6.11.14

No saber contar un cuento

Recuerdo no saber contar un cuento, esa sensación de vacío. Sabía hilar un argumento, traer las palabras con las que la historia acabase rendida, expuesta como los ingredientes ofrecidos en la mesa del cocinero, pero sin arrimarlos unos a otros, conviniendo olores, prefigurando el sabor anhelado. Sabía (digo) conseguir que quien escuchara entendiese la trama, conociese incluso ciertos matices de la trama, los relevantes, los que hacen que sus giros no sean caprichosos y obedezcan a un plan que el lector y el escritor conocen y aplican. Creía yo que todo esto bastaba, que era suficiente para que el cuento fuese contado, pero no lo es, no se puede contar un cuento con solo narrar, con decir qué acontecimientos lo atraviesan, con qué finos hilos se teje la historia que lo mantiene firme. Hace falta el milagro de que no haya otra cosa en el mundo que el cuento. Uno, al contarlo, tiene que percibir que quien está enfrente nuestra, escuchándolo, no posee memoria ni tampoco futuro, que únicamente el presente, el presente narrativo, el nuestro, es el que posee. Una vez que el cuento finaliza, el mundo sigue girando, la violencia del pasado atrapa a quien la olvidó durante unos minutos, la vida sigue y sigue a su manera brutal o dulce, severa o jovial. 

He contado los suficientes como para sabe que ningún cuento, escrito por mí o cogido de otro, ha llegado a ese lugar sublime del que hablo, el lugar en donde la realidad se inmola y el mundo (insisto en eso) acaba por pararse, por renunciar a lo que fue y a lo que pueda alcanzar a ser. Quien ha estado ahí, en ese vértigo y en esa fiebre, en esa felicidad de espectador privilegiado, sabe de qué hablo, pero es otra la historia que ahora me toca contar a mí, la historia del cuentista, su oficio, el afecto a las palabras y a la restitución de lo que las palabras ocultan. No hay nadie en que no desee que me cuenten una historia, ninguno en donde no me importaría ver detenerse al mundo, advertir que el giro cesa y las nubes, allá en el alto y eterno cielo, se detienen, quizá porque escuchen y quieran saber cómo termina el cuento.

En la escuela, cuando explico, procuro que la literatura lo impregne todo. No siempre lo consigo, no están siempre a mano los ingredientes previstos. Ni siquiera conviene siempre que sea la literatura la que guíe la clase, pero cuando lo hace, en cuanto se apropia de la explicación, todo fluye de un modo soberbio, nada queda fuera, todo se integra, el mundo se para. Afuera, en el patio en donde suceden los juegos de los otros niños, el mundo parece que de verdad se ha parado. 

4 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Tengo las maletas abiertas sobre la cama porque estoy ya a las puertas de un largo viaje, pero te leo y te quiero contar un cuento, amigo mío.

Nunca me contaron cuentos cuando era niño y tuve que ponerme a leer por mi cuenta a los Grimm, a Perrault, a Barrie, a Collodi, a Lewis, etc., es decir, a todos los grandes del cuento tradicional europeo. Este hábito ha perdurado a lo largo de los años. Tanto los mitos como los cuentos de hadas responden a las eternas preguntas. ¿Cómo es el mundo en realidad? ¿Cómo tengo que vivir mi vida en él? ¿Cómo puedo ser realmente yo?
A pesar de toda nuestra complejidad, somos conflictivos, ambivalentes y estamos llenos de contradicciones, la personalidad humana es indivisible. Una experiencia, sea del tipo que sea, afecta siempre a todos los aspectos de la personalidad al mismo tiempo. Y la personalidad total necesita el apoyo de una fantasía rica, combinada con una conciencia sólida y una comprensión clara de la realidad, para ser capaz de llevar a cabo las tareas que exige la vida cotidiana. Todo ser humano ha olvidado quién es. Se puede llegar a entender el Cosmos, pero jamás el ego; el yo está más distante que cualquier estrella. Todos sufrimos la misma calamidad mental; todos hemos olvidado nuestros nombres. No recordamos quiénes somos realmente. Todo eso que llamamos sentido común y raciocinio, pragmatismo y positivismo, no quiere decir sino que en determinados espacios muertos de nuestra vida olvidamos que hemos olvidado. Todo lo que denominamos espíritu, y arte, y éxtasis, sólo significa que durante un terrible momento recordamos que hemos olvidado.
El sentido más profundo reside en los cuentos de hadas que no me contaron en mi infancia, y que leía por las noches, más que en la realidad que la vida me ha enseñado.
Los cuentos son la voz del pueblo. ¿Cómo podríamos saber de la crueldad del señor feudal, sino a través del personaje del ogro? El ogro es el señor feudal que quitaba vidas y haciendas, que sorbía a sus súbditos la sangre, que se los comían literalmente. Detesto a todos los que han contribuido a escamotear los finales de los cuentos de hadas. Por ejemplo, el final demoledor con que Andersen clausura El patito feo, después de que el protagonista haya descubierto que en realidad es un cisne: "Y entonces se sintió enormemente solo", escribe Andersen. No hay esperanza para el que destaca, rodeado de mediocres: su destino es la soledad. Y pensemos en la terrible alegoría de La bella durmiente, de Perrault, donde nos cuenta cómo la criatura humana fue bendecida con todos los dones al nacer, pero recibió la maldición de la muerte y cómo quizás ésta pueda dulcificarse convirtiéndose en un sueño. Esa niña que estuvo durante cien años dormida, hasta el primer beso de amor. Y nos han robado el final, en el que la madre del Príncipe Azul resulta ser una ogresa caníbal que intenta hacer creer a su hijo que La bella durmiente se ha comido a sus propios vástagos. La vida no es sólo el primer beso de amor: después viene la convivencia con una suegra horrible, que quiere comernos y a nuestros hijos. Una suegra que muy bien podría representar la sociedad represora.

Creo que una de las razones de que los niños se han olvidado de leer cuentos es esta manipulación, que a ellos les suena a moralina y a censura. Porque los niños soy muy inteligentes; luego se vuelven tontos, cuando crecen. Y la nada, que diría Michael Ende.

Colorín colorado este cuento solo acaba de comenzar. Fuerte abrazo.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

La realidad. Esa es la nada. La que nos amordaza y la que, también, nos premia, nos quiere, nos halaga.
Que te lo pases bien, que disfrutes, no escribas, no cuentes, deja que te cuenten, deja que todo te arrope y te ame.

Isabel Huete dijo...

Nadie como mi madre cuando de pequeña me hacía recostar la cabeza sobre su regazo y me contaba cuentos. Narraba tan bien, modulaba tanto la voz interpretando a los distintos personajes, le daba tanta credibilidad a la historia que yo se los hacía repetir una tarde tras otra. Me sabía los cuentos de memoria, pero necesitaba escucharla a ella contarlos. Ella era el cuento, su voz era el cuento. Y este relato podría ser un cuento, pero no: es la realidad.

Paco Montoro dijo...

La literatura no lo impregna todo. Ojalá, ojalá.