20.10.14

Las palabras nunca se hacen daño


Tengo más o menos la certeza de que ahora va a ser la primera vez en mi vida que escriba la palabra austrohúngaro.Tampoco he escrito tardofranquismo, ni eugenésico, ni pillastre. Reconozco haberlas leído, incluso cabe la posibilidad de que las haya pronunciado en una o en otra conversación, pero el hecho de escribir exige una atención y crea una especie de cámara blindada en la que uno va arrojando las palabras, dándoles carta de estancia. Lo que uno escribe dura, se exhibe incluso a veces a pesar nuestro. Leer implica un pacto fantástico, uno de los mejores que pueden hacerse. Lo firman dos personas que pueden no conocerse en absoluto y lo mas sorprendente es que ni siquiera adquieren conciencia de estar haciendo pacto alguno. Por eso me esfuerzo en recordar qué he escrito. Porque me fascina la escritura. No encuentro un día, en los últimos veinte años, en los que no haya pensado en escribir. En esos veinte años, tal vez más, ha habido mayoría en los que he dedicado una parte del día a escribir. Algunos, hace ya demasiado tiempo, en los que no he hecho casi otra cosa que eso, escribir y pensar las palabras, en cómo se buscan, en dónde se encuentran., en la manera en que a su modo dicen de mí lo que yo no percibo si no es escribiendo. No hay noche en la que, al acostarme, no piense en si he escrito lo suficiente o tal vez debiera haber entregado algo más. Ninguna en la que, al no escribir nada, me sienta, en el fondo, vacío. Al contrario de lo que la razón o la mecánica de fluidos exige, escribir no es vaciarse. El que escribe, al hacerlo, se llena. Es un proceso que no admite las habituales disecciones de la ciencia. Justo ahora, en el momento en que escribo esto, me siento eufórico, una euforia de lunes, sencilla, en poco o en nada defendible, pillada a vuelo, como si se pudiera desvanecer con solo pensarla.  He escrito esa palabra las veces suficientes como para recordarla. La he pronunciado otras muchas. Siempre con mucho respeto. La felicidad, aliñada de euforia, no merece el desprecio del olvido. Soy feliz con estas pocas cosas. Los lunes existen para que el viernes tenga sentido. Se lo escuché a un amigo y desde entonces lo uso con frecuencia. Para que haya viernes tiene que haber lunes, suelo decir. El tiempo, ya saben, ese asunto tan extraño. Estos días veo Twin Peaks. No llevo muchos capítulos. Estoy fascinado con el jodido Lynch. Tiene una cabeza descabezada, una borradora incluso, una cabeza del tamaño de un sueño. Piensen en un sueño raro de verdad, en el que un enano canta y baila en una habitación roja. La alfombra roj, con rayas rojas que van y vienen. Las paredes y las cortinas, rojas. Me he levantado pensando en el enano y en la palabra austrohúngaro. No casan bien, creo. Las he metido en el texto, presionando, buscando cómo podrían no hacerse daño. Las palabras nunca se hacen daño, las palabras nunca se hacen daño. Las metes en una bolsa a la que luego echas un nudo, las zarandeas por el aire, con saña, y la abres. Dentro de la bolsa es posible que esté el mundo mismo. A veces la vida es una bolsa zarandeada a la que, al abrirla, le buscamos significados, cuando solo tiene preguntas, caminos que no garantizan que lleven a ningún sitio. Ahora vamos al lunes. Creo que va a ser largo. 

5 comentarios:

Paco Montoro dijo...

Largo como un lunes, amigo.
Creo que es un texto bueno para afrontar el resto del lunes, lo poco o lo mucho que quede. A veces la vida te deja ratos buenos, enmedio de la trasiega del día, un rato de descanso y de lectura. A su salud...

María Dolores Pineda dijo...

No tenía ni idea de austrohúngaro, ni la más pequeña idea, ni de enanos que bailan, ni nada de lo que cuentas, ni idea, de verdad, pero leo con pasmo y con admiración porque suena todo dulce, suena como si fuesen las palabras primeras que escuchamos.

Twin peaks es un coñazo, por otro lado. No aguanto que me tomen el pelo. Bien que te guste, que voy a decir, pero yo vi la temporada entera, hace años, eh, pero no me entró y no creo que tenga ganas de verla otra vez.

Yo también soy feliz con pocas cosas.


Joselu dijo...

Bueno, coincidimos en Kind of blue pero no en Twin Peaks y lo siento porque yo adoraba a Lynch. Pocas películas me fascinaron tanto como Terciopelo azul, pero visto Twin Peaks se me vació de sustancia y dejo de interesarme. La vi una docena tal vez de veces pero no la he vuelto a ver. No me gusta que jueguen conmigo. Pero admito que algo debe tener la serie para que guste a algunos tanto. Tampoco me hizo reír La conjura de los necios que al parecer desternilló a media Europa. Ni me hacía gracia Pepe Rubianes. En cambio me hizo reír y mucho un escritor de medio pelo, ya olvidado, que era Álvaro de Laiglesia.

Siempre me ha gustado escribir. A los dieciséis años era director de una revista juvenil en un club parroquial que se llamaba Nosotros. Sacamos casi veinte números. Yo escribía artículos humorísticos y otros moralizadores. Es mi dualidad. Una trascendente y otras báquica. Esta última ha ido quedando abandonada a la par que las sustancias que acompañaron mi vida durante años, incluido el alcohol. Hace un año que no lo pruebo. La vida es más aburrida tal vez, o no. Lo cierto es que escribir sigue gustando. No tengo imaginación, pero lo cierto es que no dejo de escribir. Me cuesta esperar cinco días para publicar en el blog. Tengo que hablar de Neorrabioso cuando acabe su libro de poemas que me envió. Y también de Sebastiao Salgado del que van a estrenar pronto, a finales de octubre, La sal de la tierra que no me perderé. ¿La escritura? La mayor fuente de felicidad en algunos momentos en que la vida se nos muestra gris. Con las palabras la podemos convertir en multicolor. Aunque mis fotos son en blanco y negro. Supongo que conoces mi blog. Te dejo la dirección por si no lo conoces FUE UN INSTANTE FUGAZ Allí voy experimentando y sacando mi adrenalina. Como hoy aquí.

Miguel Alcántara dijo...

Me reitero.
Una pequeña obra maestra este arrebato cinematográfico, filantrópico, antropològico, lógico, ilógico, bueno, muy bueno

Mycroft dijo...

Twin Peaks no es un coñazo, es una comedia de situación paranormal, una parodia del culebrón 70s, y si, una tomadura de pelo muy divertida. E inquietante.
Revisión recomendada creo. Con la salvedad de esos 6 o 7 capítulos en que despidieron a Lynch. Y tuvieron que suplicarle un final.