico, privado, de una intimidad brutal, en el que uno coge algo de Chesterton, no necesariamente una novela, mejor un volumen de ensayos, y entabla un diálogo. A K. le encanta esa certidumbre, la de que no debe haber una descomposición posterior del texto, que todo permanezca atesorado adentro, como una cosa muy frágil que los lances de lo exterior pueden malograr. En esas andamos los dos. Buenas noches. 

15.6.14

Pop




                                                       David Hockney, A bigger splash

1
La vida está en el verano. En California. En Miami. En el chiringuito Salvador en Fuengirola. Está en la zambulida de Hockney. La vida está en el agua fría, en la casa minimalista del fondo, en mil novecintos sesenta y tantos. La vida siempre está en otra parte. En las portadas de los discos de Roxy Music. En los libros que leo en la playa. En una tarde enloquecida de gin tonics y discos de Miles Davis. 


2
Siempre que empieza el verano pienso en este cuadro, que estuvo durante años en una pared de mi casa y que un día decidí quitar porque comencé a aborrecerlo. Ahora le he devuelto el afecto. Lo miro embelesado. Pienso en la silla vacía. En que hay alguien bajo el agua. Alguien desprovisto de cara. Limpio. Puro. Como el pop. En los días grises me doy una zambulida. La ejecuto con oficio. Incluso percibo que me están mirando. Hay deseos tan intensos que tienen público. 

3
El fin último del arte quizá sea interrogarnos, crear una trama a partir de las pulcras líneas de un cuadro en apariencia irrelevante, contarnos el sentido de las cosas, nuestro lugar en el mundo. 

4
La vida está en el verano, pero yo siempre fui muy de invierno. Los refugios a los que me encomiendo para ir sobrellevando el rigor de las cosas están en el invierno, los cerca el frío. Hay días de verano que aturden. Algunos, los muy obstinados, noquean. Luego están las noches, los veladores, la sensación de que el mundo entero está sonriendo, como dice la canción de Louis Armstrong. Sabemos que es mentira, pero en ocasiones convienen todas estas digresiones alrededor del ocio. Hockney pintaba la vida, o sea, el verano. 

13.6.14

Agua en el agua

Creo que no basta con creer en algo y llevar esa creencia a la vida, haciendo que de algún modo la gobierne o la conduzca. Hace falta proclamar que creemos, hacer ver al resto esa incontrovertible manifestación de nuestro espíritu. En ese hilo de las cosas, creo que también es legítimo contar que no creemos en absoluto, crear la percepción exacta de que no nos mueve ninguna inclinación religiosa. Lo que sucede con frecuencia es que se acepta con más comprensión al creyente, a quien somete al criterio ajeno la esfera privada de su religiosidad, y se rechaza, en ocasiones con desmesura, a quien ofrece al resto su descreimiento. Quizá convenga entonces una especie de consenso en esas posturas enconadas. Mi amigo K. lleva toda la vida mostrando su lado laico o su lado ateo o su lado agnóstico o las tres versiones de una misma realidad espiritual, y no ha dejado de sentir el apartamiento, ese ser señalado como una especie de apestado. Los que no creen, a decir de algunos de los que sí lo hacen, son los descarriados, los que no poseen a Dios en la conciencia, pero sí lo tienen alojado en su interior, presente y secreto. Los descreídos no suelen caer en descalificar la autoridad moral de los creyentes. Crees en Dios, pero no lo sabes. Suelo escuchar eso de vez en cuando. Lo dicen con absoluto convencimiento. No sé si ese mismo entusiasmo sería admisible en el caso de que el laico o el ateo o el agnóstico hiciera una manifestación semejante: No crees en Dios, pero no lo sabes. Al final va a ser todo una cuestión lingüística. Todo se deja embutir en el chasis de la sintaxis, en el modo en que las palabras se juntan y se separan. No recuerdo ahora qué poeta dejò escrito que el hombre nunca sería agua en el agua. Es la muerte la que lo emponzoña todo, la que forja las metáforas, la que arbitra sus argucias para que el hombre, abandonado a su pobre suerte en el cosmos, arañe salmos del éter, le confisque consignas a los poetas y manuscriba el prontuario de la salvación. Cada religión prescribe uno. La percepción de la eternidad, la posibilidad de que exista un mundo más allá de éste, inventa las religiones, inventa sus dioses, funda la fe, que es una especie de confianza ciega. A K. le incomoda ir sin ver, pero a veces (le digo) las cosas invisibles son las que realmente importan, las cosas que solo puedes percibir si abandonas lo racional. La misma poesía adquiere sus rudimentos en este bosquejo de tecnología iluminativa que voy aquí dejando, sin saber uno mucho, pero quién sabe de esto algo más que uno. Considerar al final que toda estas reflexiones sobre la divinidad sean tan solo una poética celestial. Que toda la metafísica pueda ser alojada en un poema. 

10.6.14

perpetuum mobile

la verdad impone su íntima persistencia, pero dónde están las palabras verdaderas, dónde los inviernos, las constelaciones reclamando un verso en un haiku, un verbo en un salmo, una hendidura en el texto, dónde estamos a salvo de la república del polvo, en verdad os digo, ah cómplices, que no habrá ciudades al final del camino, estaremos solos en un páramo, solos en el vasto dominio del vacío, en la niebla, en la oquedad de los cuerpos cuando se aman y se vuelcan enteramente, no dejando adentro nada salvo (quizá) un átomo rudimentario, uno de esos átomos que son en sí mismos un universo que no podríamos abarcar ni aunque no tuviésemos otro oficio sino el de mirarlo, estaremos ocupados en contarnos la verdad que nos arrebataron, la esencia, lo puro vuelto hacia lo que no lo es, flirteando el cosmos con mi pequeño vals de conjeturas, el vals con la hierba en la boca, el vals oscuro que busca un corazón en el que perderse, pero no está el mundo preparado para el vals, ni siquiera uno pequeño, el mundo es de los que gritan, el mundo es de quienes hacen que las palabras, incluso las más dulces, descarrilen en el aire, me he contado muchas veces las razones por las que sigo buscando las palabras, no encuentro nunca las razones, están ahí, están adentro, pero el diálogo se pierde a poco de empezarlo, voy montando las frases, me voy diciendo la trama hasta que de pronto advierto que no hay trama, todo es un ir diciendo sin concierto, un ir trayendo las palabras, amontonando las palabras, esto mismo que ahora hago no deja de ser una evidencia, la verdad impone su íntima persistencia, pero dónde están las palabras verdaderas, yo no las he pronunciado, he ido confiscando palabras, robando palabras, las palabras las robamos, creemos que son nuestras, pero todo es prestado, este vals de martes primerizo es prestado, da igual que tenga en la cabeza mil dolores pequeños, unos empujando, buscando su sitio en mi cabeza, otros, los menos, apaciguándome, hay dolores que confortan, leí hoy en la consulta del dentista que el dolor es una forma de conocimiento, no sé ahora quién lo dejó ahí escrito, en una revista de las que ponen en la sala de espera, antes de que el hombre de verde te haga abrir mucho la boca, no emití ninguna palabra, fui gutural, es un gusto la guturalidad, expresa a veces lo que no sabe la razón, no hubo monstruos, me durmieron la boca, me robaron no sé cuántas palabras, las he ido diciendo después, conforme la tarde ha avanzado, lo que cuenta es la actitud, saber afrontar el dolor como el que asume el vértigo, como quien mira de frente la fiebre y la acata, no hay que pensar mucho, dejarse llevar, las palabras me van diciendo lo que estoy intentando explicar, aunque no importa, en realidad qué importa, nadie va a llegar al final del texto, incluso los que lleguen al final no lo hacen enteramente, creen vislumbrar un sentido del que yo mismo carezco, no conozco ningún texto al que yo le haya extraído el sentido, me muevo en sombras y hacia las sombras me dirijo, acabo porque no creo haber empezado nada

8.6.14

Tres sueltos dominicales

Al fútbol se le encomienda lo que  a veces no consiguen la religión, la política o las artes, disciplinas de mayor fuste moral, intelectual o estético. Quizá cuando lo que alcanza el fútbol, ese estado de euforia absoluta, esa sublimación del gozo, lo consigan las artes estemos en un mundo mejor. He dejado atrás, deliberadamente, la política y la religión. Las dos, cada una a su antiguo modo, buscan un conforte espiritual, pero se enturbian por quienes las representan, se enmohecen, adquieren un tono feo, de cosa gastada, que cuesta a veces limpiar. Y ambas deberían ponerse al día, arrimarse al sentir de lo más acendradamente humano y permitir que el camino, sea cual sea el camino, resplandezca. No lo hacen, a lo visto. No se esmeran. Y así les va.


Dice hoy El País que una mayoría prefiere a Felipe VI antes que a un presidente republicano. Estaría bien que eso se constatase en un refrendo popular. No serán tiempos para gastar en la gigantesca maquinaria de las urnas, pero es un asunto lo suficientemente importante como para permitir que la opinión de los gobernados sea conocida. Yo soy un gobernado poco inclinado a levantar la voz, pero no me importaría bajar la papeleta. La mejor forma de levantar la voz es esa, hacer que la papeleta caiga sobre las demás papeletas. Y que las matemáticas hablen.


Ayer sufrí una pequeña conmoción óptica. Vi una foto de Paulo Coelho en la que se parece muchísimo a Peter Gabriel. De verdad que me acosté pensando en cómo es posible que el azar obre estas filigranas. Incluso pensé en la posibilidad de no restarle importancia, y no supe. Me dormí embargado por esa evidencia. Todavía hoy no se me va de la cabeza. 

4.6.14

Catedral: Carver nada más abrir los ojos

Los cuentos de Raymond Carver deberían leerse en las escuelas o deberían ocupar las editoriales de los periódicos o incluso acompañar a los prospectos que suelen traer las cajitas de fármacos. Hay cuentos de Carver que iluminan partes de uno mismo que jamás habían visto la luz antes. No hay ninguno que no produzca la zozobra necesaria para cuestionarse cada pequeña cosa que sucede alrededor nuestra. El mundo, al ser interrogado, ofrece matices que permanecían ocultos. Un cuento de Carver, unos más que otros, todos a su manera contribuyendo un poco, hace que el mundo gire mejor, pero no hay políticas que fomenten estas iniciativas. No tenemos en la adminstración al devoto de Carver de turno. Los hay que veneran a las vírgenes de los templos (más de uno, créanme) o a los padres de la iglesia, pero gente como Carver queda fuera. Imagino que incluso este arrebato mío de miércoles por la mañana, antes de salir a la calle, parecerá una excentricidad. Es que soy raro con avaricia. ¿Quién piensa en Carver nada más abrir los ojos? Que tengan favorable el día. 

El hastío



Por ver que esto prospera uno está dispuesto a dejarse engolosinar por casi cualquier discurso. Solo se trata de que suene creíble o de que no ofenda a la inteligencia o incluso a la estética o de que pulse la cuerda de la confianza que uno a veces presta a los demás. Lo de la ética ya parece que no cuenta, visto el casting de estafadores que han malogrado el prestigio social de la política, pero si no hay ética, si desaparece de verdad la racionalidad en las costumbres o en el manejo de unos valores universales, no habrá prosperidad. Da igual que el Rey se vaya a cazar elefantes a Namibia y deje a su preparado hijo al mando de los cuartos y de las quintas o que un tipo con coleta, un recién llegado, se lleve de calle a la horquilla de indecisos y de desheredados que han ido llenando las calles y las plazas, sobre todo las plazas. Uno (insisto) está por escuchar con atención el contenido de las declaraciones, pararse si es preciso en los matices, advertir el quiebro, convenir que la política sigue siendo una de las más hermosas ocupaciones, a pesar de las atrocidades que en su nombre se cometen, de las infamias que a su cargo se ejecutan. Está todo muy tierno, como a punto de partirse, como para no andar con tiento y cuidar qué se dice. Al trending topic del bipartidismo quebrado, el que ha violentado Podemos o el que se han buscado a conciencia los dos grandes partidos del país, se une ahora el de convocar un referendo que someta la monarquía al arbitrio de las urnas. No es éste (no sé cuándo será, si es que alguna vez es) el momento en que deba yo declarar mis inclinaciones en estos aspectos, o si lo que yo consigne aquí valdrá o será relevante: sé que este es el momento en que pensemos la pertinencia de todo este zarandeo que le estamos metiendo al Estado. Igual se fractura, y no creo que estemos en un momento en que de ese roto hecho a posta salga algo bueno y válido, de lo que se pueda construir un Estado mejor. Lo habrá, sin duda. No es el mejor de los mundos posibles. No sé si alguno de los que se ven venir, de los que se anuncian, será mejor. De verdad que no veo ninguna evidencia que me haga ilusionarme. Será el hastío. Debe ser el hastío. Y algunos esquilmando la Filosofía en los institutos y borrando la Ciudadanía, con saña incluso, como proyecto curricular, en la escuela. 

3.6.14

Una poética

Hay cosas que obligan a mirar con más atención. Los ángeles custodiando un vuelo de pájaros sobre unos tejados. Un caballo griego alocado por un campo de fresas para siempre. El aire hueco y enfebrecido después de una tormenta. La fe de la luz cuando acaba el día y los ojos se retiran a su cuartel de bruma. Nunca aprende uno a mirar. Lo hacemos sin oficio. Solo extraemos detalles. Se deja atrás tanto.

2.6.14

Lunes

No existe lo que no se nombra. Lo dijo George Steiner, pero lo acuña cualquiera que se enfrenta a lo desconocido, que viene a ser lo realmente trascendente, lo relevante, lo que hace que el corazón se encienda y que el mundo gire. Tengo a mi favor la inercia de los vicios. Todo lo que no conozco me entusiasma.  Las tengo altas y las tengo nobles, aunque a veces las enfangue en asuntos que no vienen al caso de este escrito. Hay metafísica incluso donde no parece que pudiera haberla. Y amor y ternura y gozo. Está el día levantando sus pólenes, poniendo desde primera hora los obstáculos habituales, pero el cielo es azul y a lo mejor alguien está escuchando ahora un concierto de Bill Evans. Puede que no exista lo que no se nombra, pero nos levantamos buscando la novedad, arañando las partes sin pulir de la superficie sacrificada. Estamos en este juego por ver cómo avanza. Da igual perder. De hecho es un juego del que partes con la idea de que terminarás perdiendo. Pero es una pérdida maravillosa. No hay otra que la iguale. Ganar no era parte del entusiasmo con el que se sale. A lo mejor, por lunes, se levanta uno con este volunto conciliador. Que les vaya bien a ustedes. Yo me voy a trabajar. En estos tiempos de zozobra y de fiebre y de hastío, no es poca cosa. Tiene que haber un relato de Carver que cuente un poco de todo esto.