26.12.14

La rubia de ojos negros





Constato el afecto que le profeso a los personajes negativos, a los que no hay manera de salvarlos, los que se arrastran y medran con artes infames, los que viven o mueren conforme a su voluntad, aunque esa voluntad no sea la que la buena educación y las normas de convivencia proclaman como las aceptables. Al mal se le tiene un respeto que el bien no consigue casi nunca. Toda la literatura que amo está cimentada con personajes malvados, gente ruin a la que cerca la sociedad o acorralan los buenos, hasta que les dan su merecido, como se dice. Si se extrae de una novela al malo, queda poco o incluso no queda nada. En el hipotético caso de que no haya malo, de que ningún personaje granjee la animadversión del lector, la novela flaquea, se engurruñe (me encanta ese verbo) y acaba convertida en un adorno, algo presentable, comúnmente aceptado, confirmado en el canon, en el gran canon de la literatura aséptica, linda de aspecto, susceptible de ser sacada a paseo y presentada sin rubor en las reuniones de sociedad.

Leyendo a Banville, pienso en el libro primero, en el libro de los libros, en la Biblia canónica. No hay mejor libro que éste para refrendar todo lo que expongo. No porque sea alta literatura, que lo es, a su modo, en su ficción, en su interesado registro de unos hechos sobrenaturales, Prefiero a Benjamin Black que a John Banville, la mente que lo creó. En cierto modo está bien que un escritor cree un alter ego, uno capaz de bajar a donde él no podría o donde no querría. Habría que tener un seudónimo, un alias, un yo escindible con el que poder salir a calle y hacer cosas y decir cosas que no estarían bien hechas o bien dichas con la autoridad del yo primario. 

Acabé anoche En busca de April, un monumental ejercicio de precisión moral, por decirlo de alguna manera, en el que los personajes ofrecen una doblez maravillosa: un lado visto, remarcable, y otro oscuro, en donde se advierte la calidad de la trama, el formidable vuelo que adquiere el argumento. Las herramientas con las que cuenta Black son más afiladas que las Banville contaría: siendo otro, enmascarándose, la escritura fluye de otra manera, se da rienda suelta al mal con más comodidad. Debe ser consecuencia del pudor católico-irlandés del propio Banville, que de sí mismo nunca dice gran cosa, se deja invitar de vez en cuando y da cursos de novela negra, habla de la literatura y de su amor profundo por Chandler y por todos los que hicieron que el cine negro no fuese únicamente un género cinematográfico sino, y muy contundentemente, uno literario, de pleno derecho. Su detective favorito, Quirke, es un tipo entrañable. Yo a veces me he imaginado siendo Quirke, el buen patólogo forense, pero no soy yo realmente, sino el otro yo, el Emilio Calvo de Mora que podría agenciarse un alias, un alter ego, una máscara. Quirke bebe mucho y no piensa que haya posibilidad de dejar de beber. Vive solo, ha tenido una vida familiar, pero se truncó todo, se malogró la felicidad conyugal (no hagamos spoilers) y ha terminado arruinado, condenado en vida, haciendo las pesquisas de rigor, fundamentado el aura de malditismo que todo detective de raza requiere para que su leyenda prospere o para que, en vida, no acaba de redimirse nunca, no termine jamás de curar sus heridas. Un poco como los detectives prodigiosos de George Simenon, de quien bebe también, a tragos largos, sin embucharse. 





Irlandés venido a menos, admite que no es bien recibido en su país, del que raja más de lo que debería, siendo los irlandeses un pueblo muy endogámico, de escaso afecto por quienes renuncian a las raíces, pero ¿qué son las raíces?. Banville / Black es un francotirador, uno bueno. He disfrutado esa forma de escribir incluso cuando lo que ha escrito no me ha entusiasmado (El lémur) Es prodigioso el oficio de este hombre, la manera con que arma la estructura estrictamente novelística, seduciendo a cada página, invitando a seguir, a no dejarse embelesar con la trama, que es muy buena, sino ofreciendo la insinuación de que es la escritura, el poder de las palabras y de las frases, la que obra el milagro. Bilocación, canibalismo puro, doppelgänger bizarro, da lo mismo: Banville, o Black, son un lujo en los escaparates de las librerías. Es un honorable premio Príncipe de Asturias John o Benjamin, da lo mismo. Los dos están de acuerdo en lo fundamental: en la belleza y en la importancia de la literatura. En un rato, después de que eche mi siesta, me pongo con La rubia de ojos azules. Marlowe ha vuelto. Viva Marlowe. 

4 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

La maldad en escena agrada el alma, quizá por efecto del distanciamiento moral, la cómoda contemplación del horror, ajenos a sus efectos, libres de culpa, por acción u omisión. El arte redime porque recrea emociones insanas y les da cuerpo y nombre, sin ser agentes de su infame conducta o víctimas de su crueldad.

El bueno es aburrido en el arte y en la vida. Prosaico, cotidiano, habitual. El intersticio, la mancha humana, esa ilumina, nos hace gozar. Salvo siendo en el mundo real diana de sus disparos.

María Jesús Cardona dijo...

Antigua luz fue la primera novela que leí de Banville, y me gustó mucho, esa manera de expresar el amor prohibido, entre una mujer mayor y el amigo de su hijo, es soberbia. No he leído a Black, y lo hago por este agradable comentario.

Gloria Márquez dijo...

Emilio, qué gusto leer una crítica tuya. No me gustó Los enamoramientos, a pesar de que la leí por tu recomendación, pero no te eché la culpa, conste. Voy a leer hoy mismo La rubia... a ver si entra. Gracias por tus emocionadas reflexiones y por tu manera de escribir.

Miguel Alcántara dijo...

Redondo. Muy redondo. Conozco a los dos y coincido en que Black es más adictivo.
Felices lecturas,