22.10.14

Mi blog es una extensión blasfema de una intriga teológica II







Vuelvo a Chesterton: en su Ortodoxia reconocía una emoción que brotaba subconscientemente y advertía el hecho de que este mundo nuestro debía tener algún objeto verdadero. Que la vida era un cuento y que, en tanto cuento, debía tener un narrador. ¿Quién me narra a mí? ¿A qué género pertenece la trama en la que estoy? ¿Será un subgénero? Me agrada el thriller, pero no tengo alma de Sam Spade ni mi perfil se arrima a la épica sucia de un callejón a oscuras en el que dos policías de paisano custodian el cuerpo obscenamente acuchillado de una stripper. Bien pensado no tengo ni idea de en qué cuento estoy metido. Me lo pregunto en ocasiones. Sin abusar. Fantaseo con la posibilidad de revelarme contra el autor invisible que me guía. Sólo que no lo tengo a mano. Ni siquiera tengo la certeza de encontrarlo. Tampoco de que exista. Ahí andamos. Enredados en metafísicas. Siempre estamos enredados en metafísicas. Este blog entero es la extensión blasfema de esa intriga teológica. Dentro de cada uno de nosotros hay un teólogo. Lo escribió también Chesterton. Borges remató que para serlo no es imprescindible la fe. Dos pájaros buenos. Uno descreía de un modo creativo, considerando que la construcción de la fe contaba siempre con ingredientes literarios, propios de la ficción, de tramas de género fantástico. El otro, el gordo inglés, veía una epifanía en lo divino, una que lo traspasaba al punto de que toda su inteligencia, y también su sensibilidad, estaba cruzada de parte a parte por la caligrafía de Dios, por las palabras susurradas por la Divinidad a su goloso oído. Borges conversaba con Dios, al que confería un aura teatral; Chesterton esperaba que Dios conversase con él, dándole una autoridad carnal casi, un espacio ontológico limpio, sin la traba de la ciencia, tan descreída también. Gana siempre la literatura, aporto yo. Incluso el feligrés, hablo del feligrés letraherido, consiente que Dios forme parte de la trama, solo que la Gran Trama, la trama celeste, la urdida en el principio de los tiempos y la trabajada en el trasegar de sus días. Hay días de metafísica, oh amigos. Ninguno, no obstante, carece de ella, aunque no percibamos el rumor de los ángeles, el peso de las grandes palabras cayendo a plomo sobre nuestro estar en el mundo. Días de nubes con salmos, días huecos, días de feliz conversación con uno mismo, días caídos en desgracia o izados como una espuma salvaje. A los días los salvan las palabras, pensé anoche. Me quedé ahí, en ese pensamiento pequeño, que batalló por perderse conforme el sueño me iba venciendo hasta que caí en él sin la certeza de haberlo perdido. Volvió a poco de abrir los ojos esta mañana. Pensé ahí, nada más pisar la luz del día, en Borges (suele caer una borgiana al alba a veces) y en Chesterton, en el texto que empecé hace tiempo. Ningún texto está enteramente terminado cuando lo rindes a quien lo lee. Está ahí, a la espera de que se le engorde la panza. Ahora voy al miércoles. Ojalá los altos astros me sean favorables. Le dije esto ayer a un amigo que cumplía años (muchos no). Igual hoy me tutelan a mí, me guían, me confortan y me mecen. Borges, acabo, dijo de Chesterton que no había página suya que no contuviese una felicidad. Ningún día la censura del todo, añado yo. 




3 comentarios:

Manuel Álvarez dijo...

No, no es nada de eso. Tu blog es un mapamundi de tu cabeza, que está llena de cachivaches únicos, Emilio. Siempre es un placer entrar dentro y darse un paseo. Gracias por las letras, gracias por el empeño día a día.

Miguel Alcántara dijo...

Extraño escrito.
Es la primera vez que entro en este blog.
No creo que sea la última.
Las cosas extrañas son las únicas que perduran.

Juan Herrezuelo dijo...

Y para ser ese teólogo que hay en todo hombre culto, añade Borges, no es indispensable la fe. Tu magnífico y “blasfemo” texto me ha devuelto a esas otras inquisiciones borgeanas, y a un artículo en el que recuerda que en el prólogo de la Letra escarlata Hawthorne imagina a las sombras de sus mayores preguntándose cómo pensará glorificar a Dios -o ser útil a los hombres, añaden- mediante el oficio de escribir cuentos. "¡Tanto le valdría ser violinista!", añaden las sombrías sombras, viniendo a decir que a Dios se le glorifica tan poco con la música como con las letras. Bueno, las sombras ya se sabe: el cielo está lleno de ellas.