22.11.14

Fragmentos

I
Pasan tantas cosas a la vez y algunas son de tanta trascendencia que uno no sabe en qué esmerarse, a qué trama de lo real aplicarse con más ahínco. Se levanta uno pensando en la Pantoja en la trena o en el ébola en los aviones o en Pablo Iglesias bolivarizando los pasillos de la universidad. Todas estas distracciones conmueven mucho o no lo hacen en modo alguno, pero hacen que la maquinaria siga haciendo ruido y haya público y la obra continúe en cartel. Mientras que algunos buscan el significado primero de las cosas, otros se empecinan en buscar el último. Está el mundo dividido entre adoradores del big bang y fanáticos del apocalipsis. 

II
En Alemania, en uno de esos sótanos inverosímiles, forrados de máquinas inverosímiles, un grupo de científicos dieron con una tecla inverosímil, como suele contar mi amigo K., metafísico como pocos, un latido del corazón del tiempo. Lo que estos poetas cuánticos han conseguido es capturar el fragmento más pequeño de tiempo conocido hasta ahora: han registrado un intervalo temporal de doce attosegundos. Sí, yo también vivo en la ignorancia y la ampulosa biblioteca de la red me informa de que un attosegundo es una trillonésima parte de un segundo. Lo que mi ignorancia no puede resolver consultando esa base de datos asombrosa es la relevancia de ese acto. Lerdo en ciencia, incapaz de comprender el sentido racional de las cosas, me siento infinitamente desvalido a la hora de procesar esa información que la prensa no duda en catalogar como heroica, por lo menos.  No entra en mis alcances (que en algunos asuntos llegan lejos y en otros, ay, son escandalosamente torpes) entender qué suceso de la naturaleza dura un attosegundo. Algo tan sumamente minúsculo me apabulla, me aturde, me deja enredado en una tempestad de dudas. Esa evidencia infinitesimal de eternidad me desarma, me aísla del quebranto estadístico del paro, me seduce como únicamente seducen (a veces) versos extraídos de un soneto o adjetivos colocados con rara perfección detrás de un sustantivo hermoso como una gota de agua en un pétalo que sueña un ángel. Ante lo pequeño, a veces se tiene la incertidumbre que se dispensa a lo grande. El cosmos está ahí afuera, incesante, inescrutable, inabarcable, pero el cosmos está de igual manera ahí adentro, incesante, inescrutable e inabarcable también. 

III
Dicen quienes saben que ese descubrimiento podrá ilustrar ciertos intercambios moleculares, no sé, cosas así. Yo, en esa involuntaria dureza mía hacia la ciencia, oigo en esta noticia lo que mis vicios literarios me hacen oír: oigo que el tiempo es la medida absoluta de todo lo demás; oigo que somos tiempo, somos los días persiguiéndose, franjas ridículas (por invisibles) de tiempo convertido en brizna, en lo inaprensible de pronto atrapado, y entonces, pensando en todo esto, haciendo filosofía de mesa camilla, conversando conmigo mismo sobre la eternidad y sobre sus arcanos, desoigo la música de las noticias , desaconsejo a mi alma que se ofusque por la barbarie de los políticos, que nos administran sin empeño, empecinados solo en hacer caja con el cargo, y pienso en Julio Verne. No sé por qué de pronto Julio Verne se ha instalado en mi cabeza, pero ahí está, con su barba decimonónica, con su gesto un poco adusto, con sus libros maravillosos bajo el brazo. Releí Viaje al centro de la tierra hace unos cuantos veranos y me entusiasmó como cuando lo hice por primera vez. No sé si es que todavía soy el niño asombrable, ojalá lo sea, o es que la prosa de Verne no decae a pesar del glorioso y mísero, según se mire, paso del tiempo. 

IV
Hoy Muñoz M0lina cuenta que en España tenemos cierto pudor a contar lo propio, que la escritura pocas veces se articula en torno a la idea que uno tiene de sí mismo, aireándola, como si contándola, extrayendo de aquí y de allá lo reseñable, lo turbio, lo intrascendente o lo relevante, se acabara por entender. No se trataría, razono yo, de que se hable de la primera persona del verbo, sino de instalar en esa persona una cierta distancia y mirarnos sin el incomodo de saber que estamos debajo. Convertidos así en personaje, ir hacia adelante, contar, desbaratar toda posibilidad de objetividad y caer bien o molestar, ya se sabe. 


3 comentarios:

Paco Montoro dijo...

No tienes a nadie más a mano, por supuesto. Escribir sobre la propia persona es una forma de entender la vida. Creo que todos los que escribís escribís sobre vosotros mismos, aunque habléis de tiburones en las Islas de los Mares del Sur.

Un saludo.

Joselu dijo...

Me interesa la reflexión de Muñoz Molina sobre la expresión de la propia intimidad y el pudor que existe en general entre los creadores españoles en expresarla. ¿Es interesante la interioridad de uno mismo, sus quehaceres, sus pensamientos, sus acciones innombrables, sus dolores físicos y anímicos? Para mí sí, siempre que lo narrado sea interesante y sea narrado de forma atrayente y no se mienta demasiado. Esta muestra de la intimidad fácilmente se puede entender como ejercicio de pornografía o de exhibicionismo desde nuestros cánones críticos. Cuando escribes, Emilio, sin duda hablas de ti, pero no lo haces desde esa intimidad pues te posee el pudor de que habla Muñoz Molina. Entre ti y lo narrado media la distancia emotiva, el estilo, la literatura, el enfriamiento, es pasión fría lo que se trasluce en tus escritos que no se abren al riesgo excesivo, protegido por tu buen hacer narrativo y descriptivo. No te abres en canal. No muestras tu corazón al desnudo. Poco sabemos de ti salvo lo que dejas entre briznas de selección culta. Enfrías más que caldeas la sala de máquinas. Es una elección y no es mala, claro está. Pero no es de esto de lo que habla la literatura impúdica en la que uno se arriesga ciertamente a ser lapidado y masacrado por inmoral, por réprobo, por exhibicionista, por pornográfico de la interioridad.

Belén María Juárez dijo...

Escribir es molestar, meterse en la vida de los demás. Escribir es desnudar a los otros mientras que se desnuda el que escribe. Vamos, que es un acto amoroso en toda regla, con intercambio de fluidos. Los fluidos de esta página son altamente, altamente recomendables.