22.12.14

Cien películas: 5 Días sin huella, Billy Wilder, 1945



Creo que el del escritor es el oficio más duro del mundo. Quien no escribe, no puede llegar a entenderlo. Incluso hay quien escribe y no comparte que sea duro de verdad. No sé si siempre hay algo de lo que hablar y tampoco sé si hay que contarlo todo. Lo cómodo es leer, aunque algunas lecturas duelan como si las hubieses escrito. Lo que sí hay siempre a mano es una botella. Una en la que perderse. El alcohol es un demonio barato. En su bruma, el mundo corrige sus errores, los tolera mientras el demonio hace su camino por la sangre. Lo malo sucede cuando el trayecto acaba y la resaca ocupa la entera extensión de los músculos. Entonces uno es capaz de vender su máquina de escribir para recuperar la bruma. Es hermosa la bruma, no hay quien desmienta esa afirmación políticamente incorrecta. El peaje a pagar es el reverso de la belleza. A él le importa poco el precio. Paga lo que haga falta (el amor, la salvación, la armonía) por sentir una nueva resaca. Y es la primera vez, que este cronista sepa, en donde el cine no hace mofa del borracho, ni lo usa para la chanza. Pienso en Walter Brennan, mi borracho preferido, o en Dean Martin. Lo que no se me ha ido de la cabeza desde que anoche, tarde, puse Días sin huella es el momento en que vende la máquina de escribir. No sé qué vendería yo para pagarme una botella. Alguna vez he rascado el bolsillo por ver si podía pagarme un tercio más, pero no ha llegado uno nunca a ese nivel de penitencia. Don Birnam es un héroe. Lo son todos los que tienen que lidiar a diario con estas servidumbres del alma. Esta noche no creo que me sirva Días de vino y rosas, la otra gran película sobre el alcoholismo. La de gladiadores está esperando todavía. 




4 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

Cierto, my friend, cierto. La escritura es en sí una embriaguez, alcohol en vena, a veces Pitarra, otras Rivera del Duero. Nunca como espera uno. Pero siempre psicotrópico, distopía del alma, renglones torcidos que uno hila a contrapelo. La palabra se te hace esquiva, solo cautiva una vez lanzada al viento, a merced del lector. Pero ya es tarde para el escritor, no es suya, ni duele, ni la gozas.

Francisco Machuca dijo...

Me gusta mucho este ciclo que has iniciado, mi querido amigo, pero que mucho. Días sin huella se cierra con un gesto liberador de Ray Milland, arrojando un cigarrillo encendido en un vaso de whisky y concibiendo la trama de la novela (de título La botella) que se dispone - una vez más - a escribir, pero cuando la cámara abandona su apartamento y se escora lentamente hacia el paisaje tumultuoso de Nueva York, en un plano simétrico al que abría la película, sabemos que, junto al mensaje de precaria esperanza que se nos intenta transmitir, subsiste agazapado el peligro de la recaída, otro viaje al fondo del fracaso. Billy Wilder sabía muy bien que algunas existencias poseen el argumento de una pesadilla cíclica.

Creo que a mí me ocurre, casi lo mismo.

Que tengas unas felices fiestas.
Abrazos mil.

Jesús Ortega dijo...

Coincido con Francisco Machuca en que es una serie estupenda, que seguiré con gusto. Las he visto todas, hasta ahora. Días sin huella la tengo más perdida. Ya habrá ocasión de ponerme nuevamente al día. El alcohol, que me afecta de cerca, es doloroso, es doloroso abordarlo cara a cara, pero hay que condenarlo y sobrevivir.
Que tengas también una feliz Navidad.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Ebrio de letras, Ramón: así me he sentido más de una vez, y espero sentirme. La resaca solo pide más letras. El escritor fornica con su prosa, sin tener que salir después a pasear al perro.

El ciclo es ambicioso, porque cien son muchas, pero quería escribir de cine, Francisco. Al fin y al cabo, ese fue, hace siete años, el motivo de que abriera este blog. Vuelvo al cine, que nunca dejé, aunque ahora veo menos películas, es cierto.

Si escribir sobre una película sirve para que alguien la lea, me doy por contento. Quye tengas una feliz navidad también tú, todos vosotros, Jesús..