30.1.14

Charlie Parker con colmo




Uno comprende tarde las cosas o no las comprende nunca o no posee interés alguno en entenderlas, pero no creo que algo pueda ser comprendido enteramente. Ni siquiera el vuelo de un pájaro, esa cosa tan sencilla. A lo más a lo que aspiro es a irme yo entendiendo, aunque la verdad es que no ha habido en ese aspecto un avance remarcable en los últimos cuarenta y siete años. Se tiene de uno mismo siempre la misma poco confiable impresión. Como si no supiésemos quién hay adentro, a qué obedecen los actos que hace, qué motivos lo mueven, de qué secreta manera se justifica en su interior cuando los acomete. De lo que no hay inseguridad alguna es de la fascinación que ejerce el asombro. Más que comprender o no, de lo que se trata es de sentir, una especie de declinar interesado de la inteligencia o un vaciado voluntario de toda intención lógica o cartesiana: me voy a quedar en la periferia, voy a merodear el núcleo, estaré por aquí. Lo mismo que sucede si escucho a Charlie Parker, del que no comprendo nada, de quien no poseo ninguna certeza,  a quien no alcanzo a vislumbrar una utilidad más allá del disfrute inmediato. En cierto modo uno está escribiendo el mismo viejo texto, remozándolo, invirtiendo el modo en que se expresa, pero manteniendo una unidad de relato. Creo que no he dejado de escribir sobre esto desde que empecé a escribir. Que todo lo que he escrito es una variación de un tema. Probablemente no haya encontrado todavía el tono con que expresarlo y esté probando. Charlie Parker entendería todo esto que escribo. Porque Charlie Parker solo tocó una nota. La estiró, la engordó, la convirtió en otra cosa, pero no en una nota. Tampoco creo que le importase. Esto que estoy escribiendo lo estoy escribiendo mañana. Ahora es Cortázar nuevamente el que visita mis letras. En El perseguidor hay una abolición del tiempo. El perseguidor es el relato en donde se dan la mano Parker y Cortázar. Johnny lo sabe. 

29.1.14

Charlie Parker con cronopios o con famas


No basta con ser un cronopio todo el tiempo. En ocasiones uno debe esmerarse y adquirir rango de fama. Leí a Cortázar cuando me importaba muchísimo ser una cosa o ser la contraria, cuando imaginaba que los demás medían mi influencia bajo el criterio del libro que estuviera leyendo (o que dijera que estaba leyendo, como dice mi amigo K:) o por la ristra de autores que fuera capaz de nombrar en una conversación de bar y de los que extrajese alguna frase memorable. No sé ahora si Cortázar tiene frases memorables. Está la travesía de La Maga por Paris, el andábamos sin buscarnos, pero andábamos para encontrarnos y poco más. Lo importante en Cortázar era la actitud combativa con el lenguaje, esa composición del encuadre narrativo en donde importa más el modo de contar las cosas que todo lo demás o donde, bien mirado, solo era remarcable cierta impresión global, no los detalles, la trama decimonónica, el listado de circunstancias favorables al relato, bien ensambladas. Rayuela está adorablemente mal ensamblada o, escrito de otra forma, no hay novela que esté mejor ensamblada que Rayuela. Hubo un momento en que me dije no volver a leerla nunca. De momento, a mi desgracia, cumpliendo a rajatabla compromiso tan absurdo, no he vuelto a perderme en su delirio topográfico. Hay mucho que leer y a veces conviene distraerse con las novedades, pero ya no hay clásicos. Uno mira a Cortázar y ve a Dostoievski o a Mann o a Proust. Se tienen a los cuatro en la misma balda, compartiendo la gloria perdurable, no el esplendor efímero de las ventas o el capricho evanescente de una moda. Yo creo que es el tiempo el que juzga. Nunca ha sido de otra manera. Es el que deja todo en su sitio, en el sitio al que cada artefacto cultural o cada emoción privada y personal debe estar. No he dejado de escuchar a Charlie Parker desde que me lo descubrió la novia de un primo mío. Recuerdo la fascinación del hallazgo, la ingesta dulce de esas briznas de gozo, que no gozo entero aún, toda la promiscuidad del jazz colándose como un torrente de luz, iluminando. No sé qué querrá decir que haya invitado dos veces, en dos posts seguidos, a Parker a este blog. No imagino ahora cómo, pero lo traeré de nuevo en la próxima entrega. Ahí estará. O de cronopio o de fama. 

28.1.14

Charlie Parker con cuerdas




Debo tener discos como para escuchar uno diferente al día en los próximos treinta años. Hay días en los que el trasegar con las cosas me priva del tiempo necesario para la ingesta de uno solo de esos discos. Se me ocurren varias formas de subsanar esta paradoja. La primera consistiría en tomar con firmeza la determinación de no continuar alimentando la colección, pero cuesta evitar la tentación de estar al día, de no saber cómo es el último disco de Bruce Springsteen, High hopes (una especie de combo sin orden en el que rebusca en el baúl de los desechos para que la máquina de llenar estadios siga funcionando) o el de Paul McCartney, New (un afirmación de talento, un legítimo regreso a la raíz cartesiana del ritmo) De verdad que no soy capaz de vivir ajeno a estas golosinas livianas. El problema está en no saber imponer un orden o incluso el problema está en no querer imponerlo. Es posible que ni exista disfrute cuando se van acumulando los discos que escuchar, los libros que leer, todas esas cosas hermosas que nos hacen sentir más adentro la felicidad o la alegría, no sé bien con qué quedarme. Tengo un  buen amigo al que no le preocupan estos asuntos: los considera cavilaciones burguesas, de la criatura ociosa en la que me siento bien y a la que saco a paseo en cuanto puedo. No hay cosa en el mundo que me gusta más que afincarme en la barra de un bar y charlar sobre 12 años de esclavitud, esa cosa inasible que Steve McQueen ha hecho sobre la negritud. Entre El mayordomo y este oscarizable (y débil y vacío) compendio de videoclips, están destrozando un género noble, que deparó films remarcables (Django desencadenado, Ben-Hur, Espartaco, Lincoln, por poner las primeras que se me ocurren) En realidad no nos importa que destrocen géneros: solo queremos que nos distraigan, sentarnos de noche en el sillón favorito, ir al cine los viernes por la noche, charlar después (si encarta) del buen o del mal rato que pasamos frente a la pantalla. No duele que el cine español flaquee, exhiba una deriva alarmante, no concite ni siquiera el apoyo sentimental (no ya económico) de la platea patria. No duele que Billy Joel, tan grande, no publique nada desde el 93, salvo piezas de otros (sublime To make you feel my love, mejor que la de Bob Dylan, o se marque un rock and roll frente a Obama y Carole King) Solo importa la restitución del placer, la sensación de que siempre puede uno acudir a un disco de jazz de entre los miles que reposan en las baldas, pero ni eso cuenta cuando es más cómodo (aunque uno aprecie todavía el punch sonoro, cierta fidelidad audiófila que da el bendito transporte de un buen CD) enchufar el spotify y no tener que subirse a la escalera de mano para dar con Charlie Parker with strings. Es como dejarlo todo correr un poco. Dejarse caer en el sillón de orejas después de haber trabajado todo el día. Dejar que las cuerdas te vayan conduciendo a otro lugar. Dejarse perder un poco. Volver después, quién sabe, siendo otro. 

23.1.14

La comisión de la sangre



Aquel que es incapaz de vivir en sociedad, o que no la necesita porque se basta a sí mismo, es o bien una bestia o un dios.

                   ARISTÓTELES
Política

1

Hay veces en que es mejor morirse, hay días en que el corazón estalla dentro del pecho, hay recuerdos que son insoportables. El más oscuro, el recuerdo que más duele, es el de mi padre, hace como treinta años, corriendo por el jardín, tropezando y cayendo, levantándose, implorando no sé ahora con qué palabras la piedad que en ese momento yo no estaba dispuesto a darle. Ayer volví a verle. Tenía la cara desencajada. Quizá se la estregaba el miedo. Es una cosa curiosa el miedo. Hace que todo el cuerpo sea un arma. Está uno alerta como si la vida pudiese escaparse en un instante y pudiéramos evitarlo haciendo un gesto o diciendo unas palabras. Las que mi padre me dijo no valieron de mucho. Ninguno de los dos tenía interés en intimar. Creo que mi descenso a los infiernos comenzó en esa persecución en el jardín, hace como treinta años. Fue César el que me detuvo. Me golpeó hasta lastimarse la mano, me insultó hasta que la voz se le abroncó y nada de lo que decía podía entenderse. Eran golpes también las palabras. Nada de todo eso que viví lo recuerdo con especial nitidez, pero no es posible que mi memoria sacrifique la imagen de mi padre, tropezando y cayendo, levantándose, ya lo he dicho, incapaz de comprender cómo habíamos llegado a esa situación. A César no he vuelto a verle. He borrado su cara. No hay nada en mi cabeza que me conduzca a César. El hermano mayor de los juegos antiguos ha desaparecido casi por completo. Recuerdo la voz agitada, acompasada a la brutalidad absoluta de sus manos partiéndome la nariz, sacándome un ojo de su cuenca, hundiendo mi cara. Está hundida todavía. Ya casi no le hago aprecio. De noche, cuando todos duermen, cierro los ojos y repaso con la yema de mis dedos su contorno. Como un ciego de manos precursoras. Como un dios que repasara la obra recién arrojada al mundo. Con los años he aprendido a ir comprendiendo las causas y los azares. Estos últimos días me he impuesto la tarea de repasarlo todo, de ir abriendo y cerrando puertas que dan a habitaciones en donde he estado. Debe haber alguna en la que yo sea puro y no haya entrado todavía en mí la oscuridad. La verdad no sé cómo llamarla. Oscuridad está bien. Habrá palabras mejores, pero ahora esa me vale, conviene al propósito de lo que estoy decidido a contarles o lo que alcance a recordar.

.... sigue en Barra Libre.

21.1.14

Vampiros en la calle Bourbon / El jazz como bálsamo


Hay músicos de jazz felizmente extraviados en el pop y músicos de pop que se meten en el jazz y les viene trágicamente grande. Sting es un indígena de esa mezcla de culturas en la que uno puede encontrar jazz suave al estilo Lee Ritenour, madrigales del siglo XVII, incursiones en el Magreb o piezas con hondura sinfónica, creadas como si fuesen un parque temática sonoro.No hemos resuelto la ingrata dialéctica sobre si repudiar a Sting con los previsibles cargos de ubicuo, pedante, frívolo o pijo, o por el contrario, amarlo, aunque sea por Roxanne, por Moon over Bourbon Street, por Sister Moon o por aquel fantástico disco doble grabado en París lleno de tortugas tristes.

Uno establece con las canciones relaciones sentimentales que a veces se extienden durante años sin fisuras, sin que las acometidas de la moda o los vaivenes del gusto interfieran en ese amor puro cimentado en la intimidad, crecido con el afecto de las cosas hermosas y guardado con exquisito cuidado, a salvo del tedio y del olvido. Una de esas canciones perfectas es precisamente Moon over Bourbon Street. Debí oirla de forma obsesiva cientos de veces en el año en que Sting sacó al mercado The dream of the blue turtles, un disco excepcional en donde deslumbraba con un jazz limpio, asequible, comercial y, al tiempo, cargado de sabiduría. Músicos en estado de gracia y congraciados con la música al servicio de una estrella del pop o del rock que decidió reiniciar su carrera y hacer justo lo que siempre más le gustó. Creo que oí Moon over Bourbon Street hasta los límites del aborrecimiento, pero siempre encontraba un hueco por donde colarme, un pasillo que conducía a una habitación nueva.

Es lo que tiene el jazz, habitaciones nuevas a cada visita. El jazz es una casa grande. Esta canción es jazz de andar por casa, jazz para oír cuando no quieres oír jazz. Jazz embutido en un traje pop o pop encendido de jazz. El caso es que anoche (una vez más) disfruté de esa canción a la que le debo parte de la felicidad en la que vivo.

Mi amigo K. dice que el pop salva vidas y que la clásica las destroza. Dice que la ópera es para personal agitado. Que el rock resucita a quien no tiene brío ni le hierve adentro la sangre. Dice K. que Sting es un empresario. No lo dudo. Malos tiempos para que el alma campe a sus anchas sin que el cerebro, que es una caja registradora del tamaño del universo, supervise el prodigio. Incluso este prodigio. Y pensé en escribir esto.

Hay muchas opciones en la Red para disfrutar de la canción, pero he cogido ésta en la que Chris Botti toca la trompeta y Sting, entre amigos, amigos de esos que sueltan una pasta gansa para disfrutar de sus amigos, se suelta con una versión muy doméstica, suave como la seda de uno de los cojínes que rodean las mesas en las que el personal bebe gin tonics, whiskies de marca y zumos de frutas muy exóticas. Cosas del show business. Yo me quedo con Sting y con Botti y con todos esos músicos en estado de trance. Yo estoy en trance.






There's a moon over Bourbon Street tonight 
I see faces as they pass beneath the pale lamplight
 
I've no choice but to follow that call
 
The bright lights, the people, and the moon and all

I pray everyday to be strong 
For I know what I do must be wrong
 
Oh you'll never see my shade or hear the sound of my feet
 
While there's a moon over Bourbon Street
 
It was many years ago that I became what I am
 
I was trapped in this life like an innocent lamb
 
Now I can never show my face at noon

And you'll only see me walking by the light of the moon
The brim of my hat hides the eye of a beast
I've the face of a sinner but the hands of a priest
Oh you'll never see my shade or hear the sound of my feet 
While there's a moon over Bourbon Street
 
She walks everyday through the streets of New Orleans
 
She's innocent and young, from a family of means

I have stood many times outside her window at night 
To struggle with my instinct in the pale moonlight
 
How could I be this way when I pray to God above?

I must love what I destroy and destroy the thing I love 
Oh you'll never see my shade or hear the sound of my feet
 
While there's a moon over Bourbon Street
 .

20.1.14

Un traje sin cuerpo con el que ocuparlo

Polvo
Acabo de armarme de valor y he abierto la caja de la CPU. Siempre me abrumó esa incontinencia de cables y de ranuras, pero dije basta (bien harto de que el cacharro sonara como un ejército de vietcongs) y destripé a la bestia con la higiénica misión de aspirarle el polvo.  Me tengo por un torpe corregible y aprendo con lentitud. Me fascinan los retos, pero hay un límite razonable a partir del cual los retos son amenazas. El panorama forense ha sido desolador. Es imposible que los vietcongs no campasen a sus anchas y recorrieran el Mekong como alucinados de un sueño de mi amigo K. El idilio que tiene uno con los cachivaches es siempre azaroso. Somos los amantes ocasionales. Damos la certera impresión de que no damos la talla. Siempre hay un cable cabrón. Siempre hay una línea de texto que acaba por gangrenarnos la hombría.


Un sueño de K.
K. sueña lo que lee y lee siempre cosas que le recuerdan a sus sueños. En ese limbo libresco anda el hombre. Anoche me confesó que Galdós se reencarnaba en César Vidal y vendían libros como churros. A ninguno de los dos les he dedicado mucho tiempo. A Don Benito le recuerdo como la lectura obligada de los tiempos mozos de estudios de bachillerato. Uno sabe a veces lo inapropiado de que ciertas lecturas sean ofrecidas en las edades equivocadas. Habrá por hay un responsable de que yo no sea capaz ahora de intimar con Galdós. Lo de Coelho o Bucay me lo he fabricado yo. No he precisado la injerencia de nadie. 


El gris
Igual que las malas noticias tienen la fea costumbre de llegar antes que las buenas, la tristeza tiene la de apoderarse del ánimo con más ahínco que la alegría. Es como la teoría de Murphy contada por un físico cuántico: se mide la velocidad de las palabras y la distancia que separa el emisor y el receptor. Abre el día arropado de gris y no hay nada en la calle cuando voy a tirar la basura. Los días grises exigen peajes muy altos. Se te enturbia el ánimo, se empobrece el gesto. No hay forma de que esa turbiedad recién adquirida prospere, de que el gesto no traicione esa condición eventual que ha formulado: lo que espera afuera no puede tener un actor triste. Este oficio de enseñar conlleva otros aparejados: el de fingir o, mejor dicho, el de trasegar con el estado de ánimo o con el gesto y mudarlo.  Una sensación de plenitud se apodera entonces del espíritu. La calle, a pesar del frío y de todo el gris poderoso que derrama, invita a que la observes. El mundo está ahí para que uno lo conquiste.


El blog
Este blog está siendo otra cosa, pero no la que lo fundó. Ya no hay cine, apenas hay jazz y la poesía, cuando acude, tampoco lo impregna todo. No sé qué función tiene ahora. Supongo que es un diario. Posee del diario su cometido primordial: el de acoger las ideas que va uno teniendo; quizá esté bien dejarlas aquí, no permitir que el olvido las sacrifique. Lo otro, el hecho de que lo que yo escriba pueda ser leído me parece una cosa irrelevante, aunque me sigue fascinando esa voluntad de los demás y observe que las visitas continúan y que los fijos, los que siempre andan ahí detrás, me dan charla y no me dejan solo del todo. Las ganas de dejar de escribir siguen ahí. No es lo de siempre, ese aviso que solo busca un reflejo: creo que no se hace nada de forma absoluta. Que incluso este prodigioso oficio (escribir, escribir, escribir) da a veces señales de agotamiento. No saber qué decir. Tener la forma tal vez, pero no encontrar el argumento. Un traje sin cuerpo con el que ocuparlo. 

17.1.14

Todos los árboles sacrificados

La novela da cuenta del mundo, lo indaga, le da cuerda, lo abarca entero y, en ocasiones, lo invalida. Las mejores novelas son las que invalidan al mundo. Las que solo dan cuenta del mundo no lo salvarán. Las que perdurarán son las que lo transforman. Incluso estoy por dar la razón a un amigo mío que me dijo una vez que las novelas son los sueños de un dios. La novela como epifanía teológica. Pero los novelistas no lo saben. Creen que escriben ellos, pero las tramas se las dicta o se las confía el azar. No podré nunca charlar de todo esto con G.K. Chesterton. Me hubiese encantado. No desdeño a Borges. Todos los árboles sacrificados para que puedan ser leídas las novelas de Coelho o de Bucay duelen en el alma. Me duele un árbol. Seré quien los defienda a partir de ahora. Me duelen los árboles sacrificados inútilmente. Todos los que no ahondan ni atraviesan. 

15.1.14

Unas cosas se olvidan más que otras


Berg escribió Lulú sin pensar en Mahler, pero a mí me recuerda a su séptima. No recuerdo cuándo escuché Lulú. Tampoco cuando la séptima. Uno va olvidando las cosas. Quizá porque no son relevantes. Hay quien administra con mimo los datos. Cuándo hizo esto, cuándo lo otro. Si en el año mil novecientos ochenta y siete tuvo su primera revelación mística o en el ochenta y nueve encontró en otro cuerpo el verdadero sentido del cosmos. Soy de los que piensan que el cosmos está en los lugares más insospechados. No está ahí afuera ni está en los libros de los que entienden. Está adentro, en el corazón, en el alma, en todos esos lugares a los que los poetas les dedican su empeño. Ya no sé si soy un poeta. Si lo he sido a tiempo parcial, mientras desgranaba unos versos, o se es poeta a tiempo completo y todo agita el lado sensible. El mío no lo es en más medida que el lado sensible de quien jamás ha sentido la llamada de la poesía. Uno trata de ordenar todo esto y desbarra. Será desbarrar el estado natural del que escribe. Uno escribe y el lector, el eventual o el cómplice, encuentra los significados. Ahora mientras que el lector lee este texto, sube la mirada y me encuentra arriba del texto, cuando debería estar debajo o dentro. El poeta tiene su periferia y el lector, la suya. Me hago estas consideraciones sin que las suscite propósito alguno. No deseo saber. Me conformo con no dejar de hablar. Ahora no me gusta Lulú. De Mahler guardo querencia por ciertos pasajes, pero yo casi no tengo que ver con quién los escuchó entonces. Ya digo que voy olvidando las cosas. Unas más que otras.

14.1.14

En casa del espía




Quien lo tiene francamente difícil no es el invitado sino el que hace de anfitrión. A Obama le incumbe agasajar a su hospedado, hacerle sentir cómodo o, en todo caso, no incomodarle en demasía. Por eso Obama solo ha dejado caer la cantinela del paro y no ha entrado, bien por recomendación ajena o por prudencia propia, en la retahíla previsible, la que Rajoy tiene en su hoja de ruta nacional, que no es ni más extensa ni más terrible que la de otros mandatarios de otros países que también pasan por la Casa Blanca y saludan ceremoniosamente al Comandante de la plaza, al encumbrado, al Obama de los raps y de los premios, del Guantánamo y de las escuchas ilegales. No se echaron a la cara la parte desagradable de su trabajo. No se dijeron nada sobre lo que no controlan, todo lo que excede la capacidad de sus administraciones, todo lo que les desborda y nos atenaza. No hubo (imagino que no hubo) ninguna referencia a los micrófonos. Ninguna a la cuerda de indignados, desahuciados, masacrados por las restricciones sanitarias o educativas. No habrán tenido problema en esquivar esas conversaciones poco gratas. Se habrán enredado en otras. En fútbol, parece. A los grandes estadistas les encanta salirse del guión y explayarse sobre los vicios a los que encomiendan el sostenimiento del ocio y así recogen pareceres sobre balones de oro o sobre el próximo Open USA de tenis. Como este escrito mío no posee la hondura crítica que el asunto merece (no soy un analista, no soy un tertuliano al tanto de todos los recados del poder, no soy un simpatizante de ningún partido) me quedo en lo que no se dijeron más que en lo que hablaron, aunque a veces lo que no se dice cuenta infinitamente más que lo pronunciado o que lo escrito. Hacer las américas, como está haciendo nuestro presidente, exige unos peajes y uno será el no poder interpretar todos los temas del repertorio sino únicamente aquéllos que la audiencia sabe tararear, solo los que han aparecido en letras grandes en los rotativos o los que han ocupado los minutos centrales de los informativos nocturnos. Ninguna de todas las hermosas canciones que le ha susurrado contiene referencias al wikileaks o la incontinencia imperialista de su mercado cultural, que succiona y parasita hasta que el objeto colonizado deja de respirar por sí mismo y precisa de respiración asistida yanki. Y eso lo dice un consumidor de souvenirs norteamericanos. Lo dice o lo escribe uno que ama el western, las screwball comedies, la etapa americana de Hitchcock, el jazz, el blues, el bourbon, las jam sessions en el Cotton Club, el cine negro de la RKO, los relatos de Carver, las novelas de Scott Fitzgerald, el rock de Springsteen, el cuervo de Poe, los dioses primigenios de Lovecraft o los superhéroes de la factoría Marvel.  Pero hay cosas que claman al cielo. No sé a qué cielo, yo que no creo en ninguno. Rajoy sí cree en uno, en el de su cruzada para que España salga del bache y levante vuelo internacional para que la confianza del inversor extranjero (da igual que sean americanos, japoneses o de Ucrania) dé réditos. Quizá esté el hombre haciendo bien y los que nos quedamos aquí le estamos afeando el esfuerzo, ninguneando todo ese esfuerzo por hacer de este país uno más grande, de finanzas más sólidas y al que, en las conferencias del ramo, en los mítines de alta política, se le respete y se le considere. Adentro, a ras de barro, muchos no sabemos qué historia creernos. Porque alguna habrá que creerse, de alguna habrá que extraer un mensaje conciliador, noble, uno de esos mensajes que alientan la esperanza. En fin, ya digo que no está aquí mi territorio de pensamiento, si es que de verdad poseo uno.

Fue el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos...


"Fue el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, fue la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, fue la época de la fe, era la época de la incredulidad, era la estación de la Luz. Era la época de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, teníamos todo ante nosotros, no teníamos nada ante nosotros, todos íbamos directo al cielo, todos íbamos directo al revés - en breve, el plazo era hasta el momento como el actual período, que algunas de sus más ruidosas autoridades insistieron en que fuera recibido, para bien o para mal, en el grado superlativo de comparación."
Charles Dickens, Tiempos difíciles




Debo ser victoriano donde otros son románicos o del ala kitsch. Percibo en esa suntuosa declaración de empaque mobiliario una invitación al recogimiento que no encuentro en otro atrezzo de menor fuste óptico. Hace un momento, al levantarme, he recordado el sueño que ha atravesado mi descanso. Una especie de violenta acometida de gacelas penetraba, sin que hubiese un motivo evidente, en uno de esos jardines británicos, a los que los mayordomos dispensan enormes atenciones y que sirven para celebrar el amor al te y a las cotilleos de sociedad. De lo sueños, a lo sumo, extrae uno gacelas, jardines primorosos, la sensación de que ha sido una travesía alocada de la que no podemos contar nada de modo fiable. La única condición indispensable es la de imprecisión. En mi caso, una imprecisión a veces un poco turbia, como de cuento invertido, colocado cabeza abajo y sometido a un alocado forcejeo. No se sabe realmente qué hacer después con las briznas de sueño aprehendidas nada más abrir los ojos. Si confiarlas a la mujer, que duerme al lado, y lo conoce a uno más que uno mismo o si, en cambio, reservarlas, aceptar que no dicen casi nada o que, diciéndolo todo, no hay manera de que podamos sacar beneficio, una utilidad con la que negociar después las cosas de la vida. Se irán a lo largo del día mis gacelas victorianas. Se perderán en un remanso del ajetreo de la mañana, entre la clase de inglés y la de lengua española, en un pasillo, inverosímilmente, con la misma fantasmal capacidad de hechizo con la que acudieron. Esta noche no sabré ni siquiera a qué vino este escrito. Nada que no suceda a diario, por otra parte. Esto último me ha quedado francamente muy inglés, por cierto. En lo demás, en lo que no responde a ninguna cosa razonable o sostenible, amo la literatura victoriana. Soy muy de Dickens o de Conan Doyle o de Carroll o de Stoker o de Stevenson o de las hermanas Brönte o de Collins. Junto con la revelación metafórica y fundacional del realismo mágico sudamericano, no hay probablemente periodo que me fascine más. Amo incluso su sensiblería, toda esa inclinación a lo folletinesco. El mejor de los tiempos, o el peor, no sabemos, pero esta mañana de martes me he levantado victoriano. Como si me hubiesen sentado en un sillón de orejas, bien apoltronadito, a la vera de una chimenea historiada que crepita troncos recios de árboles de la fronda de un mimado jardín inglés y tuviese en mis manos, qué digo yo, las aventuras de Sherlock Holmes, en una edición noble, de tomo recio y páginas amarilleadas ya por el rigor de los años. O como si (acabo yo, déjenme este explayarme) James Ivory me hubiese fichado como figurante para una película de época, victoriana, por supuesto. En fin, nada más que un volunto irrelevante. Eso he tenido esta mañana al levantarme. 

8.1.14

Un concierto de cámara en un parque público

De los muchos rotos que tenemos en el traje en el que vivimos el más lamentable es el roto de la cultura. Se la relega siempre, aunque quienes llevan la administración de la cosa pública la declaren noble y viertan sobre ella la responsabilidad de todo lo que nos acontece. Son palabras huecas, las que se pronuncian porque conviene y porque invisten a quien las dice de un aura mayor que si las calla. Buscamos eso, el aura, la etiqueta, cierto componente mediático que complazca al público que nos observa. Hoy en día público y electorado son conceptos que se entremezclan. No siempre gana el más lúdico. A la cultura se la hiere cuando no se invierte en ella. No creo que la alta cultura, la que hace que un pueblo prospere y tenga conciencia de esa prosperidad, avance si no hay fondos que la sufraguen. Una de las labores del Estado es la de mimar las instituciones que fraguan la forja de esa cultura. La mayor herencia que dejamos es la de los libros o la de las obras de teatro o la de los conciertos en un parque o la de las conferencias o la de los cines. Luego están los colegios, tan frágiles, de tan vulnerable asiento en la sociedad. Mientras que la escuela no se prestigie y el maestro escalafone en la medida que merece en el rango de oficios declaradamente proverbiales (unos lo son más que otros, todos lo son de alguna manera) esta sociedad no solo no avanzará, en el sentido físico del verbo, sino que mirará al pasado (no siempre glorioso ni ejemplar) y encontrará un trozo de la Historia a donde acogerse. Es posible que estemos precisamente ahora en ese punto de nostalgia. Que en lugar de construir valores nuevos estemos contemplando la posibilidad de reformar algunos de antaño, afines al pensar de quienes gobiernan o de quienes votan a quienes gobiernan, que viene a ser la misma cosa. Si la televisión que preside nuestro salón sigue emitiendo bazofia (Telecinco es un compendio formidable de toda la inmundicia que acapara todos los ránkings de audiencia posibles) y nos embobamos observando programas en donde el rico obsequia al pobre o en donde parejas de descerebrados flirtean frente a las cámaras, la cultura seguirá relegada a un término secundario, de poco aprecio empresarial. Ya saben, hasta la Filosofía ha sido esquilmada de los Planes de Estudio. Ya digo que lo que ahora impera es mirar atrás y acomodarse al pasado. El futuro es un territorio peligroso, es una zona de riesgo, es una posibilidad de fracaso. Algunos deben pensar así. Mi pesadumbre no tiene ninguna acción ejecutiva que palie el mal que expone: solo me declaro insolvente a la hora de entender las razones por la que se coge un camino y no otro. O lo entiendo muy bien y es eso lo que me alarma. No toda la culpa es del munificiente Estado. Es el público (o el votante o el consumidor, ésas son los oficios del ciudadano) el que decide. Gana más adeptos un cotilleo en televisión que un concierto de cámara en un parque público. Pero infinitamente más, eh!

2 emperadores



En cierto modo prefiero a Heisenberg que a Walter White. En los otros modos, no prefiero a ninguno de los dos. Uno de los cometidos a los que no puedo dar de lado continuamente es escribir algo sobre Breaking Bad. No será un texto fácil ni saldrá a mi gusto, pero no hay manera de que yo soslaye esa obligación moral. Mientras que voy pensando cómo arrancar (luego lo demás suele dejarse querer sin mucha fricción) he recibido un acicate maravilloso. Mi amigo José Antonio Zamora, hermano norteño, me ha regalado esta camiseta digna de mí. La dignidad proviene de que es una muy competente talla XXL y de que el personaje que la puebla es mi adorado Heisenberg, el azote de Alburquerque, el emperador de la tabla periódica de los elementos. José Antonio es el emperador de los afectos. Juro que se me saltaron las lágrimas al ver al tipo apostado ahí en la camiseta, preguntando quizá si quiero cocinar con él. Algunos nos vamos entendiendo. Salir con la camiseta Heisenberg no ocurrirá hasta que empiece el buen tiempo. Entonces la luciré. No tengo ninguna duda. En la espera, la dejo aquí, en el blog. Heisenberg: por si no recordaban su nombre.

6.1.14

Perpetuum mobile / Redux

ya lo estás viendo milton en alphaville el poeta todavía esnifa adjetivos hilos de ternura a ras de sístole toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura largos cabellos el sótano está encendido suena bossa nova filtrada imagino la madre misma del poeta cincuenta años largos enferma de tedio no sabe leer no puede leer los prodigios de las letras la causa la desconocemos el tiempo es un jesucristo con sordina el tiempo es un jesucristo con sordina necesito un demiurgo un crack en mística un hombre con una corbata beige con una corbata gris todas las corbatas estropean la alegría lo hemos visto juntos oh mi amor la delicia de mirar amanecer juntos la fria inerte dulce sucumbida clave de amor en el parapeto de la cultura hemos oído la misma canción las veces suficientes la primera vez en parís la segunda en las favelas era diciembre calculado nos queríamos de forma sencilla comprábamos periódicos leíamos en las terrazar al sol tomábamos café el chico del café era sordomudo inteligente no obstante leía ladrillos decúbito el hombre lee en donde puede he visto gente leer en el metro versos del corán haikus prosa cabreada del tiempo dow jones big fun hemos liquidado el miedo lo hemos escondido en un endecasílabo la mampara es el jazz nos escondemos detrás mujer tu cuerpo es un desagüe en donde me voy arranca el tour de amor la ipé de mi corazón es volandera la ipé de mi corazón la saco a pasear tiene el paseo luna y el perrito de chejov nos mira en un relato tradicional ruso todo lo ruso es agradable al oído el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho no me leas a nietzsche en vernáculo no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti porque no tengo tiempo esta noche el exiliado el extravagante el asunto principal la historia de la vida el leiv motiv los fab four en la pared baudelaire en la pared la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes la ciudad era nocturno gas pubs pizza a las cinco de la mañana resaca margarita hombre no tengas cuidado me dejas en la puerta que yo subo solo me pongo un charlie parker me pongo un stan getz amor con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico esta noche europa paris londres madrid el personaje perfecto en la ciudad ideal pegamos tropezones hasta navidad en la tesis más fiable la república de las palabras no representa un peligro salvo que seas un subversivo un tipo de esos de la derecha carpetovetónica no me vengas con panfletos me dan migraña los panfletos se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio tío sam está ahí afuera me duele el alma la bestia políglota avanza por las calles recorre avenidas no tengas miedo me has entendido no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien el miedo es una aventura lírica la soledad es un agujero enorme la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche samsung cuarenta pulgadas europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz no crean no viene bill evans el genio se quedó en sus toxinas el timonel escora dulcemente la memoria tengo ancho un párpado me adormece la tarde olvídate de la derrota la grúa pasta tu voz extrae la palabra el oído glauco el estremecido punto en el que la voz suministra su inventario de cautelas importa el alma comparo mi dicho con un eco me miento me invento un mundo se ofrecen dioses para tutelar mi ingreso en un cielo cinemascope en vísperas el lance nunca sucede el pensamiento dilata el trance el cuerpo de la cortesana livia dulce acaba de cumplir cincuenta ya no acuden amantes indagas averiguas que el amor subsiste todo coronado agua herrumbrada en todo caso polen eco rizo del bello pubis ya en declive como en una película de gloria swanson fuera morir entonces hermoso únicamente hermoso es sólo es plumaje el pájaro toma altura perdura esto el pájaro perdura el desencanto trenzado el menos doloroso si anidan pájaros en el pecho dulce quebranto tus dedos naves mi amor te amo qué hermoso es ver desfilar la tropa arengan en una tribuna los viejos caciques las estrellas al aire el júbilo la patria los dioses propicios la cosecha de muertos con la voz cedida con la voz hundida con la voz destrozada por el peso del verbo cainita el verbo púgil el verbo ampuloso en donde existe un paraíso lo mismo que kavafis cabafis kavaphis cavaphis pide que el camino sea largo alguien jadea un pétalo junio esconde savia trinos que confunden alta advocación del santo loor compartir la gloria el dulcísimo eco donado en la noche cómplice en esencia el astronauta aunque zurdo evita el trato campechano no está hecho para eso es de otras miras concretas volúmenes que modulan el silencio zubin el peso de la orquesta flaquea así hablo zaratustra así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán el galán el tiroteo esto es cine los arquetipos estipulan conductas una literatura escribo porque tengo los dedos limpios verosímil orquesta radio skanton la pluma el tiempo es un sinfín de silbos próximos oh nido contribuye el músculo a adecentar el alma la mano del azote divino el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato como premisa válida como baluarte se desvanece el barco en la distancia se pierde pues en la distancia todo se deja manejar mejor por la fábula en fuga todos los niños de londres aman a peter pan todos los niños de londres aman a peter pan el formidable en balde se diga moneda salud amor te escribo precipitadamente este galope enfurecido este galope sucede como lluvia este galope finalmente desemboca en poema en viena urdida por los nazis unas frases que arden un viento que asiste al actor en su papel principal súbitamente héroe ardor más bien el material disperso es la memoria el hilo el punctum el verso armónico despojado de retórica en la geometría participan los amateurs en la memoria flipa un payaso el rito sin usura por favor sedúceme esta noche si puedes ven sedúceme esta noche esta noche calma sobre todo esta soledad de amantes no vengas con los libros de kafka bajo el brazo dan migraña ya lo escribí con tal de perderme por todos mis sentidos la voz se astilla la verdad es que muero veladamente por mis poros abiertos rechaza la batalla el fondo sin astros el cuerdo contra el boxeador sonado el verso final todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces black magic woman varias veces stairway to the stars varias veces summertime varias veces en la tempestad brinca dios muda el inverno su vocación de pestillo eso es lo que ocurre señor gómez la voz se astilla funda el amor trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo se invoca se venera se salva el que reza el apestado es el ateo el descreído ay me he perdido en los mítines del alma en contra de sí misma tiendes la mano la mano buena la malo de la mano mala es que tiene vicios de mano libre y entonces escribe a su antojo key obituario escena manzana perdida en el cesto de una vírgen de teruel recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía el mercado la crisis el topo el animal oscuro el animal oculto el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden el caos es el orden que se cansó de repetir un verso en bourbon street contra la voluntad de un elegido algún precio ha de pagarse aunque sea por vivir tan a lo precario toda esta iluminación este irse en cada gesto en cada sílaba desde el musgo hasta la rosa la de milton vibrar en el sueño morir hay que ir muriendo el beso último el astro numen la nave como un rito se zafa del oleaje nadie oye la proa cascada el alma rota dios sin aviso sólo el timonel siente un ardor un peso el naufragio inminente soledad entonces tan lírica me muero de ganas de volver a los quince encontrar un refugio en los grandes salones de la antigüedad comprobar el peso de las sombras en un sueño volver a casa como si no hubiese uno salido nunca como si el mar a lo lejos contara su épica a los ahogados los pobres los desvanecidos en el mar no vuelven nunca el cielo es un mar invertido
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5.1.14

Ojalá, nunca, siempre

Me conformaría con sentirme hospitalario conmigo mismo. Alguna vez, sintiendo ese reconforte del espíritu, he pensado en cómo preservarlo, pero esa brizna de equilibrio, de paz interior, se escabulle sin que exista la posibilidad de que lo aprese y aprenda a invocarlo a poco que lo precise. Yo creo que no necesito otra cosa a la que aferrarme. No tengo interés en que una fecha marque el inicio o el fin de algo. Tal vez, ahondando mucho, más de lo que nunca he hecho, querría escribir un diario...

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4.1.14

No canta el cantor

No podemos ser sublimes sin interrupción, no somos Baudelaire, no está el aire envarado de luz ni está oscuro ni gris, no hay aire que convenga ahora, no me violenta el día con su causa festiva, no estalla la poesía en mi pecho como un cántico, no he aprendido literaturas germánicas medievales, no he sentido el peso de la revolución en los cereales del desayuno, no he amado un pubis hirsuto de hija de janis joplin, no sé mucho de alquimia, no tengo todas las muertes juntas en un verso pristino, no hay patria, no persiste el amor como una epifanía en la boca del estómago, no hay purcell por las noches cuando nos amamos, no sé declinar los verbos más importantes, no veo la rosa ya rosa de verdad de un modo absoluto y continuo, no me pregunten, no está el tiempo a mi lado, no estuvo nunca, no estuvo ni cuando yo lo sentía, no canta el cantor, no lo escucháis, no está lázaro ni se presiente que acuda, no hay dios, no hay patria, no hay rey, no me vendan la usura, no la quiero, no creo que necesite más que esta canción de pablo milanés de mil novecientos ochenta y siete, no estabas tú, ah cuerpo, en el vértigo ni en la fiebre, no encontré asidero en los palacios, no vi ningún abrigo en el oro, no me ocupé de las palabras, no el largo mirar de las palabras sino el hondo pulso de lo que dicen, no el hueco por donde los abrazos se fugan sino el abrigo mismo de donde proceden, no la tiniebla, que esparce tiniebla, ni el humo quemado del caos, no podemos ser íntegros todo el tiempo, no podemos ver a Dios, no hay dios, no es ni prudente que exista, no podemos contemplar la luz sin conmovernos muy adentro, sin sentir el bocado de la luz, sin apreciar la hondura de la dentellada y mimarla y consentir el júbilo y difundirlo, no podemos dejar de ser poetas, incluso no siéndolo, no registrando el viento azotando ahora la persiana o la lluvia de hace uno momento en la acera por donde salgo de mi casa y que me conduce al mundo, no canta el cantor, no lo escuchamos, no es posible sin abrirnos el pecho, sin dejarnos crucificar por las horas, sin perdernos en la intimidad absoluta del verbo, en la contagiosa bondad de las palabras, no podemos ser sublimes sin interrupción ni amar el pubis hirsuto de janis joplin

1.1.14

Uno de enero

Tengo esta mañana un propósito muy firme. Consiste en despojarme de toda voluntad egocéntrica. Hacer el bien de forma absoluta. No caer en ningún momento en nada que, en mi beneficio, malogre el beneficio ajeno. Acabar el día con la conciencia muy limpia. Entrar en el sueño con la idea de que el corazón se ha limpiado también y de que la felicidad me ha visitado quizá por primera vez en la vida. Pero no sé cómo armar toda esa lista de intenciones nobles, con qué empezar, a qué abuelita cruzar la calle, con qué amigo sincerarme como nunca lo hice, qué periódico no leer para no encabronarme como suelo. Y salgo a la calle convencido de que tengo las palabras, incluso de que he encontrado el tono con el que escribir la novela, faltándome la trama, el hilo narrativo, todo lo que de verdad hace de la vida un asunto fascinante, pero no hay asidero fiable, no encuentro la voz con la que presentarme, se desvanece, se convierte en humo, que es la sustancia misma del texto. No me he tenido nunca por un héroe. No está la épica enredada en lo más acendradamente mío. Hace falta un brizna de épica. Solo obedezco a los voluntos del día. Solo me fascina la posibilidad de que no todo concluya en el texto.