25.2.14

La literatura no termina nunca

Hay veces en que uno sabe cómo debe caer. El arte consiste en premeditar esa caída, en exponerse de un modo dramatizado, en no dejar que alguien pueda pensar que hay una improvisación o que es el azar el que conduce las riendas de la trama. Los poemas de amor son en realidad caídas muy estilizadas, fotografías del cuerpo conforme va acercándose al suelo, instantáneas a las que solo pueden acercarse las metáforas. Incluso la forma en que el pianista aborda una pieza es una impostura, una imposición a la realidad que pudiera haberse evitado sin que el mundo hubiese dejado de girar o sin que nadie la hubiese echado en falta. El arte entero es una impostura. No se le llamó y no se esperaba que acudiese. Ahora mismo estoy evitando escribir un poema de amor o un poema de desamor. En este instante en que no estoy tocando Waltz for Debby, estoy haciéndole un favor al mundo. No estoy produciendo. No hay que producir: antes tenemos que  acabar con las existencias. No podemos seguir halagando al fantasma: hay que prenderle fuego, hay que arrojarlo al desagüe y verter agua hasta que no se oiga nada. Ni cómo baja cañería abajo ni cómo grita. La literatura es la gran cañería. Por ella circulan todos los argumentos. Son las criaturas que buscan desconsoladamente el lugar en el que tendrán que perderse, pero no se pierden. La literatura no termina nunca. Sigue avanzando siempre. Mientras haya quien se caiga. 

24.2.14

Cuentos de Tristancho de Carambel



    
A Mercedes Mármol, que los entiende mejor que nadie, seguro.


1. El perro elefante

El perro que encontró Tristancho tenía trompa. Trompa y dos colmillos enormes. Que no es un perro, le decía su madre. Que no es un perro, le decía su padre. Los abuelos de Tristancho, nada más verlo, dijeron:
- Tristancho, criatura, esto no es un perro.-
En ese momento, el elefante ladró.

Sigue en Barra Libre.

22.2.14

12 años de esclavitud: Brutalidad de algodón



Hace tiempo que en mi corazón ganó la insinuación a la evidencia. Por eso no me gusta 12 años de esclavitud. Por eso no la considero la buena película que otros airean o la que, en los BAFTA o en los Oscars, es probable que arrase y haga que todo el mundo hable de ella y la considere la extraordinaria película que yo no veo, por más que trato de sobreponerme a esa declaración de principios e incluso omita mi aversión a esa especie de pornografía del dolor físico que Steve McQueen propone como instrumento de lectura. Poco o nada sutil, la historia de Solomon Northup no logra emocionarme lo más mínimo. Y no es porque uno sea insensible o no se sienta íntimamente violentado cuando observa el dolor de un modo tan brutal: me tengo por sensible y se me consigue violentar a poco que atisbo una brizna de injusticia. Aquí la hay a destajo. La hay en un grado tan excesivo que deja de tener sentido observarla: digamos que nos satura hasta que, por tozuda, pasa a ser irrelevante. Hace McQueen lo que no debe un director: lograr que exista una distancia (insalvable en algunos pasajes del film) entre el espectador y los personajes de la trama. Queda de lado (qué injusto es eso también) el portentoso trabajo de Michael Fassbender o Chiwetel Ejiofor. La profunda preocupación de Steve McQueen por hacer una película vistosa (académicamente vistosa) malogra que transmita emociones y se queda en un portentoso documento sobre la esclavitud, filmada con oficio, pero rebajada de humanidad. Planos monumentales de grandes masas arbóreas o alguna muy sencillo en donde una esclava hace una muñeca con unas hojas y el bulbo de una cebolla no hacen que sea ésta la película poética que podría ser.

Todo corre muy deprisa, en todo hay una voluntad de que no se quede nada atrás. Y al final hay una acumulación de tópicos, vergonzosos, infames, a los que se les abre el corazón y con los que uno se siente dolido en el fondo, pero que no crean un vínculo verdadero con lo contado. No se trata de que sea o no verosímil. El horror es creíble. Lo improcedente es el desperdicio de un material noble, que termina arrojado al mainstream, convertido en carne de premio, sin apenas esmero en el volcado de la historia. El abuso del látigo impide que florezcan otros lenguajes. Manda el efectismo, la agresividad sin tacto, perdida en un precipitado telefilm de sobremesa. La convencionalidad es la que dicta el criterio con el que ha sido facturado el film. Yo creo que el verdadero esclavo es Steve McQueen. Está atrapado por un elenco formidable y tiene entre las manos la épica. Y la ha convertido en un videoclip de poco más de horas. Hacía falta más vigor o más compromiso, y no hay nada de esos ingredientes. Y hubiese deseado uno que no fuese así, aunque sea por la trascendencia de lo que se narra o por la importancia de que nada de lo contemplado pueda existir nunca más. Yo creo que a Steve McQueen le interesa más la ceremonia de los premios y su entrada triunfal en el mercado americano (después de Hunger y la muy estimable Shame) que hacer una película digna sobre la esclavitud. Da igual que el director sea negro o pajizo. 

21.2.14

Pascal, uno de los nuestros



No hay más que tres clases de personas: unas que sirven a Dios, habiéndole encontrado; otras que trabajan en buscarle, sin haberlo encontrado; otras que viven sin buscarle ni haberle encontrado. Los primeros son sensatos y felices; los últimos, locos y desgraciados; los del medio, desgraciados y sensatos.
          Blaise Pascal, Pensamientos, 257


Ayer estuve casi toda la tarde pensando qué clase de persona soy. Si ya he encontrado a Dios, si trabajo en buscarlo o si no lo busco y ni lo he encontrado. Convencido de que no alcanzaría una respuesta que me contentara enteramente, opté por entretener la tarde con asuntos que no requiriesen demasiado empeño. A veces cae uno en la cuenta de que el tiempo, al fijarnos en él, es cuando cobra verdadera importancia o cuando exhibe su dimensión trágica. Por eso es mejor no pensar, no ahondar, no exponernos al espectáculo miserable del interior. Conozco gente que disfruta enormemente de la vida sin pensar en demasía en ella y quien, bien al contrario, se la amarga porque no deja de pensarla, de considerar a cada momento en si ha encontrado a Dios o si lo busco afanosamente o le es indiferente. A Pascal lo invitaría esta noche a una ronda de cañas por mi pueblo. Creo que sería un rato instructivo. Tengo amigos que hacen las veces de Pascal en las barras de los bares. Nos enfrascamos en una metafísica de rango etílico que nos reconforta considerablemente. Nos creemos en posesión de alguna verdad inasible, de escaso afecto por manifestarse, que solo prorrumpe si se alcanza cierto estado, una de esas epifanías (no tiene que concurrir el alcohol para abrazarla) con las que nos sentimos congraciados con la vida y con nosotros mismos. Pascal está con nosotros. Que dure.

20.2.14

No escribir, no sufrir, no pagar cuentas...


Quién no tiene una gran vida interior. Incluso una de un tamaño desmesurado, que amenace con desbordarse y contaminar la otra, la exterior, la que compartimos con los demás y con la que hacemos los deberes domésticos y conyugales o los artísticos o los laborales, una vida interior en la que quepan las comedias de William Shakespeare y todos los discos de la Tamla Motown, por ejemplo. Soy de la opinión que se puede tener una vida interior rica, sin privarme de nada, pero la realidad se obstina en contradecirme, y la  memoria, que es el reverso tenebroso de la rica vida interior, flaquea. Tanto es así que llevo unos días escribiendo este mismo texto. Lo escribo en el blog o en la cabeza o en una hoja suelta de un cuaderno de anillas, de a dos rayas, que encuentro en una clase del colegio, abandonado, como si alguien hubiese renunciado a consignar en él la tragedia de la vida. En ocasiones pasa esto que estoy contando: que no sabemos bien a qué atenernos, cómo ir llenando o cómo ir vaciando, y nos fijamos en el envoltorio en lugar de fijarnos en lo que verdaderamente estamos arrojando en él. No es lo mismo echarse un volumen de pensamientos de Pascal o unos cuentos de Saki que cualquier minuto vespertino en esa infamia de canal televisivo llamado Telecinco. Tampoco tengo ninguna certeza sobre el hecho de que mi vida interior esté dulcemente mecida por los elixires de la cultura a la que yo le concedo la máxima distinción. No sé nada, no puedo saberlo, no hay nada fiable que me reconozca entre los gourmets de cierto tipo de refinamiento cultural, que no está en el bebop o en la lectura paciente de Pascal. Nada que yo pueda esgrimir para admitirme entre los elegidos. Al final del día, cuando estamos entrando en el sueño, nos atropellan los mismos pensamientos a quienes se embebecen recordando lo que les gustó el Sálvame de las cuatro, en la gloriosa Telecinco, y los que recitan de memoria versos de Jaime Gil de Biedma. Son los sueños los que nos definen. Ahí está la biografía, el perfil, la tozuda evidencia de qué anhelamos y a qué entregamos ceremoniosamente el alma


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Somos todas las historias que nos han contado

De qué callada manera obran los años, con qué artera astucia nos saquean, pero el vaciado nunca es trágico. Uno admira incluso esa percepción de la tragedia, la sensación (a veces huidiza) de que todo nos incumbe o que todo ha sido hecho para nuestro exclusiva atención. Así leo esta mañana unos versos de José Ángel Valente y pienso en el poeta, en algún retiro doméstico, a salvo de la realidad o inapelablemente dentro de ella, escribiendo para que yo me levante esta mañana de jueves y lea, en unos minutos que permite la rutina de la mañana, antes de salir al trabajo. Leemos las vidas que no son nuestras. En ocasiones los sueños de otros. Los nuestros no satisfacen enteramente. Acudimos a lo que los demás urdieron para explicarse el mundo. De una forma maravillosa somos todas las historias que nos han contado. Eso nos hace no ser saqueados del todo, no sentirnos vulnerados cuando los años nos reducen. 

18.2.14

Tres de martes

La realidad, la alegría
Uno cae en la cuenta a veces, pero otras lo desoye, lo aparta incluso, cree que está a salvo o que puede seguir sin que nada le afecte. Hasta que un día le toca, observa cómo todo lo que le parecía ajeno cobra de pronto una cercanía y lo siente como suyo. No sé si estoy hablando de enfermos de cáncer o de africanos en las fronteras de la vieja Europa o de afectados por los desahucios. En realidad no importa mucho a qué frente inclinarse. Nunca se está a salvo del todo. Tampoco deberíamos estar a salvo del todo. Conviene la zozobra, la idea de que un día te puede tocar a ti. Hoy escribía un amigo, en su muro del facebook, la conciencia de la alegría que había manifestado su hija de tres años. Es posible que hayamos perdido esa conciencia, que estemos ya muy envenenados como para detenernos y pensar la alegría, como pedía Mario Benedetti en su maravilloso poema. No sé si todo está perdido. Lo está mientras que existan leyes de extranjería, esa desgracia del progreso. O mientras que la política siga siendo un negocio lucrativo. O mientras que esquilmen derechos.

Maestros
Tiene este oficio mío de maestro recompensas diarias que nunca recoge la nómina o a las que no se hace referencia en prensa, asuntos que uno revela entre amigos, en la barra del bar, o cuando vuelve a casa, andando, confiando esa pequeña epifanía laboral a quien anda conmigol, ese prodigio a veces oculto, que no se manifiesta de forma íntegra. No hay transcripción fiable de lo que se dice en esos momentos de absoluta alegría; tampoco debería haber de cuando caemos nos sentimos vulnerados o cuando notamos que no se aprecia como debiera el trabajo que desempeñamos. Y no se aprecia, aunque haya a veces signos que evidencien afectos o incluso declaradas y encendidas manifestaciones de respeto o de admiración. No es ésta una profesión fácil: no lo es por la responsabilidad que contrae, no por la relevancia de lo que se adquiere en esas edades tempranas en las que el maestro es una especie de sacerdote y la vida es la religión que exalta.

Qué leer
Hay veces en que no sabemos qué leer. Nada parece ajustarse a lo que deseamos. No hay historia que de verdad nos llene. No encontramos asidero en la ficción. No creo que sea porque la realidad nos colma. O lo hace de un modo precario y precisamos del concurso de lo fabulado. Anoche creí que un libro de pensamientos de Pascal me contentaría y lo deseché a poco que avancé en sus páginas. Tenía a mano, en la mesita de noche, un volumen de poemas de Emily Dickinson, y no me mantuvo más de tres o cuatro poemas. Caí en la cuenta de que tenía un número atrasado de Dirigido por, la estupenda revista de cine, muy a mano, en un cajón. Solo leí un espeso reportaje sobre la última película de Lars Von Trier (Nimphomaniac 2), seguida de un estudio (que me condujo al sueño de golpe) sobre la pornografía en el cine. Así que puse la radio. Sintonicé uno de esos programas deportivos (amo el fútbol con moderación) en los que glosaban las virtudes de Jesé, la perla canaria del Real Madrid. Ahí lo entendí todo. No era nada a lo que tuviera que aplicarme en exceso. No me llenó, cómo iba a llenarme, pero me acompañó hasta que fue abducido por los enanitos del país de mis sueños.


17.2.14

Cuando todo está perdido / Un canto a la vida



Un contenedor a la deriva, en una zona de escaso tráfico de barcos, abre un boquete en la embarcación del protagonista, del que no sabemos nada y sobre el que no necesitamos saber nada. Cuando todo está perdido registra únicamente la épica de la supervivencia, sin atender a la periferia, a los motivos del naúfrago para regresar al mundo..A lo que J.C. Chandlor nos empouja es a la visión brutal de las penurias que padece, de los problemas en que se vio envuelto y de cómo se desenvolvió. En ese estado de las cosas, se entiende que la película entera solo tenga un solo personaje, aunque esto no es del todo cierto. Lo que cuenta el film no es tanto las peripecias de subsistencia, todos los recursos de ingenio y de pericia puestos al servicio de la trama, como el diálogo del hombre con la naturaleza, con la que entabla un pulso formidable, a la que respeta y de la que espera, en cierto modo, idéntico trato. Sorprende que la cinta no flaquee, teniendo en consideración el escaso bagaje de elementos dramáticos que pone en danza: Chandlor no interfiere en el fluir de los acontecimientos: no se apropia de la trama, ni interfiere en la sentimentalidad, ofreciendo un perfil íntimo del héroe. En Cuando todo está perdido hay una supresión del espectáculo moral y una reivindicación de lo estrictamente cinematográfico. Es una película sin palabras, pero no una película muda: hablan las olas o hablan las nubes, o el aviso de una tormenta (muy emocionante el plano en que el marinero avizora su presencia, en la distancia). 

El film conmueve porque es de una honestidad brutal. No hay ninguna impostura, todo se exhibe de una forma pura, invariablemente dócil. La trama, que no posee una entidad dramática clásica, que se iza sobre unos presupuestos documentales, no decae en ningún momento. Eso hace de Cuando todo está perdido una obra admirable, y no lo menoscaba su terquedad estética, el hecho de que no se apoye sobre nada que conozcamos y no existan referentes a los que aferrarse. Está el hombre (nuestro hombre, en los créditos) y está el mar. Pienso ahora en el propio Robert Redford cuando Sidney Pollack lo puso en el traje duro de Jeremías Johnson y lo arrojó al invierno crudo de las montañas. Es posible que sean dos películas afines: ambas se empeñan en narrar la soledad, en ofrecer una visión del hombre sin contaminar, manumitido del rigor de la sociedad y de las esclavitudes que la sociedad exige. No hay aquí peajes: el mar anhela su tributo, y nuestro hombre pone todo su corazón (y algo más) en evitar que lo cobre. Tenemos la disculpa y el adiós que el personaje entrega en las primeras imágenes o las interjecciones (un Dios o un joder) que más tarde, cuando lo van venciendo las circunstancias, airea a modo de lamento sordo. No es, pues, un cine fácil, pero su falta de docilidad proviene de nuestra falta de costumbre. En lo demás, una pequeña obra de arte. Y si el amable lector quiere hacer lecturas más profundas puede pensar en lo que malogra la pacífica navegación: el contenedor cargado de zapatillas de deporte o de calzado infantil, no estoy seguro ahora, puede representar esa sociedad capitalista, invasiva, que incluso extiende su zarpa homicida al mar lejanísimo, donde apenas suceden otras cosas que no sean las coreografías de los bancos de peces o la visita de un pequeño ejército de tiburones. 

15.2.14

La lluvia



Llueve con avaricia, llueve como si no hubiese otra cosa que lluvia, llueve a conciencia, llueve hacia dentro, llueve con vocación avara. El cielo cae sobre nuestras cabezas. Cae a plomo. Sin otro alarde que el peso antiguo de su extensión infinita. La tierra está cumplida de agua. Se multiplica el agua en el agua y el barro invade el himno primordial del aire. Asciende como un pájaro al que hemos permitido el vuelo y desafina en un cascabel lujurioso de brincos hacia las nubes perfectas. Gris en la bóveda del universo. Sin lustre. Sin alegría. Asombra esta tozuda verdad líquida. Cansa y aturda. Persevera el cansancio y se hace rutina. Llueve como una advertencia. Ya se sabe que el apocalipsis es una metáfora del miedo a que exista Dios. Porque la lluvia la escribe un dios caprichoso y rudimentario. Un dios como una incertidumbre metafísica. Un dios invertebrado, un dios loco, un dios soberbio. Tiene la lluvia un misterio de dios invertebrado, loco, soberbio. Llover es un poema de uno de esos dioses a los que nunca miramos a la cara, pero a los que ofrecemos plegarias y levantamos, en la oscuridad de los templos, altares imposibles. Llueve con avaricia, como si hubiese otra cosa que lluvia. A conciencia. Hacia adentro. Con vocación avara. Uno busca palabras grandes que expliquen esta lluvia febril que nos niega la luz. Uno urde alquimias, se abastece de pudor y mira al cielo sin afecto. El demonio del agua funda catedrales en el pensamiento. Vastas catedrales de agua hecha orgasmo. Ebrio de asombro, pequeño y extraño, miro el milagro de la lluvia desde la ventana. El cielo se desploma. Lleva un mes el agua cayendo sin misericordia  sobre el mundo. El suelo es un espejo del cielo. Las palabras están mojadas. Los gestos, mojados.  Los ojos, de tanto mirar agua, parecen nubes. El corazón también sufre el severo aviso del cielo. Duele el corazón y se pone triste al advertir que no lo atraviesa la alegría ni el gozo de la carne ni de los afectos. Llueve como si no hubiese pasado otra cosa desde que el mundo es mundo, y solo hubiésemos tenido lluvia. Los campos están angustiados. Se les ve la angustia desde lejos. 

13.2.14

Tríptico de sobremesa de jueves

Elogio de la siesta
Uno se pierde un poco en la sobremesa, constata que no hay felicidad más al alcance, de tan sencillo ajuste y acomodo, como la de echar una siesta frugal, no excesiva ni rotunda, dejándose engolosinar por la modorra, embebecido por las circunstancias estrictamente cinegéticas de una sabana en Uganda o por las costumbres de apareamiento del alce en una tundra nórdica en esos maravillosos documentales de National Geographic. Es la siesta de sillón de orejas o de sofá lounge en la que la televisión cumple una de sus funciones más apreciadas: la que te facilita el ingreso en el sueño, la que te hace conciliar el mundo con tu alma y de la que extraes enseñanzas que no te dan otras actividades de más fuste o, en apariencia, de mayor envergadura. Hago aquí, hoy que no puedo, elogio a la siesta y la celebro para quien la disfrute. Da igual que sea de cama y pijama (no es ésa la mía de momento) o de salón, viendo las cuitas de la rica fauna amazónica o las penurias de una madre soltera a la que acosa un psicópata. Habrá quien no me entienda.

Poesía, Dios, Cortázar
No sé quién puede creer en algo todavía, digo en algo sutil, que no tenga asiento en lo real, sobre lo que no podamos ejercer la voluntad del científico y lo pesemos y lo midamos y lo recojamos en un matraz o en un disco duro. De verdad que se me pone muy difícil entender a quien ofrece todo su espíritu a lo insondable, a todo lo que no se deja querer por el ojo cartesiano y rígido. Lo admiro y, en parte, lo rechazo. Yo creo que en cada creyente hay un lector de poesía, pero no sucede obligatoriamente al contrario. Se puede leer poesía prescindiendo de la divinidad y de la espiritualidad del cosmos, pero no me entra que quien cree no tenga en su adentro sensible el mismo material sensorial que usa un lector de poesía (uno bueno, claro) cuando se mete en faena e intenta comprender el mundo en base a las metáforas que el mundo fabrica. Enredado en todo esto, leo estos días a Cortázar. No porque se cumplan años de su muerte. Lo leo porque me sigue impresionando su capacidad para contarnos cómo es el mundo, pero sin prestarle ninguna atención. Es un escritor grande precisamente por eso: porque construye sin saber qué está construyendo, un poco como Dios cuando forjó el mundo. Y da igual que no lo forjara: da igual que sea otro el motor primero o incluso que no exista motor alguno y todo sea un cúmulo de desdichas cuánticas o de acontecimientos inverosímilmente trascendentes. El caso es que leo a Cortázar (Las armas secretas, Cátedra) y pienso en lo poco que está Dios en las palabras que airean los de la Iglesia. Es que no tiene nada que ver una cosa con la otra. Lo tengo cada día más claro. Cuanto menos creo, más me voy entendiendo. Todavía no he llegado al descreimiento absoluto. Seguiré leyendo, no obstante, poesía.

Scorsese
Creo que Scorsese es el cine al modo en que lo fue John Ford o, en otro sentido, con menos aparato mediático, lo es también Woody Allen. No hay película de Martin Scorsese que no merezca pompa y traca y página doble en la prensa. Anoche vi El lobo de Wall Street en el cine. A poco de empezar, nada más avanzar unos minutos el extenso metraje (tres horas, ahí es nada) advertí que no pasaría inadvertida. Para bien o para mal. Scorsese hace que uno piense en el cine y note que la historia que le están contando es una historia cinematográfica y que se ha facturado conforme a criterios estrictamente cinematográficos. Luego está el hartazgo de que el buen hombre le siga fascinando el mismo argumento y lo filme desde muchos puntos de vista. Anoche no vi a Joe Pesci ni hubo mafiosos, pero disfruté (mucho) con El lobo de Wall Street. Me dejó con una sensación de extraña plenitud. No por lo que había visto en las horas anteriores, sino por todo lo que había visto en toda mi vida como espectador. No sé si me entienden. Ahora me voy a trabajar. 

11.2.14

Dios en un traje de Robert Mitchum


No sé cuándo me enganché a las historias de suspense. De lo que amamos, de cuanto nos hace más felices, prescindimos en ocasiones del protocolo memorialista de las fechas y de las circunstancias: nos limitamos a reconocer el amor o incluso a proclamarlo sin disimulo. Está muy bien usada la palabra enganchado. Lo estoy de un modo arrebatado. Hay ocasiones en que únicamente admito suspense en las tramas en las que me sumerjo. Leo la trasera del libro o me dejo guiar por las reseñas de la prensa, pero acabo adquiriendo novelas en las que muere alguien o yendo al cine en la certeza de que se va a resolver un asesinato. Estoy fascinado con la muerte. No solo me ocurre un entrenimiento mejor que el discernir quién mató a quién y qué le indujo a matarlo. Me da igual que la trama sea de ambiente nórdico, tan de moda, o que el muerto descanse en suelo andaluz. Se me antoja irrelevante la geografía del finado. Solo quiero la ficción que procuran los muertos. No creo que haya sentido jamás pudor en exhibir esta querencia mía. Siempre me gustaron los malos. A mejor malo, mayor enjundia en la trama. Si el malo no está a la altura, se hunde estrepitosamente el montaje. Incluso no importa que el bueno no lo sea absolutamente. Se acepta que el mal triunfe. La vida, en cierto sentido, también muestra en ocasiones debilidad por la maldad. Quien sobrevive es el que se comporta de un modo más despiadado. Pongan, sin no me creen, los documentales de National Geographic. Será que el hombre es, por naturaleza, un ser malvado. El espectáculo está en el registro del mal. El bien no gana adeptos. Nunca se hace épica del bien puro: se construye la leyenda cuando corre la sangre. Todos los bardos antiguos entendieron muy bien esta sutilidad de la quebradiza alma humana. A decir de Noam Chomsky, el activista, el filósofo, el teórico de la lengua,  no hay libro más genocida en todo el canon literario que la Biblia. Quizá sea ésa la manera de contar los preceptos, de ir estimulando el asombro del hipotético creyente que la escucha o que entre en el vértigo metafórico de su lectura. Dios está ahí, embutido en un traje de Robert Mitchum, poniendo cara de póker, repartiendo candela urbi et orbi. De verdad que si a la Biblia le quitamos toda la parte tremebunda no queda nada. O quedan cantos florales, episodios levemente legendarios, la trama previsible de una serie B que no pasará de un fin de semana en un cine de barrio. Lo que me pregunto es cómo no he sido un lector voraz de ese libro (habiéndolo sido de un modo razonable, sin empalago) teniendo todo ese potencia dramático y noir que posee. Luego está la metafísica. Me extraña que no la haya explotado James Ellroy o el mejor Dashiell Hammett. O lo han hecho y yo, tan poco sensible a veces, no he encontrado en sus novelas el enganche que me alumbre.

No tengo días Bucay, no tengo días Coelho.



Hoy llevo un día Tom Waits, ustedes me entienden. Uno de esos días de lija en la voz y de llover sin parar como si jamás hubiese hecho otra cosa el mundo que ver llover o en los que solo apetece leer sin que nada te estorbe. Días de cine negro en un buen sillón mientras afuera llueve y la tarde se resuelve inútil para convocar la luz y el esplendor de las sombras. Días de una orfandad admirable en los que parece acabarse el mundo. Luego se va Tom Waits de la cabeza y aprecia uno la ceremonia de la belleza, buscando un lugar en donde mostrarse. Pasa como con Kafka. Hay días Kafka. Días con un dolor de cabeza debajo del brazo. No sé hasta dónde prefiero los unos a los otros o si no conviene ninguno. Hay en estos días algo hermoso, no obstante. De una belleza a la que no sabría comparar con otra. No hay ninguna canjeable. Cada una posee un rango único, inargumentable quizá. Sigue lloviendo, aunque no sea Georgia, ustedes me entienden. Días que tienen que pasar pronto. Un cierto tipo de error en el calendario. Tengo fe en el error. Creo en lo que me aporta, en la verdad que encierra, en toda la evidencia absoluta de su criterio en el mío. A ver si deja de llover y no me da por pensar en Waits o en Kafka. No tengo días Bucay, no tengo días Coelho. La dulce melancolía, como dice un amigo. El veneno formidable.  No parece que vaya a salir el sol. Voy a poner a Charles Mingus. Nada como Mingus si llueve. 

10.2.14

Wert no estuvo, Wert sí estuvo



No sé si lo peor está por llegar. Se tiene una impresión hondamente pesimista de todo esto que está pasando y se acentúa cuando una ceremonia festiva de un asunto festivo (el cine es la festividad de la inteligencia y de la belleza, aunque también un negocio o una industria) cae en una declaración política, en un escaparate donde nada (al menos ayer) eludió involucrarse, y fueron cayeron las críticas a Wert, que no estaba, y hasta hubo quien, en mitad del agasajo, pidió decidir por ser mujer. No se veía venir tanto escrache semántico, pero lo hubo. Y tal vez fue la señal por la que se puede apreciar el lamentable estado de las cosas en el que estamos. No viene a cuento eso de que la gente de la farándula, tan cómica ella, tan dramática cuando se pone, disfruten con estas cosas: a ellos se les brindó anoche un auditorio e hicieron un uso formidable del mismo. En una ocasión, dejé aquí escrito que tal vez no fuesen los Goya el escenario más apropiado para manifestarse. Ahora dejo constancia aquí de que es el mejor de los escenarios. Todo se hizo con mesura, todo fue bien declamado, todo se expresó como debía. Y dio lo mismo que Wert no estuviese allí, aguantando el chaparrón: se lo contarán, lo leerá, comprenderá o no comprenderá, pero así fueron las cosas. Quedó un poco relegada la fiesta del cine, aunque estoy seguro que los agasajados darían por bueno que incluso se anulase si con el sacrificio ganase la cultura o ganase la industria, que están aquí de la mano y van juntas a beneficio del espectador, que lo contempla todo un poco sobrepasado, como si estuviese más pendiente de lo que va a decir el próximo premiado sobre el gobierno que de otra cosa. Los de las farándula son gente buena, en el fondo. Gente hecha a que la escrachen por la calle, ustedes me entienden. A que les digan las barbaridades inherentes al famoseo que exhiben. Tiene que ser muy difícil ser un Bardem en un país en donde los bardems nunca son festejados. Se les recrimina que se manifiesten o que una parte de su vida no coincida punto por punto con el programa político del que son militantes entusiastas. Al gremio de los actores (y de las actrices, por supuesto) se les tiene a veces poco en cuenta. Ya se sabe que este oficio ha tenido siempre muy mala prensa. Hace no mucho tiempo ser actriz era casi como ejercer de puta. Al cine va todo el mundo, pero nadie tiene interés en defenderlo. Es un producto desechable. No forma parte de la cultura de una sociedad. Todavía no. Los Goya son siempre un espectáculo que bascula entre el bochorno y el escándalo. Bochorno porque se haga mal y los presentadores la pifien (anoche Fuentes no pasó de una poca inspirada retahíla de lugares ya vistos sobre Wert y un par de piruetas verbales sin gracia excesiva) y escándalo porque siempre hay un ministro al que abuchear. Siempre no, claro. Anoche Wert mandó a la mierda a los que lo abuchean y se quedó en casa tan ricamente. Y todo se deslució una barbaridad. El ministro, el abucheable, le daba empaque a la gala, le procuraba un plus de irritación visible que anoche no fue tal y solo quedó en palabras. Las hubo muy dolientes y las hubo muy sensatas. Quedarán estos Goya en eso: en la amargura de la gente de la cultura. No es que algunos se quejaran y otros no: hubo un consenso en la tristeza, en el dolor al sentirse en el desamparo. El año en que todo vaya bien y el ministerio de la cultura de verdad la fomente y la mime no sé qué será de los Goya. Tendremos que fichar a Billy Crystal.


9.2.14

Negro


A la chica le gusta presumir de hombre, pero en el fondo sabe que en los moteles baratos de las comarcales en los que se refugian, las alfombras son amarillas de nicotina y sudor, y la muerte ha reservado una línea en la trama. Atrás, justo después de los títulos de crédito, mamá prepara un tazón imprudente de leche malteada con copos de cereales. En la radio suena jazz en una de esas orquestas de la gran ciudad. Afuera, en las calles, un cláxon ahoga el júbilo y dispara la realidad como un fogonazo de tristeza. La sangre, no lo saben, llega en el minuto ochenta del metraje.

7.2.14

Otra crónica teológica del descarriado



I
Estaba Dios pidiéndole a Noé que metiese mofetas en su arca. Lejos de contradecirle, aunque manifiestamente irritado, Noé le pregunta si de verdad desea que en su arca entre una pareja de mofetas, a lo que Dios, enojado por el atrevimiento, le envía un rayo admonitorio. Homer Simpson, que está sentado frente al televisor, fijos los ojos en las aventuras zoológicas de la Santa Biblia, ferrea la mano izquierda sobre una lata de cerveza, comenta a Burt que definitivamente Dios es su personaje favorito de ficción.  No creo que sea el mío, pero no voy a discutir con nadie que me atrae muchísimo y que siempre que aparece, le presto la máxima atención. No porque me salve o porque desee yo congraciarme con él, sino por sencilla voluntad metafórica. De Dios me atrae su facilidad para la prestidigitación, su inmensa vocación de showman. Como un David Letterman celestial. Además no solo recaba la adhesión del pueblo llamado llano, sino que invoca hacia sí la querencia de filósofos, charlatanes de feria, poetas, músicos de folk, de jazz y hasta de rumba catalana y guionistas de Hollywood. Luego está el alma, está ese no saber a qué atenernos con el alma, si desviar todos los mimos que le prestamos hacia otro asunto más satisfactorio o procurarle algunos más, no vaya a ser que flaquee y entremos en una tristeza teológica.

II
Creo en la salvación de las almas. No de un modo teológico. Prescindo de la fe y de la posibilidad de que haya una vida eterna y yo pueda merecerla o disfrutarla. En lo que creo es en el alma sensible, en la que me hace confiar en mis semejante, el alma pura sobre la que dejar que el mundo me cuente su historia y yo pueda contarle la mía. Es una iniciativa muy egoísta la mía. Pienso como Noam Chomsky a propósito de la Biblia: que era un hermoso libro y, entre los muchos libros que ha dado el hombre, el más genocida. Lo hermoso del libro de los libros reside en la asombrosa rendición de historias que lo componen y, entre las historias, embutidas entre ellas, a modo de argamasa que las sostiene, las metáforas, toda esa decantación de imágenes sublimadas, de una plasticidad a prueba de cánones literarios, por encima del bien y del mal. Anoche abrí la Biblia por una página al azar y entretuve una hora larga en un evangelio. Para sorpresa de algunos que me conocen, no ardieron mis dedos conforme iban pasando las páginas, ni me tembló el pulso. Tampoco miraba a izquierda y derecha en la creencia de que estaba siendo observado y de que ese acto, absolutamente reconfortante, iba a causarme algún perjuicio. Ninguno hubo, ninguno que ahora yo sienta. Luego está el declinar inapelable de lo religioso en la sociedad. Al modo en que algunos se afirman en su fe, no hay día en que yo no me congracie con la ausencia de la mía. Prescindo de la teología, me afilio a la literatura. Adoro a Borges. Dejó dicho que la teología era una rama de la literatura fantástica. También que no creía, pero que le encantaría poder hacerlo. Me pregunto qué aparta al limpio de corazón del mensaje que irradian los evangelios. Yo, tan limpio de corazón, y tan descarriado. Lo que falla es la mecánica, el modo en que las piezas ensamblan. No hay necesidad de que lo hagan. Hay ocasiones en que incluso es mejor que no ensamblen. Desmadejadas, sin referencia ni hilazón. Como si no se tuviese que pensar en ellas nunca. La vida, escribió ayer un amigo, era disentir, un disentir continuo. Así que seguro que obro bien disintiendo yo en esto. Me lo digo despacio, me lo repito, me quedo bien oyendo las palabras en mi cabeza, me siento a salvo.

6.2.14

Literaturas

Hay libros que leo a ratos, libros que me ocupan un verano entero y a los que les profeso un afecto sincero, pero que no llenan en modo alguno mi alma, pero hay libros que empiezo y acabo en días, no dándoles tregua, mordiendo el tiempo, pensando en qué sacrificar para que la lectura dure más de lo que suele. También hay días que parecen libros, días que ocupan una vida entera y a los que uno se acoge como si fuese un refugio, pero la verdadera vida está en otro sitio, siempre está por ahí, en un lugar que no es el nuestro. No sabemos qué sacrificar para que se nos plante delante. Tampoco sabríamos qué hacer con ella. Quizá por eso existe la literatura. Sirve para llenar el alma. Al alma hay que saber llenarla, pero incluso se acepta un llenado ligero. Interesa que no esté vacía. No hay forma de saber si uno atina en el contenido elegido, si se puede entrar en valorar el llenado ajeno. Uno no es lo que lee ni lo que, en mi caso, escribe. Uno es casi siempre lo que desea leer o escribir. Al final va a ser cierto eso de que no es posible conocerse. Que andamos mudando. Que a lo sumo alcanzamos a conocer a los que amamos, y hay días como libros ligeros y días que huelen a novela que atrapa, de las que te hacen daño mientras la lees y cuando la has acabado. 

4.2.14

Los drugos de Walter White



Anthony Burgess es el Walter White de la literatura. El tumor cerebral que le diagnosticaron le daba un año de vida. Quizá algo más. El hecho de que sus finanzas no fueran muy boyantes le hizo conjurarse a escribir todo cuanto pudiera hasta que la enfermedad le apartase de este mundo. Pretendía que su mujer no pasara penurias y pudiese vivir holgadamente de los derechos de autor provenientes de sus ventas editoriales. En ese año póstumo de su vida Burgess escribió un montón de cuentos (hasta entonces su producción literaria no era ni abundante ni de especial relevancia) y esbozos de lo que luego serían algunos estupendas novelas. Tres años después del colapso, Burgess produjo La naranja mecánica, su obra absoluta y uno de los acontecimientos culturales más notables del siglo XX si consideramos también la interpretación cinematográfica que formuló Stanley Kubrick. Como a Walter White, la enfermedad no llegó a pasarle factura. Resultó ser un error médico, uno de los que no todo el mundo perdona fácilmente. A Walter White, el devastador personaje de Breaking Bad, le fascina el carpe diem latino, se lo cree absolutamente y lo lleva a diario a la práctica. No importan los daños colaterales, no le hace perder el tiempo la observación de la sangre que ha ido derramando ni el dolor que ha causado conforme la trama va avanzando y el carpe diem se va alojando placenteramente en su cerebro, administrándolo todo. De hecho, La naranja mecánica narra un mundo hiperbólico, excedido, convertido en una especie de parque temático donde campa a sus anchas la violencia. Como la obra monumental de Vince Gillian, Breaking Bad, que también exhibe esa musculatura viril, esa construcción sublimada de la violencia, convirtiéndola en un pulmón por el que respirar cuando el mundo desaparece alrededor tuya. Solo hay que mirar bien y descubrir quiénes son los drugos de Walter White, sus compinches en el delito, los partners in crime. Seguro que al señor Burgess le hubiese encantado la serie.


1.2.14

Una escuela rural en Grazalema




Escuela rural de la Rivera de Gaidóvar en Grazalema, estas escuelas unitarias empezaron a funcionar en España con la Ley Moyano de 1858 hasta la Ley General de Educación de 1970. 

Los alumnos estaban agrupados en función de sus conocimientos de escritura-lectura y cálculo bajo la dirección de un maestro único, el cual vivía en las dependencias anejas a la escuela.



/Fotografía; Fernando Oliva



De la literatura me fascina la posibilidad de que no lo cuente todo. Lo explícito malogra la belleza o, en todo caso, la banaliza, la convierte en otra cosa, la despoja de su esencia. De la fotografía me fascina eso mismo precisamente: la sublimación de lo invisible, cierta inquietante sospecha de que solo se nos permite una visita, una breve estancia en lo que vemos. Lo que uno desea y a lo que aspira en cada fotografía que ve es a llegar más lejos, es a realizar un viaje más largo. El de esta fotografía hecha por mi amigo Fernando es uno de esos viajes maravillosos de los que después uno saca provecho a poco que se le cuestione o se le pida que explique qué lugares le llegaron hondo o qué va a echar más de menos.

Es posible que a cualquiera se le ocurra que es el romanticismo el que hace que miremos la fotografía con cierta lástima o incluso con tristeza. Hay un lado romántico por el que se forja una especie de sacralización. Guardamos lo que amamos, sentimos que tenemos que preservar esa memoria de modo que no la expolie el tiempo o que no la contamine o la borre el olvido. Uno piensa en el trasegar de alumnos, en el ruido de las bancas al moverse, en la hora del recreo, cuando salen en tropel, estorbándose en la pugna por llegar primero al patio, que no es aquí un verdadero patio, sino un campo, un mundo, el mundo tal vez, sin más. No quedan ya lugares como éste, pero bien podrían. Se sacrifican si no cumplen una cierta ratio (diez alumnos, salvo excepciones notables) y se derriban o se dejan como la de Rivera del Galdóvar, en Grazalema, a la consideración del caminante eventual.


Trabajé un año estupendo en una escuela rural, en Las Lagunillas, en la comarca de Priego de Córdoba. No era en ningún aspecto antigua, aunque respetaba la identidad de las otras, de las suprimibles. De ella recuerdo la intimidad que desprendía, la sensación de estar acometiendo una labor más grande que la que en verdad desempañaba. Como si la educación del mundo naciese allí y a mí se me hubiese involucrado en la empresa, entregando a mi responsabilidad acometer ese trabajo y dar cuenta después, al mismo mundo, de los resultados obtenidos. No sé si en realidad es bien diferente en las escuelas de muchas líneas, las edificadas en el centro de las ciudades o en las periferias, en los pueblos, en aldeas que tengan más de diez alumnos de ratio. Tenemos un trabajo sagrado, los maestros. Lo es porque es el que está marcado para salvar al mundo. Por eso inspira una pena enorme la constatación brutal de este abandono; una pena que se incrusta adentro y que hace que se reconsidere la labor que realizamos y la bondad de los medios con los que contamos. Por eso la fotografía no lo cuenta todo, no lo explica todo, no da una idea fiable de la belleza que tutela en su ruina fotografiable. Importa lo que no está, lo invisible, la sospecha de que antaño (en el pasado, que es una estación propicia a la nostalgia, como quería mi buen Borges) hubo vida y la hubo de un modo absolutamente jovial. Ya saben, maestros enseñando las costas de España, los verbos irregualres y el cálculo matemático y alumnos descubriendo el mundo detrás de una tiza.