3.11.14

La huella luminosa



Marilyn Monroe y Jorge Luís Borges tienen escasas cosas en común. Una de ellas es copar parte de las numerosas entradas de este blog invertebrado y azaroso. Si no tengo nada que escribir siempre es fácil acudir a ellos. Basta una foto o una frase para desastacar mi pereza narrativa. No existe ahora. Mi amigo Álex reprueba este abuso mío en invitar al maestro argentino, pero estará (creo) sonriendo al ver esta fotografía de Norma Jean. Eso, al menos, espero, y ya será buena señal. Otro amigo, Manolo, solía decir que hay fotos que hablan más que muchos libros enteros. Libros con mucho texto. Libros reventones de capítulos y de personajes. Solíamos buscar el punctum de Barthes o de Derrida. Lo que encontrábamos casi siempre era el elemento secundario que se aúpa al centro mismo de la escena, aunque sea diminuto y se exhibe (pudoroso) en un rincón. El punctum habla del receptor, nunca de la foto. Se trataría de dar con el elemento al que dirigimos la mirada, borrando (en ese vector) toda la información accesoria. Hay tantos punctums como usuarios de una escena. Manolo Solís (cómo le echo en falta) se habría fijado en el retrato pequeñito de la mesa: el que está frente al culo de Marilyn. Invariablemente habrá quien conciba toda la fotografía alrededor de los anaqueles ocupados con libros. Parecen añejos. El pickup también llama la atención. Es uno de esos antiguos. Ya no se ven. Mi padre tenía un viejo tocadiscos Stibert que se parecía mucho a éste, pero en él giraban discos de copla, de zarzuela y de flamenco hasta que mi adolescencia descubrió a Supertramp o a The Electric Light Orchestra y Discovery desplazó a un grandes éxitos de Juanita Reina. No nos extraviemos: en el pickup del piso de Rodríguez de Tom Ewell (así se llamaba el Romeo torpón de la inmortal película de Billy Wilder) debe sonar la orquesta de Benny Goodman. O Dean Martin. El punctum abre el libro de las metáforas, la novela de la vida, el inventario necesariamente caótico de quienes se obstinan en encontrar lo que no se ve: aquéllo que el fotógrafo ni siquiera ha tenido en cuenta a la hora de componer la fotografía. Cómo no fijarse en el canalillo de la Monroe, apunta K., pero ese tobogán promiscuo está en nuestra memoria. Yo me quedo con los ojos. Ahí está mi punctum: los tiene entornados, pero no nos parece que tenga sueño. Está ventilándose con Dean Martin: esto se ve a primera vista, no hace falta escudriñar en exceso el material sensible. Está siendo seducida por un nirvana lujurioso, un soplo ebrio de luz que la embadurna de júbilo. Esta es la verdadera huella luminosa (Dubois) que se impregna en la memoria del espectador. Cierras los ojos o abandonas la visión de la fotografía y conservas (nítidamente, por supuesto) los libros decentemente apilados, los ojos turbiamente entornados, el canalillo canallamente insinuado. Y Benny Goodman trabaja a tope porque Benny Goodman fue una máquina de swing perfecta y debajo del blanco y negro se suben y se bajan los trombones, se acoplan las trompetas y resbalan, como hormigas nerviosas, las baquetas por los platillos. Al ver esta fotografía uno es capaz de ver lo que está fuera de cámara. Ve al marido (siete años casado, reza el título) apurando un fondo místico de whisky. Todavía no se ha quitado la corbata y sospecha que la vida le está tendiendo una trampa formidable, y que las tentaciones están ahí para caer en ellas. Caso contrario, no serían tentaciones sino vasos largos de leche caliente frente al show de Johnny Carson mientras los niños intentan pillar el sueño al final del pasillo. Luego es cuando se caen del piano. Punctum pues.


Fotografía pillada en la página de jazz (y derivados emocionales) de Olvido: visiten, por favor, cuesta muy poco y luego se vuelve con gusto.

1 comentario:

Manuel V. dijo...

El mundo está bien construido en el fondo. Salud!