24.10.14

Un mapa del mundo



Hay quien descree de que seamos buenos y a todo le pone un fondo de maldad, quien sostiene que todo lo que hacemos busca un beneficio o que el amor no mueve ni el sol ni las estrellas, como escribía el hechizado Dante, sino el juego sucio o las malas artes. Al amor lo dejan seguir reinando, pero aducen que está ahí para engolosinar al necio, para que baje las defensas o para que las retire definitivamente. Una vez que estamos al descubierto, el mal penetra mejor, quien lo perpetra actúa con más comodidad, llega hasta donde se propone y malogra cuanto gusta. Está el mal así, yendo y viniendo, impregnando incluso todo lo bueno que pueda haber perdurado desde que el ruido del cosmos hizo que empezase la vida. No es cosa ahora de fatigar teologías ni de entrar en consideraciones científicas. Lo que cuenta es el triunfo del mal. Porque somos malos. Lo somos de un modo instintivo. Malos solidarios con el mal, malos cómplices suyos. La bondad es la noticia, lo extraordinario, lo que nos alarma sobre el imperio de la maldad. 

Solo hay que ver el mundo, solo hay que comprobar el modo en que da vueltas. No las da igual para todos. Ni siquiera el sol brilla igual para todos. Ni la oscuridad se cierne igual para todos. Hay quien no ha sentido jamás inquietud o zozobra, quien no ha percibido el peso de las sombras y quien, sin descanso, solo ve la pesadumbre, quien aparta a manotazos esas sombras, que le entenebrecen y lo rebajan. Dicen que estamos tan concienciados en el asunto del ébola porque de pronto nos hemos dado cuenta de que no hay países altos y países bajos, ricos o pobres, sino que todos, en cuanto el azar desboca a la bestia, andamos unidos, formando una misma piel, aunque sea de naranja amarga, como el mapamundi que corona el texto y del que no conozco al lúcido y creativo autor. El ébola no es el hambre, creen algunos. De serlo, de no ser una enfermedad, ya estaríamos agonizando. No queremos atajar el problema del hambre. No miramos a África hasta que África nos mira a nosotros y nos envía un bicho cabrón para contarnos el mal que padece.

El mal siempre triunfa, aunque agazapado, El mal es el cáncer al que no se le ha inventado todavía una terapia fiable de choque. Lleva la filosofía, por no decir la religión, llevando y trayendo teorías, fórmulas, textos que lo recogen y lo argumentan, pero no conducen a nada. Es como hablar sobre el silencio o sobre la lluvia. Existen a pesar de que los amemos o los detestemos. El mal es la estrella, el reclamo principal del reparto de la película que estamos a punto de ver. No hay gran argumento de la misma historia de la Literatura que no le guarde un lugar principal, una parte relevante en el trasegar de la trama. La ficción se vende mejor si el mal la impregna, aunque luego el bien, por voluntad de quien escribe, termina imponiendo su criterio, dejando que todo se amanse y que la bonanza lo acune y lo abrace todo. El mal es admirable. Se abren los ojos, no sabemos los porqués, cuando dos se cosen a hostias en la calle, amenizando el paseo que estamos dando. Reprobamos que se peleen, deseamos que dejen la lucha, pero hay un lugar por ahí adentro que se recrea observando la evolución de la contienda. No nos acercamos más porque podemos ser atrapado por el maelstrom de los golpes, pero ya quisiéramos. Nos seduce la violencia, la miramos embelesados. Todos los informativos de todas las televisiones del mundo tienen la consigna de que las imágenes violentas captan audiencia, de que las noticias terribles hacen que los anunciantes recalen en su parrilla e inviertan en su negocio. 

El amor es el que pierde en estos lances. El amor fou o el amor brutal, el consentido como ancla o como refugio. El amor limpio de los recién casados y el apalabrado de los esposos antiguos. Fascina que el amor se imponga. No tenemos la certeza absoluta de que suceda siempre, así que nos maravillamos (qué palabra tan hermosa, qué poco uso se le da) ante la evidencia de que alguno se imponga y de que el mal, el hastío, el miedo y el desencanto venzan. Y lo hacen, claro que lo hacen. A veces pienso que es el arte el que nos pertrecha de recursos para no caer en sus redes. Que es el arte el que nos abastece de armas con las que salir al campo y plantar cara al enemigo. No sé con seguridad si son las convenientes. Hemos visto muchas veces cómo caen en batalla, con qué estrépito se desvanecen y dan a entender incluso que nunca estuvieron, que son una ilusión, un deseo. Mi amigo Juan Carlos sigue creyendo en la fuerza del amor, en el poder de la bondad, en la intimidad buena del hombre, pero yo le llevo con frecuencia la contraria, y él, a su pesar, también al mío, no me rebate, no me advierte de que no es el ese el modo de ver las cosas, pero no encuentro otro, no hay otro, no hay ninguno al que agarrarnos y con el que andar el camino. 




5 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

El mapamundi que corona tu lúcido -y lucido- texto se titula "Mandarin world" de Daniel Iglesias Salke y es uno de los ganadores del Certamen "Upcycling":
http://elpais.com/elpais/2014/10/22/album/1413991349_743781.html#1413991349_743781_1413991878

Miguel Cobo dijo...

https://www.youtube.com/watch?v=cui8zThTpK4

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Ok. Gracias, Miguel. Tomo nota. Busco más.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Y si, el peso del mundo no puede ser otro, de ninguna forma. Lo sé y lo compruebo a diario. Días enormes y días pequeños, pero a ninguno le falta. Un abrazo grandísimo.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Vi a Hilario Camacho en directo, Miguel. No sé. Hace muchos años. En los 80. No recuerdo dónde, la verdad. Iba con unos primos. Me pilló demasiado joven, creo. Cuándo tocó en los ochenta en Córdoba, sabes?