28.3.14

Un cuento de Richard Matheson



Solo se ven escombros, masas orquestales de escombros, una epifanía de escombros. Ni siquiera se aprecia el escombro a fuerza de ocupar todo el paisaje. La única forma de liberar el ojo es mirar al cielo, pero hasta el cielo se está escombrando. El gris ocupa el azul de las nubes y todo parece un aviso de lluvia. Está el futuro precintado, escombrado, un poco tullido en las aristas, pero el pasado no nos alegra tampoco. Vivimos el presente, el gris de todas las nubes. Anoche K. me contó todo esto, me lo confió mientras yo abría el frigorífico y buscaba una lata de cerveza. A K. lo que le preocupa es que a nadie le preocupen los escombros, las masas orquestales, la epifanía. Se lamenta de que yo mismo, a quien tanto aprecia, no haya adquirido la sensibilidad que hace visibles todas estas cosas. Yo no he visto un solo escombro, K., le informo. De verdad que he mirado, me acabo de asomar a la ventana y la calle Mediabarba sigue como siempre. Los coches van a lo suyo y las vecinas limpian la puerta, pero no veo escombros. A lo mejor los han barrido. Estarán todos los escombros a recaudo, en bolsas, listos para dejarlos en los contenedores de basura. A K. le incomoda mucho que no le preste atención, aunque sepa que siempre se la presto. Cree que los escombros me han comido la cabeza. El olor, insinúa. El escombro tiene un olor que bloquea ciertos receptores sinápticos. Esto de ahora pasa en muchos cuentos de Richard Matheson. Gente que vive ajena al invasor, pero gente invadida. Gente que ignora el mal que los hace enferma, pero gente enferma. Lo peor de este mundo es que gira sin pensar o gira sin sentir. Lo que nunca hace es dar a lo pensado un rango y a lo sentido otro, y no se ha esmerado el hombre en ensamblarlos. El uno malogra al otro. La ciencia riñe con la espiritualidad. La materia pelea a muerte con Dios. Todos los poeta han estado por aquí. Toda la poesía es un esfuerzo (no siempre vano) por registrar ese combate absoluto. Así que hay poesía en los escombros, K., le digo. Quizá no sea tan malo que los escombros nos hayan rodeado. Es posible que siempre hayan estado ahí, los escombros; que nunca nos hayamos percatado de su presencia. Intento llevar la conversación a mi terreno, que no sé bien del todo cuál es, aunque me bandeo cómodamente por él y sé en todo momento dónde resguardarme si las palabras se encabronan. K. va a estar toda la mañana pensando en los escombros. Le reprendo, pero no escucha. A él sí que lo han invadido los escombros. Como en un cuento de Matheson. La vida, a veces, es un cuento de Matheson. Da igual que no lo hayas leído. Matheson te visita por las mañanas, mientras desayunas: te vigila, te escruta, va tomando notas de las cosas irrelevantes que te circundan, les busca el lado que no le busca nadie. Hay gente que escribe a la caza de esa sustancia escondida: la de lo que no se observa fácilmente y que, sin embargo, está a la vista si se presta la suficiente atención. No tengo ahora en la cabeza ninguna historia de Matheson en la que aparezcan escombros. La habrá. Será cosa de que google repare mi ignorancia. Suele hacer eso con mucha frecuencia.

27.3.14

El blues del chico ostra


 Tim Burton

Ya no sabe uno si seguir amando los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles, no sabe si decantarse definitivamente por el activismo o por ser el chico ostra, encapsulado, conversando con su sistema operativo, a riesgo de amarlo como el pobre Theodor, el protagonista de Her. No se sabe casi nada y lo poco que se cree saber se tambalea a diario. Quizá pase todo esto porque estamos saturados. Contra la saturación no podemos hacer mucho. Saber que existe, a lo sumo. Aceptarla, si no tiene uno demasiada gana de dar guerra. Caso de querer darla, está el activismo, pero no me veo en las calles, enarbolando pancartas, vociferando proclamas. No me veo, no me sitúo, no logro posicionarme del todo, aunque haya alguna manifestación muy mía, en la que se dicen cosas que comparto. En lo más íntimo, prefiero ser el chico ostra, sin llegar al extremo de ser Theodor. Admiro a quienes salen a la calle. Es una admiración sincera. Es posible que el futuro esté en las calles, y entonces yo me lo esté perdiendo. En casa, contemplando la realidad como espectador, se pierde uno la épica. El chico ostra, por variados motivos, no sale, no se involucra. Theodor, por esos y por otros más retorcidos, tampoco sale, tampoco se pringa. Viven los dos en un mundo espiritual, de absoluto goce estético. En ocasiones les envidio. Ojalá pudiésemos vivir fascinados por la cultura. Que nada perturbase ese enamoriscamiento. Que los días fuesen intensos y felices al modo en que lo son ciertas novelas o tramas cinematográficos o que la música nos transportase a un paraíso completo en el que todo adquiere un sentido y el mundo gira armónicamente y la luz en el cielo brilla con un esplendor al que no estamos acostumbrados. Debemos ser chico ostra de vez en cuando. Incluso Thedor de vez en cuando también. Volver después a la realidad, entendernos con los primores de lo real, como quería el poeta, pero haber estado antes en el otro lado, haber perdido el tiempo absolutamente, haber convocado el mal y haber visto cómo nos corrompe (no puedo pensar en Walter White, en mi Walter White) o haber dejado que el bien nos tiente, saber lo firme que acude y rechazarlo con fiereza también, como si supiésemos que la bondad absoluta, en su concepto, es un mal en sí misma. El rato en que uno es bueno coincide con el que más expuesto se está al influjo del mal, que con más ardor penetra y hace casa adentro, donde creemos estar a salvo. No se está a salvo. Nunca se está a salvo. Walter White estaba a salvo hasta que le diagnosticaron un cáncer y decidió ponerse a hacer meta y luego a colocarla en el mercado. Admiro al walter white que todos llevamos dentro. No porque espere que en momentos de flaqueza saquemos el mal puro, si es que alguno está en nuestro interior, por si sirve par algo. Es porque la supervivencia siempre me atrajo, la idea de que la adversidad nos convierte en héroes, en villanos, en emperadores de nuestra sangre. Lo que no hacemos nunca es seguir haciendo lo que hacíamos, ni siendo lo que éramos. Uno prefiere ser un Walter White (a ser posible que no delinca) antes que insistir en uno mismo, ser un chico ostra en algún momento de la semana, mientras afuera el mundo se entenebrece. El mundo se entenebrece a diario. No lo había pensado hasta ahora. El mundo se entenebrece una barbaridad. Los walterwhites del inframundo han venido y están vigilando lo sutil, lo ingrávido y lo gentil. No tienen buenas intenciones. El chico ostra vuelve a su cuarto de vicios.

26.3.14

Ander, June




Un buen amigo acaba de ser padre. Le tengo el afecto de los años y me tiene también el suyo, aunque no se alimenta ninguno como debiera a capricho de la distancia, que no siempre es el olvido. Lo de la paternidad es un asunto como el de los espejos, a decir de Borges: ambos son abominables porque duplican la realidad. A mí Borges, el bueno de Borges, me parece sublime para algunas cosas; en otras, en lo que  yo entiendo, es un tipo deprimente, un solitario que no conoció el goce de traer vida al mundo. Tampoco es que el mundo sea nada del otro mundo, claro. Del otro mundo no haré hoy mención. Es éste, tan cambalache él, el mundo al que mis amigos Álex y Cristina han traído dos criaturas, en una tacada, como en un movimiento de prestidigitador de ADN. Lo que les queda es lo mejor. Han pasado lo malo, siendo bueno. De ahora en adelante viene lo que les hará más fuertes. La vida es una aventura de resistencia, pero los hijos, a pesar de lo que les cuenten, no son obstáculos. No tienen que driblarlos ni que observarlos como un impedimento a que hagan lo que solían. Si yo hablo en primera persona, no podría tirar de vicios que la paternidad me substrajo. Seguí viendo películas en blanco y negro, leyendo historias de ciencia-ficción, paseando por las calles, saliendo de cervecitas con los amigos (algo menos, es cierto; a horas menos nocturnas, es cierto también) y encontré otros menesteres que me llenaban parecidamente a los que ya tenía por formidables. Los hijos, ya si son dos ni te cuento, son la sustancia primera que hace que el mundo gire. Y no sé si hemos venido a traer hijos al mundo. Probablemente no. Incluso estoy por pensar que no hace falta, viendo lo que hay. Se puede ir el mundo a tomar un poco por culo (con perdón, es muy temprano, se me está yendo el texto de los mismos dedos) y bendecir el día en que uno decidió amar y ser amado (como el amante de Annabel Lee) y no ser padre al mismo tiempo. No hace falta la paternidad, Borges mío, ya lo sé, pero una vez que llega, cuando uno asiste a las noches de los hijos, en sus cunas, está contemplando algo más que a la sencilla evidencia de que duermen. A lo que está asistiendo es a la celebración completa de la felicidad, que no existe, ya, pero que de vez encuando se despliega como un atlas (como dijo otro poeta), a colores, mecida por las luces del cielo de Pamplona. Yo a mis amigos les deseo que sean padres felices, pero tienen todo lo que hará que lo sean de un modo pleno. A June y a Ander les contarán cuentos de zorros que hablan en verso o les cantarán canciones de la vieja guardia inglesa o les confesarán que si no hubiese sido por algunos diálogos de algunas películas ellos no estarían donde están  o les dirán que en el sur, allí abajo, están unos amigos que les echan en falta, aunque no los conozcan todavía. O no harán nada de eso porque todavía andan pensando en la letra de la canción aquella de Louis Armstrong, sí, ésa... "I see trees of green..."

25.3.14

Fundación

Antes de la luz no fueron las tinieblas. En realidad no hubo nada que el poeta registre. Nada que después los predicadores aireen en los púlpitos, cuando inventan las gestas de sus dioses y los hacen volar, como fantasmas, por el templo. Antes de que nos contaran que se hizo la luz, mucho antes, solo podemos pensar que existió la nada. Una nada rutilante, pero esquiva, de poco afecto por las consideraciones narrativas. Todo lo humano procede de esa nada primera. De ella se extraen las metáforas de los juegos florales, los gritos de la guerra, el goce de los amantes, las palabras del profeta, la fragancia de los jardines, el peso infame de los muertos. Toda la felicidad y toda la tristeza. El bien entero y el mal completo. La melancolía. La fugacidad. Los vientos. La locura. La lluvia. El invierno. La esperanza. Es a la nada a la que se debería rendir los homenajes del espíritu. Es ella la festejable. Todas las catedrales del mundo son, en realidad, celebraciones de esa nada fundacional, que no es exactamente un vacío, sino la esencia absoluta de lo que no es, de cuanto no ofrece ninguna evidencia de que pueda ser o de que anhele ser. Luego debió producirse el espasmo, la chispa primera, ese instante insensato del que procedemos. Una vez que la nada dejó de ocupar toda la extensión del espacio y toda la dimensión del tiempo, habló Zaratustra. 

24.3.14

todos los boleros son ecuaciones de segundo grado


tal vez viernes provenga de dónde y sí hoy no me siento desamparado huelga decir así tantas veces la marca del vampiro en la trastienda donde figuran los ángeles que escriben marrón escriben la playa de los antiguos amores está siempre vacía y ahora de pronto la inundan azul y un resto de carmín en la blonda pero el cine tiene más bicicletas que la calle mira amigo no me insistas insísteme dame el abrazo que no me diste entonces cuando verde el amor tintineaba en la máquina underwood en ciernes el amor hollywood probeta triste la marca del vampiro en la trastienda viernes oh al fin pero no me duele el amor me duelen los años perdidos en su búsqueda como en aquel cuento de mil novecientos noventa en el que todos los hijos de los ferroviarios leían cuentos de kafka sin detenerse a ver si había sentido en los secretos si había algo más que cruentas venganzas a pie de palabra a pie de tanto humanismo desbordado limpio la calle se está llenando de manifestante veo a mi mujer en la acera la persiguen unos facinerosos pero ahora se van y entonces la pantalla se vuelve gris y es posible que mañana no tenga que repetir estos mismos quebrantos porque los días son siempre distintos y uno escribe porque en el fondo del alma no cree en dios y hay que buscar un dios en la escritura me dijiste que me amabas y te fuiste un bolero en el soundtrack de tu vida dice mi amigo K. que todos los boleros son en el fondo ecuaciones de segundo grado torpedea mi alma torpedea mi alma torpedea mi alma me escapo porque no tengo tiempo para analizar el desastre absoluto el desastre enorme todo ese desastre sin asunto al que las nubes se acercan cuando suena un solo de trompeta lindísimo en mi corazón estajanovista limpio limpio muchas veces limpio muchos días pero no me dejaré coger y suena el timbre y tengo que cerrar el ciervo son el fondo ganas de buscarle el limbo a mi dedo izquierdo

Entrada número 2.222

Caigo de pronto en la cuenta de que solo escribo del asombro que producen los libros o las películas o la música. Hago como una especie de rendición epifánica de mis vicios. No me parece mal, no crean. No sé quién dijo que todos los escritores formulan un par de líneas narrativas y que van acechándolas, merodeándolas, entrando en materia en alguna de ellas de vez en cuando o en las dos, hasta que perciben que pueden escribir de lo de siempre, pero haciendo creer que se escribe de otra cosa. Escribo sobre el fútbol de anoche, en que el Madrid cayó ante el Barcelona dolorosamente, y sé que de fondo, sin que se aprecie enteramente, escribo sobre metafísica o sobre la belleza. Está uno dándole vueltas a cuatro o cinco precarias cosas. Da igual que el blog lleve 2.222 entradas publicadas o que ronde casi el medio millón de visitas. La mayoría de los escritos obedecen a esa voluntad mía de esmerarme en lo que me inspira. Serán pocos los asuntos que me perturban. Yo sigo escribiendo. A veces creo que no puedo liberarme de esta página. Quizá no haga falta liberación alguna. Algunos vienen por aquí, leen, comentan y me tienen en sus afectos. De eso, al cabo, se trata. 

Ven, oscuridad



Después de terminar de ver True detective, me siento huérfano. La orfandad es un estado maravilloso del alma. Uno sabe a qué atribuirla, conoce el modo de vencerla e incluso festeja la posibilidad de que un nuevo entretenimiento la sustituya. A lo que no se está dispuesto a renunciar es a quedarse con la idea de que todo lo que vivimos fue maravilloso, aunque concluyera. Se ama más precisamente por eso: por saber que tiene un fin. No sé si a la vida le damos el mismo tratamiento moral que a la ficción literaria o cinematográfica. Creo que somos más exigentes con la HBO que con nuestra propia vida. Después de varios días perdido en los pantallas de Louisiana, vuelvo a la realidad. Conservo algunas frases, ciertas sensaciones de plenitud absoluta. True detective ha sido un regalo maravilloso: da igual que al final (no comprometo spoilers) todo quedara en el rutinario combate entre la luz y las tinieblas. Contrariamente a la contundencia con la que la cabeza nos pide que ganen los buenos de un modo más vistoso o que haya una conexión cósmica (a lo Lovecraft, persiste una voluntad perversa, una brizna de locura que anhela el triunfo de la oscuridad. Dice Cohle en una de las últimas escenas del capítulo ocho que la oscuridad estaba sorprendentemente llena de amor. No sabemos nada. Nos movemos a tientas. Una vez solo hubo oscuridad. Creo que todavía estamos buscando la luz. El mal sigue ganando. Ven, oscuridad. Esta noche veremos Carcosa en un sueño. 

22.3.14

Caballos en la tormenta

Fueron los tiempos en los que el poeta era una figura considerada dentro de la tribu, pero luego arrasaron la palabra, la redujeron a mercancía, la expusieron junto a los trofeos de guerra. No dan abasto los inventores de palabras. Andan como locos nombrando lo que ven. Hay días en los que inventan dos palabras y días en que formulan cien. El mismo rey ha pedido que terminen el trabajo, pero a veces no hay forma de entender al rey. Lo que dice no coincide con lo que piensa. Piensa en nenúfares y nombra manzanas. Los mismos poetas de la corte piensan en manzanas y nombran reyes. Es de tal magnitud el negocio de las palabras que hay quienes atesoran palabras en sótanos oscuros, a salvo del vértigo de la realidad. No permiten que nadie entre. Tampoco presumen de que las tienen. Por la noche bajan a verlas, las pronuncian despacio, se sienten durante esos instantes un dios. Sin embargo, lo que confiere una dignidad más alta y un rango de mayor fuste a los ciudadanos es el silencio. Consciente de lo falible de las palabras, algunos han decidido censurarlas. Prefieren callar a errar en lo que dicen. Se comunican con gestos. Los hay de una sofisticación encomiable. Existen coreografías que representan historias de batallas.Quien desea pedir que le dejen solo, mueve las manos, aparta el aire. Quien anhela el contacto carnal se palpa con delicadeza sus genitales, abre la boca y hace que su lengua vibre a izquierda y derecha. Nube, cielo o lluvia han devenido en gestos que no hacen pensar en las nubes, en el cielo o en la lluvia. El gesto que representa el amor no hace referencia a nada que haga sospechar de la presencia del amor mismo. Tampoco la palabra cisne incluye dentro al cisne. Ni rosa oculta una rosa. Los que todavía recurren al uso de las palabras lo hacen de un modo nostálgico. Dicen, por ejemplo: Mira tu catedral de pétalos enredarse en la comitiva de la sangre. O: Mi espada es una sílaba en la espalda del tiempo. En los festejos del equinoccio de la primavera se aprecian mucho los recitados de palabras. Los que las pronuncian no piensan en nada concreto, no se rebajan a unir lo que dicen con lo que piensan. Solo dejan fluir las palabras. Algunos, en mitad del recitado, alcanzan una especie de éxtasis. Se les ve temblar en el entarimado colocado en las aceras. El público, enfervorecido, salta o brinca o eleva las manos o aparta el aire o se toca obscenamente los genitales. El poeta, pues son poetas la mayor parte de los provocadores, que logra un recitado más hermoso es llevado a palacio. Allí el rey lo acompaña a la Biblioteca. Es un lugar donde hay miles de palabras. Están cosidas unas a otras, en libros. Hubo un tiempo en que los libros cantaban la belleza del mundo o registraban el dolor de la muerte, pero ahora son solo objetos vacíos. El rey los mira a veces, sabiendo en secreto que la salvación del universo está encerrada en esas páginas. Los abre, los ojea, incluso recuerda el arte de la lectura y recita lo que los renglones le van contando. Luego cierra el libro y se toca el pecho, apretando su mano, con fuerza, contra el corazón, pero a veces no hay forma de entender al rey. Lo que dice no coincide con lo que piensa. Piensa en caballos en la tormenta y nombra sombras en los jardínes. No encuentra el modo de rendirle  al paisaje caballos en la tormenta. Esa es una de las cosas que más le duelen cuando, por la noche, cae en la cama y busca el sueño. Siguen en la tormenta, perdidos, los caballos. 

21.3.14

En alas de la mentira

Hay algunas mentiras que no me importan que lo sean y hay algunas verdades que uno preferiría no creer. En la ficción se vive mejor. En cuanto me falta, uno muere. No es la muerte irremediable, la atroz sin retorno, sino una de menor fuste dramático, una muerte de la imaginación narrativa, esa que solo desea que le cuenten historias. Mi cabeza entera las pide a gritos. No sabría vivir sin la ración diaria de mentiras habituales. La verdad, cuando es aburrida, no me interesa. La acepto porque no hay forma de eliminarla o porque hay algunos que se obstinan en defenderla. Soy el que le pierde saber cómo sigue la historia. Incluso cuando ha acabado, soy de los que creen que me están mintiendo. Que hay más. Que, por mi bien, me ocultan la información primordial. Que me quieren al punto de que me engañan. La verdad, en cierto sentido, no me atrae. De un modo infantil y muy precario, amo toda esa rica evidencia que la mentira va dejando conforme va pasando. La verdad posee un camino severo. La verdad es previsible, pero hace falta que exista para que su reverso (no es necesario que sea tenebroso) resplandezca, ilumine los huecos, se ocupe de mantenernos en vilo, de hacernos sentir alerta, vivos, ufanos, felices. Vamos al viernes. Es uno de las pocas cosas que no están sobrevaloradas. Se lo escribí anoche a Ramón. Habrá historias dentro. No hay día que no las tenga. 

posdata: Happy birthday, Isabel, ya sabes...

20.3.14

En el Día Internacional de la Felicidad


                                                            Miguel Brieva


He recurrido a esta tira de Miguel Brieva en muchas ocasiones. Me pareció siempre un salmo perfecto para el Estado del Bienestar en el que dicen que estamos o al que dicen que nos dirigimos. Hoy es el Día Internacional de la Felicidad. No sabe uno quién idea estas atrocidades morales. Creo que son incluso contraproducentes. Se organizan festividades que solo buscan un trending topic fácil. Yo, en lo que me toca, descreo de la felicidad. A lo sumo, alcanzo a sentir la alegría. Estaría bien un Día Internacional de la Alegría, pero la felicidad es otra cosa, mucho más honda, de más fuste metafísico incluso. No podemos ser felices. No al menos de modo continuo. Creo que no estaremos preparados. Me encantaría encontrarme a alguien que me razone la suya, su felicidad íntegra. Haría lo posible por entenderlo. Estoy por pensar que igual ni vale la pena tanto placer durante tanto tiempo. Estamos mal hechos. Nos han diseñado mal. 

19.3.14

Elogio del silencio



Ya nadie escucha, ahora todos hablan, lo cual es un contrasentido, una cosa absurda, un desatino o un desquicio. Uno de los discos de jazz que más me gusta es el Keith Jarrett en Colonia. No sé si es jazz o es otra cosa, pero es un disco asombroso, sublime en muchos tramos. La música de ese disco, la que Keith Jarrett ejecuta a solas, en su piano, es lo más parecido al silencio que conozco. Importa lo que dice y también lo que no. En la vida real, que no tiene mucho que ver con el jazz, importa más lo que se dice. El silencio no cuenta o cuenta mal. Cuesta encontrar a quien escucha de verdad. No cuesta lo contrario: gente que no para de hablar, de expresar sus opiniones sobre cualquier asunto, incluso de expresarlas sobre los asuntos sobre los que no poseen conocimiento alguno, gente cansina, de verbo encendido, a la que no la gobierna la mesura. Se cree que el que no habla es un individuo de una escala o de un rango menor. Quizá nos hayan educado para esto. Gana en la escala social el que habla más. Vivimos en una sociedad en la que se sobrevalora el monólogo. Uno habla, incluso habla sin apreciar o valorar el efecto de lo que habla en los otros. A lo que conduce esta saturación de sonidos es a que el silencio incomode. Definitivamente no está de moda. Quien se esmera en aplicarlo suele caer mal. La gente rara es la que calle: quién sabe qué estarán pensando. Es mejor ver venir las palabras o escuchar los ruidos. Se advierte el grado de prosperidad de una sociedad por la cantidad de silencio que genera. Bien al contrario, relacionamos el ruido con el grado de decadencia que posee. Da igual que sea una obra de teatro, una proyección cinematográfica, una homilía en un templo o una clase en la que el profesor enseña trigonometría.

A mí no me enseñaron a respetar el silencio. No sé dónde adquirí después el amor que le profeso. Sé que lo disfruto a conciencia en cuanto dispongo de él o cuando permito que me invada. Es una de esas sensaciones de extraña plenitud que nos reconcilian con nosotros mismos. El ruido es el que nos aparta, el que nos perturba, el que logra que no sintamos la tierra girar bajo nuestros pies, como cantaba gloriosamente mi adorada Carole King. Somos el silencio que vamos guardando, secretamente somos el silencio atesorado. Por eso irrita que lo profanen, cansa que lo perviertan. Anoche mi amigo Rafael Roldán dejó consignado en su blog que el silencio malogra la belleza. En cierto modo, dejó escrito justamente eso. Que uno no puede dejarse caer en la belleza si nos distrae la mediocridad circundante. Que solo en silencio podemos adentrarnos en lo inefable, pero claro, ¿cómo podremos vender la idea de lo inefable en este vértigo, en esta fiebre, en esta convivencia violentada. Lo que está en juego es la demolición de esa convivencia. La están apartando de su cauce, la están reduciendo a una mercancía con la que los políticos venden sus ideas, las que luego son refrendadas por los votos. Ahí también cobra el silencio su justa relevancia: en premiar con él a quien no responde a las altas expectativas que la sociedad exige, pero no creo que lleguemos a ningún sitio, no responde nada de lo que digo a ninguna estrategia de reparación. A Rafa le molesta (es una término corto quizá) que no exista silencio en el templo. Afuera hay otro templo, uno al que continuamente le estamos perdiendo el respeto. Tendremos que meternos dentro del disco de Keith Jarrett en Colonia o en la tragedia de una gota de sangre o el derramamiento de una limpia lágrima. Ahí dentro podremos preservarnos, pero no nos dejan, se obstinan en contravenir ese deseo íntimo, se esmeran en estropearnos el supremo placer de encontrar paz en el crepúsculo, como cantaba Franco Battiato. 

18.3.14

El infierno en el que creo





El infierno en el que creo está en las librerías, en las bibliotecas, en todos los anaqueles del mundo. Baldas a las que no les afecta el dulce mal que soportan y siguen ejerciendo con orgullo su épica custodia. Luego están los libros hermosos, que solo tutelan la hermosura del héroe y las nubes limpias que escoltan la mansedumbre sin propósito de los pájaros. Eso está muy bien. Hay días en los que uno desea con fervor meterse entre pecho y espalda las historias que narran la fundación de la belleza y todas esas cosas. Días sin ninguna evidencia de fracaso. Días para remolcar algodón de azúcar por un campo sin pecado. Pero hay otros días en los que uno lampa por perderse en lo turbio. Días de caballos en la tormenta. Y entonces, ah entonces, uno mira a su librería, la de casa, la mimada a diario. Vuela la mirada por las estanterías. La deja volar también sin propósito. Recala en Beckett, en Galdós (hace una vida que no releo a Galdós), en Murakami (qué aburrido es a veces Murakami), en Valente, en Chesterton (cada día amo más a este caballero inglés, gordo y católico), en Machado, en Dickens, en Juan José Millás, al que no renuncio nunca y en el que me refugio cuando la realidad (¿qué coño será la realidad?) me aturde, me asfixia, me roba el apoyo sobre el que me sustento. Están todos ahí. Cada uno exhibe su portentoso infierno. Todos uno a disposición de quien guste en visitarlo. Sí, ya sé. Está el cielo de las letras. Las historias que no te hacen pensar en el mal, en el veneno, en el viento que lo barre todo. Pero hoy es el día en el que no me apetece esa bondad inocente. Hay que huir de vez en cuando de la prudencia, bordear la inocencia, pasear hacia lo lejos y mirarla después desde la distancia. Ahí te quedas. Hoy mi paraíso está en el infierno. Hola, Rimbaud. Hola de nuevo.


El infierno que prefiero es una historia que otros me están contando. Hay muchos, y ninguno, a poco que uno observa lo ameno de la visita, merece que no regresemos. Yo he vuelto a los de Nabokov y a los Dante, a los de Borges y a los que Carroll prefiguró bajo la forma de una niña atrapada en un país maravilloso. Los otros infiernos, los de los ángeles caídos y el pecado abominable, me parecen uno más, no desdeñable, una pieza mayor de la literatura fantástica, como quería Borges, un ejercicio de estilo, el chantaje más poético. El cielo cabe en un verso de cualquier poeta romántico, pero no en mi corazón, que no lo acepta. Me aplico el trago de veneno de Rimbaud, me quedo con el hombre, como Pessoa. No hay día en la que no piense en todas estas desavenencias con la divinidad. El infierno ha vuelto. Está dentro. Somos nosotros. Lo que leemos. Lo que nos cuentan. Lo que invariablemente soñamos. No hay otro Dios que nos tutele. Ninguno que nos advierta ni amoneste. 

El infierno en el que creo
El infierno en el que creo está en Melville, en Ahab, en la ballena blanca.
En Conrad cuando dibuja un río y hace que la oscuridad lo atraviese.
En la mentida inocencia de Perrault y de los hermanos Grimm.
En el hombre sin atributos de Musil.
En la primera mañana del mundo para Gregor Samsa.
En la memoria infinita de Funés.
En el club de los suicidas de Stevenson.
En las resacas de Bukowski.
En el barril de amontillado de Poe.
En la vida cartesiana y triste de Benjamin.
En Mann con asma baviera.
En Beatriz perdida en un círculo concéntrico.
En Morel inventándose una isla.
En el desquicio sin rimar de Leopoldo María Panero.
En el rey del que Shakespeare hizo un dios.
En Dios permitiendo el caos, la miseria y permitiendo a Shakespeare.
En la crónica del submundo de Orfeo.
En Ripley tomando café en una terraza de Florencia.
En Maquiavelo y Montesquieu, hablando morosamente.
En la soledad de Peter Pan.
En los dioses primigenios que pueblan las calles de Providence.
En el trago de veneno que se aplicó Rimbaud.
En las carreteras secundarias por las que Humbert Humbert huye con su Lolita.
En Pessoa, que reemplazó a Dios, escogiendo al Hombre.
En la baba de los dioses primigenios de Providence.
En el veneno en la boca del muerto.
En la carne débil, en su fiebre insalubre.
En el desquicio de Panero antes de que se lo llevasen todos los demonios de la ginebra. 


17.3.14

El bang debió ser la primera tos de Dios


El bang debió ser la primera tos de Dios, un Dios enfermo o un Dios solo al que se le ocurrió la trama primera de las cosas. El big bang fue todo lo que vino después de esa primera tos fundacional. O en lugar de tos fue un estornudo. Lo que hubo, a decir de los científicos que ahora dicen haber detectado las ondas del primer chasquido del universo, fue un temblor, un temblor sutil, una brizna de temblor, un sonido en mitad de un silencio absoluto, una luz en la oscuridad perfecta o un nanosegundo (será incluso menos de un nanosegundo) en el cómputo novicio del tiempo. Después de la tos o del estornudo o del temblor o de la luz vinieron todas las demás cosas. No tenemos capacidad para razonar ese parvulario primitivo, de verdades cuánticas y de mentiras teológicas. O será al revés: de verdades teológicas o de mentiras cuánticas. Entre la tos y la imputación de la infanta Cristina han pasado muchas cosas. Creo que no entendemos casi ninguna, pero lo que importa es el viaje, la sensación de plenitud que uno encuentra en la duda, en todo ese marasmo de incertidumbres a las que casi nunca damos respuesta. Son casi catorce mil millones de años para que yo hilvane mis asuntos y los registre mientras John Coltrane sopla como si no hubiese vida después de la última nota, cuando la canción termina y reina el silencio. El universo es como un solo de John Coltrane: no lo entendemos, no sabemos a qué obedece ese hilo de notas, pero nos perturba, nos acerca a la belleza, por más que no sepamos definirla. Está John Coltrane sincopado y cuántico, teológico y sucio, buscando en el alma el trozo de Dios que le explique el bang, la lluvia obstinada, el cielo azul, la carne débil y el aire espléndido. Dios sigue tosiendo, pero ya no le hacemos caso. 

16.3.14

Home cinema



El problema con el cine, o uno de ellos, es que no acabas de entablar un vínculo doméstico. Por mucho que lo ames, no terminas de disfrutarlo si te lo enchufas en casa, en una gran pantalla, metiendo decibelios con un home cinema decente. Uno echa de menos la sala. Siente nostalgia de la magia que se produce cuando se apagan las luces. Quien no haya sentido esa zozobra dentro, la de las luces apagándose en una sala de cine, no entenderá de qué hablo. Los demás creerán que soy uno de los suyos. Es bueno ser parte de algo, compartir todas nuestras inclinaciones intelectuales o estéticas con otros. He hablado las veces suficientes de cine con quienes aman el cine como para no estar dispuesto a perder ese placer absoluto. Algo parecido pasa con las series. Están haciendo algo que no se esperaba. Deberían programar las series en el cine, en pantalla grande. Hacer que la gente salga a la calle para ver True detective o The Shield o Juego de tronos, no sé. Salir de la sala y buscar una terraza en la que tomarse algo mientras vas contando las cosas que te han perturbado de verdad. A mí me suelen perturbar muchas cosas. Cuantas más, mejor. No hay placer si no hay daño. A mí True detective me dolió anoche. Vi solo el primer episodio. Lo que me hace amar el cine es que pueda salir de su envoltorio. Ahora el cine está en la televisión. Las películas no duran dos horas: duran ocho o trece o quince. Y algunas prometen segundas partes o terceras. Vamos a terminar por no salir de casa. Tendremos que traer a los amigos. Les serviremos bebidas cortas y bebidas largas. Los acomodaremos en los mejores sillones. Todo por charlar después de las cosas que amamos. Qué placer más irrenunciable el poder amar de lo que uno ama. Y que le escuchen. 

Historias de Filadelfia



No sé cuántas veces he visto Historias de Filadelfia. Tendríamos que ir consignando, por puro amor a la estadística, las veces que hacemos las cosas. Unas más que otras, probablemente. Consignar en una libreta el cine que vemos (yo llevo haciéndolo desde 1992) o incluso los libros que leemos (empecé a hacerlo en ese año, pero no fui constante y decidí pasar por alto ese registro). Hay muchas vidas dentro de cada vida. En una de ellas apuntamos las veces que vemos Historias de Filadelfia; en otra, no. Incluso hay una en la que no la vemos. De cada decisión que tomamos el universo se desgaja en dos. Hay realidades alternativas o paralelas sobre cada sencillo gesto que hacemos. Hace veinte minutos estaba sentado en el salón, viendo la televisión. Ahora estoy frente al ordenador, escuchando a Mahler (un sábado por la noche escuchando a Mahler, sí, ya lo sé) y pensando en qué pasaría si no escribiese este texto, si me hubiese ido directamente a la cama después de ver en el móvil cómo ha quedado el Atlético de Madrid (gol de Diego Costa: la liga está muy bien este año) No sé cuántos emilios hay por ahí sueltos, sobre cuántos de ellos poseo yo cierta responsabilidad, si yo mismo soy responsabilidad o extensión de alguien que está en un rango temporal mayor, de esos desgajables. En todo caso me acuerdo con bastante nitidez de cómo vi Historias de Filadelfia la primera vez. Tenía una televisión en blanco y negro en mi dormitorio. Debía tener quince años, quizá algo menos. La pasaron por la noche y yo la vi en mi cama. Al acabar tiré del enchufe de la pared para apagar la pantalla. No había mandos a distancia. Mi televisión, al menos, no tenía uno. Recuerdo el acto físico de tirar del enchufe y de apagar la luz. Eso es tan asombroso como el hecho de que exista algún lugar en donde yo no la haya visto o donde la esté viendo en este instante. Tal vez, en esa realidad especular, ni conozca a Mahler. Cierro el blog. Creo que mañana voy a escribir sobre jazz. 

14.3.14

La sangre, la luz, la palabra

No hacer nada, no discurrir, no entrar en lo hondo, no perderse en las esencias. En todo caso, merodear la periferia, pasear las afueras, vivir lo de uno como si no nos incumbiese, pero siempre hay un obstáculo, no hay una distancia pura: la incomoda la vida misma, su vértigo, su fiebre, todo el caudal de experiencias que nos avisan del riesgo o que nos confían la dulzura del placer cuando el placer merodea o se insinúa o nos roza levísimamente. Y quizá sea así como debe ser: que no se sustancie la pereza en uno, que no nos invada del todo, que haya siempre una brizna loca de sangre lampando por fugarse. La sangre es el motor del mundo. No es la luz, la que los poetas proclaman, la que se sublima siempre: es la sangre. La luz viene después, confirma la vigencia de la sangre, la airea, incluso la bendice. Basta que la sangra fluya o que la luz prenda. La poesía es lo turbio escandalosamente engalanado, pero amamos la turbiedad, buscamos en esa perturbación las razones de nuestros desengaños: porque tiene que haberlas, no puede ser que todo este malestar sea fortuito, obedezca al azar, se sostenga en lo accidental y no posea ni siquiera un lenguaje fiable con el que poder amarla. Son las palabras las que hacen que podamos amarnos. Todo se aviene a su imperio falible, pero hermoso. No hacemos nada, no discurrimos, no entramos en lo hondo, no nos perdemos en las esencias, merodeamos la periferia, la paseamos, pero acudimos a la sangre o acudimos a la palabra para nombrar el maravilloso cielo azul o para maldecirlo. 

13.3.14

Unos hoppers, unos bacons



Nos guía lo que nos perturba, esa aspereza en el ánimo o incluso ese asombro continuo, un poco entre la perplejidad y la fascinación, similar al que inventa la fe religiosa, pero distante a ésta en lo puramente intelectual; no hay un vínculo más allá de la emoción estética, no existe una ligazón con la utilidad de lo observado. El arte no tiene utilidad alguna: solo nos faculta para la perturbación, nos enseña qué debemos hacer para que ese hallazgo sea más sólido y penetre de una manera más elocuente. Lo que no hay es una pedagogía de ese placer,  la que se airea en algunos suplementos dominicales de cultura no es fiable: a veces solo registra los acontecimientos, interesados las más de las veces; solo se adscribe al género del ensayo, poniendo énfasis en la bondad o en la mediocridad del producto, pero no insistiendo en los procedimientos para que ese placer sea verdaderamente democrático. Tampoco sé si ese oficio le incumbe a la escuela, si los maestros debemos preparar para que el ciudadano sea sensible y pueda valorar una pintura de Francis Bacon o un solo de trompeta de Miles Davis. No tenemos recursos, ni tiempo. Nos quitan la filosofía en los planes de estudios, nos arrebatan (en primaria) asignaturas fundamentales como la Ciudadanía, nos birlan la música. Dejan en la escuela la Religión: no la concentran en su lugar idóneo: las catequesis, los anchurosos salones de los edificios sacerdotales, los que no pagan IBI. No hay Bacon que conmueva si no nos entrenamos en su observación. La belleza, aceptando a Breton, será convulsa o no será, pero hay que conformarla, estabularla, entender que uno aprende a escuchar ópera al modo en que aprende a conducir o a cocinar unos callos con chorizo. Uno aprecia a Hopper al primer cuadro suyo que contempla; incluso puede deslumbrarse en esa primera instancia. El amor perdurable proviene de la paciencia. La experiencia es la que nos faculta para admirar el arte. Yo todavía estoy en el periodo novicio.

11.3.14

Mil dolores pequeños





A veces cerrar un libro es un acto doloroso, aunque abras otro o tengas una vida entera (qué es una vida entera) para abrir mil más. Hay libros que no deberían cerrarse nunca, hay libros que no se cierran nunca. La fotografía no puede ilustrar mejor lo que digo. Quizá lo que digo provenga de haber entrado a fondo en ella: hay fotos en las que uno entra como si fuesen libros. Tienen una historia dentro o hay una historia que está pidiendo fieramente que alguien la cuente. Los libros son cosas entre las cosas (como imaginaba mi buen Borges) hasta que se produce ese acto asombroso, sí, y doloroso también, que es leer. No hay placer sin que el dolor lo acompañe. Es un dolor soportable, incluso un dolor recomendable. Son los mil dolores pequeños (me encanta esa expresión) que te tutelan a diario, conduciéndote a conciencia por los placeres, invitándote en ocasiones a la fatalidad, que es un territorio inevitable. Creo que aprendí un poco de todo esto leyendo a Kafka o a Pessoa. Vuelvo a ellos siempre que puedo: se esmeran en enseñarme cosas que todavía no he comprendido bien todavía. Que vivir siempre va en serio, aunque eso pueda ponerse enteramente en duda.


9.3.14

de repente el cansancio...


de repente el cansancio, los días persiguiéndose, la noche al acecho, la vida ha venido dispuesta a cobrar sus tasas, parece tarde, no hay un plazo, no podemos pedirle cuentas, la vida no escucha, los años celebran su suicidio lento, luego nos vamos apagando, incluso nos apagamos sin haberse prendido enteramente la llama de adentro, hay vidas que se pierden a poco de haberse lanzado, vidas que nunca llegan a lanzarse del todo y vidas plenas, las menos, vidas como un fuego invisible, cercano, sublime por ser fuego, pero el cansancio lo ocupa todo, el cansancio absoluto, sin argumentos que lo justifiquen ante los demás, los demás nos ignoran, estamos solos, a lo sumo poseemos una cierta percepción del amor o del afecto o comprobamos, calle abajo, cómo nos saludan, en qué pequeña porción del vértigo del universo se nos concede un saludo, la evidencia de que existimos, quizá haya llegado la hora de las palabras, no las hemos usado lo suficiente, han estado desaprovechadas, no se las ha requerido con la suficiente convicción, no se han gastado en las cosas verdaderamente importantes, ni siquiera hemos escrito el poema, andamos a tientas, escribiendo amagos de poema, una especie de tentativa fiable, pero no es el poema, no está escrito, toda la literatura está en ciernes, todos los libros fundamentales no han sido escritos todavía, tenemos otros, pero no los que nos salvarán del caos, porque el caos acecha, lleva acercándose desde que se fundó el mundo, está cada vez más cerca, hay quien lo huele incluso, quien advierte la barbarie del cuerpo, su escalofrío sin cordura, la fiereza de su fiebre, quien lo aplaude, quien lo jalea, el caos es un negocio, el caos es un juego, hemos perdido la noción de juego, los grandes hombres de negocios juegan con el caos, lo venden en los mercados de los pueblos, lo presentan en sociedad, engalanado, jadeando amantes, hay que haber leído muchos libros para entenderlo, hay que estar muy alerta para rechazarlo, la literatura nos salvará del caos, por eso los grandes hombres de negocio, que son los que escriben los libros de texto de las escuelas, no desean que la literatura entre en el hombre, por eso reniegan de la filosofía, por eso ningunean la música, todas las artes son perversas, son malignas, son engendros que malogran la vigencia del caos, que es el que hace caja, las monedas tintinean en el fondo del saco, el mundo libre está esclavizado por el saco, se oye a lo lejos, anda sin esmero, empujando, atropellando, sin mirar atrás, acercándose al lugar en el que reside el amor, porque el amor es el motor que mueve el mundo o porque el amor es el gran capitán de los poemas, el timonel de las estrellas, la luz copulando con la luz, la luz copulando con la luz

8.3.14

Refugios

Tengo algunos libros de guardia. No acudo a ellos en cuanto flaqueo, no los rebajo a ser un dispositivo farmacológico, útil en el alivio del dolor o en la cura de la enfermedad. No hay día en que no esté enfermo, ni día en que no encuentre al mal, así considerado en abstracto, abordándome a poco que me descuide. Los libros palian esa rotura interior, la confortan, le procuran un afecto que otros artilugios no conocen. Hay personas que son libros. No poseen páginas, no están estabulados en baldas, a capricho de que los bajemos de su noble altura y les lamamos las tripas, pero funcionan como libros: tienen las respuestas, poseen la virtud de alcanzarnos el principio activo que hace que estemos menos tristes o que de pronto arranquemos en una alegría inargumentable, de esas que te reconcilian con el mundo durante el tiempo en que te ocupan el alma. Porque tendremos un alma, imagino. No sé mucho de estas cosas, pero algo debe haber dentro. Lo de que haya algo arriba se me escapa. No saber si hay algo arriba, tutelándonos, conduciéndonos por los meandros de la vida, pero saber que hay algo dentro, tutelándonos también, cumpliendo la misma preciosa función que los creyentes atribuyen a su Dios. Los que no tenemos creencias religiosas recurrimos dioses subalternos, erigidos a conciencia, invariablemente cómplices de nuestra pequeña batalla contra el tiempo. En el fondo, todos los dioses surgen de esa necesidad de buscar respuestas. Da igual que sean divinidades del gremio de los cazadores o del de los agricultores. Hay un dios para cada afán humano. A veces dan ganas de tener dioses de guardia. Uno que te eleve el ánimo cuando está bajo; otro que te insufle valor cuando no lo encuentras; otro, yo qué sé, que te proteja del infortunio, y así, en este plan tristísimo, ir coleccionando devociones. Mejor no tener ninguna. Mejor quedarse con los libros o con las películas o con la música. Proporcionan un refugio formidable. El mejor lo dan los amigos, la familia, todo lo que podamos encontrar en la vida real, la que no está registrada en ningún formato, por bueno y útil que sea. En eso andamos.

6.3.14

La vida es peor






Fotos. Sara del Castillo para Jot Down Magazine

Hay poetas que aman su ruina. Es esa ruina la que les faculta como poetas precisamente. Leopoldo María Panero, a decir suyo, odiaba a Leopoldo María Panero, pero adoraba lo que escribía, no había otra cosa en su vida que le acercase más a cierta sensación de bienestar que la de producir poemas o la de ser entrevistado. He leído al poeta y he escuchado decenas de entrevistas en las que prevalece esa anarcoindividualismo, en sus propias palabras. Todo es deleznable y ruin, nada merece salvarse, pero la palabra es el instrumento sagrado, es a la que encomienda la sublimación de su alma. En ese trayecto no deja nada en pie. La familia es la primera sacrificada. La vida vino después. El poeta en el manicomio es el poeta manumitido de los protocolos, es decir, el hacedor máximo, el obrador puro. A Panero se le trae hoy a primer plano porque la muerte de los poetas malditos tiene todavía ese pedigrí dulce de las cosas que no entendemos. La poesía no se entiende. La de los malditos se entiende menos, pero vende infinitamente más. Ha muerto el fumador empedernido, el bebedor crítico de Coca-Cola, el apestado al que amaban más afuera, en París, que él adoraba, o en cualquier ateneo cultural en donde la poesía todavía tiene la vigencia que aquí, en este país de fracasados y mediocres (según Panero) nunca tuvo. Yo me atrevo a sentenciar: nunca tendrá. Al hombre, que no al poeta, lo engulló hace tiempo el abismo. Parte de su obra, por no decir su obra entera, consistió en contarnos qué hay dentro de ese abismo. Ya no está el blasfemo, el alcohólico, el depravado, el loco. No sabe uno en qué cifrar esa locura, sobre qué criterio razonarla. Estuvo loco como poco: quizá llegó más lejos y le dio la vuelta al asunto y se encontró, de cuajo, con la cordura, que estaba ahí, pero haciendo falta el poema y el tabaco imposible y la cafeína en vena para que la adquiriese. La cordura se adquiere. Porque la vida nos enloquece. Al menos él lo sabía. No va a descansar en paz. No hubo un cristo en la tierra que le consolara, no tuvo a dios cerca, no creyó en los dogmas, se esmeró en faltarles al respeto de un modo profesional casi. El manicomio era el puto infierno, pero la vida era peor. Mucho peor que cualquier otro castigo. Menos mal que era más inteligente que Nietzsche. Menos mal que cultivaba el espanto como una ciencia. Era un poeta amarrado a un desatino. Todos los buenos poetas, en el fondo, querrían tener a un loco dentro, pero las editoriales y la educación no les dejan.

5.3.14

La noche lo alivia todo con su manto

Pequeña historia que se cuenta uno a poco de levantarse
Debieran enseñarnos en la escuela a salir al día con un corazón nuevo, pero se empeñan en ofrecernos cuentos del porvenir, atlas de grandes promesas, viejos poemas de amor en tardes grises. Podemos vivir sin un corazón nuevo, pero cuesta. Persiste el amor a las palabras, persiste la luz que las ilumina y con la que nos acercamos a una idea difusa de dios: no el dios de la misa y de los rezos sino uno más íntimo todavía, uno sin oratoria, del que podamos hacer burla cuando estamos sobrios y al que abrazarnos en la vuelta a casa, después de fatigar las tabernas de la vida y bebernos el bendito líquido de los afectos. Y los días duelen lo que suelen y las noches confortan lo que saben. Junto con el amor, debiéramos buscar también la esperanza. Tampoco nos enseñan en la escuela a llevarla bajo el brazo o en la cabeza o en un verso suelto de una canción o incluso en la fiebre incansable de la tristeza.

Cosas que se dicen cuando uno se acuesta
Hay que medir las palabras y luego volverlas a medir, esmerarse en la medida y luego pensar en si lo hemos hecho a conciencia, sin que falte una brizna de empeño, sin dejar que nos distraigan las cosas ni nos aparte de ese afán ninguna frivolidad de las que sabemos. Entrar así en la noche, buscar con fiereza su cobijo, razonar el tráfago del día, ingresar muy limpio en la dulzura del sueño. Y la noche lo alivia todo con su manto.

4.3.14

Cine negro


Es el desamor el que escribe las mejores canciones. Toda la literatura ha sido construida con materiales bastardos. El buen cine es el que cuenta los rotos del alma. La beleza será convulsa o no será, dejó escrito Breton. La idea de que la bondad existe es de naturaleza judeocristiana. Tampoco existe la felicidad. Lo que uno aprecia es una brizna de bondad o un gesto de bondad o incluso una manera de vivir que tiende hacia la bondad, pero es el mal el que escribe la trama por debajo. Un mal necesario, podemos decir. El mal que hace que el mundo gire. En eso no contamos con Dante ni con su Beatriz, haciendo que el firmamento entero fluyese bajo la influencia de su corazón enamorado. Los escritores saben que los días grises espolean más ardientemente la pluma. Ya no usamos pluma, pero los días grises persisten. Están ahí para que la literatura siga haciendo su labor subliminal, su trabajo en la oscuridad. El arte entero hace eso: luchar contra el mal, aunque lo use para explicar su descendencia. No ha habido artista que haya negado esta evidencia. Ningún escritor ha vivido de espaldas a esta declaración de princpios irreducible. Los otros días, los de la luz, no hacen nada para que puedan ser escritas las mejores canciones. Incluso el deslumbrante pop, esa música festiva que hace que todo resplandezca, funciona porque el resto de las partituras son sombrías. La mejor música clásica es la que hiere por dentro. El cine al que uno se inclina más es el que narra las fracturas del alma. El mundo pertenece a los desconsolados. El único consuelo asible es el de la filosofía, y los gobiernos se obstinan en retirarlo de los planes de estudios. No se ha visto nunca que un gobierno se preocupe de la felicidad de sus ciudadanos. El estado del bienestar es otra cosa. Son números. No hay canciones de amor que sirvan para explicar todo esto. Podemos coger un blues. Adoro el blues como expresión íntima del desconsuelo. El que canta no espanta su mal: lo que hace es conocerlo más de cerca, intimar con él, abrazarlo y procurarle un refugio. El que escribe hace algo parecido. Escribir es encontrar un refugio cuando el día es gris o cuando las canciones de amor no bastan. Duele el mundo porque el azar lo gobierna. Tenemos fe (quien la tenga, yo ando en eso escaso) porque la vida es muy dura. Lo es bajo ningún género de duda. Dura por necesidades del guion. Dura en su propia escritura interna. De vez en cuando la vida nos besa en la boca, y a colores se despliega como un atlas. Lo dijo el poeta. Por eso respiramos. También. Pero anoche volví a leer a los poetas desconsolados y me acosté en esa zozobra lúcida, en ese malestar dulce. No ha desaparecido al abrir el día. No hay razón para que una sencilla jornada de sueño pueda borrarlo. No escribieron ellos de asuntos tan graves como para que un simple sueño pueda hacer que la llama dolorosa se extinga. La vida es un regalo luminoso. Vivir fascina. Incluso en el gris se aprecian a veces estallidos de rojo, volutas incandescentes de azul. La vida es un thriller turbio. Cine negro. No crean otra cosa. 

3.3.14

Fingirse enfermo

Uno se finge enfermo por diferentes razones. Una de las que hecho de menos es la de poder leer en la cama todos los cómics de la Marvel que mi amigo Belmonte me prestaba. Éramos nños y éramos de la Marvel casi por encima de todas las cosas. En realidad no era un fingimiento absoluto. Lo que hacía era aprovechar la convalecencia para refugiarme en un mundo que, estando sano, casi nunca existía. Creo que de mayores hacemos algo parecido. En el fondo, lo que buscamos es que encontrar un lugar en donde ocultarse durante un tiempo, uno que pueda luego dejarse atrás e ingresar de nuevo en la realidad. La realidad nunca falla: está ahí mientras que tú disfrutas con Peter Parker y Norman Osborn, está a la espera de que vuelvas. Incluso estoy por pensar que te vigilia, cuidando de que no estés demasiado tiempo de vacaciones, esperándote pacientemente. A poco que pisas la rutina de los días, la realidad hace desfilar delante de tus ojos todas las que cosas de las que deseaste huir. La enfermedad es un paréntesis. Da igual que sea de verdad. Hay una parte de enfermedad fingida en las verdaderas. El dolor parece que crece súbitamente. La debilidad se hace fuerte, lo cual es una paradoja maravillosa. Uno se finge enfermo a capricho, contando con la posibilidad de que haya alguien que nos descubra, pero merece la pena el riesgo. En esta edad en la que me encuentro quizá no me llene lo mismo la serie completa de la Patrulla X. El tiempo cobra sus aranceles. Ahora estoy más por una buena novela de Javier Marías (sigo pensando en Los enamoramientos, en su escritura machacona y perfecta) o en un mazo decente de periódicos del día. Hay pocos placeres de tan exigente y completa entrega como levantarse por la mañana y leer la prensa, en papel, no en el sucedáneo digital. Suele no bastar un solo periódico. Lo suyo es que sean cuatro, al menos. De todos los flancos espirituales y materiales. Lo malo es que después de caer en ese trance, la enfermedad puede sentirse bien dentro de nosotros y dejarnos en cama unos días más. Hay cosas que se fingen y luego pasan factura. Será que nos fingimos enfermos para que nos quieran más. 

Tweet con pizza o la jodida opción b


Creo que solo perdurará en mi memoria el selfie que Ellen Degeneres se marcó en plan tribal, presumiendo de tweets y de Samsung. En cierto modo el cine americano trasciende también en lo irrelevante, en la crónica de lo trivial. La gala entera fue una rendición a ese sentido primario del espectáculo. La decepción personal, el hecho de que se llevaran premio las películas que no te han gustado y se quedaran en blanco justamente las que te emocionaron, no malogró del todo la noche. Se ve todo como el que asiste a una cena familiar y acepta los riesgos de la velada. El cine, a estas alturas, es una familia a la que uno perdona los ratos inservibles. El de anoche lo fue, a pesar de que Her se llevara una consolación formidable (el guión original) o Cate Blanchett, actriz que adoro, nombrara de nuevo al criminalizado Woody Allen sobre un escenario global como el del Dolby Theatre. No fue la noche mágica que fue a veces. Ganó la negritud, la conciencia de la raza en estos tiempos de pulcritud política. Ganó el (a mi entender) aburrido periplo estelar de Sandra Bullock en la poco estimulante Gravity. Lo malo de los premios es que casi siempren poseen una contraprestación bastarda. Es la letra pequeña lo que debe ser leído con más atención. Lo explicó muy bien Degeneres: la opción a es que gane 12 años de esclavitud y la b es que todos seamos unos racistas. Hay regalos envenenados. El de Steve McQueen, ese señor con pinta de matón de discoteca de Los Angeles, es uno que juega fraudulentamente con las cosas del corazón. Entiendo que no premien a Nebraska o a Her, que son especies extrañas, pero no acabo de comprender que se prestigie un cierto tipo de cine: el que manipula, el que no sabe manejar el maravilloso material del que parte o el que, abrumado por la responsabilidad, se queda en un acelerado curso de penalidades, donde brilla el elenco, cómo no, pero donde flaquea (y mucho) el hilo moral, todas esas cosas que buscamos los que deseamos que el guión nos asombre o nos sorprenda. En la gala de anoche no hubo asombro ni sorpresa. Todo quedó registrado en el script previo. Lo único que se salió de la hoja de ruta fue el tweet de Ellen, ese fogonazo de aparente espontaneidad. No se equivoquen: las pizzas estaban avisadas.

2.3.14

Llevo toda la mañana pensando en Theodore / Her: toma uno



No sé si uno puede enamorarse de un sistema operativo. Supongo que depende del sistema operativo. He conocido gente con la que he tenido conversaciones menos hondas que las que Theodore entabla con el suyo, Samantha. Luego está el lado epidérmico. En eso no hay samantha que supla el calor de las yemas de los dedos o la sensación de plenitud absoluta que el amor físico trae a quienes lo practicamos. Hay gente que prescinde del sexo y gente que únicamente se guía por el sexo. Theodore es un personaje único en la historia del cine que conozco. Todavía ando conmocionado por todo lo que cuenta Her, la espléndida película de Spike Jonze ( Cómo ser John Malkovich, Adaptation, Donde viven los monstruos, espléndidas también) Desde anoche ando un poco a remolque de la manera en que Theodore gestiona qué le procura placer y qué no. Vivimos razonando el placer, pensando en cómo conseguirlo, conjeturando con la posibilidad de que a los demás esa manera nuestra de adquirirlo no sea la más apropiada ni tampoco la más ortodoxa. Her habla de un mundo en donde la ortodoxia reside en la banda ancha, en el lenguaje binario, en todas esos prodigios que la tecnología es capaz de ofrecernos. Estoy a punto de escribir un texto grande sobre Her, pero todavía necesito macerarla adentro. Mycroft, Álex, necesito macerarla, pero anoche disfruté muchísimo, aunque hoy en la ceremonia de los Oscars la ignoren. La van a ignorar. Ojalá no. 

1.3.14

dios

dios no es de izquierdas, dios está a salvo de la gramática del poder, dios no tiene que personarse, dios no cuida del rebaño, dios no sale en los títulos de crédito, dios se pierde en los arrabales, fatiga las calles del mundo, contempla el vértigo, bebe la fiebre del mundo, dios es un observador obstinado, así que no hay que buscarlo en los textos, no hay que ir a los templos y buscarlo en las tallas de los santos o en las vidrieras de las alturas, dios está en la pregunta y en la respuesta, dios es lo inefable dicho, lo inasible por fin atrapado, dios es la metástasis del mundo, creciendo sin brújula, prometiendo el paraíso y desoyendo la vida, dios tiene ese oficio ingrato, hacer que esperes, pero sin escucharte, dios no escucha, no está en su esencia escuchar, de dios tenemos la certeza de que escucha, pero no lo hace, no de un modo que podamos entender aquí abajo, entre la luz y las sombras, yendo de un sitio a otro, abrazando los cuerpos o estabulando los vicios, dios es de una hermosura asombrosa, no hay un pequeño indicio de belleza en el mundo en que no esté dios, no hay palabra en la que no se exprese, dios es un mapa del tamaño del mapa que cartografía, dios es el mapa y es el cartógrafo, dios es mi mano guiando el pulso de las palabras y es la altura y la hondura de los ojos que se desquician en el texto, buscando un sentido, negando un sentido, dios es kavafis en alejandría, dios es el aleph en el sótano de una quinta en buenos aires, dios es la calva del coronel kurtz en el infierno del mekong, dios es la melena de lady godiva cubriendo los pechos, que también son dios, los dos senos de lady godiva, que nunca hemos visto, son dios encima del caballo, que es blanco y también es dios, dios, dios en los logaritmos neperianos y en todos los cuadros puntillistas del sur de francia, dios en la boca de hemingway cuando se la abrió con una bala, dios en la absenta de poe, dios en el cielo sobre el mar de los sargazos, dios en la mecánica cuántica de las plegarias, en los goces del cuerpo, en la dulzura íntima de los sueños, en el crepúsculo, en los burdeles de Mesopotamia, en los caserones desvencijados en providence, dios el primigenio, el oscuro, el artero, los dioses debem procurarse un fondo lóbrego, lúgubre, fúnebre, un fondo de materia esdrújula, todos los dioses del pasado han hecho valer sus dogmas, han tenido sacerdotes, chamanes, gurús, gente de metáforas, poetas del arco celeste, el dios vampiro bajo la bóveda antigua de la noche, el gran dios de la semilla, hocicando sobre la negrura del sexo, invocando al demonio, pidiendo que venga, el demonio puro sin el que dios no valdría nada, mira uno al demonio, lo observa y le agrada el mal, dios es el mal que induce el bien absoluto, la palabra investida con los más altos honores, pero a dios se le exime del verbo, no se le pide la oratoria de los apóstoles, lo escribe después el poeta, lo rubrica en salmos, en la luz misma galopando el aire, en el aire copulando con las horas, vemos a dios como una epifanía, miles davis tocando so what, miles davis tocando round midnight, dios con sordina, dios bebop, el dios amancebado, manumitido, contenido a su pesar, porque no puede aparecerse, no puede dar constancia de su cuerpo, ni siquiera de la sospecha de su cuerpo, dios no tiene nada que pueda ser registrado, no registramos el ojo ni la voz, el dios sin el gran ojo, guiando al rebaño desde que se abrieron los campos, por eso buscamos a dios desconsoladamente, lo buscamos en los arias de verdi, en los perfiles del facebook, en la lengua de trapo, en los castillos del tiempo, en la panza del rey, en la música de los ancestros, ahí está, ahí se agazapa, ahí los días primeros, los abrazos principales, ahí él, ahí ella, no sabemos el sexo, no habrá sexo, lo nombramos sin saber cómo decirlo, lo pensamos sin saber cómo nombrarlo