30.4.14

Libando deleitosamente

Descreo de todo lo que viene patrocinado, pero ya nada se salva del influjo del negocio, nada se libra de la voluntad del dinero. A K. le fascina la posibilidad de escapar absolutamente del dinero. Se le ocurren pocas salidas dignas, de acometida sencilla y de trayecto fiable, noble. En ninguna de esas posibilidades podría seguir yendo de bares, ni enganchándose a diario a su facebook para ver quién está por ahí y, sobre todo, qué dice. Está K. de sobra al tanto de esa utopía en la que no coger el móvil podría suponer un cierto triunfo al sistema, sea eso del sistema lo que fuese. Yo mismo me he levantado hoy y, nada más ocuparme del aseo y de organizar el trabajo, he mirado por la red qué dicen los otros. Son los demás los que nos tienen a salvo del tedio. Quizá todo sea una trama invisible en la que somos espectadores investidos con los atributos de la inocencia o de la ignorancia. Y ya que no podemos salir de este imperio del negocio, patrocinando todo lo que se mueve y todo lo que está quieto, está bien hacerse plácidamente a la idea de que tiene su interés el negocio. Más vale estar al día, conviene K., después de dialogar consigo mismo durante un buen rato. Importa saber que Cristiano Ronaldo lleva 16 goles en la Liga de Campeones de este curso. Récord absoluta. Irrelevancia total. Saber que han canonizado a dos jefes de la iglesia. Indiferencia absoluta. Saber que David Fincher ha hecho una película del libro que estoy acabando de leer (Perdida, Gillian Flynn, 2013). Fascinación absoluta. Que vamos así, cogiendo de aquí y de allá, libando deleitosamente, en la saludable confianza de que el mundo (insisto en esto) está bien hecho y gira en armonía dentro del ajeno cosmos. 

29.4.14

Tristeza de K.

A veces se desencanta uno y no aprecia la causa. Cree que la primavera, ese aturdirse de pólenes y de calores novicios todavía, podría ser el motivo, pero hay inviernos crudos en los que ha sentido esa flaqueza. El desencanto sirve para escribir. No sé si para escribir mejor, pero sí, al menos, para hacerlo con más afecto por lo escrito, como si se nos encomendara registrar el desmoronamiento de la alegría y nos encantara el encargo. Hay ocasiones en que lo triste fluye, adquiriendo rango de instrumento creativo. Lo triste y también todo lo que la tristeza trae bajo el brazo, que no es poca cosa. Decía anoche K. que nunca había escrito estando alegre, sintiendo la armonía del mundo, participando del júbilo del cosmos. No hay mundo, no hay cosmos, le contesto. Está la tristeza y está el editor del blog o la plantilla cómplice de Word. Quien pierde en todo esto es la tristeza, a la que se utiliza o de la que se extrae el conveniente beneficio. Gana la literatura o gana el amago de literatura que cada cual plasma en lo que escribe. Mi tristeza no siempre es interesada. De verdad que se desencanta uno. Lo vencen los rigores de lo real, lo abruman o lo aturden las crónicas de la calle, los despachos de la política, los saqueos de la educación, los infinitos planes de desmantelar el estado del Bienestar, de entristecernos a todos de modo cursado, publicado en boletines oficiales o aireado en los mítines, en las barras de los bares, en los caminos que van por ahí, en los que buscamos en donde nos buscan. 


27.4.14

Las historias más grandes jamás contadas






Del cine se extrae la romántica idea de que se puede morir por amor y hasta matar por amor. Luego la realidad malogra el romanticismo y nos informa de que hay gente descerebrada que mata por cualquier cosa, que matan en nombre de las banderas o por palabras escritas en libros que tienen miles de años. El cine es siempre un territorio sagrado, sagrado e idílico. Amamos esa fantasía inverosímil  en la que no se registra lo real sino que su permuta por lo fantástico, por lo irracional a veces (que haya dragones, vuele un hombre con una capa o un ratón explique lo feliz que es por encontrar el escondite del queso) o por lo deliberadamente inverosímil. Libramos con el cine una batalla amable en la que no nos incomoda que nos hable un cadáver al que vemos infelizmente en una piscina (Sunset Boulevard, El crepúsculo de los dioses) y relate la travesía que terminó en su defunción. Miramos con cierta bondad el formidable personaje de Thomas Harris, ese Hannibal Lecter patológicamente dotado para el mal, carente de escrúpulos, un sociópata culto hasta límites místicos, sensible en un extremo asombroso, pero hechizado por esa maldad a la que se entrega y por la que nos hacer sentir extrañamente culpables. ¿Nos gusta Hannibal Lecter? Quizá nos guste porque lo que vemos es una representación del mal, un simulacro balsámico, una especie de demonio muy lírico que no siente remordimiento y que ha leído a los clásicos y sabe que Medea mató a sus hijos, aunque los mitos, incluso los griegos, viven en otro simulacro, en un limbo narrativo, en una apariencia impostada de la que la cultura de los siglos ha extraído enseñanzas y ha alentado religiones. Queremos ver lo que la realidad nos priva. Existe una inclinación natural por hocicar en lo clandestino, por ser un voyeur con coartada. La literatura, toda entera, es un ejercicio lícito de voyeurismo legitimado. El cine, todo entero, es un ejercicio de una depuración distinta, fermentado en odres de más inmediato encanto, pero lo que se madura en ambas es la rendición pública de un privacidad a la que en principio no tenemos por qué tener acceso alguno.

La misma representación erótica, incluso la pornográfica, se ajusta a ese deseo sublimado en el libro o en la pantalla. La estrategia discursiva del porno prescinde de toda la experiencia cultural del espectador y apela a la no-ética, al disfrute visceral puro. En lo impuro, en lo más carnalmente pagano, en lo que no posee conciencia ni existe más allá del objeto sublimado y perfecto, está también la raíz del cine, todo ese carrusel enfebrecido de ficción y de industria. Queremos ver lo que no la realidad nos priva. Lo clandestino. Lo perverso. Lo malo por ser malo y por no tener oportunidad, de buenos que somos, de asistir a su desempeño. El voyeur de hombría izada por el fornicio de los demás es la representación canónica del espectador en su grado cero. De él, de ese destinatorio sin alma, sin espíritu al que alimentar, se extrae la escasamente romántica idea de que se puede morir por el sexo y hasta matar por el sexo. No hemos dejado de hacerlo desde tiempos inmemoriales y no vamos a dejar de hacerlo hasta que la casa tierra reviente. La violencia, incluso la estilizada, la que se acomoda a los discursos de quienes la detestan, también se deja querer por los vértigos de la ficción. En Perros de paja existe un mal larvado que explosiona cuando se le busca. Puro Peckinpah. El corazón tiene razones que la razón no escucha, dice el maestro. Yo sigo apasionadamente enganchado a que me cuenten cosas. Mi corazón tiene razones que la razón ni conoce. Se van los dos sobrellevando y aquí ando yo, escribiendo sobre lo que me gusta, creyéndome las mentiras que me cuentan. 

En cine no soy laico. En literatira, tampoco. Soy de los que celebran los misterios al modo en que los hacen los creyentes cuando se postran ante sus dioses. Igual que hoy canonizan a dos padres de la iglesia, con pompa y con gran aparato mediático, yo canonizo a diario a mis santidades del celuloide o de la literatura o de la música. Tengo altares ante los que me postro, santuarios que cuido, a los que aplico el esmero que a veces ni me aplico a mí mismo. Los míos, mis santos,  no son trascendentes. O lo son tan solo mientras el metraje avanza. Cuando la trama concluye, se retiran. Sé que los tengo. Si no fuese por ellos, mi vida sería infinitamente más triste. Soy el voyeur, soy el espectador perfecto. Me trago todas las historias. Soy crédulo por convicción narrativa. Soy Joe Gillis, escritor de segunda categoría, huyendo de mis acreedores, refugiado en casa de Norman Desmond, la diva del cine venido a menos o venida a nada, que malvive de su esplendor en la compañía de su fiel criado Max y de un viejo proyector que ilumina sus interminables noches. Terminaré muerto en la piscina y cada vez que se abra el telón os contaré mi historia. Será vuestra. Yo solo habré cumplido lo que se me encomendó, la restitución de una trama. 



23.4.14

Festejando el día de los libros



                                           
                                             dibujo: Max


Hoy se festeja el día del libro. Prefiero el festejo a la celebración. No sé, parece más hondo, de más fuste eso de festejar. Hoy debería ser el día de los libros, de los derechos de autor (ese añadido es muy actual, muy chic, muy de dow jones) y de la lengua. Todos los días son el día de la lengua. Los libros vienen después. Los libros son la consecuencia. Lo que festejamos es que tenemos un idioma maravilloso. En eso creo de verdad. 



Donde Francisco Gómez de Argote se ocupa de despedirse y encomendar su alma a quien con esmero la acoja


Mientras que en la ligera sombra prospera el frío y los árboles desalojan el rumor de los astros y convidan al paseante a meditar sobre la mudanza de las cosas, fatigo las horas en esta pieza postrera, inclino mi voz y cuento lo que he visto. Y juro haber visto las cosas que al hombre le afectan y también las que no, las empresas del cielo y las entenebrecidas del averno. Yo soy el poeta, aunque esa circunstancia no me procure la riqueza con la que otros se despachan en las tabernas y en sus haciendas, bebiendo sin preocuparse de donde dormirán la cogorza. Al poeta se le encomienda el registro de los prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas bellas y de rudos pastores. 


Sin entrar mucho en honduras, me preocupan más los adjetivos y la contabilidad de las sílabas que las posesiones de ultramar de mi rey, al que no le tengo mayor afecto que el que le profeso a las bestias de las cuadras o a los mercenarios de los ejércitos. A mi verso han acudido las cosechas de los años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el que he cincelado el tallo agreste de la palabra. Embastado el seso al cuerpo exigente del soneto, carifruncido y enfermo a veces, ciego al dolor en otras, comido por las urgencias naturales de la vida y conminado a volcar en la hoja el dolor infinito de la muerte, buscando quién sabe si a Dios en este dulce instrumento que es la poesía, pero no soy hombre de santos ni tengo al cielo como el cobijo al que aspira mi alma enferma. Sé, no obstante, que algunos festejarán mi ausencia. No ha sido mi elección la del amor hacia los otros sino la puya y el desdén, obra de mi carácter, de escasa dulzura o ninguna, de poco apresto al concilio y de mucha inclinación al desplante. 

No buscando la fama, encontré cierta posición social que no desdeñó. Fui amigo de nobles, de putas y de bufones y hasta gané la enemistad de algunos reyes. La vida cortesana, tan rebajada a lo mundano, nunca me hechizó. Fui de los que paseó los pasillos palaciegos, abrió cancelas y platicó con sus dueños, pero lo hice campechanamente. No hubo en mí ninguna de las banalidades que en otros adquieren el rango de virtud. En mis adentros obró a su antojo, sin que mi voluntad lo arredrara, el milagro de lo profano y de lo sacro y de esa mixtura dulcísima, de esa coyunda feliz extraje una poco piadosa visión de las cosas. Quienes me condujeron a los cargos eclesiásticos que disfruté no cayeron en la cuenta de mis dispendios. Tampoco se interesaron en ver si en mi casa gasto libros de salmos o ocupo los muros con cuadros de ángeles. 

Si todo esto que relato contribuye a que mi figura no sea tan amada, lo aplaudo, pero no me resta sueño si en estos días últimos me visten con ropajes embusteros y de mí dicen lo que no procede. No solo me entregué a los libros y a las letras de los libros. Amé obstinadamente la vida al modo en que se ama lo que se sabe huidizo. En eso hay algo de mi sesgo crispado, de mi voracidad dialéctica, de todo eso que las habladurías, en ocasiones, cuentan de uno y que, a poco que se escuchen con atención, se advierten ciertas. Me irrito con poco, me crispo con nada, me inclino a pensar que el natural del ánimo es enarcar mucho las cejas, adoptar una postura escéptica en el discurrir de las cosas y nunca, bajo ninguna circunstancia, por recomendable que parezca, ceder a la opinión ajena si existe una propia que rivalice con ella, aunque sea con timidez y sin entusiasmo. 

Dicen los que me traten que me falla la memoria. Todavía alcanzo a escribir sin desmayo y nombro con absoluto rigor los dioses de la antigua Grecia y los héroes que en los libros me iluminaron. Muy de ordinario manejo las filigranas del verbo y hasta me acomodo con soltura en las cárceles del lenguaje, que son muchas y precisan de fineza y de ingenio como pocas. He andado camino, refugiado del invierno en posadas, conversado con el pueblo y me he arrimado, sin la ronza de algunos, a las castas de más fuste. Todas esas travesías han avituallado de milagros y de tristezas, de asombros y de penurias también, esta insobornable querencia mía a dejarlo todo por escrito. Encuentro en el oficio de escribir el placer que no hallo en el de la vida. Por eso perseguí sombras y abracé engaños. El hospedaje de los años lo estoy pagando ahora en este lecho en el que yazgo. 

No poseo otra riqueza que mi nombre puesto que desconfío de lo que todavía me aguarda y no dudo de que me cubrirán ya sin remedio las aplazadas verdades del mundo. De mentiras viví mientras que las mentiras me colmaron. Y bien colmado que estuve. Gocé e hice tal vez gozar, aunque no es esto de lo que hablo asunto de lubricidades sino materia del espíritu. En la palabra, en su dormida ribera, fluye el río de la vida, en la que yo me he afanado y de la que ya, aquejado de quebrantos que no gobierno, me despido. Quiera el céfiro y quieran los astros en la callada bóveda de la infinita noche que sean mis letrillas alimento del que las busque. No hay otro fin en este viaje que concluye que el de legar algo que de algún modo alivie el dolor que padezco. Esplendor mucho, ceniza poca, he dejado escrito. Que el recinto que guarde mi cuerpo no se abruma de visitas y no se sepa a ciencia cierta en dónde me hallo y a qué inclemencias de las estaciones me expongo. 

En la comisión de mi cabildo, me obstiné en el imposible de conceder prebendas a los míos. Conforme he ido avanzando en años y en dolores, pues la vida es un dolor minuciosamente administrado, he confirmado la idea de que la belleza salvará al mundo del caos y de la barbarie. Los ejércitos librarán sus batallas en las extranjerías, los reyes recibirán las reverencias de la grey, pero los poetas conduciremos al alma al parnaso y la dejaremos allí, prendida a un endecasílabo, encendida de los abundantes júbilos de las letras. Las mías las dejo al antojadizo dictamen de mis críticos. Sé que fui odiado como sé que odié. No fui hombre de armas y no me escondí en las sombras, a la espera de amandoblar a mi enemigo, que tuve en número grande. A mi funeral acudirán todos. Ninguno que se tropezara con mi ceño fruncido o con mi oratoria cainita perderá la ocasión de verme hundido, afincado en la tierra, convertido en huésped de la eternidad ilusoria del barro. Lo harán para comprobar que me meten bien hondo y que me echan encima una buena cantidad de tierra. A cada paletada sobre la madera, mayor será su alegría. Los que me amaron, quienes tuvieron a bien dispensarme su afecto, nada les pido salvo eso que los que escribimos siempre llevamos bien a gala y que consiste en no dejarnos morir del todo. Que leyéndonos, vivimos. Que en el ejercicio de la lectura, nuestra voz se iza y perdura, ayuntada con las otras que también trabajaron en esta dura empresa de contar los sucedidos. 

Me queda, al cabo, la duda habitual, la tosca e imprudente, imagino. Si todo fue razonable, si me enamoré poco o incluso no llegué a enamorarme siquiera porque no me fío de los otros al imaginar que pudieran ser, en lo suyo, parecidos a mí. A los mentecatos les tuve aprecio. Uno ve en los tontos alcances que no advierte en los iluminados. Le dan materia sobre la que explayarse. A mí me la dieron a mansalva. Encontré distracciones en ellos que me salvaron del aburrimiento, que es una de las inclinaciones del alma de las que más huí. Creo que, a pesar de todo, con mis defectos, muchos, no solo éstos que aquí ofrezco, no me aburrí jamás. Los demonios del tedio no se lucraron con mi apatía. Ignoro si en el sitio al que parto dispondré de papel y de pluma. Puestos a no saber, tampoco poseo certezas sobre si partiré, en efecto, a alguna parte que, en algo, en lo de más fundamento, me haga sentir como en casa. No habrá cortes distinguidas en el cielo, al que no iré, ni burdos arrabales en el infierno, donde no me querrán. Fuera de esto, prefiero la sutileza a la ordinariez. En esto gana el cielo, ya presumo. Solo hay que leer las escrituras, solo hay que sentarse en un banco en la misa y dejarse arropar por las palabras de los apóstoles o por los hechos de sus hijos en la fe. Ya me voy despidiendo. Para quien lea esto, le ruego que acepte, en lo que valga, mi disculpa. Una sola disculpa, una que se descomponga en otras y ocupe la extensión entera de todas. Os dejo, parto, me siento débil y no gobierno ya ni lo que escribo. Seré tierra, humo, polvo, sombra, nada. 



Texto corregido sobre el que publiqué en Barra Libre. El maestro Gómez de Argote merecía un lifting, un detenerse, que dice mi amigo K. 


22.4.14

¿Tú de mayor qué quieres ser?


Se nos dice tantas veces qué queremos ser de mayor que no acabamos nunca de elegir bien. Incluso cuando creemos haber atinado con el oficio, pensamos que quizá hubiea otro en el que nos manejaríamos mejor o que nos reconfortaría de un modo más completo. Es una de las preguntas que evito cuando doy clase en el colegio. No hace falta que piensen en el futuro o, al menos, en ese tipo de futuro, tan doloroso. Algunos serán lo que deseen y otros, por mucho que se empeñen, no alcanzarán jamás sus sueños. Se olvidan, sin embargo, otras preguntas, que se obstinan en dilucidar el futuro laboral o que no buscan únicamente ahondar ahí, en lo que seremos, sino en cómo vamos a ganarnos la vida. Se debería preguntar sobre cómo seremos, en qué lugar del mundo nos gustaría posicionarnos. Y la escuela, en cierto modo, es la que forja esa voluntad primera del carácter, la que estabula los parámetros, la que nos pide que miremos ahí, buscando respuestas a si queremos ser solidarios o generosos o comprensivos, si aceptamos a quien no viste igual que nosotros o no se expresa como nosotros o no piensa al modo en que lo hacemos nosotros. En ese respeto al otro es en donde nace la verdadera educación cívica. Luego vendrá si en el futuro seremos ingenieros, camareros o violinistas. También le incumbe a la escuela acercar la persona a su desempeño laboral, pero se podría rebajar la fiereza con la que se formula la pregunta. ¿Tú de mayor qué quieres ser

17.4.14

Trabajos de amor invisibles




La realidad confirma a veces a la ficción, la dota de la veracidad sobre la que manejarnos en ella, la confirma como un instrumento fiable. Sostiene K. que no hay realidad sino trazos de ficción, madejas consistentes de acontecimientos que creemos reales, pero que solo son fabulaciones, historias que operan al modo en que lo hace la literatura. La vida es una novela, una que excede toda posibilidad de ser acotada, que pugna por zafarse de lo previsible, aliándose con el azar, fluyendo con él, consintiendo que sea el azar el que la escriba. K. se fuma un cigarrillo, prepara un café de jueves santo, recuerda el maravilloso gol de Bale anoche y me confiesa que ha renunciado a entender nada, que solo le vale Bale, la epifanía de ese festejo frívolo cuando barre el costado izquierdo del campo, deja atrás a Bartra y mete el balón entre los tres palos. Todo lo que hoy cuenta es ese prodigio atlético. La novela ha sufrido una interpolación lúdica, irrelevante, pero la trama de fondo se ha limpiado de pronto, el dolor de la existencia ha rebajado su metafísica gris a niveles ínfimos. Sin metafísica se vive mejor. Bale la retiró anoche, la condujo a un aparte sin trascendencia. K. se prepara otro café. Cápsulas expreso. Sin mucha artesanía, sin rito. Hemos perdido hasta el arte de preparar una cafetera y esperar que el líquido se decante. En cierto modo, creo en lo banal, en la idea de que uno formule su lugar en el mundo según criterios estrictamente íntimos, poco o nada argumentables. Uno sigue escribiendo, creyendo en la obligación de escribir, cobijado en la escritura, como si la novela de lo real precisase de mis interpolaciones, sin caer en la cuenta de que todo este trabajo de amor invisible al mundo tenga un fruto.

16.4.14

Vicios estabulados



A mi amigo K. le fascina el coleccionismo. En esa conquista pausada y casi piadosa de objetos, el tiempo transcurre de otra manera, suele decir. Hay quien no percibe que al final el vicio acaba por devorar al enviciado o, dicho de otra manera, que no hay colección que termine por satisfacer enteramente y que siempre se desea un añadido más, como si fuesen días a la cuenta y se anhelase uno más hoy y otro, entregado en las mismas condiciones, mañana. Hace poco me deshice de una colección de revistas de cine que fui comprando mensualmente desde 1991. Llegué a la conclusión de que le dedicaba más tiempo a ordenarlas y a quitarles el polvo que a husmear en ellas, perdiéndome (como solía) en sus crónicas, en sus críticas, en sus reportajes. A mi pereza doméstica se añadía el hecho de que no cabían en casa. No había sitio físico en donde seguir alojándolas. Pensé en un escritor de éxito, creo que Javier Marías. Una vez dijo que tenía un piso en Madrid consagrado al almacenaje de baldas y baldas reventonas de libros. Libros en el suelo, compilados en montones, decía. Libros en maletas, sin abrir todavía. Entiendo esa voracidad, ese placer elemental consistente en sentirse dios caprichoso y rudimentario de un cosmos creado a imagen de los vicios que nos ocupan. A K. le dije que la colección de discos de jazz no la voy a separar nunca de mí. Ni las películas. Ni los libros. Me miró como si acabase de sentir un alivio enorme. Un disco mío de Stephane Grappelli con Joe Venuti (Venupelli blues) me sobrevivirá. Pienso en todas los objetos que durarán más que yo, que otros tendrán que limpiar o realojar en baldas nuevas o en las mismas, huérfanas de dueño. No sabe uno si tiene derecho a dejar esa herencia infame, todos esos miles de libros, de discos, de películas. ¿Habrá quien los lea, quien los escuche, quien las vea? No es cosa nuestra, no debe serlo, no lo es en absoluto y, sin embargo...



15.4.14

Dejando correr el río



El otro día me paró un voluntario de la congregación evangelista. Me invitaba a una celebración de la fe. Con los años, gana uno en prudencia, aunque bien estaría perder de vez en cuando. No era éste el caso en el que debiera yo explayarme, prestarle atención a lo que, en principio, no me merece ninguna. Acepté con una sonrisa muy falsa el papel en el que se indicaban lugar, día y hora y, no viendo papeleras, lo eché en el bolsillo. Al sacarlo en casa, lo dejé en una repisa, en la que dejo a diario la cartera, las llaves y todo eso. Al verlo hoy, he visto claro lo que antes, en bruma, veía a trozos, sin la nitidez que requiere un asunto importante, sin la nitidez con la que lo veré más adelante, cuando alcance alguna certidumbre de la que ahora carezco. Joven, cuando la cabeza bullía en esas amables metafísicas de taberna, solía caer en el error de dar cuartelillo a los voluntarios. Les pedía que me explicaran los dogmas, les confiaba mi incredulidad en materia de espíritus, milagros y parábolas. Todo tiene su época, imagino. Lo del otro día, la invitación que recibí, mi reticencia a entablar un diálogo que no consideré necesario, me hace pensar en la necesidad de dejar correr el río, de no entrar en la conversación sobre si lleva peces o no lleva, si uno no es pescador. Y no siéndolo, que otros manejen su curso y se enternezcan o se emocionen, a capricho de la fe que les hace mirar de otro modo. Se trata, al cabo, de la forma en que se miran las cosas. Se trata, creo, de haber sido educado a buscar cierta mirada o a no haber sido educado en absoluto. Incluso está la mirada buscada, pero vacía. No hay manera de que uno se enamore a posta, digamos. No existe en el deslumbramiento del amor o de la fe, empresas que funcionan de parecida manera, el concurso de la voluntad, la injerencia de la razón. En lo demás, amo las metáforas, amo los milagros, amo inagotablemente todo ese caudal de palabras en el que alguien busca a Dios, lo encuentre o no. Yo soy de la ficción pura, de los que viven para que contar historias o para que se las cuenten, pero no he suspendido del todo la incredulidad. Hay facetas de las que huyo, partes de la trama celeste en la que advierto demasiada literatura, y no precisamente de la que me produce placer y me induce a navegar por ella. A los que navegan por los procelosos mares de la fe les tengo una cierta envidia, que no me corroe ni me quita el sueño. Admiro esa suspensión, ese mirar, esa porción de amor hacia lo invisible, esa sensación de pertenecer a una comunidad cómplice, cómplice y perdurable. Yo tengo mis comunidades, por supuesto. Me vale a veces la mía conmigo mismo, mi batallar diario, la sensación (también) de que los días están a mi lado o que no habrá un cielo que me cobije o que si lo hay, quién sabe, quién soy yo, qué coño sé yo, tan poca cosa, tan mediocre en tanto, habrá quien me excuse, lea estos escritillos de martes santo y convenga de que, en el fondo, me movían buenos propósitos. Si se trata de ser buena persona, aquí me tienen, abran, miren, no creo que me falte nada de lo que tienen los adoradores de las imágenes, pero no asisto al culto y no gasto mi tiempo, ay tan corto, leyendo sus páginas. Tengo gente a la que aprecio y amigos del alma que creen sin fractura. Ellos saben que todo lo que digo es cierto. Ellos me escuchan, me sostienen, me conducen cómo pueden y me cuidan cuando flaqueo. Para eso están los amigos. 

El dia del amor


Se vive mejor o se vive más feliz en la persecución que en la captura. La promesa de los libros, en ocasiones, supera la certeza de su presencia. Incluso estoy por pensar que los libros, idealmente, son idílicos de verdad cuando los miramos desde lejos, antes entrar en sus páginas. Ocurre a veces que se abren y el prodigio sucede, y entonces la captura malogra todo ese romanticismo vacío de que persiguiendo se está mejor, de que los preliminares son mejores que los actos en sí mismos. El amor es un poco así. Como los libros. No llega el día de los libros: lo que llega es el día del amor.

13.4.14

Cosas en las que creo y de las que no me aparto / Redux con polen en las calles



Creo en la intimidad de los relojes.
En el prevención del dolor.
En la ebriedad de los abrazos.
En los ojos de Bette Davis.
En el tacto de la arena.
En el blanco de una hoja antes del poema.
En el efecto curativo del amor.
En los afectos.
En las manos de Bill Evans.
En las salas de cine cuando se apaga la luz.
En los patios de recreo en las escuelas.
En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga.
En la cruzada contra todos los tercos del mundo.
En los sonetos de Góngora.
En el bourbon amable de las noches.
En la lluvia ofrecida como un regalo.
En la HBO.
En las palabras de los niños.
En el verbo promiscuo del sexo.
En la longevidad de la luz.
En la lujuria semántica de las metáforas.
En el vértigo dulce de la fonética.
En el progreso.
En todos los libros que amaré y que no he leído.
En la historia del Minotauro contada por Borges.
En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos.
En los hoteles a pie de playa.
En los veranos en Fuengirola, cuando todavía no conocía a Kafka.
En las road movies.
En los riffs de los setenta.
En el choco de Punta Umbría.
En la verdad, doliendo incluso.
En la mentira, aunque me hunda con ella.
En el olor de los libros.
En la soledad presentida en las calles.
En los músicos de jazz que te hablan al oído.
En George Bailey.
En las minutos que preceden al sueño.
En una librería que había cerca de la Facultad de Magisterio, en Córdoba.
En la luz del flexo.
En el poder liberador de las palabras.
En la independencia moral del hombre frente a la religión.
En la inspiración.
En los altares, aunque no vea en ellos dios alguno.
En el trabajo terco que sirve a los demás.
En los amigos del Norte.
En las canciones de amor.
En los conciertos al aire libre.
En los versos de Walt Whitman.
En el cine negro.
En los cuentos breves.
En los abrazos largos.
En las calles de mi infancia.
En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años.
En el arrepentimiento.
En la cordura.
En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira.
En la luna en la calle Bourbon.
En el agua en un aljibe.
En las barras de bar, en todo lo que siempre te reservan.
En los amores imposibles que terminan en tragedia.
En la dulce pereza de las siesta.
En la rapsodia bohemia.
En las erecciones imprevistas.
En la mansedumbre.
En el desaliño que precede al orden.
En los cuentos de fantasmas.
En la imperfección.
En el león de la Metro.
En la hermandad de las estrellas, sea lo que sea eso.
En las nubes arriba en el cielo.
En la oscuridad de una sala de cine.
En el desprecintado de un buen disco recién comprado.
En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco.
En la imaginación.
En los diálogos de Woody Allen.
En los paseos marítimos.
En la RKO.
En Bach, sí, en Bach, en Telemann, en todos los de esa cuadrilla.
En los escaparates reventones de libros.
En las ninfas de los ríos.
En las brújulas del alma.
En la Verve.
En John Ford.
En el instinto.
En la firmeza.
En la caída de la casa Usher.
En el Rey Amarillo.
En los bares de A Coruña.
En la duda.
En los prodigios del azar.
En el azar mismo.
En que los demás crean en el dios al que yo no alcanzo.
En los poemas que te sacuden, en los que te acompañan siempre.
En la espuma de la cerveza.
En los amigos, en lo que me dan, en lo que les doy.
En la risa, en la sonrisa, en la carcajada, no importa el orden, de verdad.
En el llanto.
En la noche casi por encima de todo.
En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare.
En Leonard Cohen adaptando a Lorca.
En Russ Meyer, en todas sus ubérrimas divas de ubres generosas.
En mis alumnos, cuando se ríen.
En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins.
En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita.
En Gil de Biedma en las Filipinas.
En Poe, perdido, en las últimas calles de la absenta.
En mi mujer y en mis hijos.
En el coro operístico de la rapsodia bohemia.
En mi ipod cuando va pletórico de blues.
En los muertos de todas las novelas de serie nera.
En las bestias míticas de Lovecraft.
En la panza barroca de Lezama Lima.
En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
En la vuelta a casa por el judería en los ochenta.
En las vueltas del aire.
En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle.
En la ciencia por encima de los salmos.
En el bendito gozo de abrazar otro cuerpo.
En el ajedrez, en las partidas con mi amigo Marcelino.
En las calles de Londres, donde nunca he estado.
En las piscinas del verano.
En las mantas del invierno.
En los días ebrios.
En la melancolía.
En Peter Pan.
En Billy Wilder.
En las ecuaciones de segundo grado.
En la evidencia del amor cuando no lo esperas.
En el rumor del invierno en la ventana.
En los sultanes del swing.
En el vals para Debbie.
En Billie Holiday.
En el insomnio de la sangre.
En la belleza de las heridas.
En la obediencia de los días.
En lo mágico cotidiano.
En el novicio temblor de sentirse amado.
En los excesos.
En la nieve.
En el asombro.
En la modestia.
En los tigres.
En las repeticiones.
En los laberintos y en los espejos.
En el vértigo.
En los abismos.
En la profanación de los altares.
En el diario minucioso del alma.
En lo inasible.
En la disidencia.
En esa leve comezón que anuncia el júbilo.
En la felicidad sencilla de un solo de trompeta.
En el pudor.
En todas las vidas improbables que no tengo.
En Thunder road.
En el río de Heráclito.
En los himnos sin letra.
En las resacas.
En los poetas.
En la ternura.
En el olor a libro nuevo.
En las posadas a mitad de la noche.
En los regalos.
En el vuelo de la carne alegre.
En el frío.
En las rosas.
En las lagartijas en los muros.
En los trampolínes.
En las turbaciones.
En las perplejidades.
En los asombros.
En mi hija cuando habla con veneración del inglés y de sus prodigios.
En los preliminares.
En el oleaje.
En los jadeos.
En las distancias.
En los domingos vibrando en un kiosko.
En las fugas.
En el despilfarro.
En la pureza.
En la impureza.
En las imprecisiones.
En los jinetes, vastos y nocturnos.
En las palabras que arden en los diccionarios.
En los nombres.
En los goles de Zidane.
En la gloria de saberse póstumo.
En los íntimos avatares de la felicidad.
En la manga del tahúr.
En los periódicos, en los bares, con un café, sin que nada te distraiga.
En la blonda de la novia.
En las libaciones de la razón.
En las alucinaciones.
En la épica de los perdedores.
En remotos pájaros improvisados.
En las tramas de Hitchcock.
En los fuegos artificiales.
En el néctar libado a conciencia.
En Summertime, when the living is easy.
En el confort de los trenes.
En un concierto de Pat Metheny en La Axerquía hace más de veinte años.
En los patios de Córdoba.
En Kafka, en Samsa, en los dos algunas veces.
En Funés El Memorioso, al que siempre le tengo envidia.
En las biografías de los héroes.
En el Renacimiento.
En la cubierta del Potémkin.
En amigo Antonio Sánchez, mi hermano.
En la anuencia del cuerpo.
En Grecia, en Roma, en todo lo que heredamos.
En los palacios abandonados.
En la imprevisiblidad, en la previsibilidad.
En un violín tocado muy lastimeramente.
En el orden secreto de las cosas.
En el invisible andamiaje de las horas.
En caballos desbocados en un sueño.
En las sílabas del tiempo.
En la cordura.
En el cansancio.
En la mécanica celeste.
En las fuentes en el campo.
En la obscenidad, en todo lo sucio que esconde.
En lo frívolo, en todo lo burdo que esconde.
En la sangre.
En el cine de espías.
En las novelas victorianas.
En las novelas de viajes en el tiempo.
En la voz de Jeff Buckley cantando Hallelulah.
En la voz de Rufus Wanwright cantando Hallelulah.
En Yesterday cantado por Ray Charles.
En las trincheras contra el fanatismo.
En los superhéroes de la Marvel.
En el escenario de un teatro.
En los asedios galantes.
En la pompa y en la circunstancia.
En el polen.
En las gacelas en un cuadro.
En El Circo del Sol.
En el discreto oficio de irse uno viviendo.
En Humphrey y en Sam.
En todos los papales de glorioso secundario de Walter Brennan.
En todos los papeles de glorioso secundario de Peter Lorre.
En todos los papeles de glorioso secundario de Basil Rathbone.
En los secretos, en la epifanía absoluta de su revelación.
En los palimpsestos.
En la caligrafía del deseo.
En el ayer, por lo que me cuenta.
En el mañana, por lo que me contará.
En los misterios, que hacen la vida absolutamente dichosa.
En la fragilidad.
En Stan Getz filtrando bossa nova.
En el cinemascope.
En los veranos con mi tío Alberto en el Figueroa.
En Sunset Boulevard.
En el sur.
En el norte.
En los vicios, sin los que no somos nada más que criaturas tristes.
En Oliver Twist.
En Roberta Pedon.
En los cromos del Atleti, que quién sabe si volverá esta noche a ganar cosas.
En el corazón tan blando, en la lengua tan generosa.
En el alambique formidable de los sueños.
En la pólvora.
En el fuego.
En el festín de los ojos.
En mis ojos abiertos como lunas perfectas viendo a Queen en 1985.
En los malabarismos de Burt Lancaster.
En la zozobra.
En las walkirias.
En Coppola sobre el Mékong.
En John Coltrane en el Village Vanguard.
En las volutas barrocas de Bach.
En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños.
En la noche en las afueras.
En el libro que ahora estoy leyendo.
En el día de mañana.
En la mujer que yo quiero, la yunta y todo eso.
En la farándula.
En la lucidez.
En los viernes.
En el azul.
En la inteligencia, en sus ruinas.
En las alfombras, en las cortinas, en las bufandas, no sé en qué orden.
En el tabaco eventual, en el obstinado a veces.
En las imprudencias.
En las algas.
En las películas de tiburones.
En Charles Laughton.
En las hélices.
En Robert Louis Stevenson.
En las hadas.
En Scarlett Johansson.
En el piano de Sakamoto improvisando la feliz navidad de Mr. Lawrence.
En mi hijo tocando esa pieza en su modestísimo teclado.
En las repeticiones.
En todas las que he dejado escrito en este volunto de domingo de ramos.
En mis Bowers and Wilkins.
En la soledad cuando se busca.