13.10.14

La herida provechosa / Problemas populares



De Leonard Cohen se tiene la impresión de que los años no le afectan, aunque los cumpla y tenga cada vez más a mano la muerte, de la que ha contado algunas historias y a la que nunca le pareció un asunto por el que preocuparse. Eso de que la muerte esté cerca no es en absoluto atributo de la ancianidad. De hecho está el buen hombre escribiendo como aquel joven de los hoteles, el que no pretendía entender el mundo, pero hacía que los demás lo entendiesen. La obra de Cohen abruma, a poco que se mida o que se piense, porque es un recitado, pausado y lírico, de la soledad que nos cerca, del miedo que nos acucia, del dolor que nos vence. y todo lo cuenta como el galán atormentado al que le han robado el amor y le cuenta al nuevo, al que debe conquistar, el inventario de las heridas, por si se le da por lamérselas. Las heridas, lamidas, duelen menos. Mientras tanto, la cabeza del poeta sigue buscando las respuestas. Las del amor, las de la fe, las de la justicia. Ninguna viene con solo llamarlas. De hecho lleva cincuenta años detrás de las palabras con las que explicarse el mundo. Quién si no. Al poeta Cohen le incumbe profanar el velo que separa todos los mundos que no se entienden. Y hay muchos. La labor no acaba nunca. El mundo no acaba nunca, como escribió Simic.. Los discos de Cohen son también maneras de vivir, como cantaba Rosendo. Se puede tener la encomienda de la narración de lo que no se ve a simple vista (eso hace la poesía, en cierto modo) y también el deseo, no siempre secreto, de vivir bien en el mundo al cual se interroga. Cohen trabaja para pagar las deudas. Las de los bancos, las del alma. No es el único. Eso no le resta el valor que se le asigna.

Popular problems, su disco reciente, vuelve a recitar las palabras de antes y las embute en un traje nuevo. Cuenta lo de antes, la pérdida, el dolor, la soledad, la voluntad de que ninguna de esas trabas acabe pasando una factura muy alta. En realidad no creo que haya cantado muchas cosas Cohen: ha estado merodeando un único texto, un único gran texto, del que lleva viviendo una vida entera. Se está dedicando a quitar una línea y a poner otra, pero ah qué líneas, qué pequeñas novedades son esas líneas. Y canta como nunca. La vejez lo ha convertido en un trovador distinto, pero sigue confiando en la caverna de su garganta, en la profundidad de su timbre. Pero lo de menos es un disco, aunque sea uno recién salido, del viejo poeta. De verdad que un disco no importa. 

1 comentario:

Pedro García Ramírez dijo...

Tengo que entrar en su música, que se me resiste. Es una invitación en pura regla.