28.11.14

Mesuro, estabulo, marco

Leo a bocados, leo con la fogosidad con la que uno casi nunca se aplica en la lectura, leo a ratos contados y leo, sobre todo, con el ardor de quien leyera por primera vez y anduviera en el asombro de las primeras historias y en el hallazgo de las palabras. No sé a qué achacar esta circunstancia. Imagino que es el tiempo, al que no siempre se gobierna bien, o que es el cansancio. Lo que descubro, en esta novedad mía, es que disfruto más lo leído. En realidad, la ocupación tan intensa de las horas (haciendo lo que me corresponde, cubriendo la responsabilidad de cuanto está a mí encomendado) hace que se paladeen con más entusiasmo los escasos ratos libres que quedan. El ocio abundante, la disposición completa del tiempo, cobra sus peajes. Estos días no me permiten, pongo por caso, ahondar la novelística proustiana, permítaseme esta confidencia libresca. No sería capaz de entrar en la densidad de la trama, no podría sobrellevar el peso de los personajes. Se está más cómodo en lo liviano, en esa orfandad de tragedia en la que uno no sufre o sufre lo justo y luego sale a la calle y comprueba que el mundo, a su modo, gira en armonía. Mi amigo K. me refirió la historia de un conocido suyo al que le venció la metafísica. Fue un combate desigual. Se sabía que iba a perder. Y lo hizo a poco de arrancar la liza. La metafísica, cuando se pone burra, no tiene rival. Es mejor no pensar en asuntos de altura. En la superficie, a ras del mundo, se vive mejor. El amigo de K. acabó agotado por la contienda. Agotado y arrepentido. Lee libros de Bucay, le recomendó K. con toda la mala leche que supo. Lee libros de Coelho. No son metafísica, pero dejan un sabor de boca parecido. No tienen hondura, pero aparentan tenerla. No son libros, pero ofrecen el aspecto de un libro auténtico, continuó. Pero no te aconsejo los balnearios de Mann, el día infinito de Stephen Dedalus del infinito Ulises, No vayas por ahí. De ir, verás entonces el mundo como realmente es. No gira en armonía, no se escucha al cantor, no se percibe la música de las estrellas. Es mejor quedarse en la periferia o incluso más allá. Se aprecia bien la ciudad si se la observa desde lejos, en el campo, entre los árboles. Las cosas, en ocasiones, se entienden si se las mira sin apasionamiento, sin que entre la emoción misma de observarla. El hecho de ajustar la mirada malogra el objeto observado. Como si se contaminara. Como si el acto de hacerlo nuestro desvirtuara su sentido, lo descompusiera. Pero eso no pasa con la lectura, que es otro paisaje, a su modo. Leer exige desvirtuar, descomponer, malograr lo que haga falta con la condición de que se extraiga un sentido, de que haya una belleza a la que podamos asirnos, de que lo leído nos pertenezca, entre a formar parte de nosotros mismos y ya no se sepa el origen, la causa, el modo en que se nos presentó. Y acabo esta noche (otra vez) cuentos de Onetti, leídos en la cama la mayoría, como él los escribió, pensando en si reproducir las condiciones de la escritura conducirá a que se ahonde más en la lectura. No es cosa de profundidades, no debo todo medirse, contagiarse de la enfermiza manía de mesurarlo, de estabularlo, de marcarlo. Aún así, como tantas veces, mesuro, estabulo, marco. Mesuro

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